La
semana pasada, un conductor que circulaba a gran velocidad por la autovía,
después de echar al arcén varios vehículos, irrumpió en las calles de la
localidad malagueña de Villanueva del Trabuco, llevándose por delante cuanto
obstáculo se interpuso en su camino, quedando afectados, en total, una veintena
de vehículos (aunque previamente habría pasado por Villanueva del Rosario, otra
localidad donde también habría embestido a un número indeterminado de coches,
que no pudieron sofocar su conducción furiosa).
Tras
una aparatosa persecución, de treinta angustiosos minutos, por las calles del
pueblo, en la que participaron vehículos de la policía local y de la Guardia
Civil, y varios intentos frustrados de atropello que sembraron el pánico entre
los viandantes, el émulo de Mad Max fue detenido por agentes de la Benemérita
después de colisionar con un coche patrulla que le cerraba el paso (el número
veinte), y de negarse a bajar de su vehículo, a someterse al control de
alcoholemia y ofrecer una fuerte resistencia que obligó a los agentes a
emplear, a su vez, la fuerza para reducirlo.
Según
algunos vecinos de la localidad, "coche que veía, coche con el que
chocaba, parecía que iba jugando a los coches de choque por la vía”, e incluso,
en algunos momentos, “si se frenaba, daba marcha atrás para asegurarse de darle
bien a los otros coches”.
Otra
vecina relataba que, al verlo acercarse, pensó que se trataba de un gesto
amistoso. “Iba para mi casa y, al reconocerlo, creí que venía a saludarme. Pero
no, se chocó conmigo”, aunque, dando un volantazo, logró evitar una colisión
directa.
También
he leído en algún rotativo que los agentes que lo redujeron tuvieron que
emplearse a fondo y que, según testigos presenciales, le propinaron un número
de golpes equivalente al de vehículos siniestrados y algunos más de propina,
mientras se escuchaba la voz de un vecino que jaleaba a los agentes de la ley
al grito de "machacadlo".
No
obstante, el interfecto no debió de tener suficiente, ya que ese mismo día se
escucharon unos fuertes golpes en el calabozo en el que se encontraba confinado
y al acudir a la celda para verificar su procedencia, los funcionarios
encargados de su custodia se encontraron al detenido "sin ropa
interior" (ni exterior, supongo) que se abalanzó sobre ellos, propinando
un puñetazo a uno de los dos agentes, que tuvieron que reducirlo nuevamente e
inmovilizarlo poniéndole unos "grilletes".
La
cuestión es que el detenido carecía de antecedentes y, aunque no reside en la
localidad, tiene familiares en el pueblo que gozan de la consideración de los
vecinos y conocían al protagonista de este llamativo suceso que vino a alterar
la vida de un pueblo en el que "nunca pasa nada". Hasta el día de
autos.
He
estado buscando otras noticias que, en los días sucesivos, se hicieran eco del
suceso. Más que nada por conocer las motivaciones del autor de los hechos,
porque estoy convencido de que detrás de este increíble incidente debe de haber
una historia que merecería ser contada. Pero no he encontrado nada más, supongo
que por la razón de que todo se saldó sin que hubiera que lamentar daños
personales y, por lo visto y oído, los de chapa y pintura tampoco revisten
especial gravedad. De lo contrario, decenas de tertulianos estarían especulando
sobre las motivaciones últimas de actos que todo el mundo se apresuraría a
calificar de execrables, indagando acto seguido sobre la identidad del autor de
los hechos, su posible origen foráneo. Y, en este caso, quizás ya se habría
movilizando una jauría para poner las cosas en su sitio y ajustar bien la
mirilla antes de empezar a disparar indiscriminadamente contra todo extranjero
viviente.
Pero
no, se trataba de un hombre normal y corriente, que una mañana normal convirtió
una placida jornada en un día de furia. A semejanza del argumento de la
película del mismo título, en la que otro hombre corriente que ha perdido su
empleo y al que su mujer ha abandonado, decide pasar revista a todas las
pequeñas infamias que jalonan nuestra vida cotidiana, exigiendo, por ejemplo, a
los empleados de un establecimiento de una cadena de comida rápida que le
sirvan una hamburguesa que se parezca mínimamente a las fotografías con las que
se publicitan. El único problema es que, aunque hace gala de una extrema
amabilidad y expone sus argumentos con una lógica aplastante, mientras lo hace,
exhibe en la mano derecha una pistola automática.
Supongo
que la mayor parte de los que hayan conocido esta noticia habrán considerado
que se trata de alguien que no estaba en sus cabales o que había consumido
alguna sustancia. El hecho de que se negase a someterse al control de
alcoholemia resultaría revelador para la mayoría y que apareciese en su celda
sin ropa interior, más revelador todavía. Y es verdad que la mayoría de
nosotros no aprovecharía que se encontraba bajo custodia policial para
deshacerse de su ropa.
