domingo, 3 de mayo de 2026

Teletransportación

 

Me he enterado de que el director de la Oficina de Respuesta y Recuperación de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias de Estados Unidos (FEMA), un tal Gregg Phillips, afirma que, al menos en dos ocasiones, habría experimentado un fenómeno de teletransportación, siendo trasladado instantáneamente decenas de kilómetros, sin que pudiera explicar cómo había sido llevado a su nuevo emplazamiento.

La primera vez, estaba hablando por teléfono cuando, de repente, apareció en una zanja junto a una iglesia bautista en un pequeño pueblo, a unos 65 kilómetros de donde se había iniciado la conversación telefónica.

Y, en su segundo viaje, se encontraba charlando tranquilamente con unos amigos, cuando comentó su intención de visitar un establecimiento de comida rápida. Y, en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba en un restaurante de Georgia, a unos 80 kilómetros de distancia.

Pero, por lo visto, la experiencia no le resultó nada agradable. Y es que Dios le da superpoderes a quien no sabe apreciar su utilidad.

Ya me gustaría a mí que, expresando en voz alta mi deseo de comer en un restaurante, alguien tuviera la gentileza de depositarme cuidadosamente en una mesa perfectamente dispuesta para la ocasión, sin tener que reservar ni hacer cola en la puerta para conseguir que me atiendan. Y, encima, en otra ciudad, sin preocuparme del desplazamiento ni perder un minuto en planificar el viaje. Es lo más parecido que he visto en mi vida al bolsillo de Doraemon.

No obstante, parece que al señor Phillips esta posibilidad de viajar en el espacio a velocidad sideral no le hace ninguna gracia. Será porque no puede llevarse con él a sus amigos, que sin duda pensaran que prefiere irse de viaje a comer solo por ahí antes que pagar otra ronda. Y seguro que, si, en aquella otra ocasión, estaba hablado con su mujer por teléfono, le costó mucho trabajo convencerla de que no sabía a qué hora iba a volver a casa porque se había caído en una zanja en un pueblo a 65 kilómetros de su lugar de residencia.

Me imagino la respuesta de su mujer: ¿Qué dices Gregorio? ¿No te habrás teletransportado otra vez? ¿Al lado de una iglesia? Y yo voy y me lo creo, seguro que estás en un restaurante dándote un banquetazo con tus amigotes, bueno, o sin ellos, que siempre se me olvida que solo tú puedas teletransportarte. Y ¿dónde está esa iglesia? si puede saberse. ¿En Wichita? Ya. Llevó meses diciéndote que quiero visitar a mí tía de Kansas. Y ahora vas y te teletransportas tú sólo. Pues quiero que vayas a ver a mi tía Dorothy y le des muchos recuerdos de mi parte, que ella también podía teletransportarte por los aires, pero con ayuda de un tornado. Y de paso saludas al hombre de hojalata, que hace mucho que no lo veo.

Recuerdo un episodio de Frasier en el que este y su hermano Niles deciden hacer campaña a favor de un candidato progresista al Congreso. Y cómo el doctor Krane descubre que este cree haber sido abducido por una nave extraterrestre, revelando accidentalmente esta información a los medios de comunicación, lo que termina arruinando su candidatura.

Sin embargo, Gregg Phillips ha sido designado por Donald Trump como encargado de coordinar a los equipos que dan respuesta en situaciones de emergencia en Estados Unidos. Así que me imagino a su equipo de trabajo estudiando la manera de teletransportar a las víctimas al hospital más cercano mientras el mundo se desmorona a su alrededor y animándoles a que traten de visualizar un quirófano mientras alguien trata al mismo tiempo de hacerles un torniquete para evitar que mueran desangrados.

Y supongo que ahora los astronautas del Artemis III, además de pasar horas en un centrifugador de entrenamiento, también aprovechan, mientras dan vueltas y más vueltas, para cerrar los ojos y apretar los párpados con fuerza pensando en la cara oculta de la Luna, ahora que saben que aspecto tiene. Y es que nos podemos ahorrar un dineral si conseguimos que los viajes espaciales se hagan en un abrir y cerrar de ojos. Y con un mínimo riesgo, como quien se plantea irse a comer a un McDonald's Trump, en el Mar de la Tranquilidad, y ¡alehop!, aterriza en Marte, en ese o en cualquier otro establecimiento de comida rápida que vaya a abrir Elon Musk en el Planeta Rojo.

Y hasta que se abran los primeros restaurantes, pues podemos ir explorando zanjas y cráteres por todo el Sistema Solar y eso que vamos adelantado.

viernes, 17 de abril de 2026

Losers

 

La presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, después de que el PSOE perdiera las elecciones en Extremadura, dijo el otro día que el presidente del gobierno era un loser "Como decimos en Madrid". Cosa que yo ignoraba, como tampoco sé en qué momento empezaron en Madrid a usar esa palabra, o su traducción al español, perdedor.

A mí, personalmente, me gusta más la expresión fracasado. Pero, he de reconocer que no la escucho muy a menudo últimamente, mientras que la otra, loser, parece estar en boca de todo el mundo (al menos en la capital), y más ahora que Trump parece haberla puesto de moda.

Porque ser un fracasado equivale, no a perder un partido de fútbol o unas elecciones, sino a no haber triunfado en la vida. Lo que, en nuestra cultura, te hace más digno de lástima que merecedor del desprecio de tus semejantes.

Sin embargo, la expresión loser, en la cultura anglosajona, es una expresión cargada de desprecio. Y supone, para el que es calificado como tal, un estigma, que le convierte en un deshecho social, un inútil, un parásito e, incluso, en un resentido.

En nuestro país un fracasado es alguien que lo intentó y no pudo conseguirlo, que contando con el viento a favor o teniendo posibilidades, las dejo escapar. Es el 'kafkiano perdedor' al que cantaba Gabinete Caligari. Mientras que, en Estados Unidos, un perdedor es cualquiera que no haya conseguido sobresalir por encima de los demás, al margen de su origen, de su historia personal y de las circunstancias que le hayan acompañado en la vida.

