sábado, 22 de noviembre de 2025

El Tribunal Supremo ha tenido una revelación

 

El Fiscal General del Estado ha sido condenado por un delito de revelación de secretos por la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo, compuesta por juristas de reconocido prestigio y expertos conocedores de la ley.

Pero yo, que soy un poco berzotas, he tenido que acudir al diccionario para tratar de aclararme en este asunto, porque la verdad es que, después de conocer el fallo, me cuesta trabajo entender este tipo penal, hasta el punto de que, yo mismo, temo que haya podido perpetrarlo alguna vez en el pasado o, si no lo he hecho ya, pueda hacerlo en cualquier momento en el futuro.

La primera entrada del diccionario define secreto como una cosa que cuidadosamente se tiene reservada y oculta. Hasta aquí está claro, porque el señor Alberto Quirón tenía un secreto. Bueno, dos en realidad, el primero es que había ganado un dinerito curioso con la venta de mascarillas durante la pandemia por el que debería haber tributado, pero, en vez de eso (y este es el segundo), prefirió estafarle 350.000 euros al erario público.

Y esto era un secreto, hasta que dejó de serlo, porque alguien lo descubrió, y luego se filtró a la prensa y todo el mundo se enteró y a este pobre hombre le entraron ganas de suicidarse o, alternativamente, marcharse de España. Pero, en vez de eso, decidió comprarse un ático en pleno centro de Madrid, haciendo caso del consejo del Presidente de la Sala, que, sabiamente, le recomendó que no hiciera ninguna de las dos (primeras) cosas anteriores.

La segunda entrada define el secreto como sinónimo de reserva, sigilo o discreción. Y aquí empiezan las dudas, porque aquí el que más y el que menos ha pecado de indiscreto. Algunos al difundir toda clase de infundios y especulaciones sobre la iniciativa del acuerdo con la fiscalía y el origen de la filtración. Pero, claro, es que estamos hablando de periodistas y no de notarios, que son unos señores muy serios que no tienen ningún problema en revelar sus fuentes. No como algunos periodistas tiquismiquis que, amparándose en el secreto profesional (otro secreto), mienten como bellacos y, encima, amenazan al tribunal diciendo que conocen la fuente de la filtración pero que no la pueden revelar. Pues, si no va a decir usted nada, no me amenace con echar abajo la instrucción y dejarnos a mí y a mis amigos jueces como una panda de payasos, revelando la fuente, ni hable de dilemas morales, que ya bastante tenemos nosotros con lo nuestro. A ver si se cree que nos gusta condenar a inocentes, cosa que sólo hacemos cuando no nos queda más remedio.

Tercera entrada: conocimiento que exclusivamente alguien posee de la virtud o propiedades de una cosa o de un procedimiento útil en medicina o en otra ciencia, arte u oficio. Pues aquí he de reconocer que sólo los jueces que, con una celeridad sorprendente, han dictaminado la culpabilidad del Fiscal General del Estado, están en posesión de ese conocimiento arcano. Y, encima, no quieren compartirlo. Por eso han adelantado el sentido del fallo, la pena y hasta el importe de la indemnización al perjudicado, 10.000 eurillos (para comprar unas plantas que adornen el ático y ayuden a ese señor a quitarse de la cabeza esos pensamientos suicidas que lo atormentan desde hace un año), pero no el razonamiento que les ha llevado a ese veredicto de culpabilidad. Si fuera malpensado, pensaría que ya habían tomado una decisión antes de que empezase, quiero decir, de que terminase el juicio.

Misterio, cosa que no se puede comprender (cuarta entrada). Pues si, por más que me esfuerzo, no logro comprender cómo se puede ser culpable de revelación de secretos, cuando esa información reservada en cuestión la conocía hasta la señora de la limpieza que trabaja en las dependencias de la Sala Segunda del Tribunal Supremo. Al final va a ser verdad que los jueces están desvinculados de la realidad. Y es que, por lo visto, el mundo del derecho está en un universo paralelo ajeno a las filtraciones.

