domingo, 1 de marzo de 2026

Un atajo de rufianes

 

El fin de semana pasado hubo una convocatoria que llamaba a concentrarse en plazas y lugares céntricos de varias ciudades españolas a los integrantes de una subcultura marginal, conocidos como therians, cuyos miembros se identifican con alguna especie animal.

Por lo que he podido leer, el término proviene del inglés therianthropy, que a su vez deriva del griego antiguo therion (bestia o animal salvaje) y ánthropos (humano), y se refiere a la capacidad de transformarse en animal, en el sentido de experimentar una conexión espiritual con un animal determinado.

Y, por lo visto, la convocatoria ha sido un rotundo fracaso, básicamente, por dos motivos. Primero, porque los therians son una tribu muy minoritaria. Y, en segundo lugar, porque, además, debían de estar amedrentados ante las foribundas manifestaciones de los haters de turno, una turba violenta mucho más numerosa que considera que lo mejor que se puede hacer con estos frikis es forrarlos a hostias y mandarlos a hacer la mili, a ver si así se le quitan las tonterías a esa pandilla de anormales.

Aun así, algún que otro adolescente despistado aterrizó por el lugar de la convocatoria con su máscara y su cola de zorro o de gato, circunstancia que aprovecharon los miembros de esa otra subcultura urbana conocida como la jauría humana para ensañarse con ellos, hostigándolos y grabándolos con sus teléfonos móviles. Así que, a lo mejor, hay más gente que se identifica a nivel espiritual con las bestias y los animales salvajes de lo que parecía inicialmente.

Supongo que, como dice Edith Bruck, deportada a Auschwitz con trece años y superviviente del Holocausto, el mal está dentro de nosotros. Sólo hace falta que surja la oportunidad para que se manifieste.

En el patio de los colegios, en los institutos, en las empresas, en los partidos políticos, en las redes sociales, todos los días alguien es hostigado por alguno o algunos de estos sujetos, que se aprovechan de su superioridad numérica o jerárquica para burlarse, menospreciar, humillar o someter a otros. No hace falta ser peligroso o potencialmente dañino, basta con ser diferente, raro, una nota disonante, un verso libre, para ser merecedor del mayor de los desprecios. Luego ya decidiremos porque el que es diferente o piensa diferente es peligroso y hay que considerarlo un enemigo, combatirlo, apartarlo, deportarlo, darle de hostias.

El mundo en el que vivimos parece haberse transformado en el patio de un instituto, en el que el matón de turno se pasea pavoneándose delante de sus acólitos. Sólo hay que leer los mensajes y lisonjas del Secretario General de la OTAN, Mark Rutte, dirigidos al presidente de los Estados Unidos. O, más recientemente, la alocución de la Presidenta de la Comunidad de Madrid en Mar-a-Lago, lugar de residencia del mandatario norteamericano, calificando a Estados Unidos como «el principal faro del mundo libre» y anunciando su intención de hacerle entrega de la Medalla Internacional, para la que habrá que construir otra vitrina en el despacho oval, junto con la del Nobel de la Paz.

Nadie quiere ser señalado por los matones del barrio, es preferible pasar desapercibido y que no se fijen en uno. Pero hay todavía una manera mejor de sobrevivir, y consiste en colocarse al lado del más fuerte. Además, si se juegan bien las cartas, también se puede sacar tajada. A los demás les puede producir bochorno, pero conviene disimular los aspavientos si uno no quiere verse señalado. Sumisión y acatamiento de las consignas del líder son el primer paso imprescindible para sobrevivir, pero si quieres algo más, mejor pagar a lo grande y ensalzar las consignas del jefe, corear sus soflamas y patear a los que no se inclinen a su paso. Y si alguien se atreve a no bajar la cabeza, a enarbolar otra bandera o a patrocinar otro modelo, ya sea de convivencia, de comportamiento o de discurso, aunque sea disfrazándose de gato, entonces no hay que tener piedad. Para que cunda el ejemplo y todo el mundo sepa a que atenerse. La insolencia se va a pagar muy cara en el futuro, pero la única respuesta digna a las amenazas de ese atajo de rufianes y también a esa mayoría sumisa es, precisamente, la de los insolentes, los cambiapieles, la de aquellos que se atreven a cantar en otra lengua, a mirar lejos, a atisbar el futuro desde las alturas, de los que se niegan a arrastrarse a los pies de los iracundos y de los maltratadores.

sábado, 14 de febrero de 2026

Tactical core

 

He leído en el periódico dos noticias que me han llamado la atención. En la primera de ellas se analiza la tendencia que se ha puesto de moda entre jóvenes, y no tan jóvenes, de vestir con indumentaria militar, o prendas y complementos que te den el aspecto de algo parecido a un soldado: pantalones cargo repletos de bolsillos, chubasqueros de apariencia castrense y, en su versión avanzada, chaleco protector con bolsillo central en el pecho. Todo al servicio de una estética en la que predominan las telas duras, como el nailon, las costuras reforzadas, las redecillas elásticas, los compartimentos, las correas, los cierres de seguridad y el omnipresente color negro. A todo lo cual puede sumarse una mochila de lona llena de velcros, con la bandera de España y/o la de Estados Unidos en su versión táctica (muy a propósito de los tiempos que corren en la primera potencia mundial) y también la cruz de Borgoña (un clásico).