Así, un mendigo es un perdedor, pero un obrero o un oficinista también pueden serlo. Y, en general, cualquiera que no haya logrado hacerse rico, con independencia de los métodos más o menos ortodoxos que haya utilizado para enriquecerse, o, también, alguien que necesite un sistema público de salud para que le asista en caso de enfermedad o accidente, o que lleva a sus hijos a un colegio público, o vive de alquiler o no puede viajar al extranjero o lo hace solo de forma esporádica.

Yo mismo, no me considero un fracasado, pero sin duda soy un loser de manual.

Pero, si hasta Bruce Springsteen es considerado por Trump como un 'completo perdedor', y eso que su fortuna se calcula que ronda los 1.200 millones de dólares, que se dice pronto. Aunque, para Trump, cualquiera que cuestiones sus métodos, más propios de un hombre de negocios sin escrúpulos o de un mafioso que de un gobernante democrático, es un loser.

En todo caso, creo que la elección del término no es casual, porque de lo que se trata no es de valorar o minusvalorar los méritos de una persona, sino de desacreditarla ante los demás. Porque a un perdedor se le puede mirar por encima del hombro, no merece la misma consideración que los prohombres que si que han triunfado en la vida y que, por eso, gozan del éxito, de una posición económica desahogada y de la consideración de los demás. Y, por eso, su opinión, sus juicios de valor, los del loser, y sus preferencias están bajo sospecha. No defiende valores universales ni invoca la justicia en abstracto. Lo que quiere es salir del agujero inmundo en el que está metido, pero por su falta de aptitud, por su indolencia y su ausencia de compromiso. Porque la culpa de lo que le pasa es solo suya y solo puede justificarse presentándose a si mismo como una víctima. Así que si, cuanto diga en voz alta está bajo sospecha y, muy probablemente, es fruto del resentimiento. No quiere una parte del pastel. Lo que realmente ansía es ver a los poderosos caerse de sus pedestales, para poder patearlos cuando estén en el suelo.

Y no digo yo que, entre nosotros, no exista gente que no haya aprovechado las oportunidades que tenía al alcance de la mano. Hay toda una generación que se ha criado con la nariz pegada a una pantalla y que va a tener muy difícil hacer algo con sus vidas cuando haya que pagar la conexión wifi para poder seguir viendo videos de tik tok. Pero, curiosamente, esa estirpe de perdedores es la que resulta más fácil de manipular por aquellos triunfadores que llaman losers a los que les llevan la contraria y se ponen a sí mismos como ejemplo de trayectoria exitosa y del modo correcto de hacer las cosas. Será porque es más fácil dejarse impresionar por los que nunca tuvieron que esforzarse y, aún así, manejan fortunas inmensas y viven en áticos en el centro de sus ciudades, aunque también prefieran no compartir nada con nadie, que por aquellos que prometen repartir miseria entre los desarrapados e incluso invitan a otros miserables a unirse a la fiesta de los innombrables, en la que nadie querría tener que participar si pudiera evitarlo.

martes, 7 de abril de 2026

Artemis 2 - Gestión de Residuos 0

 

No sé vosotros, pero yo estoy emocionadísimo con el programa Artemis y el viaje de la cápsula Orión, después de más de cincuenta años de la última misión tripulada a la Luna. Y me parece increíble que hayamos tardado tanto tiempo en volver a visitar ese satélite sin vida ni atmósfera, con una orografía interesantísima hecha a base de formidables colisiones de asteroides de todos los tamaños a lo largo de un periplo de millones de años. Pero, por fin, alguien se ha dado cuenta de la necesidad de hacer nuevas fotografías para saber si algo ha cambiado en el Mar de la Tranquilidad en el último medio siglo o comprobar que todo sigue igual y poder quedarnos tranquilos antes de que los chinos planten allí una bandera y se hagan una foto con sus caras amarillas sonriendo a la luz del sol.

Además, se han establecido un montón de nuevos hitos en la historia de la humanidad, como, por ejemplo, la mayor distancia de la Tierra a la que un ser humano ha estado jamás. Nada menos que 6.000 kilómetros más lejos que la última vez. El anterior récord lo ostentaba la tripulación del Apolo 13, pero no cuenta porque fue debido a un fallo técnico.

Y tampoco una mujer había estado nunca tan lejos de su casa, salvo en su imaginación. Y hemos puesto a un afroamericano en el espacio, lo que abre infinitas posibilidades de cara a la deportación de inmigrantes irregulares en el futuro. Y otro miembro de la tripulación es canadiense y, por primera vez, no estadounidense. Aunque esto importa poco porque Canadá podría convertirse muy pronto, por las buenas o por las malas, en el 51 estado de la Unión.

Y estos seres humanos afroameric@nocan@dienses y pioneros de la exploración del espacio profundo han visto la luna como si fuera una pelota de baloncesto y no como un guisante diminuto, que es como la habíamos visto el resto de los mortales hasta ahora. Y, además, han podido ser testigos de un eclipse total en primera fila que habría durado, ojo al dato, cuarenta minutos, en el transcurso de los cuales perdieron toda comunicación con la Tierra; lo que pone de manifiesto la enorme preparación de este equipo humano. La mayoría de nosotros no podría estar ni quince minutos sin mirar el móvil, y tan solo para obtener a cambio una visión inédita de la cara oculta de la Luna que, ahora lo sabemos con certeza, se parece extraordinariamente a la cara visible.

“Aprovechamos esta oportunidad para retar a la generación actual y a las futuras para que este récord de distancia no tarde mucho en batirse de nuevo”, ha dicho el astronauta canadiense. Y estoy convencido de que así será porque, tal como está ahora mismo el tema de la vivienda y con la cantidad de suelo urbanizable que hay en Marte, van a tener que triplicar el número de transbordadores espaciales y establecer una lista de espera.

He leído en la prensa que uno de los instantes más emotivos que se ha podido vivir a bordo de la nave Orión ha coincidido con el momento en que sus intrépidos tripulantes han bautizado dos nuevos cráteres, “otro hito alucinante” que nos permitirá en un futuro próximo diferenciar esos dos agujeros de cualesquiera otros que se hayan hecho antes o se puedan hacer después.

