jueves, 14 de mayo de 2026

Ridículo presidencial

 

Es preferible que lo tachen a uno de corrupto, de autócrata, de vendepatrias, que hacer el ridículo. De lo primero puede uno recuperarse, a base de tesón y/o propaganda, pero lo segundo te acompañará de por vida, te convierte en un meme que se propagará eternamente por las redes sociales, hace de ti un payaso del que, propios y extraños, se reirán durante generaciones y, con un poco de suerte, generará un latiguillo llamado a repetirse por los siglos de los siglos, del tipo "marcarse un Clavijo, un Ayuso o un Pérez".

Y es que no puede uno irse de visita a un narcoestado y pretender que su vida no corra peligro. Porque, si un narcoestado es un país donde las organizaciones ilegales que producen, transportan o venden drogas controlan las instituciones legítimas mediante la fuerza, el soborno o el chantaje, la vida de cualquiera, ya no sólo la de la presidenta de la Comunidad de Madrid, estaría en peligro en cuanto bajase por la escalerilla del avión.

Y, claro, al final no te queda más remedio que denunciar el "abandono de un representante del Estado, como es un presidente autonómico, a su suerte, en un país sumido en la violencia”, donde le “podría haber ocurrido cualquier cosa, en cualquier sitio”. 

Es como si yo me voy mañana a la Riviera Maya, me sienta mal un mojito o un tiburón me arranca de cuajo el dedo meñique de mi pie izquierdo, y me quejo porque las autoridades españolas me han dejado a merced de un sistema sanitario dominado por la premisa de la prioridad narconacional. Pues haberte quedado en Isla Cristina, que lo peor que te puede pasar, en relación con el narcotráfico, es que te atropelle una narcolancha.

Por otro lado, lo del presidente de la Comunidad de Canarias merece un capítulo aparte. Se declara una emergencia sanitaria a bordo de un crucero de lujo y la Organización Mundial de la Salud pide ayuda a España, desplegando un dispositivo sin precedentes para la evacuación del pasaje, que se lleva a cabo en cuestión de horas. Pero, en el impás, el presidente autonómico hace saltar todas las alarmas, se niega a que el crucero fondeé en las costas de Canarias ante el riesgo evidente de que las islas sean invadidas por un ejército de roedores capaces de propagar con sus heces el virus entre los humanos canarios y, para reforzar su discurso, envía a la Ministra de Sanidad un pantallazo de una búsqueda realizada con ayuda de un asistente de inteligencia artificial en el que aparece subrayada una frase lapidaria “Las ratas son excelentes nadadoras”.

Los técnicos del ministerio contestan elaborando un informe que señala que el reservorio natural del virus de los Andes no son las ratas, sino el ratón colilargo patagónico, que no nada. Pero, aun así, Clavijo anunció que él no autorizaría el fondeo. Y, con el operativo de evacuación prácticamente concluido, todavía se remite a una circular del Ministerio del Interior que reconoce que el hantavirus se transmite por la saliva, orina o heces de "roedores" y que, aunque dice que no es esperable que este roedor en particular pudiera colonizar nuestro territorio, ojo, "no lo descarta”.

Lo que no ha aclarado el presidente canario es qué alternativa se le ocurre al fondeo en aguas del archipiélago, como no sea dejar al MV Hondius a la deriva en alta mar hasta que el pasaje y la tripulación al completo pasen la cuarentena sin síntomas o, alternativamente, mueran víctimas de una insuficiencia respiratoria y/o una diarrea hemorrágica y, entonces, enviarlos al fondo del mar con un torpedo bien dirigido a la línea de flotación, eso sí, después de haber desratizado la embarcación.

Y el tercer presidente en liza para conquistar el primer puesto del ranking de la ridiculez es, como no podía ser de otra manera, el ínclito presidente del Real Madrid, el club más laureado de la historia, bajo cuya presidencia se han ganado siete Champions y siete Ligas, pero, como el propio presidente ha matizado, tendría que haber ganado 14, aunque las otras siete se las habrían robado.

Pero no fue este su único alarde en el transcurso de una rueda de prensa convocada por sorpresa al final de una temporada que se salda con otro título liguero presuntamente birlado con malas artes y una eliminación prematura del resto de competiciones en las que el club ha participado.

También presumió de que su empresa es líder mundial en infraestructuras y tiene 170.000 empleados y factura 50.000 millones al año y de gozar, a sus 79 años, de una salud de hierro que le permitirá perpetuarse al frente de ese club de fútbol por toda la eternidad y ganar otras siete Champions y otros catorce títulos de liga.

Además, está en condiciones de avalar su candidatura con su patrimonio personal, sin pedirle a nadie que lo financie (¿qué serán para Florentino 187 millones de euros? Pues eso, calderilla). Y, si alguien quiere disputarle las elecciones, adelante, que él le estará esperando con los brazos y la chequera abiertos, pero que no pida más tiempo para presentar una candidatura alternativa, vaya a ser que dé la sorpresa y termine desbancando al mejor presidente de la historia del Real Madrid.

Y todavía tuvo tiempo de afear el comportamiento de los malos (periodistas) que se dedican a criticar el club que preside porque son todos unos “antimadridistas desde pequeñitos”. No como los futbolistas de la plantilla que son unos “chavales fenomenales y muy buenos” que de vez en cuando se pelean, pero como “lo han hecho todas las temporadas” (¿?) “como se pelean los jóvenes”, “se dan una patada… se la devuelven”, pero eso no significa que la situación del club sea caótica ni que la violencia se haya instalado en el vestuario. No como lo ha hecho la violencia gratuita que los medios practican a diario con el Real Madrid.

