viernes, 17 de octubre de 2025

Animales y compañía

 

Siempre me han gustado los animales y, de pequeño, nada me habría hecho más ilusión que tener un perro, aunque con el tiempo comprendí que un piso no es el lugar más adecuado para criarlo y que una ciudad tampoco constituye el entorno ideal para el animal, por muy doméstico que sea. Porque hay que pasearlo sujeto con una correa, tiene la fea costumbre de ir marcando su territorio por las esquinas y adornando con sus excrementos el acerado y no se le puede llevar al cine ni al teatro sin incomodar al respetable.

Pero es lo cierto que otra mucha gente no opina lo mismo que yo y ha decidido hacer de los animales en general, y de los chuchos en particular, compañeros inseparables de vida. Lo que me parece muy bien siempre que el estatus de ciudadano que parece habérseles reconocido no me obligue a mí a convivir con ellos en cualquier sitio y a cualquier hora del día o de la noche.

La cuestión es que, de un tiempo a esta parte, los perros se pasean moviendo el rabo por tiendas y comercios de toda clase, pueden entrar en bares, restaurantes y hoteles, salvaguardando las zonas de elaboración, almacenamiento o manipulación de alimentos, y en cualquier otro establecimiento, siempre que no constituyan un riesgo para las personas, animales y cosas que se encuentran en el sitio de que se trate, que "podrá" facilitar el acceso de animales de compañía.

Eso sí, el establecimiento que no admita la entrada de animales, deberá mostrar una señal que lo indique que ha de ser visible desde el exterior. Dicho con otras palabras, tú vas con tu perro paseando por la vida, sin pausa pero sin prisa, y, salvo que un cartel visible desde el exterior del establecimiento te informe de lo contrario, puedes meter al chucho donde te plazca. Que luego hay un cartel dentro que informa de lo contrario, se siente, haberlo colocado en lugar visible desde fuera. Qué mi animalito constituye un riesgo para alguien o para algo, eso habrá que verlo, que yo a mí Rocky lo tengo muy bien educado y, si acaso, será el otro perro que ya andaba por ahí enredando, ese gato apestoso, esos niños hartibles o ese jarrón de la dinastía Ming los que constituyen una amenaza para él. Y si hay que lamentar daños personales y/o materiales pues también habrá que ver quien tiene la culpa, que ya está bien de andar criminalizando a los pobres animales.

Otra cuestión que se me ocurre tiene que ver con la clase de bichos a los que se refiere la norma que, en principio, son todos aquellos animales que conviven en un hogar. Y me consta que hay gente que tiene en casa serpientes de buen tamaño que cumplen la función de eficientes guardianes del hogar familiar. Así que, aplicando la ley en su estricta literalidad, podríamos encontrarnos, además de con un rottweiler, con reptiles, mandriles, grandes felinos y cefalópodos (si aceptamos pulpo como animal de compañía), transitando por tiendas de antigüedades y hoteles de cinco estrellas, convertidos, por arte de magia, en una versión actualizada de Jumanji. Afortunadamente la mayor parte de ellos están excluidos expresamente del Listado Positivo de Animales de Compañía en España.

No obstante, yo he visto a una familia paseando por Sevilla con una rata de considerables proporciones entrando y saliendo de la mochila del padre de las otras criaturas que conformaban el núcleo familiar, entre risas y arrumacos, que podría convertir la cocina de cualquier restaurante en una réplica fiel de la del Bistrot Chez Rémy de la película Ratatouille. Bueno no, porque, hasta donde yo sé, una cocina es un área de elaboración, almacenamiento y manipulación de alimentos. Así que por ese lado podemos estar tranquilos, aunque igual la rata decide lavarse los pies en nuestra vichyssoise cuando alguien la traiga a la mesa después de haberla manipulado convenientemente.

Cualquier cosa antes que dejar al pobre animal atado a una farola. Pero, ¿dónde estamos?, ¿en el lejano Oeste, dejando los caballos amarrados fuera del saloon sin supervisión ni cuidado, a expensas de que otro équido les dé una coz? Pues a ver cuándo se empieza a aplicar la ley de bienestar animal en la Feria de Abril y los caballistas pueden entrar a hacer pipi en las casetas sin bajarse del caballo.