Negocio muy reservado, me remito a lo dicho sobre la primera entrada.

Escondrijo que suelen tener algunos muebles para guardar papeles, dinero u otras cosas (entrada número seis) y, en algunas cerraduras, mecanismo oculto, cuyo manejo es preciso conocer de antemano para poder abrirlas. A lo que podríamos añadir ordenador o teléfono móvil y sus claves de acceso, en los que cualquier pardillo creería que puede ocultar sus fechorías. Hasta que llegó la Organización de Consumidores y Usuarios, más conocida por sus siglas en inglés (UCO), y decidió clonar el disco duro y el móvil del General, que, muy hábilmente, había borrado sus mensajes. Ingenuo. Si no encontramos rastro de tus mensajes porque los has borrado, pues eso es como si los hubieras escrito y, encima, podemos imaginar todo lo que decías en ellos y hasta que había contenidos pedófilos. Investigación prospectiva, dice el tío. A qué todavía te va a caer una imputación por corrupción de menores.

Séptima entrada: despacho de las causas de fe, en las cuales entendía secretamente el antiguo tribunal eclesiástico de la Inquisición y secretaría en que se despachaban y custodiaban estas causas. Sin comentarios. Pero me encantaría haber podido asistir a las deliberaciones del tribunal y escuchar de viva voz a sus señorías dando razones y argumentos para llegar a su veredicto, fijar la condena y el importe de la indemnización. Pero habrá que esperar a la sentencia. Que le vamos a hacer. También hay que entender las razones de sus señorías, que temían que se produjera otra filtración. Y, lo que faltaba, lo mismo tenían que empezar a imputarse entre ellos y terminaban todos inhabilitados y condenados a indemnizar al Fiscal General del Estado. Y se vulnera el principio de presunción de inocencia y toda la instrucción se viene abajo y el Fiscal se va de rositas, que todo puede suceder. Y si no que se lo digan al abogado del señor Alberto Quirón.

Pieza aplanada del cerdo posterior a la paleta. Que fue lo que se pudo tomar el Fiscal para comer el día de autos. Y es lo único que nos ha quedado por saber de la vida y milagros del Fiscal después de que la Organización de Consumidores y Usuarios dictaminara que tenía el “dominio total de la acción” a “todos los niveles”. Vamos que también mató al cerdo y luego lo pudo desollar (que según la RAE es causar a alguien grave daño en su persona, honra o hacienda) y comérselo con patatas.

Y última entrada (Secreta), examen para tomar el grado de licenciado, que algunos magistrados del Tribunal Supremo podrían repetir dentro de una estrategia de evaluación de su desempeño, muy cuestionado últimamente sin motivo aparente.

Así que, visto lo visto, y puesto que no hay que dudar de la profesionalidad de los magistrados del Tribunal Supremo, sino de la defectuosa técnica legislativa que caracteriza al parlamentarismo moderno, propongo que se introduzca un artículo 417 bis en el Código Penal en el que se incluya un nuevo tipo delictivo, que sería la revelación del secreto a voces, que es, siempre según la RAE, un secreto que se confía a muchos o, también, aquel misterio que se hace de lo que ya es público.

domingo, 16 de noviembre de 2025

Teoría de la creatividad

Tener un trabajo cualificado es la legítima aspiración de muchos jóvenes universitarios que, al comienzo de cada curso académico, acuden a facultades de todo el mundo para convertirse en profesionales exitosos de distintos ámbitos y ramas del saber, ya sea la ingeniería, la medicina, la economía o el el derecho.

Y es que, en ese momento, nadie aspira a convertirse en un trabajador alienado, sin iniciativa ni capacidad de decisión, supeditado a instrucciones y protocolos diseñados en estamentos a los que nunca tendrá acceso, al que no le paguen por pensar y que se limite a obedecer y hacer un trabajo rutinario de manera eficiente sin necesidad de hacerse muchas preguntas.

