Tener
un trabajo cualificado es la legítima aspiración de muchos jóvenes
universitarios que, al comienzo de cada curso académico, acuden a facultades de
todo el mundo para convertirse en profesionales exitosos de distintos ámbitos y
ramas del saber, ya sea la ingeniería, la medicina, la economía o el el
derecho.
Y
es que, en ese momento, nadie aspira a convertirse en un trabajador alienado,
sin iniciativa ni capacidad de decisión, supeditado a instrucciones y
protocolos diseñados en estamentos a los que nunca tendrá acceso, al que no le
paguen por pensar y que se limite a obedecer y hacer un trabajo rutinario de
manera eficiente sin necesidad de hacerse muchas preguntas.
Pero,
con el tiempo, aún para los que lo consiguen, muchas veces la realidad acaba
despertándolos de ese sueño fugaz. Y unos terminan convirtiéndose en
trabajadores sobrecualificados que desempeñan oficios que no requieren de los
conocimientos adquiridos durante años a base de esfuerzo y dedicación,
percibiendo retribuciones que no guardan correlación con sus expectativas
profesionales, o realizando tareas que podrían haber cumplimentado de manera
solvente antes de matricularse en primer curso de lo que sea que decidieran
estudiar.
Otros,
los más afortunados, tal vez consigan labrarse un futuro en alguno de esos
estamentos profesionales a los que tan solo unos pocos privilegiados logran
tener acceso. Y así, después de aprobar unas oposiciones o ingresar en un
despacho de abogados, pongo por caso, tengan la efímera sensación de haberlo
conseguido, de poner sus capacidades al servicio de una causa noble, lejos del
trajín burocrático o de la rutinaria cumplimentación de estériles
procedimientos.
Por
desgracia, en la mayor parte de los casos, puede que no sea así y, al final,
terminen presos de una rutina igual o aún peor.
Y
esto sucede por dos razones fundamentales. La primera de ellas es que existen
pocos trabajos realmente creativos o que requieran de un despliegue de talento
que obligue a quien los lleva a cabo a reinventarse cada día, para cumplir con
sus expectativas y con las de la empresa, el empleador o el mercado en el que
ofrece sus servicios, que, en la mayoría de los casos, no esperan soluciones
imaginativas a problemas complejos, sino el desarrollo de una actividad eficaz
y la consecución de un resultado productivo al menor coste y a la mayor
brevedad posible. Y así nacen los formularios, las casillas a cumplimentar con
letra de imprenta, los modelos estereotipados, y más tarde los formatos
electrónicos o, en el mejor de los casos, el copia y pega, que permiten
presentar declaraciones tributarias, elaborar informes, confeccionar propuestas
de resolución, dictar resoluciones, redactar demandas, recursos, informes y
quejas a una velocidad pasmosa. Pero también, no nos engañemos, sentencias,
memorias anuales, balances de resultados, evaluaciones de riesgos laborales,
informes de impacto ambiental, informes de auditoría o rendiciones de cuentas.
El
otro factor es, sin lugar a dudas, como no podía ser de otra manera, el vago
redomado que todos y cada uno de nosotros llevamos dentro. Porque,
honestamente, ¿a quién le apetece ser creativo todo el tiempo? Estar pensando y
repensando lo que ya está hecho o dicho, cuando puede hacerse con muy poco
esfuerzo (a veces con un click) reproduciendo el trabajo ya realizado por otros
o por uno mismo. Y luego irse a tomar un café o una cerveza, con la estadística
en perfecto estado de revista, habiendo cumplido los objetivos del trimestre y
trepado hasta las primeras posiciones del ranking de productividad.
Pero,
es tan cómodo tirar de la experiencia, dejarse llevar por la inercia y
cumplimentar impresos o formularios como el que pela patatas, friega platos o
pinta de blanco una pared. Y, sobre todo, no tener que pensar, aunque sea
corriendo el riesgo de aburrirse.
Recuerdo
que, en cierta ocasión, estaba yo trabajando en Extranjería, resolviendo
recursos y cumpliendo con mi cometido de forma rutinaria, cuando vino a la
oficina de extranjeros un solicitante de residencia interesándose por la
resolución de un recurso de reposición contra la denegación del permiso para
residir en el país. Y cuando se enteró de que se le había desestimado, mostró
su asombro ante tanta celeridad, manifestando que a su abogado le había costado
un mes y a él trescientos euros formalizarlo y la administración había tardado
cinco días en resolverlo. (Es lo que tiene el recurso de reposición, que lo
resuelve la misma autoridad que ha dictado la resolución que se recurre. Pero
el problema es que hay gente que no quiere escuchar).
