viernes, 23 de octubre de 2026

Amigos

 

He leído en el periódico una entrevista con un físico teórico y catedrático de matemática aplicada dedicado a la investigación de los sistemas complejos y el comportamiento humano, que afirma que el 40% de los amigos que dices que lo son no se consideran amigos tuyos.

Y así, de entrada, parece una cosa terrible. Porque, tal como yo lo interpreto, esa afirmación equivale a decir que casi la mitad de las personas que consideras amigas tuyas no son tus amigos. Básicamente, porque la amistad se supone que es un sentimiento recíproco. Lo que significa que difícilmente alguien que no se considera amigo tuyo pueda serlo en realidad.

Otra cosa es que vivamos engañados, o engañándonos a nosotros mismos, pensando que tenemos amigos. Pero que son de esa clase de amigos a los que, si pusiéramos a prueba, no les costaría ningún esfuerzo darnos la espalda. Todo lo cual pienso que explica bastante bien el fenómeno de la traición, porque el que nos apuñala, precisamente por la espalda, en realidad, no era nuestro amigo, sino un impostor. Alguien que se nos arrimó en un momento de bonanza o porque le caímos bien en una coyuntura concreta, pero que nunca llegó a considerarse amigo nuestro (ese que nos dice: "no es nada personal”, mientras bucea en nuestra anatomía en busca de un órgano vital en el que darnos la puntilla"). 

Por otra parte, el mundo está lleno de buenas personas, que son amables por naturaleza. No contigo en particular, sino con todo el mundo. Así que, si coincidimos con ellas en un momento o lugar determinado, van a ser amables con nosotros. Hasta tal punto que, siendo jóvenes (y no tan jóvenes) podemos interpretar mal las señales y tomarlos por lo que no son e incluso lanzarnos a la piscina y declararles nuestro amor, con la consiguiente posibilidad de que nos rompan el corazón y, no, no podamos en lo sucesivo seguir siendo sólo amigos.

El otro día, estaba viendo un episodio de Doctor en Alaska, y al doctor Fleischman le pasaba precisamente eso. Después de que Maggie O'Connell le dijese que era un misántropo y un bicho raro con tendencia a apartarse del resto de sus semejantes, para desacreditar esa afirmación, el buen doctor le pregunta a Holling Vincoeur, que pasaba por allí, si se consideraba su amigo, dando por supuesto que este le dará una respuesta afirmativa. Pero entonces Holling, con toda la honestidad de la que es capaz, le contesta que le cae muy bien, pero que eso de ser amigos es otra cosa.

Pues ahí tenemos un ejemplo perfecto de relación atrapada en ese cuarenta por ciento. Del tipo de te aprecio mucho pero no voy a ir a tu casa con una pala a ayudarte a deshacerte de un cadáver, o me caes muy bien, pero no puedo dejarte dinero porque estoy más tieso que la espalda de un click, o te había guardado el sitio pero hay mucha gente y estaban empezando a mirarme mal, o te habría pedido un café pero es que no se si lo tomas con azúcar o con sacarina, o te habría invitado a venir, pero tengo mucho lío y se me olvidó, además éramos sólo María José, Cristina, Almudena y yo, ah bueno, y Jorge, pero no te has perdido nada, en serio, que al final la película era un rollo.

¿Cuántas veces nosotros mismos no habremos hecho eso? Quién sabe cuántos cadáveres habrán enterrado nuestros amigos sin ayuda de nadie. O, al menos, sin la nuestra.

Por eso creo que, de vez en cuando, deberíamos poner a prueba a nuestros amigos, involucrándolos en algún asuntillo que, si no fueran nuestros amigos, les haría sentirse incómodos, una mentira sin importancia, una infidelidad esporádica, una receptación de poca monta o un pequeño asesinato para el que no tenemos coartada. Y, si no demuestran estar a la altura de las circunstancias y se van de la lengua cuando los interrogue la policía, no guardarles el sitio en el comedor de la penitenciaría ni ayudarles a recoger la pastilla de jabón cuando estén dándose una ducha carcelaria para quitarse de encima el sentimiento de culpa por habernos traicionado.

También es cierto que, a veces, la palabra amigo se utiliza con una cierta ligereza. Por ejemplo, cuando decimos: tengo un amigo que es un impresentable. Y luego nos lanzamos a contarle a otro amigo las miserias del primero. Claro que, a lo mejor, esa persona tan impresentable no se considera nuestro amigo. Y con razón. Pero luego está el plural, los amigos del trabajo, los amigos del colegio, los del pádel, que conforman uno o varios grupos con un número de miembros indeterminado y con los que tenemos algo en común, aunque no necesariamente la amistad.