Pero, como en toda expedición legendaria que merezca llamarse así, también ha habido malos momentos, como cuando se produjo un problema de control con el retrete de la nave Orion, que es el primero con puerta que viaja en una misión tripulada a la Luna. Un nuevo sistema concebido para Artemis que pretendía ofrecer una experiencia más cómoda y práctica a los astronautas, conocido como Sistema Universal de Gestión de Residuos, y que consiste en un inodoro de diseño especial cuya compuerta está en el piso, junto a la escotilla de ingreso a la nave.

Por lo visto, algún ingeniero de la NASA habría cometido un terrible error en el diseño del inodoro que tal vez, en el peor de los casos, podría provocar que las deposiciones de la tripulación terminaran desparramándose por el interior del módulo lunar, flotando a su alrededor, impidiéndoles disfrutar del eclipse en toda su dimensión cósmica y provocando una “caminata espacial no programada”, llamada a convertirse en otro momento estelar, particularmente emotivo e incluso en un hito alucinante y maloliente al mismo tiempo.

domingo, 5 de abril de 2026

El final de las especies

 

He leído que el ser humano tiene la prodigiosa capacidad de alterar el proceso natural de evolución de algunas especies, propiciando incluso la aparición de nuevos especímenes. Algo que se ha demostrado sobre todo en el ámbito de la agricultura y la ganadería. El maíz, el trigo o la cebada serían buenos ejemplos de ello.

No obstante, nuestra interacción con el medio natural produce también, de vez en cuando y no tan de vez en cuando, efectos indeseados. Por ejemplo, cuando modificamos un ecosistema que, una vez alterado, puede no ser el más saludable para la especie humana, pero al mismo tiempo puede convertirse en un hábitat idóneo para otras criaturas, en cuyo proceso evolutivo también influimos de forma indirecta y sin ser conscientes de ello. Es el caso de los mosquitos o las cucarachas, que ya no necesitan vivir en un clima tropical ni alimentarse del néctar de las flores porque nuestros sistemas de calefacción o el sabor dulce de nuestra sangre suplen con creces la ausencia de flores silvestres y mantienen artificialmente una temperatura muy agradable todo el año.

Y esto puede hacer que los efectos del cambio climático y la subida generalizada de las temperaturas, además de traernos muy pronto otras especies con las que probablemente habríamos preferido no tener que convivir, hagan que empiecen a proliferar a nuestro alrededor, con su secuela de enfermedades para las que nuestro sistema inmunitario está muy poco o nada preparado y, además, influyan en el proceso evolutivo de animales y plantas, que, para adaptarse a un nuevo entorno cambiante, no opten por emigrar, buscando una temperatura menos elevada. Y ello aunque la posibilidad de emigrar sea la primera opción. De hecho, se ha documentado la migración incluso de algunas especies vegetales, cuyo proceso de floración se está viendo afectado por la subida de las temperaturas. Y también se habla del lento desplazamiento de algunas especies de árboles, que cada vez crecen en zonas más elevadas, ascendiendo por las laderas de las montañas a medida que el bosque se ve acechado por unas condiciones climáticas que redundan en perjuicio de su desarrollo natural.

La cuestión es que, al margen de la huida generalizada provocada por la irrupción del homo sapiens en cualquier ecosistema, una vez instalados, y cada vez que tratamos de hacer nuestra vida más fácil, excavando una red de alcantarillas o construyendo un rascacielos, en lugar de atraer mariposas de colores brillantes y conseguir que proliferen las flores exóticas y los pájaros de plumajes coloridos, lo único que conseguimos que se nos acerque es una variada gama de parásitos que se alimenta de nuestra sangre o medra entre la basura y los desperdicios. Es como si la naturaleza se apartase de nosotros, de forma que nuestro caminar va dejando a su paso un terreno baldío, en el que los únicos seres vivos que no huyen para ponerse a salvo son los que pueden medrar a nuestra costa.

Probablemente, las ratas colonizan las ciudades porque somos incapaces de consumir todo lo que producimos y terminamos generando una cantidad enorme de residuos que las criaturas a las que hemos usurpado su medio natural han venido a reclamar y necesitan para no perecer en un entorno extraño, pero que a algunas les ofrece una nueva oportunidad para la supervivencia. Pero la cuestión es que nuestra codicia unida a la comodenería que nos caracteriza genera efectos adversos e incide en el proceso evolutivo, pero no para crear ejemplares mejores, sino para hacer proliferar las alimañas, parásitos y especies invasoras, y, de paso, nos hace más débiles y vulnerables. Porque ese infructuoso intento de eliminar todo lo que nos incomoda también nos está transformando a nosotros y amenaza nuestra supervivencia como especie. Las bacterias resistentes a los antibióticos son sólo un ejemplo, pero no el único, aunque tal vez el más amenazante.

La proliferación de enfermedades, epidemias y pandemias, con todas sus secuelas, son una consecuencia del arrinconamiento de la vida salvaje, que se defiende a su manera y, de vez en cuando, nos golpea con la misma rudeza con la que los seres humanos hemos colonizado y expoliado la naturaleza durante siglos de manera concienzuda. 

Es como si algún dios tenebroso nos hubiera obsequiado con la dudosa virtud de estropear todo lo que tocamos, consiguiendo convertir en un estercolero cochambroso cualquier Jardín del Edén que se nos ponga a tiro, en un tiempo récord y sin más ayuda que la de nuestra propia insensata búsqueda de la comodidad y el placer inmediato, sin pararnos a considerar, ni por un momento, las previsibles consecuencias de nuestros actos atolondrados.

Me gustan como al que más las duchas de agua caliente, la alta velocidad y las hamburguesas. Pero de vez en cuando me pregunto si realmente necesitamos que el aire acondicionado refrigere de forma instantánea el habitáculo de nuestro coche en cuanto empieza a subir la temperatura, y que las casas en las que vivimos tengan siempre la temperatura ideal para no notar que ha llegado el invierno; si realmente es tan urgente llegar a todas partes en el menor tiempo posible y al coste que sea necesario; y si la sobreabundancia de bienes de consumo no nos ha convertido en unos seres dependientes que han transformado en necesidades lo que, hasta hace poco, no eran más que caprichos.