Pero, con el tiempo, aún para los que lo consiguen, muchas veces la realidad acaba despertándolos de ese sueño fugaz. Y unos terminan convirtiéndose en trabajadores sobrecualificados que desempeñan oficios que no requieren de los conocimientos adquiridos durante años a base de esfuerzo y dedicación, percibiendo retribuciones que no guardan correlación con sus expectativas profesionales, o realizando tareas que podrían haber cumplimentado de manera solvente antes de matricularse en primer curso de lo que sea que decidieran estudiar.

Otros, los más afortunados, tal vez consigan labrarse un futuro en alguno de esos estamentos profesionales a los que tan solo unos pocos privilegiados logran tener acceso. Y así, después de aprobar unas oposiciones o ingresar en un despacho de abogados, pongo por caso, tengan la efímera sensación de haberlo conseguido, de poner sus capacidades al servicio de una causa noble, lejos del trajín burocrático o de la rutinaria cumplimentación de estériles procedimientos.

Por desgracia, en la mayor parte de los casos, puede que no sea así y, al final, terminen presos de una rutina igual o aún peor.

Y esto sucede por dos razones fundamentales. La primera de ellas es que existen pocos trabajos realmente creativos o que requieran de un despliegue de talento que obligue a quien los lleva a cabo a reinventarse cada día, para cumplir con sus expectativas y con las de la empresa, el empleador o el mercado en el que ofrece sus servicios, que, en la mayoría de los casos, no esperan soluciones imaginativas a problemas complejos, sino el desarrollo de una actividad eficaz y la consecución de un resultado productivo al menor coste y a la mayor brevedad posible. Y así nacen los formularios, las casillas a cumplimentar con letra de imprenta, los modelos estereotipados, y más tarde los formatos electrónicos o, en el mejor de los casos, el copia y pega, que permiten presentar declaraciones tributarias, elaborar informes, confeccionar propuestas de resolución, dictar resoluciones, redactar demandas, recursos, informes y quejas a una velocidad pasmosa. Pero también, no nos engañemos, sentencias, memorias anuales, balances de resultados, evaluaciones de riesgos laborales, informes de impacto ambiental, informes de auditoría o rendiciones de cuentas.

El otro factor es, sin lugar a dudas, como no podía ser de otra manera, el vago redomado que todos y cada uno de nosotros llevamos dentro. Porque, honestamente, ¿a quién le apetece ser creativo todo el tiempo? Estar pensando y repensando lo que ya está hecho o dicho, cuando puede hacerse con muy poco esfuerzo (a veces con un click) reproduciendo el trabajo ya realizado por otros o por uno mismo. Y luego irse a tomar un café o una cerveza, con la estadística en perfecto estado de revista, habiendo cumplido los objetivos del trimestre y trepado hasta las primeras posiciones del ranking de productividad.

Pero, es tan cómodo tirar de la experiencia, dejarse llevar por la inercia y cumplimentar impresos o formularios como el que pela patatas, friega platos o pinta de blanco una pared. Y, sobre todo, no tener que pensar, aunque sea corriendo el riesgo de aburrirse. 

Recuerdo que, en cierta ocasión, estaba yo trabajando en Extranjería, resolviendo recursos y cumpliendo con mi cometido de forma rutinaria, cuando vino a la oficina de extranjeros un solicitante de residencia interesándose por la resolución de un recurso de reposición contra la denegación del permiso para residir en el país. Y cuando se enteró de que se le había desestimado, mostró su asombro ante tanta celeridad, manifestando que a su abogado le había costado un mes y a él trescientos euros formalizarlo y la administración había tardado cinco días en resolverlo. (Es lo que tiene el recurso de reposición, que lo resuelve la misma autoridad que ha dictado la resolución que se recurre. Pero el problema es que hay gente que no quiere escuchar).

Por supuesto, había un modelo de resolución que permitió dar una rauda respuesta a su pretensión, pero es que el recurso se parecía también muchísimo, en su literalidad, contenido y coste para el recurrente, a otros cientos de recursos tramitados antes y después.