A mí me encanta la gente que sabe diferenciar una cosa de la otra. Una vez, en una oficina judicial, una funcionaria me dijo que, en el trabajo, prefería tener compañeros en vez de amigos. Afirmación con la que no puedo estar más de acuerdo, porque, con frecuencia, los amigos resultan ser unos pésimos compañeros de trabajo y su comportamiento puede hacer peligrar seriamente lo que podría haber llegado a ser el comienzo una bonita amistad.

Mi hermana mayor ha acuñado una expresión para definir a esas personas con las que nos vemos obligados a convivir, pero con las que no sólo es que no tengamos nada en común, sino que tampoco queremos tenerlo. Son las que ella llama "no amigas". Pero, no en general, sino con nombre y apellidos. Mi no amiga fulana o mi no amiga mengana. Personalmente, me parece un acierto haber encontrado una categoría en la que encajar a todas aquellas personas que forman parte de nuestro círculo social, pero que no consideramos neutras porque las conocemos lo suficientemente bien como para mantenernos a una distancia prudencial, aunque sin concederles el distintivo de enemigos, dada su escasa entidad como competidores, rivales, o antagonistas en general.

Y eso está muy bien, porque según una afirmación atribuida, parece que falsamente, a Friedrich Nietzsche, la grandeza de una persona puede medirse por la talla de sus enemigos, pero si yo me parase a considerar la estatura moral de las personas que mi biógrafo pudiera considerar como tales, entendiendo por enemigo la persona que tiene mala voluntad a otra y le desea o hace mal, me tendría a mí mismo en muy escasa consideración. Así que prefiero calificar a toda esa colección de miserables sencillamente como no amigos y reservar la categoría de enemigo para otros sujetos mejor pertrechados en lo que a cualidades y virtudes se refiere.

Y, en cuanto a los no amigos, hago mía la célebre respuesta de Holling Vincoeur: la verdad es que me caes realmente mal, pero la enemistad es otra cosa. Y también me quedo con otra frase acuñada por el protagonista de Casablanca, el inefable Rick Blaine, cuando un hombrecillo, consciente de su escasa estatura moral (aunque también era muy bajito), le pregunta si le desprecia, pronunciada mientras se rasca una ceja con el dedo meñique al tiempo que sostiene un cigarrillo con la misma mano, también con toda la honestidad de que se siente capaz: supongo que, si alguna vez pensase en usted, le despreciaría.

lunes, 12 de octubre de 2026

Armas

 

Está el alcalde de Madrid muy preocupado porque en la Puerta del Sol hay acampado desde hace dos semanas un ejército de menesterosos que, en lugar de quedarse en sus casas, o en casa de sus padres, esperando a que los desahucien, se han echado a la calle para poner de manifiesto su descontento con la gestión de la vivienda en este país.

Y para ilustrar el motivo de su intranquilidad, mandó el otro día a la Delegación del Gobierno una foto de un cuchillo junto a unas rebanadas de pan y un bote de hummus, exigiendo una intervención inmediata y amenazando con emprender acciones legales si no se actuaba para el “restablecimiento de la legalidad”.

Y la verdad es que tiene toda la razón, porque un cuchillo es un cuchillo. Y se puede usar para untar mantequilla, o en su caso hummus, pero también para destripar a cualquier ciudadano inocente que pasase por allí para hacerse unas fotos, y que podría contraer una infección si el agresor no hubiese tenido la precaución de limpiar el filo de hummus antes de darle otro uso. Además, que no se nos olvide que el hummus es un plato muy popular a lo largo y ancho de todo Oriente Medio (ahí lo dejo). Si por lo menos lo hubieran usado para cortar jamón, podríamos descartar la amenaza yihadista, pero no es el caso.

Otra cosa sería que hubiese en las tiendas de campaña de la Puerta del Sol esprays de gas pimienta, que eso es otro cantar, que hasta las niñas en Ceuta guardan uno en la mochila. Y cualquiera puede llevarlos encima por si hay que desalojar a alguien de una playa, por ejemplo, y ante la inacción de las autoridades que consienten acampadas en los sitios más inadecuados.

Porque últimamente nos invaden mucho y el Gobierno tampoco parece que esté por la labor de defender la soberanía. De ahí los frecuentes llamamientos en redes sociales para actuar. La única diferencia es que esta vez el enemigo, en lugar de plantar las tiendas extramuros para rendir la ciudad tras un asedio prolongado, ha optado por levantar su campamento dentro del perímetro de la muralla. Pero, que no nos engañen, es igualmente peligroso y se ampara en un pretendido derecho de reunión pacífica, pero con armas. Cuando el artículo 21 de la Constitución es meridianamente claro al reconocer el derecho de reunión pacífica y sin hummus, quiero decir, sin armas.

