jueves, 12 de marzo de 2026

Da usted mucha vergüenza

 

La Presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, ha finiquitado el repentinamente envejecido y muy renqueante orden internacional, afirmando, en la conferencia global de embajadores europeos, que “Europa ya no puede ser guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que ha desaparecido y ya no volverá”.

Ni siquiera Donald Trump se había atrevido a ser tan explícito en sus pretensiones. Y tampoco ningún otro mandatario se había mostrado tan dispuesto a lamerle las botas al comandante en jefe de ese nuevo orden internacional basado en las amenazas y el uso indiscriminado de la fuerza. Unas botas que, dicho sea de paso, han pisoteado los más elementales principios del derecho internacional, con el beneplácito, ahora ya lo sabemos, de la jefa del Ejecutivo comunitario.

Y, por si cabía alguna duda sobre su posicionamiento ideológico, y para remachar su diatriba involucionista, también ha dejado claro que, en su opinión, la última acción de guerra sin el amparo de las Naciones Unidas protagonizada por Trump y por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, sobre Irán está más que justificada. “Quiero ser clara: no se debe llorar por el régimen iraní que ha infligido muerte e impuesto represión a su propio pueblo”.

El problema es que las 1.200 bombas lanzadas en 24 horas, y todas las que han caído después, no sólo matan a los ayatolás, sino que acaban con la vida de cientos de personas cuya liberación sirvió de pretexto a esos señores de la guerra, pero que, además de su libertad, ahora han perdido para siempre la posibilidad de decidir su propio futuro.

Con parecidos argumentos sobre la necesidad de neutralizar a Hamás, en nombre de la libertad y de la seguridad, y en represalia por el ataque perpetrado el 7 de octubre de 2023, el ejército israelí ha matado a 75 000 palestinos, y según datos de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo, 111.927 han resultado heridos, más del 90 por ciento de los hogares han sufrido graves daños o han sido destruidos y casi dos millones de personas han sido desplazadas durante la ofensiva militar y hasta el alto el fuego. 

Ahora se entienden esas llamadas "a todas las partes" a la máxima contención, mientras las bombas volaban sobre Teherán quebrando de golpe una negociación diplomática en marcha. Y también los reproches a Irán por causar la "devastación y desestabilización en toda la región a través de sus aliados armados con misiles y drones”.

Es curioso que algunas bombas tengan el poder de devastar y desestabilizar regiones enteras y otras no, aunque impacten en una escuela infantil y maten a 165 niñas, a las que, en vez de con un velo, habrá que cubrir con una mortaja.

Y ante este posicionamiento sólo cabe preguntarse cual va a ser, de ahora en adelante, el papel de una Unión Europea que ya no quiere ser valedora de un orden internacional basado en normas, al que da por finiquitado, al tiempo que pronostica, con una sorprendente naturalidad, el advenimiento de una nueva era en la que no se contempla ni remotamente la posibilidad de reconsiderar los postulados sobre los que se construye ese nuevo orden internacional, que ha venido para instaurarse definitivamente sobre las ruinas del viejo mundo, un mundo herido por las guerras que otros prebostes defendieron en su día, y que apela a un orden mucho más antiguo, más injusto y violento, y también mucho más peligroso.

Este es el tipo de discurso que yo habría esperado oír de cualquiera de los líderes de la extrema derecha europea. Lo que no me esperaba era escuchar esas palabras saliendo de la boca de la Presidenta de la UE. Y es que no se trata de una claudicación, como la del Primer Ministro británico, Keir Starmer o el Canciller Alemán, Friedrich Merz, sino de una verdadera declaración de intenciones, de un alineamiento con los postulados de un régimen que, al otro lado del Atlántico, se ha convertido en la mayor amenaza para la democracia en Estados Unidos.

Sólo el hecho de que tal mensaje no haya provocado la respuesta del Parlamento Europeo a través de una moción de censura que deponga inmediatamente a su emisora me provoca la misma vergüenza.

domingo, 1 de marzo de 2026

Un atajo de rufianes

 

El fin de semana pasado hubo una convocatoria que llamaba a concentrarse en plazas y lugares céntricos de varias ciudades españolas a los integrantes de una subcultura marginal, conocidos como therians, cuyos miembros se identifican con alguna especie animal.

