martes, 7 de abril de 2026

Artemis 2 - Gestión de Residuos 0

 

No sé vosotros, pero yo estoy emocionadísimo con el programa Artemis y el viaje de la cápsula Orión, después de más de cincuenta años de la última misión tripulada a la Luna. Y me parece increíble que hayamos tardado tanto tiempo en volver a visitar ese satélite sin vida ni atmósfera, con una orografía interesantísima hecha a base de formidables colisiones de asteroides de todos los tamaños a lo largo de un periplo de millones de años. Pero, por fin, alguien se ha dado cuenta de la necesidad de hacer nuevas fotografías para saber si algo ha cambiado en el Mar de la Tranquilidad en el último medio siglo o comprobar que todo sigue igual y poder quedarnos tranquilos antes de que los chinos planten allí una bandera y se hagan una foto con sus caras amarillas sonriendo a la luz del sol.

Además, se han establecido un montón de nuevos hitos en la historia de la humanidad, como, por ejemplo, la mayor distancia de la Tierra a la que un ser humano ha estado jamás. Nada menos que 6.000 kilómetros más lejos que la última vez. El anterior récord lo ostentaba la tripulación del Apolo 13, pero no cuenta porque fue debido a un fallo técnico.

Y tampoco una mujer había estado nunca tan lejos de su casa, salvo en su imaginación. Y hemos puesto a un afroamericano en el espacio, lo que abre infinitas posibilidades de cara a la deportación de inmigrantes irregulares en el futuro. Y otro miembro de la tripulación es canadiense y, por primera vez, no estadounidense. Aunque esto importa poco porque Canadá podría convertirse muy pronto, por las buenas o por las malas, en el 51 estado de la Unión.

Y estos seres humanos afroameric@nocan@dienses y pioneros de la exploración del espacio profundo han visto la luna como si fuera una pelota de baloncesto y no como un guisante diminuto, que es como la habíamos visto el resto de los mortales hasta ahora. Y, además, han podido ser testigos de un eclipse total en primera fila que habría durado, ojo al dato, cuarenta minutos, en el transcurso de los cuales perdieron toda comunicación con la Tierra; lo que pone de manifiesto la enorme preparación de este equipo humano. La mayoría de nosotros no podría estar ni quince minutos sin mirar el móvil, y tan solo para obtener a cambio una visión inédita de la cara oculta de la Luna que, ahora lo sabemos con certeza, se parece extraordinariamente a la cara visible.

“Aprovechamos esta oportunidad para retar a la generación actual y a las futuras para que este récord de distancia no tarde mucho en batirse de nuevo”, ha dicho el astronauta canadiense. Y estoy convencido de que así será porque, tal como está ahora mismo el tema de la vivienda y con la cantidad de suelo urbanizable que hay en Marte, van a tener que triplicar el número de transbordadores espaciales y establecer una lista de espera.

He leído en la prensa que uno de los instantes más emotivos que se ha podido vivir a bordo de la nave Orión ha coincidido con el momento en que sus intrépidos tripulantes han bautizado dos nuevos cráteres, “otro hito alucinante” que nos permitirá en un futuro próximo diferenciar esos dos agujeros de cualesquiera otros que se hayan hecho antes o se puedan hacer después.

Pero, como en toda expedición legendaria que merezca llamarse así, también ha habido malos momentos, como cuando se produjo un problema de control con el retrete de la nave Orion, que es el primero con puerta que viaja en una misión tripulada a la Luna. Un nuevo sistema concebido para Artemis que pretendía ofrecer una experiencia más cómoda y práctica a los astronautas, conocido como Sistema Universal de Gestión de Residuos, y que consiste en un inodoro de diseño especial cuya compuerta está en el piso, junto a la escotilla de ingreso a la nave.

Por lo visto, algún ingeniero de la NASA habría cometido un terrible error en el diseño del inodoro que tal vez, en el peor de los casos, podría provocar que las deposiciones de la tripulación terminaran desparramándose por el interior del módulo lunar, flotando a su alrededor, impidiéndoles disfrutar del eclipse en toda su dimensión cósmica y provocando una “caminata espacial no programada”, llamada a convertirse en otro momento estelar, particularmente emotivo e incluso en un hito alucinante y maloliente al mismo tiempo.

domingo, 5 de abril de 2026

El final de las especies

 

He leído que el ser humano tiene la prodigiosa capacidad de alterar el proceso natural de evolución de algunas especies, propiciando incluso la aparición de nuevos especímenes. Algo que se ha demostrado sobre todo en el ámbito de la agricultura y la ganadería. El maíz, el trigo o la cebada serían buenos ejemplos de ello.