Yo creo que, si no fuera por la necesidad de proteger la frontera Sur, habría que movilizar al ejército para hacer huir a esa horda invasora, empleando munición de gran calibre, si es necesario, y luego perseguir a esa gentuza hasta sus casas y allí proceder al lanzamiento de los inquilinos que no se encuentren al día en el pago de sus cuotas del alquiler. Más que nada para evitar espectáculos tan lamentables como las del desahucio de una anciana para cuyo desalojo hubo que movilizar el otro día, nada menos que 50 policías antidisturbios, lo que demuestra la inoperancia de los medios policiales en estas cuestiones, máxime teniendo en cuenta que se trataba de una persona de 87 años, a la que, además, sacaron de su casa en camilla. Aunque, cuando yo pienso en eso de proceder al lanzamiento de un inquilino moroso, me imagino a alguien siendo arrojado a la calle desde una ventana.

Y, claro, las muestras de solidaridad no se han hecho esperar. Menos mal que al final todo se sabe y resulta que esa anciana desvalida era, en realidad, una señora de lo más antipática, que no saludaba a sus vecinos y a la que le gustaba jugar al bingo, en lugar de ahorrar para pagar el alquiler de 2.500 euros mensuales ya que dicen que la pensión no le llegaba. Cómo si por tener una edad pudiese dejar de pagar uno a su casero. Una jeta, vaya, que había estado viviendo setenta años en una zona privilegiada de Madrid pagando una miseria y todavía quería seguir compartiendo vecindario con todas las personas de bien que pagan religiosamente sus alquileres o se han comprado un piso con su propio dinero ganado con su esfuerzo o el esfuerzo de sus antepasados o el del resto de madrileños.

Y ahora dicen que hay que mostrar empatía, pero yo me pregunto quién empatiza con los propietarios. Esa gente que está dispuesta a dar cobijo a todos los desarrapados que no pueden comprarse una casa y solo pide a cambio un alquiler razonable (qué estamos en el centro de Madrid). Y ahora resulta que somos unos buitres, como si tener propiedades fuera culpa nuestra. Y la gente que no tiene nada siempre con la misma canción. Todas las cigarras del mundo lamentándose de su suerte cuando llega el invierno.

De todo esto tiene la culpa la educación pública y también la democracia (ea, ya lo he dicho), que le ha llenado la cabeza a la gente de ideas de lo más estrafalario. Cómo que todos somos iguales y podemos aspirar a tener las mismas cosas. Menos mal que la realidad termina poniendo las cosas en su sitio y al final también termina aplicándose la ley y se hace justicia y se le devuelve al propietario lo que es suyo. Que este desahucio lo ha acordado un tribunal de justicia, ¿eh?, y por eso estaba allí la policía haciendo su trabajo.

Y ahora, ¿de qué se trata? ¿Es que los inquilinos que no pueden pagar el alquiler tienen derecho a morirse en su casa? Pues resulta que no es su casa, es mi casa. Y puedo alquilarla o dejarla vacía, si me apetece, hasta que pase esta inseguridad que nos amenaza, a los propietarios. Y también alguien tendría que decir que a esa señora la llevaron a un hospital público, que sale de mis impuestos y que yo no necesito porque tengo un seguro privado. Si eso no es ser caritativo, no sé qué lo será.

Yo sólo sé que antes en Madrid no se veían pobres por ninguna parte. A la gente la desahuciaban y no se enteraba nadie. Y el ayuntamiento había hecho un gran esfuerzo para que los mendigos no pudieran tumbarse en los bancos (mobiliario hostil le llaman a eso, con lo bonitos que están los bancos con sus reposabrazos en medio del asiento, que son bancos, no catres para echarse la siesta, a ver si nos enteramos). Y a los que todavía andaban por ahí, los servicios municipales los despojaban de todas sus pertenencias (que una cosa es la propiedad privada y otra muy distinta la cochambre). Y ahora tenemos en la puerta del Sol un barrio de chabolas llenas de cuchillos, de hummus y de suciedad, que ha tenido que llover para que esa gente se dé una ducha. Aunque, si lo piensas un poco, no hacen falta armas, o por lo menos esa clase de armas, cuando la Constitución, la ley, la justicia y también la policía están de tu parte. Pero, a lo mejor, algún día, la razón se termina imponiendo y no tendremos que volver a avergonzarnos de esta sociedad en la que nos ha tocado vivir.