viernes, 26 de junio de 2026

Polillote

 

Estas últimas semanas nuestra casa ha sido invadida por las polillas, de forma que, podemos estar viendo la tele tranquilamente después de cenar o puedo estar yo cepillándome los dientes, con el pijama puesto, antes de irme a la cama, cuando un grito pavoroso precedido por un revoloteo torpe alrededor de la lámpara hace saltar todas las alarmas y me obliga a lanzar el cepillo de dientes por los aires y salir corriendo con la boca llena de espuma en dirección al frente de batalla, roto por una incursión aérea que ha hecho huir a mis tropas de manera desordenada y que, víctimas del estrés postraumático, son incapaces de señalar con una mínima precisión la ubicación actual del enemigo.

Mis valerosos soldados, para otras cosas que no tengan que ver con mariposas nocturnas y criaturas aladas en general emparentadas con la familia de los insectos, han acuñado un término para nombrar a estos lepidópteros de hábitos crepusculares con el que se refieren a ellos sottovoce, en una mezcla de respeto y pavor mal disimulado ante la posibilidad de que, pronunciado en voz alta tenga el efecto de una invocación: polillote.

Así que, con motivo del primer avistamiento, al grito de "polillote", abandonan precipitadamente su posición, aún a riesgo de dejar atrás a algún compañero que después de tropezar, pueda yacer de bruces contra el suelo, y corren a refugiarse en la habitación del pánico, cerrando la puerta tras de si y negándose a salir de su escondite hasta que cesa el ruido de las sirenas y el temido zumbido ha desaparecido por completo.

Pero el otro día estaba en el juzgado, esperando para entrar en sala, cuando un whatsapp me anunció lo que todos llevábamos temiendo desde que empezaron las incursiones. Una polilla de aspecto espeluznante, odiosa apariencia y con unas alas desproporcionadamente grandes, había entrado por la ventana en algún momento de la noche y se había atrincherado en el cuarto de baño del pasillo, atacando por sorpresa a mis dos hijas, mientras trataban de quitarse las legañas, con la visión comprometida a causa de la miopía y sin gafas de protección ni tiempo para protegerse la cara con una triste mascarilla.

Ante la imposibilidad de desplazarme hasta el lugar de los hechos, y la escasa predisposición de la tropa para llevar a cabo una misión de castigo con objeto de recuperar el terreno perdido durante la noche, sólo pude disponer que el cuarto de baño quedase clausurado hasta nueva orden y la soldadesca fuera a hacer sus abluciones al otro excusado, eso sí, asegurándose previamente de que no había sido tomado también por el enemigo.

La cuestión es que, cuando llegué a casa eran las dos de la tarde y no había ni rastro de la polilla. Así que decidí posponer el operativo, con grandes protestas por parte de los reclutas que querían recuperar sus pertrechos a toda costa, abandonados y a merced del invasor a causa del desorden en campaña ocasionado por una mariposa poco agraciada, una de esas criaturitas pardas a las que con todo cariño se refería Gerald Durrell en su familia y otros animales y que tan poca simpatía despiertan en la mía.

Afortunadamente, una hora más tarde llegaron tropas de refresco, y el otro contingente desplazado también esa mañana fuera del hogar familiar solicitó permiso para hacer una incursión con gas venenoso, a lo que accedí a pesar de que andamos algo escasos de insecticida y es posible que, a lo largo del verano, tengamos que bregar con invasores de mayor calibre.

El resultado: dos polillas abatidas en pleno vuelo, aunque nuevamente con dificultades para localizar los cuerpos, que daban sus últimos estertores entre los envases del champú, el suavizante y el gel de baño.

Aunque hubo que cortar el tránsito de vehículos y personas por el pasillo y abrir algunas ventanas para ventilar la zona de combate, debido a la acumulación de gases y su potencial peligrosidad para nuestras tropas y la consiguiente posibilidad de que alguno de los nuestros enfermase víctima del fuego amigo. Supongo que es el precio a pagar por usar armas químicas prohibidas por sus efectos devastadores sobre la cadena trófica y el proceso de transferencia de sustancias nutritivas a través de las diferentes especies de la comunidad biológica