No obstante, nuestra interacción con el medio natural produce también, de vez en cuando y no tan de vez en cuando, efectos indeseados. Por ejemplo, cuando modificamos un ecosistema que, una vez alterado, puede no ser el más saludable para la especie humana, pero al mismo tiempo puede convertirse en un hábitat idóneo para otras criaturas, en cuyo proceso evolutivo también influimos de forma indirecta y sin ser conscientes de ello. Es el caso de los mosquitos o las cucarachas, que ya no necesitan vivir en un clima tropical ni alimentarse del néctar de las flores porque nuestros sistemas de calefacción o el sabor dulce de nuestra sangre suplen con creces la ausencia de flores silvestres y mantienen artificialmente una temperatura muy agradable todo el año.

Y esto puede hacer que los efectos del cambio climático y la subida generalizada de las temperaturas, además de traernos muy pronto otras especies con las que probablemente habríamos preferido no tener que convivir, hagan que empiecen a proliferar a nuestro alrededor, con su secuela de enfermedades para las que nuestro sistema inmunitario está muy poco o nada preparado y, además, influyan en el proceso evolutivo de animales y plantas, que, para adaptarse a un nuevo entorno cambiante, no opten por emigrar, buscando una temperatura menos elevada. Y ello aunque la posibilidad de emigrar sea la primera opción. De hecho, se ha documentado la migración incluso de algunas especies vegetales, cuyo proceso de floración se está viendo afectado por la subida de las temperaturas. Y también se habla del lento desplazamiento de algunas especies de árboles, que cada vez crecen en zonas más elevadas, ascendiendo por las laderas de las montañas a medida que el bosque se ve acechado por unas condiciones climáticas que redundan en perjuicio de su desarrollo natural.

La cuestión es que, al margen de la huida generalizada provocada por la irrupción del homo sapiens en cualquier ecosistema, una vez instalados, y cada vez que tratamos de hacer nuestra vida más fácil, excavando una red de alcantarillas o construyendo un rascacielos, en lugar de atraer mariposas de colores brillantes y conseguir que proliferen las flores exóticas y los pájaros de plumajes coloridos, lo único que conseguimos que se nos acerque es una variada gama de parásitos que se alimenta de nuestra sangre o medra entre la basura y los desperdicios. Es como si la naturaleza se apartase de nosotros, de forma que nuestro caminar va dejando a su paso un terreno baldío, en el que los únicos seres vivos que no huyen para ponerse a salvo son los que pueden medrar a nuestra costa.

Probablemente, las ratas colonizan las ciudades porque somos incapaces de consumir todo lo que producimos y terminamos generando una cantidad enorme de residuos que las criaturas a las que hemos usurpado su medio natural han venido a reclamar y necesitan para no perecer en un entorno extraño, pero que a algunas les ofrece una nueva oportunidad para la supervivencia. Pero la cuestión es que nuestra codicia unida a la comodenería que nos caracteriza genera efectos adversos e incide en el proceso evolutivo, pero no para crear ejemplares mejores, sino para hacer proliferar las alimañas, parásitos y especies invasoras, y, de paso, nos hace más débiles y vulnerables. Porque ese infructuoso intento de eliminar todo lo que nos incomoda también nos está transformando a nosotros y amenaza nuestra supervivencia como especie. Las bacterias resistentes a los antibióticos son sólo un ejemplo, pero no el único, aunque tal vez el más amenazante.

La proliferación de enfermedades, epidemias y pandemias, con todas sus secuelas, son una consecuencia del arrinconamiento de la vida salvaje, que se defiende a su manera y, de vez en cuando, nos golpea con la misma rudeza con la que los seres humanos hemos colonizado y expoliado la naturaleza durante siglos de manera concienzuda. 

Es como si algún dios tenebroso nos hubiera obsequiado con la dudosa virtud de estropear todo lo que tocamos, consiguiendo convertir en un estercolero cochambroso cualquier Jardín del Edén que se nos ponga a tiro, en un tiempo récord y sin más ayuda que la de nuestra propia insensata búsqueda de la comodidad y el placer inmediato, sin pararnos a considerar, ni por un momento, las previsibles consecuencias de nuestros actos atolondrados.

Me gustan como al que más las duchas de agua caliente, la alta velocidad y las hamburguesas. Pero de vez en cuando me pregunto si realmente necesitamos que el aire acondicionado refrigere de forma instantánea el habitáculo de nuestro coche en cuanto empieza a subir la temperatura, y que las casas en las que vivimos tengan siempre la temperatura ideal para no notar que ha llegado el invierno; si realmente es tan urgente llegar a todas partes en el menor tiempo posible y al coste que sea necesario; y si la sobreabundancia de bienes de consumo no nos ha convertido en unos seres dependientes que han transformado en necesidades lo que, hasta hace poco, no eran más que caprichos.

Recorrer el camino inverso requiere renunciar a un modo de vida que se ha revelado inviable a medio y largo plazo, pero me temo que esa renuncia nadie va a planteársela en serio hasta que las primeras manifestaciones del colapso de nuestra civilización sean imposibles de ignorar y amenacen con convertirnos en una anomalía catastrófica en la historia de la evolución.