jueves, 6 de agosto de 2026

Testeando la testosterona

 

He leído en la prensa que el Secretario de Guerra (antes conocido como de Defensa) de los Estados Unidos, Peter Brian Hegseth, ha anunciado que, como parte de “un nuevo programa de detección de deficiencia”, se va a someter obligatoriamente a los soldados estadounidenses mayores de 30 años a un análisis anual para testar sus niveles de testosterona, dado que, como todo el mundo sabe (y también Pete Hegseth, que, seguramente, empieza a peinar alguna cana a sus 46 añitos), los niveles de dicha hormona descienden de forma sintomática con la edad.

Todo ello con objeto de garantizar que los soldados norteamericanos “cuenten con los niveles adecuados de esta hormona para estar al máximo de sus capacidades”. Y, para ello, estos análisis podrán completarse, opcionalmente, con un tratamiento de “reemplazo de testosterona”.

Pero no es solo Pete, también el secretario de Salud (al que podríamos rebautizar como de enfermedades y dolencias, para seguir llamando a las cosas por su nombre), Robert F. Kennedy Jr., ha patrocinado recientemente, a sus 72 añazos, la idea de inyectarse testosterona, ante lo que considera un problema de decadencia generacional, que afecta a los muchachos de hoy en día, a pesar de que recurrir a inyecciones de esta hormona se ha extendido mucho últimamente en los gimnasios.

No obstante, según la Asociación Estadounidense de Urología (otra vez la medicina dando lecciones sobre medicina) parece ser, que niveles bajos de testosterona pueden estar asociados a problemas de estrés o a otras dolencias como la diabetes, la osteoporosis o la depresión (y otras mariconadas). Además de que, antes de empezar a recetar inyecciones de testosterona a diestro y siniestro, convendría analizar otros factores relacionados con el estilo de vida, como la falta de sueño, el consumo de alcohol, el peso o la incidencia de los medicamentos que ya se estén tomando.

Y, para colmo, dicen por ahí que su consumo puede provocar infertilidad y la formación de coágulos sanguíneos, además de acné y caída del pelo, y, entre los efectos psicológicos, cambios de humor, comportamiento agresivo e irritabilidad.

Lo que no ha dicho el Secretario de la Guerra es que piensa hacer con las 231.000 mujeres que forman parte del ejército de Estados Unidos, dado que aplicarles la misma receta equivaldría a patrocinar un tratamiento hormonal transgénero en el mismísimo ejército estadounidense, y hasta ahí podíamos llegar. Aunque, según el propio jefe del Pentágono, en ese ejército, que debe estar compuesto por verdaderos “guerreros” y no por meros "defensores", las mujeres que quieran encontrar su sitio tendrán que alcanzar los “máximos” estándares masculinos para desempeñarse en puestos de combate.

Pues bien, parece que para ser un buen soldado, ya no digo para ser un auténtico guerrero, no hay que ser particularmente espabilado, ni tener una visión estratégica, o tan siquiera sentido de la orientación, ni mucho menos dotes de negociación o capacidad para empatizar con la población civil (que se empieza empatizando con civiles y se termina confraternizando con el enemigo). No señor, aquí de lo que se trata es de estar a tope de power, con los niveles de testosterona por las nubes y la masa muscular a punto de reventar por las costuras el uniforme reglamentario. Porque, como bien ha dicho Pete, "Luchamos para ganar", "sin reglas de enfrentamiento estúpidas, sin atolladeros de construcción nacional, sin guerras políticamente correctas" (y todo ese montón de mierda que son las normas de derecho internacional humanitario).

Así, no es de extrañar que a un mando militar acostumbrado al consumo de anabolizantes se le fuera la olla y decidiera bombardear una escuela de niñas en Minab, aunque Peter se apresuró a decir que Estados Unidos "nunca ataca objetivos civiles", lo que podría dar a entender que la escuela era considerada un objetivo militar, dado que según él, Irán tiene la mala costumbre de lanzar misiles desde escuelas y hospitales.

Y también será por parecidas razones que la Armada de Estados Unidos decidió mandar al fondo del océano Índico una fragata iraní que se encontraba a 2.000 millas de la zona de conflicto, en flagrante vulneración del Segundo Convenio de Ginebra, o dar orden de matar a los sobrevivientes de un ataque realizado contra una embarcación sospechosa de transportar drogas en el mar Caribe, en la primera de una serie de operaciones contra presuntos narcotraficantes.