Finalmente, la ingrata tarea de localizar a los enemigos heridos en combate y ahora agonizantes y, visto que cualquier intento de mantenerlos con vida habría resultado inútil, poner fin a su agonía, corrió de mi cuenta, haciendo uso de mi arma reglamentaria, con un zapatillazo de gracia. Los cadáveres espachurrados fueron retirados del campo de batalla y conducidos al cubo de la basura sin mayores ceremonias, para evitar que cualquier intento de recuperar los cuerpos nos depare más sobresaltos de los necesarios y que se reproduzcan las escenas de pánico que se han vuelto recurrentes desde que se iniciaron las hostilidades.

jueves, 18 de junio de 2026

España 0 - Cabo Verde 67

¡Qué decepción! Cuatro años esperando para ver el debut de la selección española de fútbol en un nuevo mundial y no hemos sido capaces de marcarle un gol a Cabo Verde. Si señores, han oído bien, no a Uruguay, Suiza o Nigeria, sino a Cabo Verde, la selección que ocupa el puesto número 67 en el ranking de la FIFA. La cenicienta del campeonato, junto a Curazao, que ha tenido la decencia de dejarse aplastar por Alemania por 7 a 1. 

Pero no todo son malas noticias, a Alemania le metieron un gol, mientras nosotros hemos conseguido mantener la portería a cero. Así que veremos quién ríe el último, si Curazao o Cabo Verde.

Además, es que estos equipos se cierran atrás, con dos líneas de defensores separadas por medio metro, en lugar de jugar al ataque y dejarse masacrar por equipos como el nuestro. Y nos obligan a tocar y tocar hasta completar 6.500 pases con un noventa y nueve por ciento de acierto y una posesión cercana al doscientos por cien, mientras ellos se limitan a contemplar nuestra abrumadora superioridad. Si el partido llega a durar diez minutos más, seguro que alguno de los nueve defensas se queda dormido y podemos meter un balón en el área. O, a lo mejor, se duerme el portero y, entonces, ganamos, no siete a uno, sino diecisiete a cero.

Ahora en serio, no entiendo a esa nutrida legión de periodistas y comentaristas indignadísimos, poniendo a caer de un burro al seleccionador, a los jugadores titulares, a los suplentes y hasta a la madre que parió al masajista. Cómo si esto fuera la primera vez que nos pasa. ¿Soy yo el único que ha visto un descalabro mundialista de nuestra selección? A veces los equipos están en estado de gracia y, otras veces, te tiras noventa minutos esperando que pase algo. Lo malo es que, a veces, lo que termina pasando te pasa a ti. No quiero ni pensar en la posibilidad de que Cabo Verde hubiese marcado un gol, cosa que podría haber sucedido con el partido a punto de terminar. Seguramente, a estas horas el pellejo de Luis de la Fuente colgaría de un hasta ondeando al viento junto a la enseña nacional.

Yo creo que la culpa la tienen los descansos de refrigeración. Para una ventaja que teníamos los países meridionales y ahora hay que parar para que los nórdicos beban agua y no se deshidraten. Claro que prescindir de ellos con Arabia Saudí nos iba a servir de poco, que esa gente está acostumbrada a las altas temperaturas y seguro que pone nueve defensas delante de la portería y deja que corramos nosotros de izquierda a derecha y de derecha a izquierda hasta que nos dé un golpe de calor.

¿Cuándo aprenderemos que lo importante es participar, competir y hacer disfrutar a los aficionados?, que se lo merecen todo. Y estoy seguro de que muchos el otro día disfrutaron de lo lindo, como todos esos que sólo tienen espacio en su corazón para un equipo y estaban muy cabreados porque en la selección no había ninguno de los jugadores de su equipo del alma. O los que están deseando que eliminen a una selección española plagada de gente que no representa los valores patrios, con apellidos foráneos y con un seleccionador que se pasa por el forro eso de la prioridad nacional.

Claro que no sé si no es peor ver a la comunidad caboverdiana dando saltos por las calles de Burela, en lugar de celebrar el empate en la intimidad de sus pisos patera o abstenerse de celebrar en absoluto que su modesta selección nacional haya dejado en ridículo al país que les da de comer.

            Qué le vamos a hacer. A lo mejor este es nuestro sino: no ser capaces de demostrar que somos mejores que los que han llegado a competir con nosotros en inferioridad de condiciones y dejarnos avasallar por los que, tradicionalmente, nos han mirado por encima del hombro.