Recorrer el camino inverso requiere renunciar a un modo de vida que se ha revelado inviable a medio y largo plazo, pero me temo que esa renuncia nadie va a planteársela en serio hasta que las primeras manifestaciones del colapso de nuestra civilización sean imposibles de ignorar y amenacen con convertirnos en una anomalía catastrófica en la historia de la evolución.

jueves, 12 de marzo de 2026

Da usted mucha vergüenza

 

La Presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, ha finiquitado el repentinamente envejecido y muy renqueante orden internacional, afirmando, en la conferencia global de embajadores europeos, que “Europa ya no puede ser guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que ha desaparecido y ya no volverá”.

Ni siquiera Donald Trump se había atrevido a ser tan explícito en sus pretensiones. Y tampoco ningún otro mandatario se había mostrado tan dispuesto a lamerle las botas al comandante en jefe de ese nuevo orden internacional basado en las amenazas y el uso indiscriminado de la fuerza. Unas botas que, dicho sea de paso, han pisoteado los más elementales principios del derecho internacional, con el beneplácito, ahora ya lo sabemos, de la jefa del Ejecutivo comunitario.

Y, por si cabía alguna duda sobre su posicionamiento ideológico, y para remachar su diatriba involucionista, también ha dejado claro que, en su opinión, la última acción de guerra sin el amparo de las Naciones Unidas protagonizada por Trump y por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, sobre Irán está más que justificada. “Quiero ser clara: no se debe llorar por el régimen iraní que ha infligido muerte e impuesto represión a su propio pueblo”.

El problema es que las 1.200 bombas lanzadas en 24 horas, y todas las que han caído después, no sólo matan a los ayatolás, sino que acaban con la vida de cientos de personas cuya liberación sirvió de pretexto a esos señores de la guerra, pero que, además de su libertad, ahora han perdido para siempre la posibilidad de decidir su propio futuro.

Con parecidos argumentos sobre la necesidad de neutralizar a Hamás, en nombre de la libertad y de la seguridad, y en represalia por el ataque perpetrado el 7 de octubre de 2023, el ejército israelí ha matado a 75 000 palestinos, y según datos de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo, 111.927 han resultado heridos, más del 90 por ciento de los hogares han sufrido graves daños o han sido destruidos y casi dos millones de personas han sido desplazadas durante la ofensiva militar y hasta el alto el fuego. 

Ahora se entienden esas llamadas "a todas las partes" a la máxima contención, mientras las bombas volaban sobre Teherán quebrando de golpe una negociación diplomática en marcha. Y también los reproches a Irán por causar la "devastación y desestabilización en toda la región a través de sus aliados armados con misiles y drones”.

Es curioso que algunas bombas tengan el poder de devastar y desestabilizar regiones enteras y otras no, aunque impacten en una escuela infantil y maten a 165 niñas, a las que, en vez de con un velo, habrá que cubrir con una mortaja.

Y ante este posicionamiento sólo cabe preguntarse cual va a ser, de ahora en adelante, el papel de una Unión Europea que ya no quiere ser valedora de un orden internacional basado en normas, al que da por finiquitado, al tiempo que pronostica, con una sorprendente naturalidad, el advenimiento de una nueva era en la que no se contempla ni remotamente la posibilidad de reconsiderar los postulados sobre los que se construye ese nuevo orden internacional, que ha venido para instaurarse definitivamente sobre las ruinas del viejo mundo, un mundo herido por las guerras que otros prebostes defendieron en su día, y que apela a un orden mucho más antiguo, más injusto y violento, y también mucho más peligroso.

Este es el tipo de discurso que yo habría esperado oír de cualquiera de los líderes de la extrema derecha europea. Lo que no me esperaba era escuchar esas palabras saliendo de la boca de la Presidenta de la UE. Y es que no se trata de una claudicación, como la del Primer Ministro británico, Keir Starmer o el Canciller Alemán, Friedrich Merz, sino de una verdadera declaración de intenciones, de un alineamiento con los postulados de un régimen que, al otro lado del Atlántico, se ha convertido en la mayor amenaza para la democracia en Estados Unidos.

Sólo el hecho de que tal mensaje no haya provocado la respuesta del Parlamento Europeo a través de una moción de censura que deponga inmediatamente a su emisora me provoca la misma vergüenza.

domingo, 1 de marzo de 2026

Un atajo de rufianes

 

El fin de semana pasado hubo una convocatoria que llamaba a concentrarse en plazas y lugares céntricos de varias ciudades españolas a los integrantes de una subcultura marginal, conocidos como therians, cuyos miembros se identifican con alguna especie animal.

Por lo que he podido leer, el término proviene del inglés therianthropy, que a su vez deriva del griego antiguo therion (bestia o animal salvaje) y ánthropos (humano), y se refiere a la capacidad de transformarse en animal, en el sentido de experimentar una conexión espiritual con un animal determinado.

Y, por lo visto, la convocatoria ha sido un rotundo fracaso, básicamente, por dos motivos. Primero, porque los therians son una tribu muy minoritaria. Y, en segundo lugar, porque, además, debían de estar amedrentados ante las foribundas manifestaciones de los haters de turno, una turba violenta mucho más numerosa que considera que lo mejor que se puede hacer con estos frikis es forrarlos a hostias y mandarlos a hacer la mili, a ver si así se le quitan las tonterías a esa pandilla de anormales.

Aun así, algún que otro adolescente despistado aterrizó por el lugar de la convocatoria con su máscara y su cola de zorro o de gato, circunstancia que aprovecharon los miembros de esa otra subcultura urbana conocida como la jauría humana para ensañarse con ellos, hostigándolos y grabándolos con sus teléfonos móviles. Así que, a lo mejor, hay más gente que se identifica a nivel espiritual con las bestias y los animales salvajes de lo que parecía inicialmente.

Supongo que, como dice Edith Bruck, deportada a Auschwitz con trece años y superviviente del Holocausto, el mal está dentro de nosotros. Sólo hace falta que surja la oportunidad para que se manifieste.

