Está
el alcalde de Madrid muy preocupado porque en la Puerta del Sol hay acampado
desde hace dos semanas un ejército de menesterosos que, en lugar de quedarse en
sus casas, o en casa de sus padres, esperando a que los desahucien, se han
echado a la calle para poner de manifiesto su descontento con la gestión de la
vivienda en este país.
Y
para ilustrar el motivo de su intranquilidad, mandó el otro día a la Delegación
del Gobierno una foto de un cuchillo junto a unas rebanadas de pan y un bote de
hummus, exigiendo una intervención inmediata y amenazando con emprender
acciones legales si no se actuaba para el “restablecimiento de la legalidad”.
Y
la verdad es que tiene toda la razón, porque un cuchillo es un cuchillo. Y se
puede usar para untar mantequilla, o en su caso hummus, pero también para
destripar a cualquier ciudadano inocente que pasase por allí para hacerse unas
fotos, y que podría contraer una infección si el agresor no hubiese tenido la
precaución de limpiar el filo de hummus antes de darle otro uso. Además, que no
se nos olvide que el hummus es un plato muy popular a lo largo y ancho de todo
Oriente Medio (ahí lo dejo). Si por lo menos lo hubieran usado para cortar
jamón, podríamos descartar la amenaza yihadista, pero no es el caso.
Otra
cosa sería que hubiese en las tiendas de campaña de la Puerta del Sol esprays
de gas pimienta, que eso es otro cantar, que hasta las niñas en Ceuta guardan
uno en la mochila. Y cualquiera puede llevarlos encima por si hay que desalojar
a alguien de una playa, por ejemplo, y ante la inacción de las autoridades que
consienten acampadas en los sitios más inadecuados.
Porque
últimamente nos invaden mucho y el Gobierno tampoco parece que esté por la
labor de defender la soberanía. De ahí los frecuentes llamamientos en redes
sociales para actuar. La única diferencia es que esta vez el enemigo, en lugar
de plantar las tiendas extramuros para rendir la ciudad tras un asedio
prolongado, ha optado por levantar su campamento dentro del perímetro de la
muralla. Pero, que no nos engañen, es igualmente peligroso y se ampara en un
pretendido derecho de reunión pacífica, pero con armas. Cuando el artículo 21
de la Constitución es meridianamente claro al reconocer el derecho de reunión
pacífica y sin hummus, quiero decir, sin armas.
Yo
creo que, si no fuera por la necesidad de proteger la frontera Sur, habría que
movilizar al ejército para hacer huir a esa horda invasora, empleando munición
de gran calibre, si es necesario, y luego perseguir a esa gentuza hasta sus
casas y allí proceder al lanzamiento de los inquilinos que no se encuentren al
día en el pago de sus cuotas del alquiler. Más que nada para evitar
espectáculos tan lamentables como las del desahucio de una anciana para cuyo
desalojo hubo que movilizar el otro día, nada menos que 50 policías
antidisturbios, lo que demuestra la inoperancia de los medios policiales en
estas cuestiones, máxime teniendo en cuenta que se trataba de una persona de 87
años, a la que, además, sacaron de su casa en camilla. Aunque, cuando yo que
pienso en eso de proceder al lanzamiento de un inquilino moroso, me imagino a
alguien siendo arrojado a la calle desde una ventana.
Y,
claro, las muestras de solidaridad no se han hecho esperar. Menos mal que al
final todo se sabe y resulta que esa anciana desvalida era, en realidad, una
señora de lo más antipática, que no saludaba a sus vecinos y a la que le
gustaba jugar al bingo, en lugar de ahorrar para pagar el alquiler de 2.500
euros mensuales ya que dicen que la pensión no le llegaba. Cómo si por tener
una edad pudiese dejar de pagar uno a su casero. Una jeta, vaya, que había
estado viviendo setenta años en una zona privilegiada de Madrid pagando una
miseria y todavía quería seguir compartiendo vecindario con todas las personas
de bien que pagan religiosamente sus alquileres o se han comprado un piso con
su propio dinero ganado con su esfuerzo o el esfuerzo de sus antepasados o el
del resto de madrileños.
Y
ahora dicen que hay que mostrar empatía, pero yo me pregunto quién empatiza con
los propietarios. Esa gente que está dispuesta a dar cobijo a todos los
desarrapados que no pueden comprarse una casa y solo pide a cambio un alquiler
razonable (qué estamos en el centro de Madrid). Y ahora resulta que somos unos
buitres, como si tener propiedades fuera culpa nuestra. Y la gente que no tiene
nada siempre con la misma canción. Todas las cigarras del mundo lamentándose de
su suerte cuando llega el invierno.
De
todo esto tiene la culpa la educación pública y también la democracia (ea, ya
lo he dicho), que le ha llenado la cabeza a la gente de ideas de lo más
estrafalario. Cómo que todos somos iguales y podemos aspirar a tener las mismas
cosas. Menos mal que la realidad termina poniendo las cosas en su sitio y al
final también termina aplicándose la ley y se hace justicia y se le devuelve al
propietario lo que es suyo. Que este desahucio lo ha acordado un tribunal de
justicia, ¿eh?, y por eso estaba allí la policía haciendo su trabajo.
Y
ahora, ¿de qué se trata? ¿Es que los inquilinos que no pueden pagar el alquiler
tienen derecho a morirse en su casa? Pues resulta que no es su casa, es mi
casa. Y puedo alquilarla o dejarla vacía, si me apetece, hasta que pase esta
inseguridad que nos amenaza, a los propietarios. Y también alguien tendría que
decir que a esa señora la llevaron a un hospital público, que sale de mis
impuestos y que yo no necesito porque tengo un seguro privado. Si eso no es ser
caritativo, no sé qué lo será.
Yo
sólo sé que antes en Madrid no se veían pobres por ninguna parte. A la gente la
desahuciaban y no se enteraba nadie. Y el ayuntamiento había hecho un gran
esfuerzo para que los mendigos no pudieran tumbarse en los bancos (mobiliario
hostil le llaman a eso, con lo bonitos que están los bancos con sus
reposabrazos en medio del asiento, que son bancos, no catres para echarse la
siesta, a ver si nos enteramos). Y a los que todavía andaban por ahí, los
servicios municipales los despojaban de todas sus pertenencias (que una cosa es
la propiedad privada y otra muy distinta la cochambre). Y ahora tenemos en la
puerta del Sol un barrio de chabolas llenas de cuchillos, de hummus y de
suciedad, que ha tenido que llover para que esa gente se dé una ducha. Aunque,
si lo piensas un poco, no hacen falta armas, o por lo menos esa clase de armas,
cuando la Constitución, la ley, la justicia y también la policía están de tu
parte. Pero, a lo mejor, algún día, la razón se termina imponiendo y no
tendremos que volver a avergonzarnos de esta sociedad en la que nos ha tocado
vivir.