viernes, 8 de mayo de 2026

Las botas de la felicidad

 

Sucedió hace unos meses, era invierno y estuvo lloviendo muchos días seguidos. Lorena se había encaprichado de unas botas altas. Llevaba detrás de ellas varias semanas. No quedaban de su número y hubo que encargarlas y, luego, ir a buscarlas a la tienda. Finalmente, las botas llegaron a la sección de zapatería de El Corte Inglés en una aparatosa caja de cartón cerrada de mala manera con cinta de embalar, que tenía dentro otra caja más pequeña y, en su interior, las deseadas botas, que se veían lustrosas, como si alguien las hubiera estado cepillando a conciencia, con su medio tacón y un bonito dibujo pespunteado en la caña. Eran cómodas, incluso confortables, ligeras como las pisadas de un elfo en la nieve y lucían preciosas. Así que, después de probárselas, su ilusionada nueva propietaria las devolvió a su envoltorio, aplazando para la ocasión adecuada el momento de estrenarlas, y dejó la caja de zapatos dentro de la aparatosa caja con aspecto de embalaje capaz de albergar cualquier otra cosa, como una lavadora u otro electrodoméstico de línea blanca, que se quedó medio abierta en mitad de su cuarto, con la cinta de embalar despegada atrapando insectos, estorbando el paso y dificultando la limpieza, añadiendo un elemento disonante a un cuarto que, a veces, se parece enormemente al probador de una tienda de ropa antes de que alguna empleada diligente se dedique a perchar y poner en su sitio blusas, faldas y pantalones.

Y, pasaron los días y llegó la noche propicia para estrenar el nuevo calzado y combinarlo con un outfit cuidadosamente elegido para la ocasión. Es posible que incluso pasase una semana, en el transcurso de la cual la caja desapareció de su emplazamiento accidental sin que nadie se percatase de ello, hasta que llegó el momento de sacar las botas de su humilde envoltorio, que ya no estaba a la vista. Y es que, en algún momento, un eficiente empleado de la limpieza, considerando erróneamente que el embalaje había cumplido su cometido y aprovechando que bajaba la basura orgánica, depositó en el contenedor de cartón la caja y, con ella, sin ser consciente de las consecuencias que está imprudente decisión traería consigo, también su contenido. Hasta que fue interrogado sobre su proceder en los días previos y, en particular, sobre su eventual responsabilidad en la desaparición de una caja de cartón de gran tamaño y su paradero; por lo que no tuvo más remedio que confesar que, llevado por una diligencia que podría considerarse encomiable a la par que imprudente, había arrojado el embase y su ignorado contenido a un contenedor de papel.

Las cataratas del Niágara quedarían en evidencia ante la cascada de lágrimas que provocó tal revelación, aunque el rostro compungido del empleado de la limpieza también resultaba desolador, según el relato de algunos testigos presenciales, en cuya cabeza empezaba a vislumbrar, con toda probabilidad, la posibilidad de un despido fulminante.

Fue entonces cuando, temiendo por las consecuencias de su atolondrado proceder, no dudo ni un momento en salir en busca del contenedor de papel, levantar la tapa y, con grave riesgo para su integridad y sin sopesar ni por un instante las consecuencias para su sistema inmunitario de exponerse a los efluvios de lo que no dejaba de ser un contenedor de basura, introducir su cuerpo en el mismo, para, después de bucear un rato entre cartones que la lluvia había reblandecido y vuelto resbaladizos, rescatar la caja en cuestión y, después de verificar que su contenido permanecía intacto, no sin esfuerzo y con desprecio de los indeseables efectos sobre su ropa del lamentable estado de limpieza del contenedor, emerger a la superficie y respirar, con una mezcla de alivio y exultante satisfacción, el aire fresco de una noche que amenazaba tormenta, pero a cuyo cielo súbitamente despejado se asomaban las primeras estrellas.

Y así aconteció que nuestro esforzado hombre de la limpieza volvió a su casa sucio pero alegre y cantarín como un deshollinador que hubiera encontrado un inesperado tesoro en el tiro de la última chimenea que le tocaba desembozar, al que, después de una fatigosa jornada laboral aguardaban todavía una ducha caliente y la eterna gratitud de una princesa descalza, que finalmente pudo estrenar sus botas de la felicidad en perfecto estado de revista, pese a haber pasado al menos un par de noches entre cajas de pizza oliendo a pepperoni, cartones de huevos pisoteados de pegajosa apariencia, catálogos de tiendas ofertando productos de diversa índole y al menos una revista de moda entre la húmeda ondulación de cuyas páginas a todo color la felicidad camina sobre unas botas de caña alta.

domingo, 3 de mayo de 2026

Teletransportación

 

Me he enterado de que el director de la Oficina de Respuesta y Recuperación de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias de Estados Unidos (FEMA), un tal Gregg Phillips, afirma que, al menos en dos ocasiones, habría experimentado un fenómeno de teletransportación, siendo trasladado instantáneamente decenas de kilómetros, sin que pudiera explicar cómo había sido llevado a su nuevo emplazamiento.