En definitiva, de lo que se trata es de aparentar que se está preparado para afrontar un conflicto armado, (aunque la batalla más cercana se esté librando en un frente situado a miles de kilómetros), un invierno nuclear (ahora que empiezan a expirar los tratados de no proliferación de armas nucleares y que nadie parece interesado en prorrogar su vigencia) o para hacer frente a otra inminente pandemia, a un cataclismo climático, a la próxima dana o al colapso del acuífero de Grazalema, al descarrilamiento de otro convoy ferroviario o, en el mejor de los casos, al gran apagón masivo que está por venir y también al apocalipsis migratorio que todos estamos esperando.

Es lo que se conoce como tactical core, que no te convierte en un soldado, pero si te hace aparecer como alguien capaz de sobrevivir en un entorno hostil y preparado para una contienda que puede desencadenarse en cualquier momento. Así que, si lo piensas bien, esta vestimenta paramilitar tampoco resulta tan chocante, aunque la gente se vista así para coger el autobús, ir al gimnasio o pasear al perro. Porque el peligro está ahí y, si, por ejemplo, el Gobierno no va a desplegar a la policía migratoria, sino que se va a dedicar a regularizar inmigrantes a mansalva, habrá que estar preparado para lo que se avecina.

Hay quien dice que esta indumentaria es un reflejo del clima de crispación y de una dialéctica basada en la confrontación que incorpora un lenguaje belicista, plagado de símiles que evocan la guerra, el enemigo, la lucha, la resistencia. Y en la medida en que este discurso va calando en la población, cada vez se hace más necesario pertrecharse, acumular garrafas de agua, latas de melocotón en almíbar para garantizar el mínimo sustento durante semanas, pilas y transistores y, porqué no, cuchillos, ballestas, pistolas y abundante munición. Y el que tenga posibilidad, debería ir excavando en el jardín un refugio antiatómico, o los que vivimos en un piso destinar el cuartito de la colada para hacer las veces de habitación del pánico o, si no se dispone de espacio suficiente, al menos, habilitar un armario del que nadie sabe cuando podremos volver a salir.

La otra noticia cuenta la historia de José A. Torres Ramírez, un fiscal de Ohio (EE UU) aficionado a la recreación histórica de batallas, que se ha estado paseando por las calles de Madrid, en un acto festivo por el centro de la ciudad, luciendo una armadura, con filigranas de oro, y su emblemático casco, de mariscal de campo de los Tercios de Flandes, que se ha fabricado él mismo usando las técnicas de la época.

La cuestión es que el fiscal, de origen puertorriqueño, es descendiente directo de García de Torres, un sargento mayor de los Tercios que, después de servir a las órdenes de Agustín Mexia en Flandes, embarcarse en la Gran Armada y participar en la batalla de las Azores, y también en la defensa de La Coruña del pirata Francis Drake, recibir un balazo en la toma de Le Catelet y luchar en Cambrai, Calais y Las Ardenas, y, ya en Puerto Rico, capturar un barco inglés con toda su tripulación, murió en 1625, defendiendo la isla de la flota holandesa.

Su descendiente, fiscal y asesor del gobernador de Ohio, ha sido responsable de la legislación criminal y de reglamentos de Ohio, redactó el proyecto de ley que mejoraba los procedimientos para interrogatorio de sospechosos bajo custodia policial y desarrolló el procedimiento para facilitar la inocencia de un acusado mediante pruebas de ADN. Ha concedido más de 3.000 audiencias de indulto y de libertad condicional, 21 de ellas de condenados a muerte. Y ha desplegado también una amplia investigación sobre redes policiales corruptas.

Y, por las fotografías que he visto, la flamante armadura y el morrión de mariscal de campo de los Tercios, a este hombre barbado de sesenta años de noble aspecto y gesto templado, le sienta francamente bien.

Así que, no sé vosotros, pero yo, después de leer estas dos noticias, lo tengo claro. Y, a partir de la semana que viene, también voy a adoptar mi propio tactical core para ir al gimnasio. Pero, en lugar de esos horrendos pantalones cargo y la penosa mochila con la cruz de Borgoña pegada con un velcro, me voy a embutir en una armadura con filigrana de oro y voy a forjar una pica que va a dejar en pañales el arma más sofisticada que hayan templado en forjado a fuego. Y, aunque tenga dudas de que quepa en la taquilla, también voy a mostrarles a todos esos jovencitos de aspecto lampiño cómo demuestra uno estar preparado de verdad para librar cualquier batalla.

Y, ya si eso, me estoy planteando coger un vuelo a Minneapolis, con una bandera de Puerto Rico cosida a mí jubón. para enseñarles a los agentes de la policía migratoria del pato Donald a enfrentarse a alguien de su tamaño.