Los
Reyes Magos me han traído un reloj deportivo muy fardón que, además de medir
mis constantes vitales y monitorizar mis sesiones de entrenamiento,
proporcionándome una información exhaustiva sobre distancia recorrida, tiempo
medio por kilómetro, cadencia, longitud de la zancada, vuelo, potencia máxima
en carrera, etc., analiza mi rutina de sueño e incluso monitoriza las siestas
que me echo a lo largo de la semana. Así que, últimamente, lo llevo puesto a
todas horas y, cuando estoy aburrido, me pongo a analizar el número de horas
que he dormido la noche anterior o cual ha sido la duración de la fase de sueño
profundo.
Pero
ahora, además, cuando me despierto de la siesta, también me gusta comprobar el
tiempo que ha durado mi estado de inconsciencia. Más que nada, para rebatir la
típica censura a los dormilones como yo, que suele expresarse en tono de
reproche con frases del estilo de "menuda siesta te has pegado". Así
que, antes no podía, pero ahora puedo rebatir tales acusaciones sin fundamento
con el dato objetivo correspondiente, por ejemplo "exactamente 32 minutos,
ni más, ni menos".
Claro
que, de vez en cuando, mis desvanecimientos duran un poco más, y, también en
estos casos, el reloj registra milimétricamente mi estado de abandono. Por eso,
en tales supuestos, me abstengo de proporcionar cualquier información sobre el
particular, para evitar reproches injustificados. Pero lo que no puedo evitar
es que la máquina del tiempo que llevo sujeta a la muñeca me haga algunas
observaciones impertinentes como que, si duermo más de treinta minutos, es
posible que después me sienta aturdido o desorientado (bendito aturdimiento
digo yo) o de que debería adelantar la hora de la siesta para que no interfiera
en mi rutina de sueño (sandeces).
El
otro día, me desperté temprano, y como era sábado, después de aliviar la
vejiga, me volví a meter en la cama y me quedé dormido en un santiamén. Pues va
el relojito de marras y me computa ese divino sueñecito mañanero como tiempo de
siesta fuera del horario recomendado, me dice que no me queje si me encuentro
desorientado y que la próxima vez procure no dormir más de treinta minutos.
Por
lo menos, mi antiguo reloj, antes de lanzar acusaciones sin fundamento, se
aseguraba de que me había levantado de la cama, preguntándome a través de un
mensaje que aparecía en la esfera, cuando detectaba movimiento más propio de un
estado de vigilia que de sueño, si ya estaba despierto. Pero este de ahora se
limita a darme los buenos días y me anima a ir a por todas. A por todas, un
sábado por la mañana. Y, si no le hago caso, pues se enfada y cualquier día,
cuando se tome algo más de confianza, me dice que estoy empanado y que a ver si
me espabilo, que no cumplo ninguno de los retos que me plantea. Porque esa es
otra cosa que hace sin que yo se lo haya pedido y me marca distancia y ritmo de
carrera. Y como tampoco le hago caso, cada cinco minutos emite un pitido de lo
más desagradable y me dice que voy ¡Demasiado lento!
A
lo largo de un proceso evolutivo que ha durado millones de años, nuestra
especie ha conseguido rodearse de un hábitat en el que sentirse segura, sin
tener que mantener un ojo abierto toda la noche para evitar ser engullida por
los depredadores que moraban en la oscuridad y ha conseguido ponerse a salvo de
casi todos (menos de sí misma). Otras especies no han tenido tanta fortuna. Y
así, por ejemplo, los pingüinos barbijo, que se enfrentan a un desafío
constante durante la etapa reproductiva, para resolver la tensión entre
descanso y cuidado parental, han adoptado una estrategia singular que consiste
en llevar a cabo miles de microsueños diarios con una duración media de cuatro
segundos, hasta alcanzar alrededor de once horas totales de sueño por día. Y
las fragatas, que son unas grandes aves marinas que anidan en las Islas Galápagos,
y pueden volar durante semanas sin posarse, practican lo que se conoce como
sueño unihemisférico, durante el cual, y en pleno vuelo, una mitad del cerebro
permanece despierta y la otra descansa. Por su parte, los elefantes marinos del
norte descienden hasta los 160 metros de profundidad para descansar, donde es
menos probable que se encuentren con sus depredadores naturales, las orcas y
los tiburones, ingresando en sueño REM, que es una fase del sueño en la que el
cuerpo se paraliza temporalmente y el desplazamiento adopta un movimiento en
espiral, denominado por los investigadores “espiral de sueño”.
Tengo
un amigo aficionado a salir a correr a primerísima hora de la mañana, cuando
todavía es de noche y las calles están desiertas, que una vez se despertó en
plena carrera, de forma que no sabía si iba o venía, ni dónde estaba
exactamente y tampoco era capaz de recordar con claridad cómo había llegado
hasta allí. Supongo que ese día salió de casa empujado por el hábito de la
rutina y se quedó dormido en algún momento, mientras la mitad de su cerebro
consciente se limitaba a monitorizar la ruta y dejaba que la otra mitad
siguiera durmiendo.
A
mí no me ha pasado todavía algo así, pero cuando estoy en la ducha o me visto
para ir al trabajo y salgo de casa pertrechado con mi abrigo y mi bufanda, las
sendas del parque que he atravesado antes del amanecer se muestran como un
recuerdo difuso en el que me resulta difícil diferenciar la vigilia del sueño,
lo real y lo soñado. Y, a veces, tengo la sensación de haber estado nadando en
aguas profundas, en medio de una inmensidad que me sobrecoge y me protege al
mismo tiempo. Y si en ese momento mi pequeña máquina del tiempo me preguntase
si estoy despierto, no sabría contestarle con entera seguridad. O tal vez le
diría que aún estoy soñando y que no me despierte todavía. No antes de que
amanezca.