Por
supuesto, había un modelo de resolución que permitió dar una rauda respuesta a
su pretensión, pero es que el recurso se parecía también muchísimo, en su
literalidad, contenido y coste para el recurrente, a otros cientos de recursos
tramitados antes y después.
Estresarse
o aburrirse, esa es la cuestión. Pero, como me dijo una vez uno de los
compañeros de trabajo más vagos que he conocido en mi vida, "yo me aburro
muy bien". Y siempre es mejor estar aburrido que estar estresado. Por eso,
en al ámbito en el que yo me desenvuelvo, cuando algún abogado listillo con
ganas de notoriedad introduce nuevos argumentos que obligarían a sus señorías a
ponerse a estudiar o replantearse la doctrina inveterada que se viene
copiapegando de manera secular, he visto a jueces y magistrados enarcar las
cejas y poner los ojos en blanco.
En
particular, me acuerdo de una jueza que, cuando le incomodaba la estrategia de
la defensa, le espetaba al letrado de turno cosas como "en casos como
este, yo tengo un botón en el teclado de mi ordenador que lo pulso y me sale la
sentencia". Y se quedaba tan pancha, la tía, que motivaba sus sentencias
en un párrafo de cuatro líneas, pero, eso sí, las tenía listas la tarde del día
del juicio y notificadas al día siguiente.
Además,
los jueces odian la aritmética. Y hay que llevarles las cuentas hechas, porque
no han aprobado una oposición para tener que sumar y restar, sino para copiar y
pegar (que es una labor mucho más elevada) la doctrina sentada por otros altos
tribunales o por el juez que celebra en la sala de vistas contigua a la suya,
que tanto da.
Así
que, una vez que el primero de ellos se haya pronunciado sobre la cuestión, no
esperes que los demás se separen ni un milímetro de lo que haya dicho el
pionero. Y, si la cosa no ha ido bien en el primer litigio, puedes ir
preparando los recursos que vas a tener que formalizar contra la cascada de
sentencias que te va a caer encima. La ventaja es que, como todas dicen lo
mismo, sólo vas a tener que hacer un recurso y luego cambiar el número de
autos, el nombre de tu oponente y la fecha. Salvo que te dé por ponerte
creativo, cosa que no le recomiendo a nadie.
Naturalmente,
a todos nos ha tentado alguna vez eso de ser un creativo de tal o cual empresa
de publicidad o hacernos pintores y trasladar nuestra residencia a Montmartre o a
la Polinesia, o vivir del cuento y que nos den el premio Nadal o, si no puede
ser, pues por lo menos el Planeta.
Pero
ser creativo es muy cansado y, además, no todo el mundo aprecia la creatividad.
A mí me pasó una vez en que debí de ponerme creativo durante un alegato, porque
el abogado de la parte contraria calificó mi razonamiento de solución creativa.
Y claro, perdí el caso porque su señoría no me dió la razón. Precisamente por
eso, por creativo.
Hasta
los escritores se cansan de ser creativos. Y, cuando dan con una trama exitosa,
se dedican a escribir una saga en vez de inventarse nuevas historias. Y si se
trata del cine o la televisión, ya ni te cuento. Por poner sólo un ejemplo,
vamos por la decimoprimera entrega de Fast and Furious. Y luego están las
secuelas y las precuelas, las segundas y sucesivas temporadas, los remakes,
etc., etc., etc.
Dicen que Albert Einstein consideraba mucho más importante la imaginación que el conocimiento y que la creatividad era la mejor herramienta para transformar el mundo. Pero, claro, era Albert Einstein, y se le ocurrió la teoría de la relatividad mientras trabajaba como auxiliar administrativo en una Oficina de Patentes, porque nadie quería contratarlo como profesor, al tiempo que otros oscuros empleados de esa misma oficina se dedicaban a ser productivos y no a pasarse el día pensando en las musarañas o en la curvatura del espacio-tiempo. Como la mayoría de todos los trabajadores del mundo, cualificados o no, que han hecho de su rutinaria actividad laboral el modo menos imaginativo posible de realizarse profesionalmente. Y así uno se encuentra por doquier juristas de medio pelo, profesores capaces de aburrir a las piedras, escritores de pacotilla y una impávida legión de profesionales mediocres en cualquier ámbito, deseosos de fichar la salida, de que suene la sirena que anuncia el final de la jornada laboral o el timbre que anuncia que la clase ha terminado.
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