En el patio de los colegios, en los institutos, en las empresas, en los partidos políticos, en las redes sociales, todos los días alguien es hostigado por alguno o algunos de estos sujetos, que se aprovechan de su superioridad numérica o jerárquica para burlarse, menospreciar, humillar o someter a otros. No hace falta ser peligroso o potencialmente dañino, basta con ser diferente, raro, una nota disonante, un verso libre, para ser merecedor del mayor de los desprecios. Luego ya decidiremos porque el que es diferente o piensa diferente es peligroso y hay que considerarlo un enemigo, combatirlo, apartarlo, deportarlo, darle de hostias.

El mundo en el que vivimos parece haberse transformado en el patio de un instituto, en el que el matón de turno se pasea pavoneándose delante de sus acólitos. Sólo hay que leer los mensajes y lisonjas del Secretario General de la OTAN, Mark Rutte, dirigidos al presidente de los Estados Unidos. O, más recientemente, la alocución de la Presidenta de la Comunidad de Madrid en Mar-a-Lago, lugar de residencia del mandatario norteamericano, calificando a Estados Unidos como «el principal faro del mundo libre» y anunciando su intención de hacerle entrega de la Medalla Internacional, para la que habrá que construir otra vitrina en el despacho oval, junto con la del Nobel de la Paz.

Nadie quiere ser señalado por los matones del barrio, es preferible pasar desapercibido y que no se fijen en uno. Pero hay todavía una manera mejor de sobrevivir, y consiste en colocarse al lado del más fuerte. Además, si se juegan bien las cartas, también se puede sacar tajada. A los demás les puede producir bochorno, pero conviene disimular los aspavientos si uno no quiere verse señalado. Sumisión y acatamiento de las consignas del líder son el primer paso imprescindible para sobrevivir, pero si quieres algo más, mejor pagar a lo grande y ensalzar las consignas del jefe, corear sus soflamas y patear a los que no se inclinen a su paso. Y si alguien se atreve a no bajar la cabeza, a enarbolar otra bandera o a patrocinar otro modelo, ya sea de convivencia, de comportamiento o de discurso, aunque sea disfrazándose de gato, entonces no hay que tener piedad. Para que cunda el ejemplo y todo el mundo sepa a que atenerse. La insolencia se va a pagar muy cara en el futuro, pero la única respuesta digna a las amenazas de ese atajo de rufianes y también a esa mayoría sumisa es, precisamente, la de los insolentes, los cambiapieles, la de aquellos que se atreven a cantar en otra lengua, a mirar lejos, a atisbar el futuro desde las alturas, de los que se niegan a arrastrarse a los pies de los iracundos y de los maltratadores.

sábado, 14 de febrero de 2026

Tactical core

 

He leído en el periódico dos noticias que me han llamado la atención. En la primera de ellas se analiza la tendencia que se ha puesto de moda entre jóvenes, y no tan jóvenes, de vestir con indumentaria militar, o prendas y complementos que te den el aspecto de algo parecido a un soldado: pantalones cargo repletos de bolsillos, chubasqueros de apariencia castrense y, en su versión avanzada, chaleco protector con bolsillo central en el pecho. Todo al servicio de una estética en la que predominan las telas duras, como el nailon, las costuras reforzadas, las redecillas elásticas, los compartimentos, las correas, los cierres de seguridad y el omnipresente color negro. A todo lo cual puede sumarse una mochila de lona llena de velcros, con la bandera de España y/o la de Estados Unidos en su versión táctica (muy a propósito de los tiempos que corren en la primera potencia mundial) y también la cruz de Borgoña (un clásico).

En definitiva, de lo que se trata es de aparentar que se está preparado para afrontar un conflicto armado, (aunque la batalla más cercana se esté librando en un frente situado a miles de kilómetros), un invierno nuclear (ahora que empiezan a expirar los tratados de no proliferación de armas nucleares y que nadie parece interesado en prorrogar su vigencia) o para hacer frente a otra inminente pandemia, a un cataclismo climático, a la próxima dana o al colapso del acuífero de Grazalema, al descarrilamiento de otro convoy ferroviario o, en el mejor de los casos, al gran apagón masivo que está por venir y también al apocalipsis migratorio que todos estamos esperando.

Es lo que se conoce como tactical core, que no te convierte en un soldado, pero si te hace aparecer como alguien capaz de sobrevivir en un entorno hostil y preparado para una contienda que puede desencadenarse en cualquier momento. Así que, si lo piensas bien, esta vestimenta paramilitar tampoco resulta tan chocante, aunque la gente se vista así para coger el autobús, ir al gimnasio o pasear al perro. Porque el peligro está ahí y, si, por ejemplo, el Gobierno no va a desplegar a la policía migratoria, sino que se va a dedicar a regularizar inmigrantes a mansalva, habrá que estar preparado para lo que se avecina.

Hay quien dice que esta indumentaria es un reflejo del clima de crispación y de una dialéctica basada en la confrontación que incorpora un lenguaje belicista, plagado de símiles que evocan la guerra, el enemigo, la lucha, la resistencia. Y en la medida en que este discurso va calando en la población, cada vez se hace más necesario pertrecharse, acumular garrafas de agua, latas de melocotón en almíbar para garantizar el mínimo sustento durante semanas, pilas y transistores y, porqué no, cuchillos, ballestas, pistolas y abundante munición. Y el que tenga posibilidad, debería ir excavando en el jardín un refugio antiatómico, o los que vivimos en un piso destinar el cuartito de la colada para hacer las veces de habitación del pánico o, si no se dispone de espacio suficiente, al menos, habilitar un armario del que nadie sabe cuando podremos volver a salir.

La otra noticia cuenta la historia de José A. Torres Ramírez, un fiscal de Ohio (EE UU) aficionado a la recreación histórica de batallas, que se ha estado paseando por las calles de Madrid, en un acto festivo por el centro de la ciudad, luciendo una armadura, con filigranas de oro, y su emblemático casco, de mariscal de campo de los Tercios de Flandes, que se ha fabricado él mismo usando las técnicas de la época.