No me quiero imaginar a esos muchachotes, recién superado el test de testosterona o después de haber completado su tratamiento de remplazo, repeliendo un ataque híbrido en la playa de El Tarajal. Seguramente, estaríamos completando un recuento de miles de muertos, en lugar de algunas decenas. Pero supongo que es lo que sucede cuando el Ministerio de Defensa se convierte en el Ministerio de la Guerra y, en vez de soldados, te dedicas a reclutar guerreros para defender la soberanía nacional.

Ahora voy entendiendo el modelo de soldado-guerrero que viene patrocinando el Secretario de la Guerra estadounidense. Se trataría de una especie de espartano, al estilo de la hueste de los trescientos que comandaba Leónidas en el estrecho de las Termópilas, de piel broncínea y pectorales de acero, pero con la cara llena de granos supurando al sol de Tesalia y de un humor de perros provocado por una alopecia prematura, que, preguntados por su oficio, responderían al unísono con un indistinguible "¡Auh!”, mientras se inyectaban la última dosis de esteroides, a la espera de enfrentarse, no a un ejército persa de 250.000 hombres, sino a un grupito escolar de niñitas de entre siete y doce años en un día lectivo cualquiera a la hora del recreo. O disparando sus torpedos, al otro lado del mundo y desde seguridad de la sala de máquinas de un submarino, contra una fragata que viniera de participar en unos ejercicios navales conjuntos, junto con otros 74 países, entre los que se encontraría también Estados Unidos, y que se creyera a salvo en aguas internacionales, para proporcionar a sus 140 tripulantes una "Muerte silenciosa”. ¡Auh!

viernes, 17 de julio de 2026

Todos los hombres del expresidente

 

Parecería un chiste, y no una radiografía del cerebro de alguno, si no fuera porque el comentario en cuestión fue realizado por el expresidente del gobierno de la nación, Mariano Rajoy, en un artículo publicado en un periódico digital, la víspera del partido de semifinales del Mundial entre las selecciones de Francia y España.

La selección francesa de fútbol es un equipo formidable pero, eso sí, sin franceses.

Habría faltado rematar la faena al día siguiente, después de que Francia quedara eliminada, diciendo que en realidad la selección de este país no se habría quedado fuera del campeonato esa tarde porque, dado el escaso número de franceses de pura cepa en el combinado nacional, en realidad Francia, como tal, no habría llegado a competir.

De hecho, en algún momento, en enfrentamientos anteriores entre ambas selecciones, podría haber habido más franceses en el equipo español que en la selección francesa. Y si no, ahí están Aymeric Laporte y Robin Le Normand para demostrarlo.

Por eso, en lugar de afirmar que la selección de Marruecos era la Francia B del campeonato, dado que hasta seis jugadores del plantel marroquí habrían nacido en Francia, yo creo que, hablando con propiedad, y desde el punto de vista de nuestro inefable expediente, Francia debería ser, por méritos propios, la vigente campeona de la Copa Africana de Naciones.

Y lo malo no es eso, sino que nosotros parece que vamos por el mismo camino. Y me resulta muy triste, la verdad. Porque si todos esos jugadores foráneos compitieran en los equipos de las naciones desde las que emigraron sus ancestros, representando, por ejemplo, a Guinea-Bisáu, Mali, Camerún, Costa de Marfil o la República Democrática del Congo, habría mucha más paridad y seguramente esa abrumadora superioridad europea quedaría en entredicho. Y la cenicienta del Mundial no sería Cabo Verde, sino Francia, con Lucas Digne, Adrien Rabiot y otros nueve jóvenes tataranietos de otros franceses de piel nivea nacidos en la Provenza, Occitania o Normandía tratando de contener a un ejército de Mbappés, Dembélés y Olises, capaces de expresarse perfectamente en la lengua de Molière, amantes del Camembert y, a lo mejor, también del vino de Burdeos, y por añadidura dotados de unas cualidades excepcionales para jugar al fútbol.

