viernes, 30 de enero de 2026

Sueño extremo

 

Los Reyes Magos me han traído un reloj deportivo muy fardón que, además de medir mis constantes vitales y monitorizar mis sesiones de entrenamiento, proporcionándome una información exhaustiva sobre distancia recorrida, tiempo medio por kilómetro, cadencia, longitud de la zancada, vuelo, potencia máxima en carrera, etc., analiza mi rutina de sueño e incluso monitoriza las siestas que me echo a lo largo de la semana. Así que, últimamente, lo llevo puesto a todas horas y, cuando estoy aburrido, me pongo a analizar el número de horas que he dormido la noche anterior o cual ha sido la duración de la fase de sueño profundo.

Pero ahora, además, cuando me despierto de la siesta, también me gusta comprobar el tiempo que ha durado mi estado de inconsciencia. Más que nada, para rebatir la típica censura a los dormilones como yo, que suele expresarse en tono de reproche con frases del estilo de "menuda siesta te has pegado". Así que, antes no podía, pero ahora puedo rebatir tales acusaciones sin fundamento con el dato objetivo correspondiente, por ejemplo "exactamente 32 minutos, ni más, ni menos".

Claro que, de vez en cuando, mis desvanecimientos duran un poco más, y, también en estos casos, el reloj registra milimétricamente mi estado de abandono. Por eso, en tales supuestos, me abstengo de proporcionar cualquier información sobre el particular, para evitar reproches injustificados. Pero lo que no puedo evitar es que la máquina del tiempo que llevo sujeta a la muñeca me haga algunas observaciones impertinentes como que, si duermo más de treinta minutos, es posible que después me sienta aturdido o desorientado (bendito aturdimiento digo yo) o de que debería adelantar la hora de la siesta para que no interfiera en mi rutina de sueño (sandeces).

El otro día, me desperté temprano, y como era sábado, después de aliviar la vejiga, me volví a meter en la cama y me quedé dormido en un santiamén. Pues va el relojito de marras y me computa ese divino sueñecito mañanero como tiempo de siesta fuera del horario recomendado, me dice que no me queje si me encuentro desorientado y que la próxima vez procure no dormir más de treinta minutos.

Por lo menos, mi antiguo reloj, antes de lanzar acusaciones sin fundamento, se aseguraba de que me había levantado de la cama, preguntándome a través de un mensaje que aparecía en la esfera, cuando detectaba movimiento más propio de un estado de vigilia que de sueño, si ya estaba despierto. Pero este de ahora se limita a darme los buenos días y me anima a ir a por todas. A por todas, un sábado por la mañana. Y, si no le hago caso, pues se enfada y cualquier día, cuando se tome algo más de confianza, me dice que estoy empanado y que a ver si me espabilo, que no cumplo ninguno de los retos que me plantea. Porque esa es otra cosa que hace sin que yo se lo haya pedido y me marca distancia y ritmo de carrera. Y como tampoco le hago caso, cada cinco minutos emite un pitido de lo más desagradable y me dice que voy ¡Demasiado lento!

A lo largo de un proceso evolutivo que ha durado millones de años, nuestra especie ha conseguido rodearse de un hábitat en el que sentirse segura, sin tener que mantener un ojo abierto toda la noche para evitar ser engullida por los depredadores que moraban en la oscuridad y ha conseguido ponerse a salvo de casi todos (menos de sí misma). Otras especies no han tenido tanta fortuna. Y así, por ejemplo, los pingüinos barbijo, que se enfrentan a un desafío constante durante la etapa reproductiva, para resolver la tensión entre descanso y cuidado parental, han adoptado una estrategia singular que consiste en llevar a cabo miles de microsueños diarios con una duración media de cuatro segundos, hasta alcanzar alrededor de once horas totales de sueño por día. Y las fragatas, que son unas grandes aves marinas que anidan en las Islas Galápagos, y pueden volar durante semanas sin posarse, practican lo que se conoce como sueño unihemisférico, durante el cual, y en pleno vuelo, una mitad del cerebro permanece despierta y la otra descansa. Por su parte, los elefantes marinos del norte descienden hasta los 160 metros de profundidad para descansar, donde es menos probable que se encuentren con sus depredadores naturales, las orcas y los tiburones, ingresando en sueño REM, que es una fase del sueño en la que el cuerpo se paraliza temporalmente y el desplazamiento adopta un movimiento en espiral, denominado por los investigadores “espiral de sueño”.

