No sé vosotros, pero yo
estoy emocionadísimo con el programa Artemis y el viaje de la cápsula Orión,
después de más de cincuenta años de la última misión tripulada a la Luna. Y me
parece increíble que hayamos tardado tanto tiempo en volver a visitar ese satélite
sin vida ni atmósfera, con una orografía interesantísima hecha a base de
formidables colisiones de asteroides de todos los tamaños a lo largo de un
periplo de millones de años. Pero, por fin, alguien se ha dado cuenta de la
necesidad de hacer nuevas fotografías para saber si algo ha cambiado en el Mar
de la Tranquilidad en el último medio siglo o comprobar que todo sigue igual y
poder quedarnos tranquilos antes de que los chinos planten allí una bandera y
se hagan una foto con sus caras amarillas sonriendo a la luz del sol.
Además, se han
establecido un montón de nuevos hitos en la historia de la humanidad, como, por
ejemplo, la mayor distancia de la Tierra a la que un ser humano ha estado
jamás. Nada menos que 6.000 kilómetros más lejos que la última vez. El anterior
récord lo ostentaba la tripulación del Apolo 13, pero no cuenta porque fue
debido a un fallo técnico.
Y tampoco una mujer
había estado nunca tan lejos de su casa, salvo en su imaginación. Y hemos
puesto a un afroamericano en el espacio, lo que abre infinitas posibilidades de
cara a la deportación de inmigrantes irregulares en el futuro. Y otro miembro
de la tripulación es canadiense y, por primera vez, no estadounidense. Aunque
esto importa poco porque Canadá podría convertirse muy pronto, por las buenas o
por las malas, en el 51 estado de la Unión.
Y estos seres humanos
afroameric@nocan@dienses y pioneros de la exploración del espacio profundo han
visto la luna como si fuera una pelota de baloncesto y no como un guisante
diminuto, que es como la habíamos visto el resto de los mortales hasta ahora. Y,
además, han podido ser testigos de un eclipse total en primera fila que habría
durado, ojo al dato, cuarenta minutos, en el transcurso de los cuales perdieron
toda comunicación con la Tierra; lo que pone de manifiesto la enorme
preparación de este equipo humano. La mayoría de nosotros no podría estar ni
quince minutos sin mirar el móvil, y tan solo para obtener a cambio una visión
inédita de la cara oculta de la Luna que, ahora lo sabemos con certeza, se
parece extraordinariamente a la cara visible.
“Aprovechamos esta
oportunidad para retar a la generación actual y a las futuras para que este
récord de distancia no tarde mucho en batirse de nuevo”, ha dicho el astronauta
canadiense. Y estoy convencido de que así será porque, tal como está ahora mismo
el tema de la vivienda y con la cantidad de suelo urbanizable que hay en Marte,
van a tener que triplicar el número de transbordadores espaciales y establecer
una lista de espera.
He leído en la prensa
que uno de los instantes más emotivos que se ha podido vivir a bordo de la nave
Orión ha coincidido con el momento en que sus intrépidos tripulantes han
bautizado dos nuevos cráteres, “otro hito alucinante” que nos permitirá en un futuro
próximo diferenciar esos dos agujeros de cualesquiera otros que se hayan hecho
antes o se puedan hacer después.
Pero, como en toda
expedición legendaria que merezca llamarse así, también ha habido malos
momentos, como cuando se produjo un problema de control con el retrete de la
nave Orion, que es el primero con puerta que viaja en una misión tripulada a la
Luna. Un nuevo sistema concebido para Artemis que pretendía ofrecer una
experiencia más cómoda y práctica a los astronautas, conocido como Sistema
Universal de Gestión de Residuos, y que consiste en un inodoro de diseño
especial cuya compuerta está en el piso, junto a la escotilla de ingreso a la
nave.
Por lo visto, algún
ingeniero de la NASA habría cometido un terrible error en el diseño del inodoro
que tal vez, en el peor de los casos, podría provocar que las deposiciones de
la tripulación terminaran desparramándose por el interior del módulo lunar, flotando
a su alrededor, impidiéndoles disfrutar del eclipse en toda su dimensión
cósmica y provocando una “caminata espacial no programada”, llamada a
convertirse en otro momento estelar, particularmente emotivo e incluso en un
hito alucinante y maloliente al mismo tiempo.