La cuestión es que el fiscal, de origen puertorriqueño, es descendiente directo de García de Torres, un sargento mayor de los Tercios que, después de servir a las órdenes de Agustín Mexia en Flandes, embarcarse en la Gran Armada y participar en la batalla de las Azores, y también en la defensa de La Coruña del pirata Francis Drake, recibir un balazo en la toma de Le Catelet y luchar en Cambrai, Calais y Las Ardenas, y, ya en Puerto Rico, capturar un barco inglés con toda su tripulación, murió en 1625, defendiendo la isla de la flota holandesa.

Su descendiente, fiscal y asesor del gobernador de Ohio, ha sido responsable de la legislación criminal y de reglamentos de Ohio, redactó el proyecto de ley que mejoraba los procedimientos para interrogatorio de sospechosos bajo custodia policial y desarrolló el procedimiento para facilitar la inocencia de un acusado mediante pruebas de ADN. Ha concedido más de 3.000 audiencias de indulto y de libertad condicional, 21 de ellas de condenados a muerte. Y ha desplegado también una amplia investigación sobre redes policiales corruptas.

Y, por las fotografías que he visto, la flamante armadura y el morrión de mariscal de campo de los Tercios, a este hombre barbado de sesenta años de noble aspecto y gesto templado, le sienta francamente bien.

Así que, no sé vosotros, pero yo, después de leer estas dos noticias, lo tengo claro. Y, a partir de la semana que viene, también voy a adoptar mi propio tactical core para ir al gimnasio. Pero, en lugar de esos horrendos pantalones cargo y la penosa mochila con la cruz de Borgoña pegada con un velcro, me voy a embutir en una armadura con filigrana de oro y voy a forjar una pica que va a dejar en pañales el arma más sofisticada que hayan templado en forjado a fuego. Y, aunque tenga dudas de que quepa en la taquilla, también voy a mostrarles a todos esos jovencitos de aspecto lampiño cómo demuestra uno estar preparado de verdad para librar cualquier batalla.

Y, ya si eso, me estoy planteando coger un vuelo a Minneapolis, con una bandera de Puerto Rico cosida a mí jubón. para enseñarles a los agentes de la policía migratoria del pato Donald a enfrentarse a alguien de su tamaño.

viernes, 30 de enero de 2026

Sueño extremo

 

Los Reyes Magos me han traído un reloj deportivo muy fardón que, además de medir mis constantes vitales y monitorizar mis sesiones de entrenamiento, proporcionándome una información exhaustiva sobre distancia recorrida, tiempo medio por kilómetro, cadencia, longitud de la zancada, vuelo, potencia máxima en carrera, etc., analiza mi rutina de sueño e incluso monitoriza las siestas que me echo a lo largo de la semana. Así que, últimamente, lo llevo puesto a todas horas y, cuando estoy aburrido, me pongo a analizar el número de horas que he dormido la noche anterior o cual ha sido la duración de la fase de sueño profundo.

Pero ahora, además, cuando me despierto de la siesta, también me gusta comprobar el tiempo que ha durado mi estado de inconsciencia. Más que nada, para rebatir la típica censura a los dormilones como yo, que suele expresarse en tono de reproche con frases del estilo de "menuda siesta te has pegado". Así que, antes no podía, pero ahora puedo rebatir tales acusaciones sin fundamento con el dato objetivo correspondiente, por ejemplo "exactamente 32 minutos, ni más, ni menos".

Claro que, de vez en cuando, mis desvanecimientos duran un poco más, y, también en estos casos, el reloj registra milimétricamente mi estado de abandono. Por eso, en tales supuestos, me abstengo de proporcionar cualquier información sobre el particular, para evitar reproches injustificados. Pero lo que no puedo evitar es que la máquina del tiempo que llevo sujeta a la muñeca me haga algunas observaciones impertinentes como que, si duermo más de treinta minutos, es posible que después me sienta aturdido o desorientado (bendito aturdimiento digo yo) o de que debería adelantar la hora de la siesta para que no interfiera en mi rutina de sueño (sandeces).

El otro día, me desperté temprano, y como era sábado, después de aliviar la vejiga, me volví a meter en la cama y me quedé dormido en un santiamén. Pues va el relojito de marras y me computa ese divino sueñecito mañanero como tiempo de siesta fuera del horario recomendado, me dice que no me queje si me encuentro desorientado y que la próxima vez procure no dormir más de treinta minutos.

Por lo menos, mi antiguo reloj, antes de lanzar acusaciones sin fundamento, se aseguraba de que me había levantado de la cama, preguntándome a través de un mensaje que aparecía en la esfera, cuando detectaba movimiento más propio de un estado de vigilia que de sueño, si ya estaba despierto. Pero este de ahora se limita a darme los buenos días y me anima a ir a por todas. A por todas, un sábado por la mañana. Y, si no le hago caso, pues se enfada y cualquier día, cuando se tome algo más de confianza, me dice que estoy empanado y que a ver si me espabilo, que no cumplo ninguno de los retos que me plantea. Porque esa es otra cosa que hace sin que yo se lo haya pedido y me marca distancia y ritmo de carrera. Y como tampoco le hago caso, cada cinco minutos emite un pitido de lo más desagradable y me dice que voy ¡Demasiado lento!

A lo largo de un proceso evolutivo que ha durado millones de años, nuestra especie ha conseguido rodearse de un hábitat en el que sentirse segura, sin tener que mantener un ojo abierto toda la noche para evitar ser engullida por los depredadores que moraban en la oscuridad y ha conseguido ponerse a salvo de casi todos (menos de sí misma). Otras especies no han tenido tanta fortuna. Y así, por ejemplo, los pingüinos barbijo, que se enfrentan a un desafío constante durante la etapa reproductiva, para resolver la tensión entre descanso y cuidado parental, han adoptado una estrategia singular que consiste en llevar a cabo miles de microsueños diarios con una duración media de cuatro segundos, hasta alcanzar alrededor de once horas totales de sueño por día. Y las fragatas, que son unas grandes aves marinas que anidan en las Islas Galápagos, y pueden volar durante semanas sin posarse, practican lo que se conoce como sueño unihemisférico, durante el cual, y en pleno vuelo, una mitad del cerebro permanece despierta y la otra descansa. Por su parte, los elefantes marinos del norte descienden hasta los 160 metros de profundidad para descansar, donde es menos probable que se encuentren con sus depredadores naturales, las orcas y los tiburones, ingresando en sueño REM, que es una fase del sueño en la que el cuerpo se paraliza temporalmente y el desplazamiento adopta un movimiento en espiral, denominado por los investigadores “espiral de sueño”.

