viernes, 31 de octubre de 2025

Un día de furia

 

La semana pasada, un conductor que circulaba a gran velocidad por la autovía, después de echar al arcén varios vehículos, irrumpió en las calles de la localidad malagueña de Villanueva del Trabuco, llevándose por delante cuanto obstáculo se interpuso en su camino, quedando afectados, en total, una veintena de vehículos (aunque previamente habría pasado por Villanueva del Rosario, otra localidad donde también habría embestido a un número indeterminado de coches, que no pudieron sofocar su conducción furiosa).

Tras una aparatosa persecución, de treinta angustiosos minutos, por las calles del pueblo, en la que participaron vehículos de la policía local y de la Guardia Civil, y varios intentos frustrados de atropello que sembraron el pánico entre los viandantes, el émulo de Mad Max fue detenido por agentes de la Benemérita después de colisionar con un coche patrulla que le cerraba el paso (el número veinte), y de negarse a bajar de su vehículo, a someterse al control de alcoholemia y ofrecer una fuerte resistencia que obligó a los agentes a emplear, a su vez, la fuerza para reducirlo.

Según algunos vecinos de la localidad, "coche que veía, coche con el que chocaba, parecía que iba jugando a los coches de choque por la vía”, e incluso, en algunos momentos, “si se frenaba, daba marcha atrás para asegurarse de darle bien a los otros coches”.

Otra vecina relataba que, al verlo acercarse, pensó que se trataba de un gesto amistoso. “Iba para mi casa y, al reconocerlo, creí que venía a saludarme. Pero no, se chocó conmigo”, aunque, dando un volantazo, logró evitar una colisión directa.

También he leído en algún rotativo que los agentes que lo redujeron tuvieron que emplearse a fondo y que, según testigos presenciales, le propinaron un número de golpes equivalente al de vehículos siniestrados y algunos más de propina, mientras se escuchaba la voz de un vecino que jaleaba a los agentes de la ley al grito de "machacadlo".

No obstante, el interfecto no debió de tener suficiente, ya que ese mismo día se escucharon unos fuertes golpes en el calabozo en el que se encontraba confinado y al acudir a la celda para verificar su procedencia, los funcionarios encargados de su custodia se encontraron al detenido "sin ropa interior" (ni exterior, supongo) que se abalanzó sobre ellos, propinando un puñetazo a uno de los dos agentes, que tuvieron que reducirlo nuevamente e inmovilizarlo poniéndole unos "grilletes".

La cuestión es que el detenido carecía de antecedentes y, aunque no reside en la localidad, tiene familiares en el pueblo que gozan de la consideración de los vecinos y conocían al protagonista de este llamativo suceso que vino a alterar la vida de un pueblo en el que "nunca pasa nada". Hasta el día de autos.

He estado buscando otras noticias que, en los días sucesivos, se hicieran eco del suceso. Más que nada por conocer las motivaciones del autor de los hechos, porque estoy convencido de que detrás de este increíble incidente debe de haber una historia que merecería ser contada. Pero no he encontrado nada más, supongo que por la razón de que todo se saldó sin que hubiera que lamentar daños personales y, por lo visto y oído, los de chapa y pintura tampoco revisten especial gravedad. De lo contrario, decenas de tertulianos estarían especulando sobre las motivaciones últimas de actos que todo el mundo se apresuraría a calificar de execrables, indagando acto seguido sobre la identidad del autor de los hechos, su posible origen foráneo. Y, en este caso, quizás ya se habría movilizando una jauría para poner las cosas en su sitio y ajustar bien la mirilla antes de empezar a disparar indiscriminadamente contra todo extranjero viviente.

Pero no, se trataba de un hombre normal y corriente, que una mañana normal convirtió una placida jornada en un día de furia. A semejanza del argumento de la película del mismo título, en la que otro hombre corriente que ha perdido su empleo y al que su mujer ha abandonado, decide pasar revista a todas las pequeñas infamias que jalonan nuestra vida cotidiana, exigiendo, por ejemplo, a los empleados de un establecimiento de una cadena de comida rápida que le sirvan una hamburguesa que se parezca mínimamente a las fotografías con las que se publicitan. El único problema es que, aunque hace gala de una extrema amabilidad y expone sus argumentos con una lógica aplastante, mientras lo hace, exhibe en la mano derecha una pistola automática.

Supongo que la mayor parte de los que hayan conocido esta noticia habrán considerado que se trata de alguien que no estaba en sus cabales o que había consumido alguna sustancia. El hecho de que se negase a someterse al control de alcoholemia resultaría revelador para la mayoría y que apareciese en su celda sin ropa interior, más revelador todavía. Y es verdad que la mayoría de nosotros no aprovecharía que se encontraba bajo custodia policial para deshacerse de su ropa.

