El
fin de semana pasado hubo una convocatoria que llamaba a concentrarse en plazas
y lugares céntricos de varias ciudades españolas a los integrantes de una
subcultura marginal, conocidos como therians, cuyos miembros se
identifican con alguna especie animal.
Por
lo que he podido leer, el término proviene del inglés therianthropy, que a su
vez deriva del griego antiguo therion (bestia o animal salvaje) y ánthropos
(humano), y se refiere a la capacidad de transformarse en animal, en el sentido
de experimentar una conexión espiritual con un animal determinado.
Y,
por lo visto, la convocatoria ha sido un rotundo fracaso, básicamente, por dos
motivos. Primero, porque los therians son una tribu muy minoritaria. Y, en
segundo lugar, porque, además, debían de estar amedrentados ante las foribundas
manifestaciones de los haters de turno, una turba violenta mucho más numerosa
que considera que lo mejor que se puede hacer con estos frikis es forrarlos a
hostias y mandarlos a hacer la mili, a ver si así se le quitan las tonterías a
esa pandilla de anormales.
Aun
así, algún que otro adolescente despistado aterrizó por el lugar de la
convocatoria con su máscara y su cola de zorro o de gato, circunstancia que
aprovecharon los miembros de esa otra subcultura urbana conocida como la jauría
humana para ensañarse con ellos, hostigándolos y grabándolos con sus teléfonos
móviles. Así que, a lo mejor, hay más gente que se identifica a nivel
espiritual con las bestias y los animales salvajes de lo que parecía
inicialmente.
Supongo
que, como dice Edith Bruck, deportada a Auschwitz con trece años y
superviviente del Holocausto, el mal está dentro de nosotros. Sólo hace falta
que surja la oportunidad para que se manifieste.
En
el patio de los colegios, en los institutos, en las empresas, en los partidos
políticos, en las redes sociales, todos los días alguien es hostigado por
alguno o algunos de estos sujetos, que se aprovechan de su superioridad
numérica o jerárquica para burlarse, menospreciar, humillar o someter a otros.
No hace falta ser peligroso o potencialmente dañino, basta con ser diferente,
raro, una nota disonante, un verso libre, para ser merecedor del mayor de los
desprecios. Luego ya decidiremos porque el que es diferente o piensa diferente
es peligroso y hay que considerarlo un enemigo, combatirlo, apartarlo,
deportarlo, darle de hostias.
El
mundo en el que vivimos parece haberse transformado en el patio de un
instituto, en el que el matón de turno se pasea pavoneándose delante de sus
acólitos. Sólo hay que leer los mensajes y lisonjas del Secretario General de
la OTAN, Mark Rutte, dirigidos al presidente de los Estados Unidos. O, más
recientemente, la alocución de la Presidenta de la Comunidad de Madrid en
Mar-a-Lago, lugar de residencia del mandatario norteamericano, calificando a
Estados Unidos como «el principal faro del mundo libre» y anunciando su
intención de hacerle entrega de la Medalla Internacional, para la que habrá que
construir otra vitrina en el despacho oval, junto con la del Nobel de la Paz.
Nadie
quiere ser señalado por los matones del barrio, es preferible pasar
desapercibido y que no se fijen en uno. Pero hay todavía una manera mejor de
sobrevivir, y consiste en colocarse al lado del más fuerte. Además, si se
juegan bien las cartas, también se puede sacar tajada. A los demás les puede
producir bochorno, pero conviene disimular los aspavientos si uno no quiere
verse señalado. Sumisión y acatamiento de las consignas del líder son el primer
paso imprescindible para sobrevivir, pero si quieres algo más, mejor pagar a lo
grande y ensalzar las consignas del jefe, corear sus soflamas y patear a los
que no se inclinen a su paso. Y si alguien se atreve a no bajar la cabeza, a
enarbolar otra bandera o a patrocinar otro modelo, ya sea de convivencia, de
comportamiento o de discurso, aunque sea disfrazándose de gato, entonces no hay
que tener piedad. Para que cunda el ejemplo y todo el mundo sepa a que
atenerse. La insolencia se va a pagar muy cara en el futuro, pero la única
respuesta digna a las amenazas de ese atajo de rufianes y también a esa mayoría
sumisa es, precisamente, la de los insolentes, los cambiapieles, la de aquellos
que se atreven a cantar en otra lengua, a mirar lejos, a atisbar el futuro
desde las alturas, de los que se niegan a arrastrarse a los pies de los
iracundos y de los maltratadores.