He leído en la prensa
que el Secretario de Guerra (antes conocido como de Defensa) de los Estados
Unidos, Peter Brian Hegseth, ha anunciado que, como parte de “un
nuevo programa de detección de deficiencia”, se va a someter
obligatoriamente a los soldados estadounidenses mayores de 30 años a un
análisis anual para testar sus niveles de testosterona, dado que, como todo el
mundo sabe (y también Pete Hegseth, que, seguramente, empieza a peinar alguna
cana a sus 46 añitos), los niveles de dicha hormona descienden de forma
sintomática con la edad.
Todo ello con objeto de
garantizar que los soldados norteamericanos “cuenten con los niveles
adecuados de esta hormona para estar al máximo de sus capacidades”. Y, para
ello, estos análisis podrán completarse, opcionalmente, con un tratamiento de “reemplazo
de testosterona”.
Pero no es solo Pete,
también el secretario de Salud (al que podríamos rebautizar como de
enfermedades y dolencias, para seguir llamando a las cosas por su nombre), Robert
F. Kennedy Jr., ha patrocinado recientemente, a sus 72 añazos, la idea de
inyectarse testosterona, ante lo que considera un problema de decadencia
generacional, que afecta a los muchachos de hoy en día, a pesar de que recurrir
a inyecciones de esta hormona se ha extendido mucho últimamente en los
gimnasios.
No obstante, según la
Asociación Estadounidense de Urología (otra vez la medicina dando lecciones
sobre medicina) parece ser, que niveles bajos de testosterona pueden estar
asociados a problemas de estrés o a otras dolencias como la diabetes, la
osteoporosis o la depresión (y otras mariconadas). Además de que, antes de
empezar a recetar inyecciones de testosterona a diestro y siniestro, convendría
analizar otros factores relacionados con el estilo de vida, como la falta de
sueño, el consumo de alcohol, el peso o la incidencia de los medicamentos que
ya se estén tomando.
Y, para colmo, dicen
por ahí que su consumo puede provocar infertilidad y la formación de coágulos
sanguíneos, además de acné y caída del pelo, y, entre los efectos psicológicos,
cambios de humor, comportamiento agresivo e irritabilidad.
Lo que no ha dicho el
Secretario de la Guerra es que piensa hacer con las 231.000 mujeres que forman
parte del ejército de Estados Unidos, dado que aplicarles la misma receta
equivaldría a patrocinar un tratamiento hormonal transgénero en el mismísimo
ejército estadounidense, y hasta ahí podíamos llegar. Aunque, según el propio
jefe del Pentágono, en ese ejército, que debe estar compuesto por verdaderos
“guerreros” y no por meros "defensores", las mujeres que
quieran encontrar su sitio tendrán que alcanzar los “máximos” estándares
masculinos para desempeñarse en puestos de combate.
Pues bien, parece que
para ser un buen soldado, ya no digo para ser un auténtico guerrero, no hay que
ser particularmente espabilado, ni tener una visión estratégica, o tan siquiera
sentido de la orientación, ni mucho menos dotes de negociación o capacidad para
empatizar con la población civil (que se empieza empatizando con civiles y se
termina confraternizando con el enemigo). No señor, aquí de lo que se trata es
de estar a tope de power, con los niveles de testosterona por las nubes y la
masa muscular a punto de reventar por las costuras el uniforme reglamentario.
Porque, como bien ha dicho Pete, "Luchamos para ganar",
"sin reglas de enfrentamiento estúpidas, sin atolladeros de construcción
nacional, sin guerras políticamente correctas" (y todo ese montón de
mierda que son las normas de derecho internacional humanitario).
Así, no es de extrañar
que a un mando militar acostumbrado al consumo de anabolizantes se le fuera la
olla y decidiera bombardear una escuela de niñas en Minab, aunque Peter
se apresuró a decir que Estados Unidos "nunca ataca objetivos
civiles", lo que podría dar a entender que la escuela era considerada
un objetivo militar, dado que según él, Irán tiene la mala costumbre de lanzar
misiles desde escuelas y hospitales.
Y también será por
parecidas razones que la Armada de Estados Unidos decidió mandar al fondo del
océano Índico una fragata iraní que se encontraba a 2.000 millas de la zona de
conflicto, en flagrante vulneración del Segundo Convenio de Ginebra, o dar
orden de matar a los sobrevivientes de un ataque realizado contra una
embarcación sospechosa de transportar drogas en el mar Caribe, en la primera de
una serie de operaciones contra presuntos narcotraficantes.
No me quiero imaginar a
esos muchachotes, recién superado el test de testosterona o después de haber
completado su tratamiento de remplazo, repeliendo un ataque híbrido en la playa
de El Tarajal. Seguramente, estaríamos completando un recuento de miles de
muertos, en lugar de algunas decenas. Pero supongo que es lo que sucede cuando
el Ministerio de Defensa se convierte en el Ministerio de la Guerra y, en vez
de soldados, te dedicas a reclutar guerreros para defender la soberanía
nacional.
Ahora voy entendiendo
el modelo de soldado-guerrero que viene patrocinando el Secretario de la Guerra
estadounidense. Se trataría de una especie de espartano, al estilo de la hueste
de los trescientos que comandaba Leónidas en el estrecho de las Termópilas, de
piel broncínea y pectorales de acero, pero con la cara llena de granos
supurando al sol de Tesalia y de un humor de perros provocado por una alopecia
prematura, que, preguntados por su oficio, responderían al unísono con un
indistinguible "¡Auh!”, mientras se inyectaban la última dosis de
esteroides, a la espera de enfrentarse, no a un ejército persa de 250.000
hombres, sino a un grupito escolar de niñitas de entre siete y doce años en un
día lectivo cualquiera a la hora del recreo. O disparando sus torpedos, al otro
lado del mundo y desde seguridad de la sala de máquinas de un submarino, contra
una fragata que viniera de participar en unos ejercicios navales conjuntos,
junto con otros 74 países, entre los que se encontraría también Estados Unidos,
y que se creyera a salvo en aguas internacionales, para proporcionar a sus 140
tripulantes una "Muerte silenciosa”. ¡Auh!