Estresarse o aburrirse, esa es la cuestión. Pero, como me dijo una vez uno de los compañeros de trabajo más vagos que he conocido en mi vida, "yo me aburro muy bien". Y siempre es mejor estar aburrido que estar estresado. Por eso, en al ámbito en el que yo me desenvuelvo, cuando algún abogado listillo con ganas de notoriedad introduce nuevos argumentos que obligarían a sus señorías a ponerse a estudiar o replantearse la doctrina inveterada que se viene copiapegando de manera secular, he visto a jueces y magistrados enarcar las cejas y poner los ojos en blanco.

En particular, me acuerdo de una jueza que, cuando le incomodaba la estrategia de la defensa, le espetaba al letrado de turno cosas como "en casos como este, yo tengo un botón en el teclado de mi ordenador que lo pulso y me sale la sentencia". Y se quedaba tan pancha, la tía, que motivaba sus sentencias en un párrafo de cuatro líneas, pero, eso sí, las tenía listas la tarde del día del juicio y notificadas al día siguiente.

Además, los jueces odian la aritmética. Y hay que llevarles las cuentas hechas, porque no han aprobado una oposición para tener que sumar y restar, sino para copiar y pegar (que es una labor mucho más elevada) la doctrina sentada por otros altos tribunales o por el juez que celebra en la sala de vistas contigua a la suya, que tanto da.

Así que, una vez que el primero de ellos se haya pronunciado sobre la cuestión, no esperes que los demás se separen ni un milímetro de lo que haya dicho el pionero. Y, si la cosa no ha ido bien en el primer litigio, puedes ir preparando los recursos que vas a tener que formalizar contra la cascada de sentencias que te va a caer encima. La ventaja es que, como todas dicen lo mismo, sólo vas a tener que hacer un recurso y luego cambiar el número de autos, el nombre de tu oponente y la fecha. Salvo que te dé por ponerte creativo, cosa que no le recomiendo a nadie.

Naturalmente, a todos nos ha tentado alguna vez eso de ser un creativo de tal o cual empresa de publicidad o hacernos pintores y trasladar nuestra residencia a Montmartre o a la Polinesia, o vivir del cuento y que nos den el premio Nadal o, si no puede ser, pues por lo menos el Planeta.

Pero ser creativo es muy cansado y, además, no todo el mundo aprecia la creatividad. A mí me pasó una vez en que debí de ponerme creativo durante un alegato, porque el abogado de la parte contraria calificó mi razonamiento de solución creativa. Y claro, perdí el caso porque su señoría no me dió la razón. Precisamente por eso, por creativo.

Hasta los escritores se cansan de ser creativos. Y, cuando dan con una trama exitosa, se dedican a escribir una saga en vez de inventarse nuevas historias. Y si se trata del cine o la televisión, ya ni te cuento. Por poner sólo un ejemplo, vamos por la decimoprimera entrega de Fast and Furious. Y luego están las secuelas y las precuelas, las segundas y sucesivas temporadas, los remakes, etc., etc., etc.

            Dicen que Albert Einstein consideraba mucho más importante la imaginación que el conocimiento y que la creatividad era la mejor herramienta para transformar el mundo. Pero, claro, era Albert Einstein, y se le ocurrió la teoría de la relatividad mientras trabajaba como auxiliar administrativo en una Oficina de Patentes, porque nadie quería contratarlo como profesor, al tiempo que otros oscuros empleados de esa misma oficina se dedicaban a ser productivos y no a pasarse el día pensando en las musarañas o en la curvatura del espacio-tiempo. Como la mayoría de todos los trabajadores del mundo, cualificados o no, que han hecho de su rutinaria actividad laboral el modo menos imaginativo posible de realizarse profesionalmente. Y así uno se encuentra por doquier juristas de medio pelo, profesores capaces de aburrir a las piedras, escritores de pacotilla y una impávida legión de profesionales mediocres en cualquier ámbito, deseosos de fichar la salida, de que suene la sirena que anuncia el final de la jornada laboral o el timbre que anuncia que la clase ha terminado.