Y es que pedimos mucha tolerancia con los niños, les ponemos pañales, los llevamos en cochecitos de bebé y algunos restaurantes tienen tronas para que puedan sentarse a la mesa, como si fueran personas de verdad, pero, seamos coherentes, no hay nada menos higiénico y más molesto que un niño llorando o con una rabieta, que además puede romper cualquier cosa, les tiran de las orejas a los perros y no saben comportarse en público. Pero hay padres que se empeñan en llevarlos a todas partes, cómo si no pudieran dejárselos a alguien o pagar un canguro (que podría convivir en el hogar y al que luego podríamos sacar de paseo con una correa al cuello). Y ahora resulta que nos molestan los perros. ¿Porque sueltan pelo? Los niños se sacan los mocos de la nariz y los van pegando por ahí. ¿Porque hay gente alérgica al pelo de los animales? Los niños transmiten enfermedades (a los mocos me remito). ¿Porque hay gente que les tiene miedo? Pues deberían vigilar a sus hijos, que son potenciales delincuentes.

Yo he visto a un perrito sentado en un triciclo, con las patitas apoyadas en el manillar, más mono, y cómo el niño, dueño del triciclo, lo empujaba tratando de tirarlo al suelo. ¿Dónde está el peligro? ¿En el pobre animal o en ese reyezuelo destronado tratando de recuperar su sitio a costa de hacer daño a un semejante?

Pero, así es la vida. He escuchado y leído a personas de todo credo alabar las virtudes de los nobles canes, que si lealtad incondicional por aquí, que si compañía silenciosa por allá, que si valentía y nobleza a toda prueba, que si él nunca lo haría. Pero cuando empiezan las comparaciones con los seres humanos, también empieza a darme urticaria. No soy capaz de entender determinados arrebatos de pasión canina. Y ya sólo me falta escuchar a alguien que grite, en medio de un naufragio, ¡las mujeres y los perros primero!, para tirarme por la borda ante la perspectiva de acabar mis días en un bote salvavidas rodeado de perros hambrientos a la espera de que me quede traspuesto para hincarme el diente.

He leído historias espeluznantes sobre perros que terminaron devorando el cadáver de sus dueños, tras días de cautiverio en un mismo espacio compartido, o de ataques furibundos que dejaron víctimas mortales de niños indefensos ante el depredador primitivo que, a veces, todavía asoma los dientes cuando no reconoce a sus presas como dueños a los que deba ninguna clase de lealtad. Y he tenido experiencias poco agradables con perros de distintas razas y de todos los tamaños a los que, con gusto, habría propinado una patada en las fauces, si el dueño no hubiese andado cerca paseando negligentemente con la correa en la mano.

Y, con el tiempo, he llegado a la conclusión de que los perros se parecen extraordinariamente a sus amos, que los crían, o los malcrían, en función de su propio temperamento. Así que, cuando me dan ganas de darle una patada a un chucho de mal talante, en realidad, a quien quiero abofetear es a su dueño o dueña, que hábilmente interpone entre mi persona y su mala educación, su agresividad o su falta de higiene y de respeto, al vástago ladrador que constituye una prolongación lupina de su propia persona, pero carente de inhibiciones. Así que lo único que no necesitaba era que alguien viniera a legitimar comportamientos que, si los protagonizara el dueño o dueña del chucho y no la adorable bola de pelo que los acompaña, resultarían intolerables para cualquiera. Pero hete aquí que todos los merluzos y merluzas del mundo han encontrado, sin proponérselo, una coartada para sus impertinencias e incivilizados modos de conducirse por la vida.

Así que, visto lo visto, tan sólo espero que cuando me toque, a mi también, transitar hacia las mansiones de Hades, el Cancerbero esté convenientemente atado a las puertas del inframundo, lleve puestos los tres bozales y Perséfone haya tenido la gentileza de recoger todas sus inmundicias.

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