martes, 8 de septiembre de 2026

Crisis migratoria

 

Estoy harto. Es que no sé pueden hacer peor las cosas. Cómo es posible gestionar tan rematadamente mal una crisis migratoria como la que estamos viviendo en este país, no desde hace un mes, sino desde hace años, sin que este gobierno haya hecho nada por remediarla.

Y es que el año pasado entraron en España 97 millones de extranjeros, que han estado hacinándose en nuestras playas desde entonces, apenas protegidos por unas endebles sombrillas o achicharrándose al sol durante las olas de calor, dejando que los chiringuitos, y también los hoteles de cinco estrellas, se hiciesen cargo de ellos, en unas condiciones cada vez más penosas.

Vamos a ver, que yo soy el primero que se apiada de esos seres humanos, porque lo son, arrastrando sus pertenencias por las calles de Sevilla en pleno mes de agosto en unas Trolleys con ruedas a punto de que les dé un parraque. Pero luego, intento entrar en un bar o en una cafetería y no hay ni un huequito en la barra en el que pueda apoyar el codo, y si trato de reservar en un restaurante, o tengo que comer antes de las doce y media de la mañana o me dicen que tienen una mesa libre en la terraza a partir de las cuatro y cuarto, pero que tengo que comer en quince minutos porque, a partir de esa hora, empieza el primer turno de la cena. Y, entonces, se me acaba la solidaridad y me entran unas ganas terribles de darles caza uno por uno y de tirarlos al río, a ver si así se les pasa el sofoco. Y también de pegarles con un palo a los camareros que los atienden, a ver si así se vuelven por donde han venido.

Luego, está lo de la vivienda, que parece que no tiene nada que ver, pero si. Pues resulta que, por ejemplo, en Benidorm, Marbella o Torrevieja, el esfuerzo financiero necesario para adquirir una vivienda nueva supera el 80% de la renta media, cosa que se atribuye principalmente al peso que tiene el comprador internacional (o sea, a la inmigración), y que el mensaje más habitual en internet, al buscar piso, es el de “Solo para alquiler vacacional” o “Desplazados/Profesores: alquiler de septiembre a junio”. Así que los trabajadores no encuentran casa, con lo cual no sé quién va a dar de comer y de beber a esas criaturas, teniendo en cuenta los sueldos que se pagan en un sector tan precario como la hostelería. Pues si, lo siento mucho, pero me he vuelto un firme defensor de la prioridad nacional.

Si es que hasta los funcionarios, después de haber superado una oposición, están renunciando a sus puestos de trabajo porque, con el sueldo que les paga la administración, tampoco pueden hacer frente a un alquiler y, mucho menos, comprarse una vivienda. Algunos han tenido que irse a dormir a la playa (que está llena de inmigrantes). De hecho, hay una encuesta por ahí que calcula que casi un tercio de los trabajadores públicos han declinado un ascenso o una plaza por los precios de la vivienda. Y, de un tiempo a esta parte, proliferan las noticias de profesionales sanitarios que, en zonas altamente tensionadas por el turismo, se ven obligados a dormir en coches, furgonetas y autocaravanas. Pues, si señor, a esto yo le llamo deterioro de los servicios públicos causado por la migración incontrolada. Que muy pronto nuestros hijos, en vez de un profesor de carne y hueso, van a tener que dar las clases por videollamada o recurrir a un asistente de IA, que no sé qué es peor. Y todo ello con el beneplácito de los presidentes de las Comunidades Autónomas que se dan puñetazos por reubicar a esos inmigrantes en el territorio respectivo. De locos.

