Sucedió
hace unos meses, era invierno y estuvo lloviendo muchos días seguidos. Lorena
se había encaprichado de unas botas altas. Llevaba detrás de ellas varias
semanas. No quedaban de su número y hubo que encargarlas y, luego, ir a
buscarlas a la tienda. Finalmente, las botas llegaron a la sección de zapatería
de El Corte Inglés en una aparatosa caja de cartón cerrada de mala manera con
cinta de embalar, que tenía dentro otra caja más pequeña y, en su interior, las
deseadas botas, que se veían lustrosas, como si alguien las hubiera estado
cepillando a conciencia, con su medio tacón y un bonito dibujo pespunteado en
la caña. Eran cómodas, incluso confortables, ligeras como las pisadas de un
elfo en la nieve y lucían preciosas. Así que, después de probárselas, su
ilusionada nueva propietaria las devolvió a su envoltorio, aplazando para la
ocasión adecuada el momento de estrenarlas, y dejó la caja de zapatos dentro de
la aparatosa caja con aspecto de embalaje capaz de albergar cualquier otra
cosa, como una lavadora u otro electrodoméstico de línea blanca, que se quedó
medio abierta en mitad de su cuarto, con la cinta de embalar despegada
atrapando insectos, estorbando el paso y dificultando la limpieza, añadiendo un
elemento disonante a un cuarto que, a veces, se parece enormemente al probador
de una tienda de ropa antes de que alguna empleada diligente se dedique a
perchar y poner en su sitio blusas, faldas y pantalones.
Y,
pasaron los días y llegó la noche propicia para estrenar el nuevo calzado y
combinarlo con un outfit cuidadosamente elegido para la ocasión. Es posible que
incluso pasase una semana, en el transcurso de la cual la caja desapareció de
su emplazamiento accidental sin que nadie se percatase de ello, hasta que llegó
el momento de sacar las botas de su humilde envoltorio, que ya no estaba a la
vista. Y es que, en algún momento, un eficiente empleado de la limpieza,
considerando erróneamente que el embalaje había cumplido su cometido y
aprovechando que bajaba la basura orgánica, depositó en el contenedor de cartón
la caja y, con ella, sin ser consciente de las consecuencias que está
imprudente decisión traería consigo, también su contenido. Hasta que fue interrogado
sobre su proceder en los días previos y, en particular, sobre su eventual
responsabilidad en la desaparición de una caja de cartón de gran tamaño y su
paradero; por lo que no tuvo más remedio que confesar que, llevado por una
diligencia que podría considerarse encomiable a la par que imprudente, había
arrojado el embase y su ignorado contenido a un contenedor de papel.
Las
cataratas del Niágara quedarían en evidencia ante la cascada de lágrimas que
provocó tal revelación, aunque el rostro compungido del empleado de la limpieza
también resultaba desolador, según el relato de algunos testigos presenciales,
en cuya cabeza empezaba a vislumbrar, con toda probabilidad, la posibilidad de
un despido fulminante.
Fue
entonces cuando, temiendo por las consecuencias de su atolondrado proceder, no
dudo ni un momento en salir en busca del contenedor de papel, levantar la tapa
y, con grave riesgo para su integridad y sin sopesar ni por un instante las
consecuencias para su sistema inmunitario de exponerse a los efluvios de lo que
no dejaba de ser un contenedor de basura, introducir su cuerpo en el mismo,
para, después de bucear un rato entre cartones que la lluvia había reblandecido
y vuelto resbaladizos, rescatar la caja en cuestión y, después de verificar que
su contenido permanecía intacto, no sin esfuerzo y con desprecio de los
indeseables efectos sobre su ropa del lamentable estado de limpieza del
contenedor, emerger a la superficie y respirar, con una mezcla de alivio y
exultante satisfacción, el aire fresco de una noche que amenazaba tormenta,
pero a cuyo cielo súbitamente despejado se asomaban las primeras estrellas.
Y
así aconteció que nuestro esforzado hombre de la limpieza volvió a su casa
sucio pero alegre y cantarín como un deshollinador que hubiera encontrado un
inesperado tesoro en el tiro de la última chimenea que le tocaba desembozar, al
que, después de una fatigosa jornada laboral aguardaban todavía una ducha
caliente y la eterna gratitud de una princesa descalza, que finalmente pudo
estrenar sus botas de la felicidad en perfecto estado de revista, pese a haber
pasado al menos un par de noches entre cajas de pizza oliendo a pepperoni,
cartones de huevos pisoteados de pegajosa apariencia, catálogos de tiendas
ofertando productos de diversa índole y al menos una revista de moda entre la
húmeda ondulación de cuyas páginas a todo color la felicidad camina sobre unas
botas de caña alta.