He
leído en el periódico dos noticias que me han llamado la atención. En la
primera de ellas se analiza la tendencia que se ha puesto de moda entre
jóvenes, y no tan jóvenes, de vestir con indumentaria militar, o prendas y
complementos que te den el aspecto de algo parecido a un soldado: pantalones
cargo repletos de bolsillos, chubasqueros de apariencia castrense y, en su
versión avanzada, chaleco protector con bolsillo central en el pecho. Todo al
servicio de una estética en la que predominan las telas duras, como el nailon,
las costuras reforzadas, las redecillas elásticas, los compartimentos, las
correas, los cierres de seguridad y el omnipresente color negro. A todo lo cual
puede sumarse una mochila de lona llena de velcros, con la bandera de España y/o
la de Estados Unidos en su versión táctica (muy a propósito de los tiempos que
corren en la primera potencia mundial) y también la cruz de Borgoña (un
clásico).
En
definitiva, de lo que se trata es de aparentar que se está preparado para
afrontar un conflicto armado, (aunque la batalla más cercana se esté librando
en un frente situado a miles de kilómetros), un invierno nuclear (ahora que
empiezan a expirar los tratados de no proliferación de armas nucleares y que
nadie parece interesado en prorrogar su vigencia) o para hacer frente a otra
inminente pandemia, a un cataclismo climático, a la próxima dana o al colapso
del acuífero de Grazalema, al descarrilamiento de otro convoy ferroviario o, en
el mejor de los casos, al gran apagón masivo que está por venir y también al
apocalipsis migratorio que todos estamos esperando.
Es
lo que se conoce como tactical core, que no te convierte en un soldado,
pero si te hace aparecer como alguien capaz de sobrevivir en un entorno hostil
y preparado para una contienda que puede desencadenarse en cualquier momento.
Así que, si lo piensas bien, esta vestimenta paramilitar tampoco resulta tan
chocante, aunque la gente se vista así para coger el autobús, ir al gimnasio o
pasear al perro. Porque el peligro está ahí y, si, por ejemplo, el Gobierno no
va a desplegar a la policía migratoria, sino que se va a dedicar a regularizar
inmigrantes a mansalva, habrá que estar preparado para lo que se avecina.
Hay
quien dice que esta indumentaria es un reflejo del clima de crispación y de una
dialéctica basada en la confrontación que incorpora un lenguaje belicista,
plagado de símiles que evocan la guerra, el enemigo, la lucha, la resistencia.
Y en la medida en que este discurso va calando en la población, cada vez se
hace más necesario pertrecharse, acumular garrafas de agua, latas de melocotón
en almíbar para garantizar el mínimo sustento durante semanas, pilas y
transistores y, porqué no, cuchillos, ballestas, pistolas y abundante munición.
Y el que tenga posibilidad, debería ir excavando en el jardín un refugio
antiatómico, o los que vivimos en un piso destinar el cuartito de la colada
para hacer las veces de habitación del pánico o, si no se dispone de espacio
suficiente, al menos, habilitar un armario del que nadie sabe cuando podremos
volver a salir.
La
otra noticia cuenta la historia de José A. Torres Ramírez, un fiscal de Ohio
(EE UU) aficionado a la recreación histórica de batallas, que se ha estado
paseando por las calles de Madrid, en un acto festivo por el centro de la
ciudad, luciendo una armadura, con filigranas de oro, y su emblemático casco,
de mariscal de campo de los Tercios de Flandes, que se ha fabricado él mismo
usando las técnicas de la época.
La
cuestión es que el fiscal, de origen puertorriqueño, es descendiente directo de
García de Torres, un sargento mayor de los Tercios que, después de servir a las
órdenes de Agustín Mexia en Flandes, embarcarse en la Gran Armada y participar
en la batalla de las Azores, y también en la defensa de La Coruña del pirata
Francis Drake, recibir un balazo en la toma de Le Catelet y luchar en Cambrai,
Calais y Las Ardenas, y, ya en Puerto Rico, capturar un barco inglés con toda
su tripulación, murió en 1625, defendiendo la isla de la flota holandesa.
Su
descendiente, fiscal y asesor del gobernador de Ohio, ha sido responsable de la
legislación criminal y de reglamentos de Ohio, redactó el proyecto de ley que
mejoraba los procedimientos para interrogatorio de sospechosos bajo custodia
policial y desarrolló el procedimiento para facilitar la inocencia de un
acusado mediante pruebas de ADN. Ha concedido más de 3.000 audiencias de
indulto y de libertad condicional, 21 de ellas de condenados a muerte. Y ha
desplegado también una amplia investigación sobre redes policiales corruptas.
Y,
por las fotografías que he visto, la flamante armadura y el morrión de mariscal
de campo de los Tercios, a este hombre barbado de sesenta años de noble aspecto
y gesto templado, le sienta francamente bien.
Así
que, no sé vosotros, pero yo, después de leer estas dos noticias, lo tengo
claro. Y, a partir de la semana que viene, también voy a adoptar mi propio tactical
core para ir al gimnasio. Pero, en lugar de esos horrendos pantalones cargo
y la penosa mochila con la cruz de Borgoña pegada con un velcro, me voy a
embutir en una armadura con filigrana de oro y voy a forjar una pica que va a
dejar en pañales el arma más sofisticada que hayan templado en forjado a fuego.
Y, aunque tenga dudas de que quepa en la taquilla, también voy a mostrarles a
todos esos jovencitos de aspecto lampiño cómo demuestra uno estar preparado de
verdad para librar cualquier batalla.
Y,
ya si eso, me estoy planteando coger un vuelo a Minneapolis, con una bandera de
Puerto Rico cosida a mí jubón. para enseñarles a los agentes de la policía
migratoria del pato Donald a enfrentarse a alguien de su tamaño.