Pero bueno, los jerarcas de las naciones del mundo desarrollado siempre podrían poner las cosas en su sitio, llamando por teléfono al presidente de la FIFA y planteándole la posibilidad de reconsiderar las decisiones del trío arbitral, tomadas impulsivamente en el fragor de esa batalla desigual, o ayudando al Árbitro Asistente de Vídeo (más conocido por sus siglas en inglés, VAR) a revisar goles, penaltis, tarjetas rojas directas y confusiones en la identidad de jugadores, mediante un asistente de inteligencia artificial generativa que reconstruyera las jugadas polémicas en función de las circunstancias del caso concreto y del estado de ánimo de la hinchada presente en el estadio, que no tendría porqué ser mayoritariamente de una nación, también desarrollada, en particular.

Ayer mismo leía otra columna, publicada en el mismo medio digital, en la que un articulista, después de elogiar las indiscutibles virtudes deportivas de Lamine Yamal (cuando alguien empieza lanzándote elogios de altísimo nivel, prepárate para lo peor) mostraba su indignación por el nulo afecto, a su juicio , que el futbolista mostraba por la camiseta de la selección española y le afeaba que en las botas con que disputa el Mundial se hubiera grabado las banderas de los países de origen de sus padres, la marroquí y la guineana, pero no la española (parece que el color se la camiseta, a nuestro hombre, no le parece bastante).

Y aunque, después de hacer un sumario repaso de su biografía, entendía que, careciendo de estudios y siendo hijo de un pintor de brocha gorda y de una camarera de cadenas de comida rápida, no tuviera "los modales de un joven gentleman de Eton", también decía estar cansado de que el chaval anduviera por ahí dando ruedas de prensa con actitud de perdonavidas por haber elegido a nuestro país para competir y no, por ejemplo, la selección marroquí o, ya puestos, la guineana.

Y, para terminar, después de ponerle, entre otros ejemplos de integración, a la escocesa Mary Anne McLeod, para los que no lo sepáis, la madre del actual presidente de Estados Unidos (hay que joderse), le animaba a irse "con la música a otra parte".

A propósito de esto, me acuerdo de lo indignados que andaban algunos madridistas cuando no le dieron el balón de oro a Vinicius Jr., en favor de Rodri, un madrileño de pura cepa. Y es que todos los hinchas de los equipos de fútbol de las ligas "nacionales" se sienten muy orgullosos de los jugadores extranjeros que militan en sus equipos porque les pagan a cambio cantidades obscenas de dinero. Ni siquiera les exigen que demuestren su afecto por el escudo, mientras rindan en el campo. Todos los escrúpulos surgen cuando se trata de la selección nacional. 

Y también es curioso como entienden algunos eso de la integración. Un esfuerzo colectivo que han de hacer solamente los que vienen de fuera, aunque sea una vez restablecidos de singladuras en embarcaciones abarrotadas a riesgo de naufragar al menor golpe de mar, después de sobrevivir a rutas extenuantes por el desierto, a mafias sin escrúpulos y traficantes de personas, al hambre, a la sed y la fatiga extrema, y también a la desconfianza, el miedo y la hostilidad de los nacionales de los países de "acogida".

Hasta donde yo sé, que, salvando la distancia insalvable, también he sido un residente en tierra extraña, la integración es un camino de ida y vuelta. No se trata solo de que tú trates de asimilar una cultura, unas tradiciones y una idiosincrasia que no son las tuyas, sino también de que quienes te rodean te hagan fácil el camino de la integración, ofreciéndote su hospitalidad o, al menos, dándote la oportunidad de mostrar tus cualidades.

Y, en ese recorrido, eres tú el que se deja algo en el camino, familia, amigos, infancia, a veces media vida. Pero, aun así, la mayoría encuentra la manera de adaptarse, gracias también, hay que reconocerlo, a quienes no te esperaban, pero te acogieron o, al menos, te dieron una oportunidad sin juzgarte de antemano. Qué alguien que procede de tan lejos, elija a tu país para competir debiera ser motivo de orgullo y de agradecimiento. Y que se grabe en las zapatillas las banderas de sus padres es lo de menos. Seguramente ese gesto no se le reprocharía a "uno de los nuestros" que compitiera bajo la bandera de otra nación. Solo diríamos que es un traidor.