sábado, 14 de febrero de 2026

Tactical core

 

He leído en el periódico dos noticias que me han llamado la atención. En la primera de ellas se analiza la tendencia que se ha puesto de moda entre jóvenes, y no tan jóvenes, de vestir con indumentaria militar, o prendas y complementos que te den el aspecto de algo parecido a un soldado: pantalones cargo repletos de bolsillos, chubasqueros de apariencia castrense y, en su versión avanzada, chaleco protector con bolsillo central en el pecho. Todo al servicio de una estética en la que predominan las telas duras, como el nailon, las costuras reforzadas, las redecillas elásticas, los compartimentos, las correas, los cierres de seguridad y el omnipresente color negro. A todo lo cual puede sumarse una mochila de lona llena de velcros, con la bandera de España y/o la de Estados Unidos en su versión táctica (muy a propósito de los tiempos que corren en la primera potencia mundial) y también la cruz de Borgoña (un clásico).

En definitiva, de lo que se trata es de aparentar que se está preparado para afrontar un conflicto armado, (aunque la batalla más cercana se esté librando en un frente situado a miles de kilómetros), un invierno nuclear (ahora que empiezan a expirar los tratados de no proliferación de armas nucleares y que nadie parece interesado en prorrogar su vigencia) o para hacer frente a otra inminente pandemia, a un cataclismo climático, a la próxima dana o al colapso del acuífero de Grazalema, al descarrilamiento de otro convoy ferroviario o, en el mejor de los casos, al gran apagón masivo que está por venir y también al apocalipsis migratorio que todos estamos esperando.

Es lo que se conoce como tactical core, que no te convierte en un soldado, pero si te hace aparecer como alguien capaz de sobrevivir en un entorno hostil y preparado para una contienda que puede desencadenarse en cualquier momento. Así que, si lo piensas bien, esta vestimenta paramilitar tampoco resulta tan chocante, aunque la gente se vista así para coger el autobús, ir al gimnasio o pasear al perro. Porque el peligro está ahí y, si, por ejemplo, el Gobierno no va a desplegar a la policía migratoria, sino que se va a dedicar a regularizar inmigrantes a mansalva, habrá que estar preparado para lo que se avecina.

Hay quien dice que esta indumentaria es un reflejo del clima de crispación y de una dialéctica basada en la confrontación que incorpora un lenguaje belicista, plagado de símiles que evocan la guerra, el enemigo, la lucha, la resistencia. Y en la medida en que este discurso va calando en la población, cada vez se hace más necesario pertrecharse, acumular garrafas de agua, latas de melocotón en almíbar para garantizar el mínimo sustento durante semanas, pilas y transistores y, porqué no, cuchillos, ballestas, pistolas y abundante munición. Y el que tenga posibilidad, debería ir excavando en el jardín un refugio antiatómico, o los que vivimos en un piso destinar el cuartito de la colada para hacer las veces de habitación del pánico o, si no se dispone de espacio suficiente, al menos, habilitar un armario del que nadie sabe cuando podremos volver a salir.

La otra noticia cuenta la historia de José A. Torres Ramírez, un fiscal de Ohio (EE UU) aficionado a la recreación histórica de batallas, que se ha estado paseando por las calles de Madrid, en un acto festivo por el centro de la ciudad, luciendo una armadura, con filigranas de oro, y su emblemático casco, de mariscal de campo de los Tercios de Flandes, que se ha fabricado él mismo usando las técnicas de la época.

La cuestión es que el fiscal, de origen puertorriqueño, es descendiente directo de García de Torres, un sargento mayor de los Tercios que, después de servir a las órdenes de Agustín Mexia en Flandes, embarcarse en la Gran Armada y participar en la batalla de las Azores, y también en la defensa de La Coruña del pirata Francis Drake, recibir un balazo en la toma de Le Catelet y luchar en Cambrai, Calais y Las Ardenas, y, ya en Puerto Rico, capturar un barco inglés con toda su tripulación, murió en 1625, defendiendo la isla de la flota holandesa.

Su descendiente, fiscal y asesor del gobernador de Ohio, ha sido responsable de la legislación criminal y de reglamentos de Ohio, redactó el proyecto de ley que mejoraba los procedimientos para interrogatorio de sospechosos bajo custodia policial y desarrolló el procedimiento para facilitar la inocencia de un acusado mediante pruebas de ADN. Ha concedido más de 3.000 audiencias de indulto y de libertad condicional, 21 de ellas de condenados a muerte. Y ha desplegado también una amplia investigación sobre redes policiales corruptas.

Y, por las fotografías que he visto, la flamante armadura y el morrión de mariscal de campo de los Tercios, a este hombre barbado de sesenta años de noble aspecto y gesto templado, le sienta francamente bien.

Así que, no sé vosotros, pero yo, después de leer estas dos noticias, lo tengo claro. Y, a partir de la semana que viene, también voy a adoptar mi propio tactical core para ir al gimnasio. Pero, en lugar de esos horrendos pantalones cargo y la penosa mochila con la cruz de Borgoña pegada con un velcro, me voy a embutir en una armadura con filigrana de oro y voy a forjar una pica que va a dejar en pañales el arma más sofisticada que hayan templado en forjado a fuego. Y, aunque tenga dudas de que quepa en la taquilla, también voy a mostrarles a todos esos jovencitos de aspecto lampiño cómo demuestra uno estar preparado de verdad para librar cualquier batalla.

