viernes, 17 de julio de 2026

Todos los hombres del expresidente

 

Parecería un chiste, y no una radiografía del cerebro de alguno, si no fuera porque el comentario en cuestión fue realizado por el expresidente del gobierno de la nación, Mariano Rajoy, en un artículo publicado en un periódico digital, la víspera del partido de semifinales del Mundial entre las selecciones de Francia y España.

La selección francesa de fútbol es un equipo formidable pero, eso sí, sin franceses.

Habría faltado rematar la faena al día siguiente, después de que Francia quedara eliminada, diciendo que en realidad la selección de este país no se habría quedado fuera del campeonato esa tarde porque, dado el escaso número de franceses de pura cepa en el combinado nacional, en realidad Francia, como tal, no habría llegado a competir.

De hecho, en algún momento, en enfrentamientos anteriores entre ambas selecciones, podría haber habido más franceses en el equipo español que en la selección francesa. Y si no, ahí están Aymeric Laporte y Robin Le Normand para demostrarlo.

Por eso, en lugar de afirmar que la selección de Marruecos era la Francia B del campeonato, dado que hasta seis jugadores del plantel marroquí habrían nacido en Francia, yo creo que, hablando con propiedad, y desde el punto de vista de nuestro inefable expediente, Francia debería ser, por méritos propios, la vigente campeona de la Copa Africana de Naciones.

Y lo malo no es eso, sino que nosotros parece que vamos por el mismo camino. Y me resulta muy triste, la verdad. Porque si todos esos jugadores foráneos compitieran en los equipos de las naciones desde las que emigraron sus ancestros, representando, por ejemplo, a Guinea-Bisáu, Mali, Camerún, Costa de Marfil o la República Democrática del Congo, habría mucha más paridad y seguramente esa abrumadora superioridad europea quedaría en entredicho. Y la cenicienta del Mundial no sería Cabo Verde, sino Francia, con Lucas Digne, Adrien Rabiot y otros nueve jóvenes tataranietos de otros franceses de piel nivea nacidos en la Provenza, Occitania o Normandía tratando de contener a un ejército de Mbappés, Dembélés y Olises, capaces de expresarse perfectamente en la lengua de Molière, amantes del Camembert y, a lo mejor, también del vino de Burdeos, y por añadidura dotados de unas cualidades excepcionales para jugar al fútbol.

Pero bueno, los jerarcas de las naciones del mundo desarrollado siempre podrían poner las cosas en su sitio, llamando por teléfono al presidente de la FIFA y planteándole la posibilidad de reconsiderar las decisiones del trío arbitral, tomadas impulsivamente en el fragor de esa batalla desigual, o ayudando al Árbitro Asistente de Vídeo (más conocido por sus siglas en inglés, VAR) a revisar goles, penaltis, tarjetas rojas directas y confusiones en la identidad de jugadores, mediante un asistente de inteligencia artificial generativa que reconstruyera las jugadas polémicas en función de las circunstancias del caso concreto y del estado de ánimo de la hinchada presente en el estadio, que no tendría porqué ser mayoritariamente de una nación, también desarrollada, en particular.

Ayer mismo leía otra columna, publicada en el mismo medio digital, en la que un articulista, después de elogiar las indiscutibles virtudes deportivas de Lamine Yamal (cuando alguien empieza lanzándote elogios de altísimo nivel, prepárate para lo peor) mostraba su indignación por el nulo afecto, a su juicio , que el futbolista mostraba por la camiseta de la selección española y le afeaba que en las botas con que disputa el Mundial se hubiera grabado las banderas de los países de origen de sus padres, la marroquí y la guineana, pero no la española (parece que el color se la camiseta, a nuestro hombre, no le parece bastante).

Y aunque, después de hacer un sumario repaso de su biografía, entendía que, careciendo de estudios y siendo hijo de un pintor de brocha gorda y de una camarera de cadenas de comida rápida, no tuviera "los modales de un joven gentleman de Eton", también decía estar cansado de que el chaval anduviera por ahí dando ruedas de prensa con actitud de perdonavidas por haber elegido a nuestro país para competir y no, por ejemplo, la selección marroquí o, ya puestos, la guineana.

Y, para terminar, después de ponerle, entre otros ejemplos de integración, a la escocesa Mary Anne McLeod, para los que no lo sepáis, la madre del actual presidente de Estados Unidos (hay que joderse), le animaba a irse "con la música a otra parte".

A propósito de esto, me acuerdo de lo indignados que andaban algunos madridistas cuando no le dieron el balón de oro a Vinicius Jr., en favor de Rodri, un madrileño de pura cepa. Y es que todos los hinchas de los equipos de fútbol de las ligas "nacionales" se sienten muy orgullosos de los jugadores extranjeros que militan en sus equipos porque les pagan a cambio cantidades obscenas de dinero. Ni siquiera les exigen que demuestren su afecto por el escudo, mientras rindan en el campo. Todos los escrúpulos surgen cuando se trata de la selección nacional. 

Y también es curioso como entienden algunos eso de la integración. Un esfuerzo colectivo que han de hacer solamente los que vienen de fuera, aunque sea una vez restablecidos de singladuras en embarcaciones abarrotadas a riesgo de naufragar al menor golpe de mar, después de sobrevivir a rutas extenuantes por el desierto, a mafias sin escrúpulos y traficantes de personas, al hambre, a la sed y la fatiga extrema, y también a la desconfianza, el miedo y la hostilidad de los nacionales de los países de "acogida".

Hasta donde yo sé, que, salvando la distancia insalvable, también he sido un residente en tierra extraña, la integración es un camino de ida y vuelta. No se trata solo de que tú trates de asimilar una cultura, unas tradiciones y una idiosincrasia que no son las tuyas, sino también de que quienes te rodean te hagan fácil el camino de la integración, ofreciéndote su hospitalidad o, al menos, dándote la oportunidad de mostrar tus cualidades.