Y encontrar un piso se ha convertido en una misión imposible para los estudiantes universitarios que pretenden cursar sus estudios en ciudades como Madrid o Barcelona. Pues, lo del material escolar va a tener que esperar, porque las Asociaciones de Madres y Padres de Alumnos (AMPAS) están encargando "Antes que los libros, un spray de gas pimienta", para defenderse de esta horda invasora y, de paso, solucionar cualquier problema de acoso escolar o hacer frente de los abusos del profesorado sin necesidad de pedir tutorías o elevar las quejas a la inspección educativa, que vaya pérdida de tiempo. Aunque si el profesor es Gemini, pues igual no hace tanta falta.

Pero lo peor de todo es la inaceptable vulneración de la soberanía que supone esta colonización consentida por el gobierno, que es incapaz de mostrar una posición de firmeza frente a nuestros supuestos aliados, que por su parte han demostrado ser muy poco fiables, abriendo de par en par sus fronteras para que sus nacionales viajen a España sin restricciones de ninguna clase, que se nos ha llenado esto de borrachos, homosexuales y portadores de hantavirus, coronavirus y quien sabe cuántos virus más.

Estoy deseando que alguien convoque una manifestación para mostrar su apoyo a los marbellíes, torrevejenses, benidormenses, o a los ibicencos. Pero, mientras tanto, en mi estado de WhatsApp voy a poner una bandera de España y otra de Rojales, cuya población extranjera, entre ingleses y alemanes, representa el 72 por ciento del total, la inmensa mayoría de los cuales imagino que no tiene voluntad alguna de trabajar en España y tampoco sabe ni pedir un café en castellano, y luego hablaran de integración.

Pues, sabes qué, que va a tener razón Donald Trump, somos “un país con cero control de su frontera” y que “Lo que está ocurriendo allí (aquí) es muy triste de ver. Miles (quería decir millones, pero no quiso hacer sangre, que Dios le bendiga) de personas irrumpiendo en masa en su (nuestro) país. Nunca he visto nada igual.” Yo tampoco, la verdad.

jueves, 6 de agosto de 2026

Testeando la testosterona

 

He leído en la prensa que el Secretario de Guerra (antes conocido como de Defensa) de los Estados Unidos, Peter Brian Hegseth, ha anunciado que, como parte de “un nuevo programa de detección de deficiencia”, se va a someter obligatoriamente a los soldados estadounidenses mayores de 30 años a un análisis anual para testar sus niveles de testosterona, dado que, como todo el mundo sabe (y también Pete Hegseth, que, seguramente, empieza a peinar alguna cana a sus 46 añitos), los niveles de dicha hormona descienden de forma sintomática con la edad.

Todo ello con objeto de garantizar que los soldados norteamericanos “cuenten con los niveles adecuados de esta hormona para estar al máximo de sus capacidades”. Y, para ello, estos análisis podrán completarse, opcionalmente, con un tratamiento de “reemplazo de testosterona”.

Pero no es solo Pete, también el secretario de Salud (al que podríamos rebautizar como de enfermedades y dolencias, para seguir llamando a las cosas por su nombre), Robert F. Kennedy Jr., ha patrocinado recientemente, a sus 72 añazos, la idea de inyectarse testosterona, ante lo que considera un problema de decadencia generacional, que afecta a los muchachos de hoy en día, a pesar de que recurrir a inyecciones de esta hormona se ha extendido mucho últimamente en los gimnasios.

No obstante, según la Asociación Estadounidense de Urología (otra vez la medicina dando lecciones sobre medicina) parece ser, que niveles bajos de testosterona pueden estar asociados a problemas de estrés o a otras dolencias como la diabetes, la osteoporosis o la depresión (y otras mariconadas). Además de que, antes de empezar a recetar inyecciones de testosterona a diestro y siniestro, convendría analizar otros factores relacionados con el estilo de vida, como la falta de sueño, el consumo de alcohol, el peso o la incidencia de los medicamentos que ya se estén tomando.

Y, para colmo, dicen por ahí que su consumo puede provocar infertilidad y la formación de coágulos sanguíneos, además de acné y caída del pelo, y, entre los efectos psicológicos, cambios de humor, comportamiento agresivo e irritabilidad.