Tengo un amigo aficionado a salir a correr a primerísima hora de la mañana, cuando todavía es de noche y las calles están desiertas, que una vez se despertó en plena carrera, de forma que no sabía si iba o venía, ni dónde estaba exactamente y tampoco era capaz de recordar con claridad cómo había llegado hasta allí. Supongo que ese día salió de casa empujado por el hábito de la rutina y se quedó dormido en algún momento, mientras la mitad de su cerebro consciente se limitaba a monitorizar la ruta y dejaba que la otra mitad siguiera durmiendo.

A mí no me ha pasado todavía algo así, pero cuando estoy en la ducha o me visto para ir al trabajo y salgo de casa pertrechado con mi abrigo y mi bufanda, las sendas del parque que he atravesado antes del amanecer se muestran como un recuerdo difuso en el que me resulta difícil diferenciar la vigilia del sueño, lo real y lo soñado. Y, a veces, tengo la sensación de haber estado nadando en aguas profundas, en medio de una inmensidad que me sobrecoge y me protege al mismo tiempo. Y si en ese momento mi pequeña máquina del tiempo me preguntase si estoy despierto, no sabría contestarle con entera seguridad. O tal vez le diría que aún estoy soñando y que no me despierte todavía. No antes de que amanezca.

viernes, 16 de enero de 2026

Nobel de la Paz

 

Me enteré el otro día por el periódico de que María Corina Machado, galardonada recientemente con el Nobel de la Paz, quería ofrecer su premio al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump o, al menos, compartirlo con él. Y, ante tal declaración de intenciones, la Fundación Nobel no ha tenido más remedio que recordar que sus galardones son intransferibles e irrevocables y que, una vez anunciado un Premio Nobel, no puede revocarse, compartirse ni transferirse a otros, dado que la decisión es definitiva y perdura para siempre. Lo que a mí, no sé porqué, me ha sonado a arrepentimiento y voluntad de revocarlo, si existiera tal posibilidad.

Con lo que cuesta que a uno le den un premio, y más el premio Nobel, y ahora va esta insensata y dice que se lo quería dar al pato Donald. Que no digo yo que no haya hecho méritos para ello, pero lo de bombardear Caracas y secuestrar a San Nicolás no cuenta porque todo eso ha pasado después y, si acaso, podría valorarse como mérito las próximas Navidades, junto a otros méritos que puedan acreditarse a partir de ahora, como por ejemplo conquistar Groenlandia, bombardear La Habana o secuestrar al presidente de Colombia para que comparta celda con Maduro y sea juzgado por narcoterrorismo.

Además, Trump no necesita el Nobel de la Paz para nada, que ya es presidente de los Estados Unidos, mientras que María Corina está todavía en la oposición y tendría que presentarse a las elecciones y no todos los días se presenta a unas elecciones un premio Nobel, que es un premio que puede avalar tu candidatura frente a otros candidatos que no puedan exhibir ni un miserable Nobel de literatura como el que le dieron en su día a Winston Churchill.

Aunque, a lo peor, la convocatoria tarda un poco más de lo previsto. Todo depende de lo que hagan Delcy Rodríguez y compañía con el petróleo venezolano, que ya se sabe que si la economía va bien (sobre todo la de Estados Unidos) pues tampoco hace falta darse tanta prisa en restaurar la democracia, que luego lo mismo las elecciones las gana la Corina esa, que parece una persona muy agradable (y también una mosquita muerta), pero igual le da por defender la soberanía nacional o por decir que 50 millones de barriles de petróleo de alta calidad son muchos y hay que bombardear otra vez Caracas y subirla a un helicóptero MH-47 Chinook y, después de restaurar el Chavismo, meterla en la cárcel con Mette Frederiksen (primera ministra de Dinamarca), Von der Leyen y Marine Le Pen, y empezamos a tener problemas de sobreocupación con la población reclusa por narcoterrorismo, anarcosindicalismo y dinamarcoterrorismo o cualquier otra forma de terrorismo que nos podamos imaginar.

Qué quiere compartir el Nobel, dice. Pues haberlo dicho antes, porque ahora parece que trate de conseguir algo del jefe y puede que Trump esté dispuesto a dejarse adular, pero no por quien le ha birlado el Nobel de la Paz. Con lo que ha trabajado este hombre para acabar con las guerras. Y sin pedir nada a cambio, ¿eh? Ni petróleo, ni otras tierras raras, quiero decir, cosas raras, ni nada de nada. Y los demás si, mucho defender el orden internacional, pero cuando se trata de arrimar el hombro ampliando el gasto militar un miserable cinco por ciento, todo el mundo se pone a lloriquear. Pues, si vis pacem, para bellum. Por eso el Departamento de Defensa se llama ahora Departamento de Guerra, porque, como ha dicho el propio presidente, es un nombre mucho más apropiado, teniendo en cuenta la situación actual del mundo (que yo he contribuido a crear) y transmite un mensaje de victoria (le ha faltado decir que le encanta el olor a napalm por la mañana). De hecho, si el Premio Nobel de la Paz, se llamara Premio Nobel de la Guerra (que es como debería llamarse), ya lo habría ganado Donald o su amigo Vladimir Putin o Benjamín Netanyahu, que también han hecho lo suyo, lo reconozco, pero sin llamar a las cosas por su nombre. "Operación militar especial" llamó Putin a su ofensiva contra Ucrania, que es una denominación confusa que hace que surjan dudas sobre las intenciones de quienes la han llevado a cabo, mientras que "Operación Determinación Absoluta" no deja lugar a dudas sobre la finalidad que se persigue. Y, además, huele a Victoria, y también a napalm, que es una sustancia inflamable usada en lanzallamas y en bombas incendiarias, a base, precisamente, de gasolina en estado de gel.