Y, en ese recorrido, eres tú el que se deja algo en el camino, familia, amigos, infancia, a veces media vida. Pero, aun así, la mayoría encuentra la manera de adaptarse, gracias también, hay que reconocerlo, a quienes no te esperaban, pero te acogieron o, al menos, te dieron una oportunidad sin juzgarte de antemano. Qué alguien que procede de tan lejos, elija a tu país para competir debiera ser motivo de orgullo y de agradecimiento. Y que se grabe en las zapatillas las banderas de sus padres es lo de menos. Seguramente ese gesto no se le reprocharía a "uno de los nuestros" que compitiera bajo la bandera de otra nación. Solo diríamos que es un traidor.

domingo, 5 de julio de 2026

Deposición accidental

 

Desde hace semanas, las aguas del estanque reflectante del monumento a Lincoln, llamado a ser el escenario emblemático del 250 aniversario de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, tienen una coloración impropia de tan extraordinaria celebración, causada por la proliferación de algas y microorganismos indeseables que van a impedir que luzca en todo su esplendor. Y todo ello después de haber invertido 14,2 millones de dólares en una obra que pasará a los anales como un ejemplo más de las chapuzas protagonizadas por la administración Trump.

Pero que nadie piense que las cosas se van a quedar así, porque la fiscal del distrito de Columbia y expresentadora de televisión, Jeanine Pirro, está decidida a dar un escarmiento al responsable de la vandalización de tan emblemático espacio público y ya tiene en el punto de mira al gamberro autor de tal felonía.

Se trata de un sexagenario al que los Empleados del Servicio de Parques Nacionales sorprendieron con las manos metidas en el agua del estanque toqueteando el revestimiento inferior del fondo de la piscina, que había llegado a las inmediaciones del monumento a Lincoln en una bicicleta, para pasar inadvertido y, después, poder darse a la fuga sin despertar sospechas.

Además, examinando sus antecedentes, la policía ha podido saber que se trata de un expiragüista olímpico que, muy probablemente, estaba resentido con las autoridades por no dejarle introducir su piragua en el estanque, que en su parte más profunda alcanza los 76 centímetros de profundidad, para seguir ejercitándose en su disciplina.

La verdad es que nadie está libre de este tipo de comportamiento incívico. Ayer, sin ir más lejos, la administración de fincas de mi comunidad me envió un correo electrónico en el que se informaba de que la piscina había sido clausurada a causa de una "deposición accidental" y de que, tan pronto como desapareciese el riesgo para los bañistas, y la empresa mantenedora de la misma lo considerara oportuno, se abriría nuevamente al público 

Y, ¿ya está? Pues lo siento, pero yo no creo que podamos limitarnos a cerrar la piscina y poner a funcionar la depuradora a todo trapo. Hay que depurar también responsabilidades. Porque, qué es una deposición accidental, si puede saberse. Nadie depone accidentalmente, salvo que tenga gastroenteritis. Y, en ese caso, el sentido común y la prudencia más elemental aconseja abstenerse de acudir a un baño público. Y lo de los niños pequeños ya me lo sé. Qué lo del cagoncete será un accidente, no digo yo que no. Pero se trata de un accidente que podría haberse evitado. Y, en este caso, el servicio de prevención no ha funcionado adecuadamente. Así que los papis de la criatura deberían asumir su responsabilidad. Y si sobre la espalda encorvada de ese señor de 67 años la fiscal del distrito de Columbia va a hacer caer todo el peso de la ley, imputándole un delito de destrucción de propiedad por valor superior a 1.000 dólares, no sé por qué no va a tomar cartas en el asunto de mi comunidad el ministerio fiscal por un delito contra la salud pública

Que, bien pensado, lo mío es mucho más grave, salvo que el presidente de Estados Unidos tuviera planeado darse un baño en la piscina reflectante y ese anciano en lugar de limitarse a meter las manazas en el agua, hubiera llevado a cabo una deposición accidental, lo que, como mínimo, podría calificarse como un crimen de lesa majestad.

Y es que el mundo está lleno de expiragüistas, expresentadoras de televisión y expresidentes con ganas de notoriedad, sobre todo si alguien les da la oportunidad de reconvertirse a ciclistas, fiscales de distrito o de volver a ser presidentes de su país. Por eso no hay que darle a nadie segundas oportunidades después de fracasar la primera vez en su tentativa de lo que sea que hayan querido hacer en su vida pasada, ya sea conseguir una medalla olímpica, ascender hasta lo más alto en los paneles de audiencia o defecar sobre los derechos de la ciudadanía.

Y por eso espero que la justicia cumpla con su cometido y este activista no pueda volver a acercarse a una piscina pública en lo que le queda de vida, después de limpiar de algas los 25 millones y medio de litros de agua del estanque presidencial, ya que le gusta tanto meter sus manos artríticas en el líquido elemento. Aunque también podría ayudarse del remo de la piragua, si se compromete a dejar en paz el revestimiento del estanque. 

Y en cuanto a los autores, directos o indirectos, de la deposición accidental en la piscina de mi comunidad, sin perjuicio de las responsabilidades penales en que hayan podido incurrir, propongo que se les prohíba bañarse en playas y espacios públicos destinados al baño en general hasta que remita la ola de calor (o sea hasta noviembre) salvo que España gane el Mundial, en cuyo caso, se les podría conceder un indulto parcial en lo que se refiere a las fuentes de la ciudad, que tampoco hay que ser tan estricto y el interés general no deja de ser el interés general.