La primera vez, estaba hablando por teléfono cuando, de repente, apareció en una zanja junto a una iglesia bautista en un pequeño pueblo, a unos 65 kilómetros de donde se había iniciado la conversación telefónica.

Y, en su segundo viaje, se encontraba charlando tranquilamente con unos amigos, cuando comentó su intención de visitar un establecimiento de comida rápida. Y, en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba en un restaurante de Georgia, a unos 80 kilómetros de distancia.

Pero, por lo visto, la experiencia no le resultó nada agradable. Y es que Dios le da superpoderes a quien no sabe apreciar su utilidad.

Ya me gustaría a mí que, expresando en voz alta mi deseo de comer en un restaurante, alguien tuviera la gentileza de depositarme cuidadosamente en una mesa perfectamente dispuesta para la ocasión, sin tener que reservar ni hacer cola en la puerta para conseguir que me atiendan. Y, encima, en otra ciudad, sin preocuparme del desplazamiento ni perder un minuto en planificar el viaje. Es lo más parecido que he visto en mi vida al bolsillo de Doraemon.

No obstante, parece que al señor Phillips esta posibilidad de viajar en el espacio a velocidad sideral no le hace ninguna gracia. Será porque no puede llevarse con él a sus amigos, que sin duda pensaran que prefiere irse de viaje a comer solo por ahí antes que pagar otra ronda. Y seguro que, si, en aquella otra ocasión, estaba hablado con su mujer por teléfono, le costó mucho trabajo convencerla de que no sabía a qué hora iba a volver a casa porque se había caído en una zanja en un pueblo a 65 kilómetros de su lugar de residencia.

Me imagino la respuesta de su mujer: ¿Qué dices Gregorio? ¿No te habrás teletransportado otra vez? ¿Al lado de una iglesia? Y yo voy y me lo creo, seguro que estás en un restaurante dándote un banquetazo con tus amigotes, bueno, o sin ellos, que siempre se me olvida que solo tú puedas teletransportarte. Y ¿dónde está esa iglesia? si puede saberse. ¿En Wichita? Ya. Llevó meses diciéndote que quiero visitar a mí tía de Kansas. Y ahora vas y te teletransportas tú sólo. Pues quiero que vayas a ver a mi tía Dorothy y le des muchos recuerdos de mi parte, que ella también podía teletransportarte por los aires, pero con ayuda de un tornado. Y de paso saludas al hombre de hojalata, que hace mucho que no lo veo.

Recuerdo un episodio de Frasier en el que este y su hermano Niles deciden hacer campaña a favor de un candidato progresista al Congreso. Y cómo el doctor Krane descubre que este cree haber sido abducido por una nave extraterrestre, revelando accidentalmente esta información a los medios de comunicación, lo que termina arruinando su candidatura.

Sin embargo, Gregg Phillips ha sido designado por Donald Trump como encargado de coordinar a los equipos que dan respuesta en situaciones de emergencia en Estados Unidos. Así que me imagino a su equipo de trabajo estudiando la manera de teletransportar a las víctimas al hospital más cercano mientras el mundo se desmorona a su alrededor y animándoles a que traten de visualizar un quirófano mientras alguien trata al mismo tiempo de hacerles un torniquete para evitar que mueran desangrados.

Y supongo que ahora los astronautas del Artemis III, además de pasar horas en un centrifugador de entrenamiento, también aprovechan, mientras dan vueltas y más vueltas, para cerrar los ojos y apretar los párpados con fuerza pensando en la cara oculta de la Luna, ahora que saben que aspecto tiene. Y es que nos podemos ahorrar un dineral si conseguimos que los viajes espaciales se hagan en un abrir y cerrar de ojos. Y con un mínimo riesgo, como quien se plantea irse a comer a un McDonald's Trump, en el Mar de la Tranquilidad, y ¡alehop!, aterriza en Marte, en ese o en cualquier otro establecimiento de comida rápida que vaya a abrir Elon Musk en el Planeta Rojo.

Y hasta que se abran los primeros restaurantes, pues podemos ir explorando zanjas y cráteres por todo el Sistema Solar y eso que vamos adelantado.