Tengo un amigo aficionado a salir a correr a primerísima hora de la mañana, cuando todavía es de noche y las calles están desiertas, que una vez se despertó en plena carrera, de forma que no sabía si iba o venía, ni dónde estaba exactamente y tampoco era capaz de recordar con claridad cómo había llegado hasta allí. Supongo que ese día salió de casa empujado por el hábito de la rutina y se quedó dormido en algún momento, mientras la mitad de su cerebro consciente se limitaba a monitorizar la ruta y dejaba que la otra mitad siguiera durmiendo.

A mí no me ha pasado todavía algo así, pero cuando estoy en la ducha o me visto para ir al trabajo y salgo de casa pertrechado con mi abrigo y mi bufanda, las sendas del parque que he atravesado antes del amanecer se muestran como un recuerdo difuso en el que me resulta difícil diferenciar la vigilia del sueño, lo real y lo soñado. Y, a veces, tengo la sensación de haber estado nadando en aguas profundas, en medio de una inmensidad que me sobrecoge y me protege al mismo tiempo. Y si en ese momento mi pequeña máquina del tiempo me preguntase si estoy despierto, no sabría contestarle con entera seguridad. O tal vez le diría que aún estoy soñando y que no me despierte todavía. No antes de que amanezca.

viernes, 16 de enero de 2026

Nobel de la Paz

 

Me enteré el otro día por el periódico de que María Corina Machado, galardonada recientemente con el Nobel de la Paz, quería ofrecer su premio al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump o, al menos, compartirlo con él. Y, ante tal declaración de intenciones, la Fundación Nobel no ha tenido más remedio que recordar que sus galardones son intransferibles e irrevocables y que, una vez anunciado un Premio Nobel, no puede revocarse, compartirse ni transferirse a otros, dado que la decisión es definitiva y perdura para siempre. Lo que a mí, no sé porqué, me ha sonado a arrepentimiento y voluntad de revocarlo, si existiera tal posibilidad.

Con lo que cuesta que a uno le den un premio, y más el premio Nobel, y ahora va esta insensata y dice que se lo quería dar al pato Donald. Que no digo yo que no haya hecho méritos para ello, pero lo de bombardear Caracas y secuestrar a San Nicolás no cuenta porque todo eso ha pasado después y, si acaso, podría valorarse como mérito las próximas Navidades, junto a otros méritos que puedan acreditarse a partir de ahora, como por ejemplo conquistar Groenlandia, bombardear La Habana o secuestrar al presidente de Colombia para que comparta celda con Maduro y sea juzgado por narcoterrorismo.

Además, Trump no necesita el Nobel de la Paz para nada, que ya es presidente de los Estados Unidos, mientras que María Corina está todavía en la oposición y tendría que presentarse a las elecciones y no todos los días se presenta a unas elecciones un premio Nobel, que es un premio que puede avalar tu candidatura frente a otros candidatos que no puedan exhibir ni un miserable Nobel de literatura como el que le dieron en su día a Winston Churchill.

Aunque, a lo peor, la convocatoria tarda un poco más de lo previsto. Todo depende de lo que hagan Delcy Rodríguez y compañía con el petróleo venezolano, que ya se sabe que si la economía va bien (sobre todo la de Estados Unidos) pues tampoco hace falta darse tanta prisa en restaurar la democracia, que luego lo mismo las elecciones las gana la Corina esa, que parece una persona muy agradable (y también una mosquita muerta), pero igual le da por defender la soberanía nacional o por decir que 50 millones de barriles de petróleo de alta calidad son muchos y hay que bombardear otra vez Caracas y subirla a un helicóptero MH-47 Chinook y, después de restaurar el Chavismo, meterla en la cárcel con Mette Frederiksen (primera ministra de Dinamarca), Von der Leyen y Marine Le Pen, y empezamos a tener problemas de sobreocupación con la población reclusa por narcoterrorismo, anarcosindicalismo y dinamarcoterrorismo o cualquier otra forma de terrorismo que nos podamos imaginar.