No
obstante, analicemos los hechos. Quitando las maniobras intimidatorias en la
autovía y su breve tránsito por la localidad de Villanueva del Rosario, nuestro
hombre habría escogido las calles de un pueblo donde viven sus familiares y
gente que le conoce para dañar los vehículos de sus vecinos. Por otra parte,
salvo el puñetazo al agente de la autoridad y los supuestos intentos de
atropello, no habría hecho daño a nadie, cuando, a lo largo de media hora, si
se lo hubiese propuesto, podría haber causado daños de mucha mayor
consideración.
Pero
lo cierto es que, incluso dando marcha atrás, se aseguraba de colisionar con
los otros automóviles, con lo que su conducta no puede considerarse meramente
impulsiva o errática, sino que tenía un propósito concreto y estaba presidida
por una voluntad evidente de causar daños (supongo que algo así dirá el fiscal
cuando se celebre el juicio para justificar un agravamiento de la pena). Por
último, queda por resolver el striptease de la celda, que podría a ser algo así
como el rock de la cárcel pero con la música de nueve semanas y media.
A
propósito de este impulso incontrolable, el otro día volví a ver un episodio de
Frasier, la serie de televisión, en la que el Doctor Crane, eminente psiquiatra
y celebre locutor de la KACL, al que le han cambiado la franja horaria de
emisión de su programa radiofónico, harto de que solo le llamen panaderos y
trabajadores del turno de noche, sobre la marcha, decide cambiar la temática de
ese programa en particular. Y, con objeto de animar a sus oyentes de la
elegante y estrafalaria ciudad de Seattle a llamar a la emisora para que le
cuenten sus pequeñas perversiones sexuales, opta por desnudarse en directo y
ponerlo en conocimiento de la audiencia.
He
de reconocer que a mí no se me ocurriría desnudarme estando detenido. Incluso
es posible que, encontrándome privado de libertad, decidiera prescindir de la
ducha. Sin embargo, ¿a quién no le han entrado ganas alguna vez de despojarse
de ropajes superfluos y mostrarse al mundo tal y como es? Sin tapujos de
ninguna clase. Es más, ¿a quién no se le han cruzado los cables alguna vez?
Cómo estaría dispuesto a explicarnos amablemente el Doctor Crane, en
psiquiatría esa respuesta sorpresiva de una agresividad extraordinaria es lo
que se conoce como reacción en cortocircuito, y se produce como consecuencia de
una gran frustración provocada por la suma de una serie de antecedentes
pequeños y medianos que pueden provocar una respuesta desproporcionada. Pero
también puede tratarse de una reacción meramente impulsiva que, en este caso,
habría tenido más consecuencias para su protagonista que para cualquiera de sus
víctimas.
En
todo caso, no puedo evitar solidarizarme con este conductor agresivo porque
creo que todos llevamos dentro uno. Yo por lo menos. Hasta el punto de que, a
veces, es coger el coche y empiezo a juzgar severamente al resto de conductores
por la forma en que conducen o estacionan sus vehículos en doble fila, al
tiempo que una oleada de rencor se apodera de mi. En los peores días, no dejo
títere con cabeza y, si no voy acompañado, empieza a brotar de mi boca un
lenguaje florido que impresionaría al más curtido de mis potenciales compañeros
de celda.
Pero
es que, a veces, ni siquiera necesito, subirme al coche. Me puede pasar
caminando por la calle, viajando en autobús o subiendo las escaleras del
juzgado. Y no hace falta que me haya pasado nada grave o desagradable. Es solo
que, en ese momento, odio a la gente que me pasa por el lado sin respetar mi
espacio personal, o se me cruza distraídamente por el camino, sin ningún motivo
más allá de la molestia que me supone su proximidad física, el tono de su voz,
el ritmo de su respiración, o la mera confluencia conmigo en las mismas
coordenadas de espacio tiempo.
¿Me
convierte eso en un loco? Pues, probablemente. Y por eso me solidarizó con el
conductor de Villanueva del Trabuco. Un nombre que, por cierto, evoca a los
bandoleros que, en otra época, también desafiaban a la autoridad y atentaban
contra el patrimonio de otros, menoscabando sus bienes y dándose a la fuga tras
cometer sus fechorías. Pero, en la época en la que vivimos, el comportamiento
impulsivo está mal visto, salvo que quien lo protagoniza sea presidente de los
Estados Unidos y, además de comportarse como un loco, cuente con el respaldo de
la autoridad y sea capaz de imponer su voluntad a base de amenazas y
recurriendo, en caso necesario, al uso de la fuerza.
Yo,
personalmente, me quedo con el conductor temerario de Villanueva del Trabuco.
Él, por lo menos, hizo su trabajo de forma concienzuda sin diferenciar entre
amigos y conocidos, se resistió lo que pudo a quienes trataban de someterlo por
la fuerza sin preguntarle por sus razones y, cuando ya no pudo escapar, afrontó
su destino con las manos atadas a la espalda y sin más protección que su
epidermis tumefacta.
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