He
leído que el ser humano tiene la prodigiosa capacidad de alterar el proceso
natural de evolución de algunas especies, propiciando incluso la aparición de
nuevos especímenes. Algo que se ha demostrado sobre todo en el ámbito de la
agricultura y la ganadería. El maíz, el trigo o la cebada serían buenos
ejemplos de ello.
No
obstante, nuestra interacción con el medio natural produce también, de vez en
cuando y no tan de vez en cuando, efectos indeseados. Por ejemplo, cuando
modificamos un ecosistema que, una vez alterado, puede no ser el más saludable
para la especie humana, pero al mismo tiempo puede convertirse en un hábitat
idóneo para otras criaturas, en cuyo proceso evolutivo también influimos de
forma indirecta y sin ser conscientes de ello. Es el caso de los mosquitos o
las cucarachas, que ya no necesitan vivir en un clima tropical ni alimentarse
del néctar de las flores porque nuestros sistemas de calefacción o el sabor
dulce de nuestra sangre suplen con creces la ausencia de flores silvestres y
mantienen artificialmente una temperatura muy agradable todo el año.
Y
esto puede hacer que los efectos del cambio climático y la subida generalizada
de las temperaturas, además de traernos muy pronto otras especies con las que
probablemente habríamos preferido no tener que convivir, hagan que empiecen a
proliferar a nuestro alrededor, con su secuela de enfermedades para las que
nuestro sistema inmunitario está muy poco o nada preparado y, además, influyan
en el proceso evolutivo de animales y plantas, que, para adaptarse a un nuevo
entorno cambiante, no opten por emigrar, buscando una temperatura menos
elevada. Y ello aunque la posibilidad de emigrar sea la primera opción. De
hecho, se ha documentado la migración incluso de algunas especies vegetales,
cuyo proceso de floración se está viendo afectado por la subida de las
temperaturas. Y también se habla del lento desplazamiento de algunas especies
de árboles, que cada vez crecen en zonas más elevadas, ascendiendo por las
laderas de las montañas a medida que el bosque se ve acechado por unas
condiciones climáticas que redundan en perjuicio de su desarrollo natural.
La
cuestión es que, al margen de la huida generalizada provocada por la irrupción
del homo sapiens en cualquier ecosistema, una vez instalados, y cada vez que
tratamos de hacer nuestra vida más fácil, excavando una red de alcantarillas o
construyendo un rascacielos, en lugar de atraer mariposas de colores brillantes
y conseguir que proliferen las flores exóticas y los pájaros de plumajes
coloridos, lo único que conseguimos que se nos acerque es una variada gama de
parásitos que se alimenta de nuestra sangre o medra entre la basura y los
desperdicios. Es como si la naturaleza se apartase de nosotros, de forma que
nuestro caminar va dejando a su paso un terreno baldío, en el que los únicos
seres vivos que no huyen para ponerse a salvo son los que pueden medrar a
nuestra costa.
Probablemente,
las ratas colonizan las ciudades porque somos incapaces de consumir todo lo que
producimos y terminamos generando una cantidad enorme de residuos que las
criaturas a las que hemos usurpado su medio natural han venido a reclamar y
necesitan para no perecer en un entorno extraño, pero que a algunas les ofrece
una nueva oportunidad para la supervivencia. Pero la cuestión es que nuestra
codicia unida a la comodenería que nos caracteriza genera efectos adversos e
incide en el proceso evolutivo, pero no para crear ejemplares mejores, sino
para hacer proliferar las alimañas, parásitos y especies invasoras, y, de paso,
nos hace más débiles y vulnerables. Porque ese infructuoso intento de eliminar
todo lo que nos incomoda también nos está transformando a nosotros y amenaza
nuestra supervivencia como especie. Las bacterias resistentes a los
antibióticos son sólo un ejemplo, pero no el único, aunque tal vez el más
amenazante.
La
proliferación de enfermedades, epidemias y pandemias, con todas sus secuelas,
son una consecuencia del arrinconamiento de la vida salvaje, que se defiende a
su manera y, de vez en cuando, nos golpea con la misma rudeza con la que los
seres humanos hemos colonizado y expoliado la naturaleza durante siglos de
manera concienzuda.
Es
como si algún dios tenebroso nos hubiera obsequiado con la dudosa virtud de
estropear todo lo que tocamos, consiguiendo convertir en un estercolero
cochambroso cualquier Jardín del Edén que se nos ponga a tiro, en un tiempo
récord y sin más ayuda que la de nuestra propia insensata búsqueda de la
comodidad y el placer inmediato, sin pararnos a considerar, ni por un momento,
las previsibles consecuencias de nuestros actos atolondrados.
Me
gustan como al que más las duchas de agua caliente, la alta velocidad y las
hamburguesas. Pero de vez en cuando me pregunto si realmente necesitamos que el
aire acondicionado refrigere de forma instantánea el habitáculo de nuestro
coche en cuanto empieza a subir la temperatura, y que las casas en las que
vivimos tengan siempre la temperatura ideal para no notar que ha llegado el
invierno; si realmente es tan urgente llegar a todas partes en el menor tiempo
posible y al coste que sea necesario; y si la sobreabundancia de bienes de
consumo no nos ha convertido en unos seres dependientes que han transformado en
necesidades lo que, hasta hace poco, no eran más que caprichos.
Recorrer
el camino inverso requiere renunciar a un modo de vida que se ha revelado
inviable a medio y largo plazo, pero me temo que esa renuncia nadie va a
planteársela en serio hasta que las primeras manifestaciones del colapso de
nuestra civilización sean imposibles de ignorar y amenacen con convertirnos en
una anomalía catastrófica en la historia de la evolución.
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