Qué quiere compartir el Nobel, dice. Pues haberlo dicho antes, porque ahora parece que trate de conseguir algo del jefe y puede que Trump esté dispuesto a dejarse adular, pero no por quien le ha birlado el Nobel de la Paz. Con lo que ha trabajado este hombre para acabar con las guerras. Y sin pedir nada a cambio, ¿eh? Ni petróleo, ni otras tierras raras, quiero decir, cosas raras, ni nada de nada. Y los demás si, mucho defender el orden internacional, pero cuando se trata de arrimar el hombro ampliando el gasto militar un miserable cinco por ciento, todo el mundo se pone a lloriquear. Pues, si vis pacem, para bellum. Por eso el Departamento de Defensa se llama ahora Departamento de Guerra, porque, como ha dicho el propio presidente, es un nombre mucho más apropiado, teniendo en cuenta la situación actual del mundo (que yo he contribuido a crear) y transmite un mensaje de victoria (le ha faltado decir que le encanta el olor a napalm por la mañana). De hecho, si el Premio Nobel de la Paz, se llamara Premio Nobel de la Guerra (que es como debería llamarse), ya lo habría ganado Donald o su amigo Vladimir Putin o Benjamín Netanyahu, que también han hecho lo suyo, lo reconozco, pero sin llamar a las cosas por su nombre. "Operación militar especial" llamó Putin a su ofensiva contra Ucrania, que es una denominación confusa que hace que surjan dudas sobre las intenciones de quienes la han llevado a cabo, mientras que "Operación Determinación Absoluta" no deja lugar a dudas sobre la finalidad que se persigue. Y, además, huele a Victoria, y también a napalm, que es una sustancia inflamable usada en lanzallamas y en bombas incendiarias, a base, precisamente, de gasolina en estado de gel.

Pues que vaya tomando nota la señorita Mette Frederiksen, que también parece una primera ministra muy agradable, pero seguramente no tiene ni idea de los desafíos que plantea la seguridad en el Ártico, ni es consciente de que cualquier chiflado puede lanzar una operación militar especial sobre Groenlandia si alguien no actúa antes con absoluta determinación.

Y más ahora que el calentamiento global, sin dejar de ser la mayor estafa jamás perpetrada contra el mundo, está derritiendo el hielo marino en el Ártico y permite la apertura de nuevas rutas de navegación, que se están llenando a toda velocidad de barcos chinos y rusos, además de haber dejado al descubierto enormes yacimientos de litio, níquel, cobalto y cobre e importantes reservas de tierras raras. Aunque estoy seguro de que esto último no tiene nada que ver con el interés de Estados Unidos por salvaguardar la seguridad nacional, anexionándose la isla, por las buenas o por las malas.

Además, dado el ritmo de las intervenciones en países soberanos, y teniendo en cuenta el previsible colapso de las prisiones de alta seguridad para mandatarios extranjeros, no habría que descartar la posibilidad de trasladar a Nicolás Maduro al Círculo Polar Ártico, dónde podría expiar sus pecados trabajando para Jeff Bezos, repartiendo paquetes con ayuda de un trineo para desplazarse por la nieve de verdad y así dejar atrás sus actividades delictivas como narcotraficante, contribuyendo también al crecimiento de las rutas comerciales y a hacer a América más grande todavía, a lo que habría que sumar la reciente incorporación al territorio de Estados Unidos de 2.106.000 nuevos kilómetros cuadrados.

Hoy mismo, he sabido por la prensa que la flamante ganadora del Nobel ha materializado su decisión, entregando la medalla del premio Nobel de la Paz a Donald Trump, en lo que ella misma ha calificado como un momento muy emotivo, durante su visita el jueves a la Casa Blanca. Lo que me hace suponer que, a estas horas, la medalla de marras se exhibe en una vitrina del despacho oval, para que los próximos líderes del mundo libre que pasen por allí sean conscientes de que oponerse a sus designios tiene premio, para él, claro, porque siempre va a haber alguien que se lo quiera dar, aunque tampoco descarte la posibilidad, después de anexionarse Groenlandia, de invadir Dinamarca y, si es necesario, bombardear Oslo, cruzar el estrecho de Skagerrak y tomar el Instituto Noruego del Nobel, por las buenas o por las malas, y, el año que viene, conceder el premio Nobel de la Guerra a quien a él le dé la gana.