Lo que no ha dicho el Secretario de la Guerra es que piensa hacer con las 231.000 mujeres que forman parte del ejército de Estados Unidos, dado que aplicarles la misma receta equivaldría a patrocinar un tratamiento hormonal transgénero en el mismísimo ejército estadounidense, y hasta ahí podíamos llegar. Aunque, según el propio jefe del Pentágono, en ese ejército, que debe estar compuesto por verdaderos “guerreros” y no por meros "defensores", las mujeres que quieran encontrar su sitio tendrán que alcanzar los “máximos” estándares masculinos para desempeñarse en puestos de combate.

Pues bien, parece que para ser un buen soldado, ya no digo para ser un auténtico guerrero, no hay que ser particularmente espabilado, ni tener una visión estratégica, o tan siquiera sentido de la orientación, ni mucho menos dotes de negociación o capacidad para empatizar con la población civil (que se empieza empatizando con civiles y se termina confraternizando con el enemigo). No señor, aquí de lo que se trata es de estar a tope de power, con los niveles de testosterona por las nubes y la masa muscular a punto de reventar por las costuras el uniforme reglamentario. Porque, como bien ha dicho Pete, "Luchamos para ganar", "sin reglas de enfrentamiento estúpidas, sin atolladeros de construcción nacional, sin guerras políticamente correctas" (y todo ese montón de mierda que son las normas de derecho internacional humanitario).

Así, no es de extrañar que a un mando militar acostumbrado al consumo de anabolizantes se le fuera la olla y decidiera bombardear una escuela de niñas en Minab, aunque Peter se apresuró a decir que Estados Unidos "nunca ataca objetivos civiles", lo que podría dar a entender que la escuela era considerada un objetivo militar, dado que según él, Irán tiene la mala costumbre de lanzar misiles desde escuelas y hospitales.

Y también será por parecidas razones que la Armada de Estados Unidos decidió mandar al fondo del océano Índico una fragata iraní que se encontraba a 2.000 millas de la zona de conflicto, en flagrante vulneración del Segundo Convenio de Ginebra, o dar orden de matar a los sobrevivientes de un ataque realizado contra una embarcación sospechosa de transportar drogas en el mar Caribe, en la primera de una serie de operaciones contra presuntos narcotraficantes.

No me quiero imaginar a esos muchachotes, recién superado el test de testosterona o después de haber completado su tratamiento de remplazo, repeliendo un ataque híbrido en la playa de El Tarajal. Seguramente, estaríamos completando un recuento de miles de muertos, en lugar de algunas decenas. Pero supongo que es lo que sucede cuando el Ministerio de Defensa se convierte en el Ministerio de la Guerra y, en vez de soldados, te dedicas a reclutar guerreros para defender la soberanía nacional.

Ahora voy entendiendo el modelo de soldado-guerrero que viene patrocinando el Secretario de la Guerra estadounidense. Se trataría de una especie de espartano, al estilo de la hueste de los trescientos que comandaba Leónidas en el estrecho de las Termópilas, de piel broncínea y pectorales de acero, pero con la cara llena de granos supurando al sol de Tesalia y de un humor de perros provocado por una alopecia prematura, que, preguntados por su oficio, responderían al unísono con un indistinguible "¡Auh!”, mientras se inyectaban la última dosis de esteroides, a la espera de enfrentarse, no a un ejército persa de 250.000 hombres, sino a un grupito escolar de niñitas de entre siete y doce años en un día lectivo cualquiera a la hora del recreo. O disparando sus torpedos, al otro lado del mundo y desde la seguridad de la sala de máquinas de un submarino, contra una fragata que viniera de participar en unos ejercicios navales conjuntos, junto con otros 74 países, entre los que se encontraría también Estados Unidos, y que se creyera a salvo en aguas internacionales, para proporcionar a sus 140 tripulantes una "Muerte silenciosa”. ¡Auh!