Y es que "el Madrid es lo más grande que hay en el mundo", así que, para abandonarlo, no dudó en afirmar: “Me tendrán que echar a tiros”. Pues no sé, presidente, pero, por si acaso, no vaya a viajar este verano para ver el campeonato del mundo, que el Mundial de este año se disputará también en México, y ya se sabe que es un país “sumido en la violencia”, tal como la presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid ha tenido ocasión de experimentar en sus propias carnes.

viernes, 8 de mayo de 2026

Las botas de la felicidad

 

Sucedió hace unos meses, era invierno y estuvo lloviendo muchos días seguidos. Lorena se había encaprichado de unas botas altas. Llevaba detrás de ellas varias semanas. No quedaban de su número y hubo que encargarlas y, luego, ir a buscarlas a la tienda. Finalmente, las botas llegaron a la sección de zapatería de El Corte Inglés en una aparatosa caja de cartón cerrada de mala manera con cinta de embalar, que tenía dentro otra caja más pequeña y, en su interior, las deseadas botas, que se veían lustrosas, como si alguien las hubiera estado cepillando a conciencia, con su medio tacón y un bonito dibujo pespunteado en la caña. Eran cómodas, incluso confortables, ligeras como las pisadas de un elfo en la nieve y lucían preciosas. Así que, después de probárselas, su ilusionada nueva propietaria las devolvió a su envoltorio, aplazando para la ocasión adecuada el momento de estrenarlas, y dejó la caja de zapatos dentro de la aparatosa caja con aspecto de embalaje capaz de albergar cualquier otra cosa, como una lavadora u otro electrodoméstico de línea blanca, que se quedó medio abierta en mitad de su cuarto, con la cinta de embalar despegada atrapando insectos, estorbando el paso y dificultando la limpieza, añadiendo un elemento disonante a un cuarto que, a veces, se parece enormemente al probador de una tienda de ropa antes de que alguna empleada diligente se dedique a perchar y poner en su sitio blusas, faldas y pantalones.

Y, pasaron los días y llegó la noche propicia para estrenar el nuevo calzado y combinarlo con un outfit cuidadosamente elegido para la ocasión. Es posible que incluso pasase una semana, en el transcurso de la cual la caja desapareció de su emplazamiento accidental sin que nadie se percatase de ello, hasta que llegó el momento de sacar las botas de su humilde envoltorio, que ya no estaba a la vista. Y es que, en algún momento, un eficiente empleado de la limpieza, considerando erróneamente que el embalaje había cumplido su cometido y aprovechando que bajaba la basura orgánica, depositó en el contenedor de cartón la caja y, con ella, sin ser consciente de las consecuencias que está imprudente decisión traería consigo, también su contenido. Hasta que fue interrogado sobre su proceder en los días previos y, en particular, sobre su eventual responsabilidad en la desaparición de una caja de cartón de gran tamaño y su paradero; por lo que no tuvo más remedio que confesar que, llevado por una diligencia que podría considerarse encomiable a la par que imprudente, había arrojado el embase y su ignorado contenido a un contenedor de papel.

Las cataratas del Niágara quedarían en evidencia ante la cascada de lágrimas que provocó tal revelación, aunque el rostro compungido del empleado de la limpieza también resultaba desolador, según el relato de algunos testigos presenciales, en cuya cabeza empezaba a vislumbrar, con toda probabilidad, la posibilidad de un despido fulminante.

Fue entonces cuando, temiendo por las consecuencias de su atolondrado proceder, no dudo ni un momento en salir en busca del contenedor de papel, levantar la tapa y, con grave riesgo para su integridad y sin sopesar ni por un instante las consecuencias para su sistema inmunitario de exponerse a los efluvios de lo que no dejaba de ser un contenedor de basura, introducir su cuerpo en el mismo, para, después de bucear un rato entre cartones que la lluvia había reblandecido y vuelto resbaladizos, rescatar la caja en cuestión y, después de verificar que su contenido permanecía intacto, no sin esfuerzo y con desprecio de los indeseables efectos sobre su ropa del lamentable estado de limpieza del contenedor, emerger a la superficie y respirar, con una mezcla de alivio y exultante satisfacción, el aire fresco de una noche que amenazaba tormenta, pero a cuyo cielo súbitamente despejado se asomaban las primeras estrellas.

Y así aconteció que nuestro esforzado hombre de la limpieza volvió a su casa sucio pero alegre y cantarín como un deshollinador que hubiera encontrado un inesperado tesoro en el tiro de la última chimenea que le tocaba desembozar, al que, después de una fatigosa jornada laboral aguardaban todavía una ducha caliente y la eterna gratitud de una princesa descalza, que finalmente pudo estrenar sus botas de la felicidad en perfecto estado de revista, pese a haber pasado al menos un par de noches entre cajas de pizza oliendo a pepperoni, cartones de huevos pisoteados de pegajosa apariencia, catálogos de tiendas ofertando productos de diversa índole y al menos una revista de moda entre la húmeda ondulación de cuyas páginas a todo color la felicidad camina sobre unas botas de caña alta.