lunes, 12 de octubre de 2026

Armas

 

Está el alcalde de Madrid muy preocupado porque en la Puerta del Sol hay acampado desde hace dos semanas un ejército de menesterosos que, en lugar de quedarse en sus casas, o en casa de sus padres, esperando a que los desahucien, se han echado a la calle para poner de manifiesto su descontento con la gestión de la vivienda en este país.

Y para ilustrar el motivo de su intranquilidad, mandó el otro día a la Delegación del Gobierno una foto de un cuchillo junto a unas rebanadas de pan y un bote de hummus, exigiendo una intervención inmediata y amenazando con emprender acciones legales si no se actuaba para el “restablecimiento de la legalidad”.

Y la verdad es que tiene toda la razón, porque un cuchillo es un cuchillo. Y se puede usar para untar mantequilla, o en su caso hummus, pero también para destripar a cualquier ciudadano inocente que pasase por allí para hacerse unas fotos, y que podría contraer una infección si el agresor no hubiese tenido la precaución de limpiar el filo de hummus antes de darle otro uso. Además, que no se nos olvide que el hummus es un plato muy popular a lo largo y ancho de todo Oriente Medio (ahí lo dejo). Si por lo menos lo hubieran usado para cortar jamón, podríamos descartar la amenaza yihadista, pero no es el caso.

Otra cosa sería que hubiese en las tiendas de campaña de la Puerta del Sol esprays de gas pimienta, que eso es otro cantar, que hasta las niñas en Ceuta guardan uno en la mochila. Y cualquiera puede llevarlos encima por si hay que desalojar a alguien de una playa, por ejemplo, y ante la inacción de las autoridades que consienten acampadas en los sitios más inadecuados.

Porque últimamente nos invaden mucho y el Gobierno tampoco parece que esté por la labor de defender la soberanía. De ahí los frecuentes llamamientos en redes sociales para actuar. La única diferencia es que esta vez el enemigo, en lugar de plantar las tiendas extramuros para rendir la ciudad tras un asedio prolongado, ha optado por levantar su campamento dentro del perímetro de la muralla. Pero, que no nos engañen, es igualmente peligroso y se ampara en un pretendido derecho de reunión pacífica, pero con armas. Cuando el artículo 21 de la Constitución es meridianamente claro al reconocer el derecho de reunión pacífica y sin hummus, quiero decir, sin armas.

Yo creo que, si no fuera por la necesidad de proteger la frontera Sur, habría que movilizar al ejército para hacer huir a esa horda invasora, empleando munición de gran calibre, si es necesario, y luego perseguir a esa gentuza hasta sus casas y allí proceder al lanzamiento de los inquilinos que no se encuentren al día en el pago de sus cuotas del alquiler. Más que nada para evitar espectáculos tan lamentables como las del desahucio de una anciana para cuyo desalojo hubo que movilizar el otro día, nada menos que 50 policías antidisturbios, lo que demuestra la inoperancia de los medios policiales en estas cuestiones, máxime teniendo en cuenta que se trataba de una persona de 87 años, a la que, además, sacaron de su casa en camilla. Aunque, cuando yo que pienso en eso de proceder al lanzamiento de un inquilino moroso, me imagino a alguien siendo arrojado a la calle desde una ventana.

Y, claro, las muestras de solidaridad no se han hecho esperar. Menos mal que al final todo se sabe y resulta que esa anciana desvalida era, en realidad, una señora de lo más antipática, que no saludaba a sus vecinos y a la que le gustaba jugar al bingo, en lugar de ahorrar para pagar el alquiler de 2.500 euros mensuales ya que dicen que la pensión no le llegaba. Cómo si por tener una edad pudiese dejar de pagar uno a su casero. Una jeta, vaya, que había estado viviendo setenta años en una zona privilegiada de Madrid pagando una miseria y todavía quería seguir compartiendo vecindario con todas las personas de bien que pagan religiosamente sus alquileres o se han comprado un piso con su propio dinero ganado con su esfuerzo o el esfuerzo de sus antepasados o el del resto de madrileños.

Y ahora dicen que hay que mostrar empatía, pero yo me pregunto quién empatiza con los propietarios. Esa gente que está dispuesta a dar cobijo a todos los desarrapados que no pueden comprarse una casa y solo pide a cambio un alquiler razonable (qué estamos en el centro de Madrid). Y ahora resulta que somos unos buitres, como si tener propiedades fuera culpa nuestra. Y la gente que no tiene nada siempre con la misma canción. Todas las cigarras del mundo lamentándose de su suerte cuando llega el invierno.

De todo esto tiene la culpa la educación pública y también la democracia (ea, ya lo he dicho), que le ha llenado la cabeza a la gente de ideas de lo más estrafalario. Cómo que todos somos iguales y podemos aspirar a tener las mismas cosas. Menos mal que la realidad termina poniendo las cosas en su sitio y al final también termina aplicándose la ley y se hace justicia y se le devuelve al propietario lo que es suyo. Que este desahucio lo ha acordado un tribunal de justicia, ¿eh?, y por eso estaba allí la policía haciendo su trabajo.

Y ahora, ¿de qué se trata? ¿Es que los inquilinos que no pueden pagar el alquiler tienen derecho a morirse en su casa? Pues resulta que no es su casa, es mi casa. Y puedo alquilarla o dejarla vacía, si me apetece, hasta que pase esta inseguridad que nos amenaza, a los propietarios. Y también alguien tendría que decir que a esa señora la llevaron a un hospital público, que sale de mis impuestos y que yo no necesito porque tengo un seguro privado. Si eso no es ser caritativo, no sé qué lo será.

Yo sólo sé que antes en Madrid no se veían pobres por ninguna parte. A la gente la desahuciaban y no se enteraba nadie. Y el ayuntamiento había hecho un gran esfuerzo para que los mendigos no pudieran tumbarse en los bancos (mobiliario hostil le llaman a eso, con lo bonitos que están los bancos con sus reposabrazos en medio del asiento, que son bancos, no catres para echarse la siesta, a ver si nos enteramos). Y a los que todavía andaban por ahí, los servicios municipales los despojaban de todas sus pertenencias (que una cosa es la propiedad privada y otra muy distinta la cochambre). Y ahora tenemos en la puerta del Sol un barrio de chabolas llenas de cuchillos, de hummus y de suciedad, que ha tenido que llover para que esa gente se dé una ducha. Aunque, si lo piensas un poco, no hacen falta armas, o por lo menos esa clase de armas, cuando la Constitución, la ley, la justicia y también la policía están de tu parte. Pero, a lo mejor, algún día, la razón se termina imponiendo y no tendremos que volver a avergonzarnos de esta sociedad en la que nos ha tocado vivir.