Pues que vaya tomando nota la señorita Mette Frederiksen, que también parece una primera ministra muy agradable, pero seguramente no tiene ni idea de los desafíos que plantea la seguridad en el Ártico, ni es consciente de que cualquier chiflado puede lanzar una operación militar especial sobre Groenlandia si alguien no actúa antes con absoluta determinación.

Y más ahora que el calentamiento global, sin dejar de ser la mayor estafa jamás perpetrada contra el mundo, está derritiendo el hielo marino en el Ártico y permite la apertura de nuevas rutas de navegación, que se están llenando a toda velocidad de barcos chinos y rusos, además de haber dejado al descubierto enormes yacimientos de litio, níquel, cobalto y cobre e importantes reservas de tierras raras. Aunque estoy seguro de que esto último no tiene nada que ver con el interés de Estados Unidos por salvaguardar la seguridad nacional, anexionándose la isla, por las buenas o por las malas.

Además, dado el ritmo de las intervenciones en países soberanos, y teniendo en cuenta el previsible colapso de las prisiones de alta seguridad para mandatarios extranjeros, no habría que descartar la posibilidad de trasladar a Nicolás Maduro al Círculo Polar Ártico, dónde podría expiar sus pecados trabajando para Jeff Bezos, repartiendo paquetes con ayuda de un trineo para desplazarse por la nieve de verdad y así dejar atrás sus actividades delictivas como narcotraficante, contribuyendo también al crecimiento de las rutas comerciales y a hacer a América más grande todavía, a lo que habría que sumar la reciente incorporación al territorio de Estados Unidos de 2.106.000 nuevos kilómetros cuadrados.

Hoy mismo, he sabido por la prensa que la flamante ganadora del Nobel ha materializado su decisión, entregando la medalla del premio Nobel de la Paz a Donald Trump, en lo que ella misma ha calificado como un momento muy emotivo, durante su visita el jueves a la Casa Blanca. Lo que me hace suponer que, a estas horas, la medalla de marras se exhibe en una vitrina del despacho oval, para que los próximos líderes del mundo libre que pasen por allí sean conscientes de que oponerse a sus designios tiene premio, para él, claro, porque siempre va a haber alguien que se lo quiera dar, aunque tampoco descarte la posibilidad, después de anexionarse Groenlandia, de invadir Dinamarca y, si es necesario, bombardear Oslo, cruzar el estrecho de Skagerrak y tomar el Instituto Noruego del Nobel, por las buenas o por las malas, y, el año que viene, conceder el premio Nobel de la Guerra a quien a él le dé la gana.

viernes, 9 de enero de 2026

La zona muerta

 

A veces, cuando estoy corriendo y el cansancio empieza a apoderarse de mi cuerpo, mi mente trata de escapar de la sensación de fatiga poniéndole nombre a los territorios por los que transito. Es como un juego que me ayuda a olvidarme de la distancia y del tiempo, permitiéndome dividir ese espacio infinito y la tediosa distancia en caminos reconocibles, en etapas de un circuito, a veces, demasiado largo.

Empecé a hacerlo cuando contar los kilómetros se convirtió en una tarea aburrida que no me ayudaba lo suficiente y también porque un kilómetro puede ser, según las circunstancias, una distancia demasiado larga o demasiado corta y que, por sí misma, carece de significado.

Y así fueron surgiendo en mi imaginación los nombres de las sendas que, a lo largo de los años, he recorrido más veces de las que puedo recordar, como el camino de los valientes, la tierra de nadie, el Cuerno de África, la zona muerta, las quebradas de los túmulos, el bosque prohibido, el último puente o el fin del mundo.

Todos esos nombres tienen para mí un significado y guardan relación con una experiencia concreta. Así, el camino de los valientes nace en una bifurcación en la que la alternativa es una senda llana que lleva directamente de vuelta a casa, mientras el otro camino tuerce hacia una cuesta que conduce hacia los confines del parque y, una vez que la has elegido, te obliga a seguir todo el perímetro cerca de las vías del tren. Cuando es todavía de noche, las lejanas luces de un polígono industrial que queda al otro lado iluminan el sendero con una luz engañosa que desdibuja el sendero y tu imaginación transfigura el aspecto de los árboles y te expone a visiones fantasmagóricas.

Aun así, prefiero mil veces esa vereda que transitar por la zona muerta, a la que no he vuelto desde que preparaba mi tercer maratón.

En aquella época, los domingos solía completar tiradas largas de hasta treinta kilómetros, que me llevaban al otro extremo de la ciudad, y, durante el recorrido, atravesaba un barrio de gente adinerada, pero cuya población ha ido envejeciendo sin que se hayan instalado nuevas familias ni hayan nacido niños que puedan llenar los jardines con su algarabía. Así que los domingos sus calles están desiertas, las tiendas cerradas y las cafeterías y los bares apenas tienen movimiento. Sólo se ve, de vez en cuando, la figura raquítica de un anciano renqueante paseando a un perro que olisquea el suelo en busca de algún rastro que seguir, y la desolación campa por doquier.

La zona muerta es, para mí, sinónimo de la agonía y del tedio de una carrera sin fin, porque en ella tu energía parece difuminarse y la alergia de sentirse vivo bajo la luz de la mañana queda empaña por un halo difuso de tristeza.

En eso no se parece en nada al fin del mundo que, a pesar de su nombre, culmina un recorrido donde abunda la vegetación y los árboles proporcionan solaz, conduciendo por un sinuoso camino hasta las pistas del aeropuerto, y al punto de partida de otros caminos que, a su vez, conducen a otros mundos llenos de promesas y que es posible evocar viendo los aviones despegar con rumbo a lo desconocido. Ni tampoco al último puente, donde termina una ruta junto al río en el que las embarcaciones de remos te acompañan deslizándose sobre el agua al ritmo de cada zancada, en un ejercicio involuntariamente sincronizado. 

A veces, el paisaje cambia, los árboles se desprenden de las hojas, que han ido mudando de color en cada estación, o la corriente del río se vuelve turbia y, en los últimos días del otoño, el sol desaparece pronto y la luna se asoma a ratos entre jirones de nubes apenas empieza a atardecer, pero el camino permanece inmutable y el aire se llena de olores y fragancias que invitan a correr hacia las ultimas luces del crepúsculo.