Por lo que he podido leer, el término proviene del inglés therianthropy, que a su vez deriva del griego antiguo therion (bestia o animal salvaje) y ánthropos (humano), y se refiere a la capacidad de transformarse en animal, en el sentido de experimentar una conexión espiritual con un animal determinado.

Y, por lo visto, la convocatoria ha sido un rotundo fracaso, básicamente, por dos motivos. Primero, porque los therians son una tribu muy minoritaria. Y, en segundo lugar, porque, además, debían de estar amedrentados ante las foribundas manifestaciones de los haters de turno, una turba violenta mucho más numerosa que considera que lo mejor que se puede hacer con estos frikis es forrarlos a hostias y mandarlos a hacer la mili, a ver si así se le quitan las tonterías a esa pandilla de anormales.

Aun así, algún que otro adolescente despistado aterrizó por el lugar de la convocatoria con su máscara y su cola de zorro o de gato, circunstancia que aprovecharon los miembros de esa otra subcultura urbana conocida como la jauría humana para ensañarse con ellos, hostigándolos y grabándolos con sus teléfonos móviles. Así que, a lo mejor, hay más gente que se identifica a nivel espiritual con las bestias y los animales salvajes de lo que parecía inicialmente.

Supongo que, como dice Edith Bruck, deportada a Auschwitz con trece años y superviviente del Holocausto, el mal está dentro de nosotros. Sólo hace falta que surja la oportunidad para que se manifieste.

En el patio de los colegios, en los institutos, en las empresas, en los partidos políticos, en las redes sociales, todos los días alguien es hostigado por alguno o algunos de estos sujetos, que se aprovechan de su superioridad numérica o jerárquica para burlarse, menospreciar, humillar o someter a otros. No hace falta ser peligroso o potencialmente dañino, basta con ser diferente, raro, una nota disonante, un verso libre, para ser merecedor del mayor de los desprecios. Luego ya decidiremos porque el que es diferente o piensa diferente es peligroso y hay que considerarlo un enemigo, combatirlo, apartarlo, deportarlo, darle de hostias.

El mundo en el que vivimos parece haberse transformado en el patio de un instituto, en el que el matón de turno se pasea pavoneándose delante de sus acólitos. Sólo hay que leer los mensajes y lisonjas del Secretario General de la OTAN, Mark Rutte, dirigidos al presidente de los Estados Unidos. O, más recientemente, la alocución de la Presidenta de la Comunidad de Madrid en Mar-a-Lago, lugar de residencia del mandatario norteamericano, calificando a Estados Unidos como «el principal faro del mundo libre» y anunciando su intención de hacerle entrega de la Medalla Internacional, para la que habrá que construir otra vitrina en el despacho oval, junto con la del Nobel de la Paz.

Nadie quiere ser señalado por los matones del barrio, es preferible pasar desapercibido y que no se fijen en uno. Pero hay todavía una manera mejor de sobrevivir, y consiste en colocarse al lado del más fuerte. Además, si se juegan bien las cartas, también se puede sacar tajada. A los demás les puede producir bochorno, pero conviene disimular los aspavientos si uno no quiere verse señalado. Sumisión y acatamiento de las consignas del líder son el primer paso imprescindible para sobrevivir, pero si quieres algo más, mejor pagar a lo grande y ensalzar las consignas del jefe, corear sus soflamas y patear a los que no se inclinen a su paso. Y si alguien se atreve a no bajar la cabeza, a enarbolar otra bandera o a patrocinar otro modelo, ya sea de convivencia, de comportamiento o de discurso, aunque sea disfrazándose de gato, entonces no hay que tener piedad. Para que cunda el ejemplo y todo el mundo sepa a que atenerse. La insolencia se va a pagar muy cara en el futuro, pero la única respuesta digna a las amenazas de ese atajo de rufianes y también a esa mayoría sumisa es, precisamente, la de los insolentes, los cambiapieles, la de aquellos que se atreven a cantar en otra lengua, a mirar lejos, a atisbar el futuro desde las alturas, de los que se niegan a arrastrarse a los pies de los iracundos y de los maltratadores.