Y, ya si eso, me estoy planteando coger un vuelo a Minneapolis, con una bandera de Puerto Rico cosida a mí jubón. para enseñarles a los agentes de la policía migratoria del pato Donald a enfrentarse a alguien de su tamaño.

viernes, 30 de enero de 2026

Sueño extremo

 

Los Reyes Magos me han traído un reloj deportivo muy fardón que, además de medir mis constantes vitales y monitorizar mis sesiones de entrenamiento, proporcionándome una información exhaustiva sobre distancia recorrida, tiempo medio por kilómetro, cadencia, longitud de la zancada, vuelo, potencia máxima en carrera, etc., analiza mi rutina de sueño e incluso monitoriza las siestas que me echo a lo largo de la semana. Así que, últimamente, lo llevo puesto a todas horas y, cuando estoy aburrido, me pongo a analizar el número de horas que he dormido la noche anterior o cual ha sido la duración de la fase de sueño profundo.

Pero ahora, además, cuando me despierto de la siesta, también me gusta comprobar el tiempo que ha durado mi estado de inconsciencia. Más que nada, para rebatir la típica censura a los dormilones como yo, que suele expresarse en tono de reproche con frases del estilo de "menuda siesta te has pegado". Así que, antes no podía, pero ahora puedo rebatir tales acusaciones sin fundamento con el dato objetivo correspondiente, por ejemplo "exactamente 32 minutos, ni más, ni menos".

Claro que, de vez en cuando, mis desvanecimientos duran un poco más, y, también en estos casos, el reloj registra milimétricamente mi estado de abandono. Por eso, en tales supuestos, me abstengo de proporcionar cualquier información sobre el particular, para evitar reproches injustificados. Pero lo que no puedo evitar es que la máquina del tiempo que llevo sujeta a la muñeca me haga algunas observaciones impertinentes como que, si duermo más de treinta minutos, es posible que después me sienta aturdido o desorientado (bendito aturdimiento digo yo) o de que debería adelantar la hora de la siesta para que no interfiera en mi rutina de sueño (sandeces).

El otro día, me desperté temprano, y como era sábado, después de aliviar la vejiga, me volví a meter en la cama y me quedé dormido en un santiamén. Pues va el relojito de marras y me computa ese divino sueñecito mañanero como tiempo de siesta fuera del horario recomendado, me dice que no me queje si me encuentro desorientado y que la próxima vez procure no dormir más de treinta minutos.

Por lo menos, mi antiguo reloj, antes de lanzar acusaciones sin fundamento, se aseguraba de que me había levantado de la cama, preguntándome a través de un mensaje que aparecía en la esfera, cuando detectaba movimiento más propio de un estado de vigilia que de sueño, si ya estaba despierto. Pero este de ahora se limita a darme los buenos días y me anima a ir a por todas. A por todas, un sábado por la mañana. Y, si no le hago caso, pues se enfada y cualquier día, cuando se tome algo más de confianza, me dice que estoy empanado y que a ver si me espabilo, que no cumplo ninguno de los retos que me plantea. Porque esa es otra cosa que hace sin que yo se lo haya pedido y me marca distancia y ritmo de carrera. Y como tampoco le hago caso, cada cinco minutos emite un pitido de lo más desagradable y me dice que voy ¡Demasiado lento!

A lo largo de un proceso evolutivo que ha durado millones de años, nuestra especie ha conseguido rodearse de un hábitat en el que sentirse segura, sin tener que mantener un ojo abierto toda la noche para evitar ser engullida por los depredadores que moraban en la oscuridad y ha conseguido ponerse a salvo de casi todos (menos de sí misma). Otras especies no han tenido tanta fortuna. Y así, por ejemplo, los pingüinos barbijo, que se enfrentan a un desafío constante durante la etapa reproductiva, para resolver la tensión entre descanso y cuidado parental, han adoptado una estrategia singular que consiste en llevar a cabo miles de microsueños diarios con una duración media de cuatro segundos, hasta alcanzar alrededor de once horas totales de sueño por día. Y las fragatas, que son unas grandes aves marinas que anidan en las Islas Galápagos, y pueden volar durante semanas sin posarse, practican lo que se conoce como sueño unihemisférico, durante el cual, y en pleno vuelo, una mitad del cerebro permanece despierta y la otra descansa. Por su parte, los elefantes marinos del norte descienden hasta los 160 metros de profundidad para descansar, donde es menos probable que se encuentren con sus depredadores naturales, las orcas y los tiburones, ingresando en sueño REM, que es una fase del sueño en la que el cuerpo se paraliza temporalmente y el desplazamiento adopta un movimiento en espiral, denominado por los investigadores “espiral de sueño”.

Tengo un amigo aficionado a salir a correr a primerísima hora de la mañana, cuando todavía es de noche y las calles están desiertas, que una vez se despertó en plena carrera, de forma que no sabía si iba o venía, ni dónde estaba exactamente y tampoco era capaz de recordar con claridad cómo había llegado hasta allí. Supongo que ese día salió de casa empujado por el hábito de la rutina y se quedó dormido en algún momento, mientras la mitad de su cerebro consciente se limitaba a monitorizar la ruta y dejaba que la otra mitad siguiera durmiendo.

A mí no me ha pasado todavía algo así, pero cuando estoy en la ducha o me visto para ir al trabajo y salgo de casa pertrechado con mi abrigo y mi bufanda, las sendas del parque que he atravesado antes del amanecer se muestran como un recuerdo difuso en el que me resulta difícil diferenciar la vigilia del sueño, lo real y lo soñado. Y, a veces, tengo la sensación de haber estado nadando en aguas profundas, en medio de una inmensidad que me sobrecoge y me protege al mismo tiempo. Y si en ese momento mi pequeña máquina del tiempo me preguntase si estoy despierto, no sabría contestarle con entera seguridad. O tal vez le diría que aún estoy soñando y que no me despierte todavía. No antes de que amanezca.