No obstante, analicemos los hechos. Quitando las maniobras intimidatorias en la autovía y su breve tránsito por la localidad de Villanueva del Rosario, nuestro hombre habría escogido las calles de un pueblo donde viven sus familiares y gente que le conoce para dañar los vehículos de sus vecinos. Por otra parte, salvo el puñetazo al agente de la autoridad y los supuestos intentos de atropello, no habría hecho daño a nadie, cuando, a lo largo de media hora, si se lo hubiese propuesto, podría haber causado daños de mucha mayor consideración.

Pero lo cierto es que, incluso dando marcha atrás, se aseguraba de colisionar con los otros automóviles, con lo que su conducta no puede considerarse meramente impulsiva o errática, sino que tenía un propósito concreto y estaba presidida por una voluntad evidente de causar daños (supongo que algo así dirá el fiscal cuando se celebre el juicio para justificar un agravamiento de la pena). Por último, queda por resolver el striptease de la celda, que podría a ser algo así como el rock de la cárcel pero con la música de nueve semanas y media. 

A propósito de este impulso incontrolable, el otro día volví a ver un episodio de Frasier, la serie de televisión, en la que el Doctor Crane, eminente psiquiatra y celebre locutor de la KACL, al que le han cambiado la franja horaria de emisión de su programa radiofónico, harto de que solo le llamen panaderos y trabajadores del turno de noche, sobre la marcha, decide cambiar la temática de ese programa en particular. Y, con objeto de animar a sus oyentes de la elegante y estrafalaria ciudad de Seattle a llamar a la emisora para que le cuenten sus pequeñas perversiones sexuales, opta por desnudarse en directo y ponerlo en conocimiento de la audiencia. 

He de reconocer que a mí no se me ocurriría desnudarme estando detenido. Incluso es posible que, encontrándome privado de libertad, decidiera prescindir de la ducha. Sin embargo, ¿a quién no le han entrado ganas alguna vez de despojarse de ropajes superfluos y mostrarse al mundo tal y como es? Sin tapujos de ninguna clase. Es más, ¿a quién no se le han cruzado los cables alguna vez? Cómo estaría dispuesto a explicarnos amablemente el Doctor Crane, en psiquiatría esa respuesta sorpresiva de una agresividad extraordinaria es lo que se conoce como reacción en cortocircuito, y se produce como consecuencia de una gran frustración provocada por la suma de una serie de antecedentes pequeños y medianos que pueden provocar una respuesta desproporcionada. Pero también puede tratarse de una reacción meramente impulsiva que, en este caso, habría tenido más consecuencias para su protagonista que para cualquiera de sus víctimas.

En todo caso, no puedo evitar solidarizarme con este conductor agresivo porque creo que todos llevamos dentro uno. Yo por lo menos. Hasta el punto de que, a veces, es coger el coche y empiezo a juzgar severamente al resto de conductores por la forma en que conducen o estacionan sus vehículos en doble fila, al tiempo que una oleada de rencor se apodera de mi. En los peores días, no dejo títere con cabeza y, si no voy acompañado, empieza a brotar de mi boca un lenguaje florido que impresionaría al más curtido de mis potenciales compañeros de celda. 

Pero es que, a veces, ni siquiera necesito, subirme al coche. Me puede pasar caminando por la calle, viajando en autobús o subiendo las escaleras del juzgado. Y no hace falta que me haya pasado nada grave o desagradable. Es solo que, en ese momento, odio a la gente que me pasa por el lado sin respetar mi espacio personal, o se me cruza distraídamente por el camino, sin ningún motivo más allá de la molestia que me supone su proximidad física, el tono de su voz, el ritmo de su respiración, o la mera confluencia conmigo en las mismas coordenadas de espacio tiempo.

¿Me convierte eso en un loco? Pues, probablemente. Y por eso me solidarizó con el conductor de Villanueva del Trabuco. Un nombre que, por cierto, evoca a los bandoleros que, en otra época, también desafiaban a la autoridad y atentaban contra el patrimonio de otros, menoscabando sus bienes y dándose a la fuga tras cometer sus fechorías. Pero, en la época en la que vivimos, el comportamiento impulsivo está mal visto, salvo que quien lo protagoniza sea presidente de los Estados Unidos y, además de comportarse como un loco, cuente con el respaldo de la autoridad y sea capaz de imponer su voluntad a base de amenazas y recurriendo, en caso necesario, al uso de la fuerza.

Yo, personalmente, me quedo con el conductor temerario de Villanueva del Trabuco. Él, por lo menos, hizo su trabajo de forma concienzuda sin diferenciar entre amigos y conocidos, se resistió lo que pudo a quienes trataban de someterlo por la fuerza sin preguntarle por sus razones y, cuando ya no pudo escapar, afrontó su destino con las manos atadas a la espalda y sin más protección que su epidermis tumefacta.

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