jueves, 16 de junio de 2016

Brexit

La semana que viene se celebra en el Reino Unido el referéndum sobre la salida de este país de la Unión Europea, con un pronóstico favorable a esta última, a pesar de las advertencias, de expertos y políticos de uno y otro signo, sobre las consecuencias que una decisión de ese calibre tendría sobre la economía británica. Y, unos días más tarde, tendrán lugar en España las segundas elecciones generales en el plazo de seis meses, después de fracasar estrepitosamente el intento de formar gobierno durante la breve legislatura anterior.
          A propósito de esto, ayer escuchaba en la radio la opinión de un politólogo sobre la repercusión que un resultado favorable a la salida de la Unión Europea en el referéndum inglés pudiera tener sobre las elecciones en España, aventurando que algún tipo de repercusión podría darse, bien favoreciendo al partido del gobierno en funciones (entiendo que ante el vértigo de una deriva semejante en nuestro país, dado el creciente auge del euroexcepticismo en la sociedad española) o insuflando un nuevo empuje a aquellos partidos que, en los últimos meses, han venido cuestionando las políticas de austeridad auspiciadas desde Bruselas (supongo que al grito de ‘sí ellos pueden, nosotros también’).
La verdad es que, al igual que ese experto, me siento incapaz de aventurar cual podría ser la influencia sobre el voto nacional de una decisión que, al fin y al cabo, concierne a los ciudadanos de un país cuya circunstancia histórica y política me parece que tiene poco o muy poco que ver con la nuestra. Y pienso que probablemente no tenga ninguna repercusión apreciable, porque aquellos que han decidido no apoyar al partido gubernamental no van a acudir a votar, ni mucho menos cambiar el sentido de su voto, porque un país de la Unión decida salirse de ella; y, si acaso, lo harían una vez constatados los resultados de tan presuntamente funesta decisión y ante una amenaza inminente de convocatoria, en España, de un referéndum equivalente por parte de los partidos opositores, una vez alcanzado el poder. Y otro tanto puede decirse de los potenciales votantes de estos partidos, pero que todavía no tienen decidido su voto, a la mayoría de los cuales (aunque de todo hay) no creo que les regocije especialmente ver como los principios inspiradores del europeísmo se tambalean ante el empuje de xenófobos y populistas.
          Pero, todo esto me hace reflexionar sobre lo voluble, propensa al desencanto y poco reflexiva que es una buena parte la opinión pública a la hora de tomar partido o decantarse por una u otra opción política.
          Así, recuerdo que en el 92 había una especie de fervor europeísta, la gente quería ser europea y la Unión Europea era lo más; de forma que todo eran parabienes y alabanzas, aunque, realmente, la mayor parte de la ciudadanía tenía (y todavía hoy tiene) una idea bastante difusa del funcionamiento de la Unión Europea, de su entramado institucional y de los mecanismos de toma de decisiones a nivel europeo. Aún así, molaba ser europeo.
          Transcurridos treinta años de nuestra integración, la Unión Europea es, ahora mismo, lo peor, una especie de cortijo en el que los gerifaltes de las potencias dominantes imponen el contenido de la agenda política y económica, ninguneando a los países periféricos e imponiéndoles rescates bajo unas condiciones draconianas, pisoteando la soberanía nacional y el orgullo patrio; obligando, al mismo tiempo, a reasentar en su territorio a una cuota de refugiados inaceptable. Así las cosas, nadie quiere ser europeo y prefiere ser solo griego, inglés o español (o catalán).
          Ya pocos se acuerdan de que gracias, entre otras cosas, a la construcción europea, hace setenta años que no sufrimos una guerra en suelo europeo, después de haber pasado por dos conflagraciones bélicas que arrasaron el continente en menos de treinta años. Ni tampoco recuerda principios como el de libre circulación de personas o el de igualdad de trato y no discriminación entre ciudadanos europeos, las ventajas de una Política de Seguridad Común (ahora que se habla tanto de la amenaza yihadista) o los beneficios derivados de la creación del Fondo Social Europeo o del Fondo Europeo de Desarrollo Regional y de las enormes sumas de dinero que determinados países, entre ellos el nuestro y al margen del uso que se haya hecho de ellas, han recibido, con cargo a estos y otros fondos comunitarios, para impulsar el desarrollo de regiones desfavorecidas o fomentar, en general, la integración y cohesión social. Convendría recordar, por otro lado, que sí las negociaciones entre la Unión Europea y Estados Unidos en relación al Tratado Transatlántico de Libre Comercio e Inversión (TTPI) han encallado hace meses se debe, probablemente entre otros motivos, a que Estados Unidos no acepta algunos de los estándares de calidad alimentaria que la Unión Europea exige para la entrada de sus productos en el territorio de la Unión.

          Pero, el descontento es lo que tiene. Cuando nuestras expectativas se ven frustradas, cuando el panorama se vuelve sombrío y las funestas consecuencias de las decisiones tomadas en el pasado, a veces de las propias, se vuelven en nuestra contra, el tiempo para la reflexión se agota rápidamente y se exigen soluciones inmediatas, golpes de timón y puñetazos encima de la mesa. Y no importa que durante legislaturas se hayan propiciado, por activa o por pasiva, determinadas políticas gubernamentales; que se haya asistido de forma impasible a la corrupción de las instituciones o favorecido mayorías absolutas de partidos que funcionaban, de facto, como una asociación de malhechores y, últimamente, prórrogas de gobiernos en funciones que se niegan incluso a someterse al control parlamentario. El hastío y la desconfianza no se detienen a sopesar las consecuencias de esas otras decisiones que se toman en caliente, cuando la embarcación empieza a zozobrar, y lo que nos dicta el instinto es saltar por la borda.

jueves, 9 de junio de 2016

Desdoro

Esta semana, mi hija menor anda a vueltas con un trabajo en grupo en el que, como suele ser habitual, la mitad de sus integrantes no solo no han hecho la parte de la tarea que tenían encomendada, sino que se niegan a realizarla, pese a los reiterados requerimientos, de quien sí ha cumplido con su cometido, para que la ultimen antes de que venza el plazo de entrega. De la misma manera, compañeros de clase de mi hija mayor se excusan ante los profesores por no haber hecho los deberes esgrimiendo argumentos tan peregrinos como que les daba pereza. Y ayer, sin ir más lejos, mi mujer me mostraba el nulo contenido de alguno de los trabajos de fin de grado que tiene que evaluar como miembro de un tribunal académico en la Universidad; pero que, sorprendentemente, ha merecido una alta calificación por parte del profesor que, se supone, habría de dirigir su elaboración, y que, a juzgar por las apariencias, ni siquiera se ha leído o, lo que es peor, muestra un olímpico desprecio hacia la responsabilidad que le corresponde como profesor universitario y una mayor despreocupación por el desdoro que el hecho de avalar tales trabajos supone para el prestigio de la universidad en la que trabaja.

          Yo, por mi parte, cuando daba clases en esa misma Universidad, me enfrentaba cada curso a las pretensiones de alumnos que, no habiendo acreditado un mínimo conocimiento de la materia y obteniendo en el examen final de la asignatura pésimas calificaciones, reclamaban ante el departamento de Derecho Privado, para que se revisara su nota, no dudando en apurar todos los resortes que el reglamento de régimen académico ponía a su alcance. Y, más de una vez, tuve que atender requerimientos en los que se me pedía que justificara pormenorizadamente dichas calificaciones, incluso en supuestos en los que la reclamación se había formalizado fuera de plazo o el alumno en cuestión ni siquiera se había molestado en acudir a la revisión de su examen ante el profesor de la asignatura, en estos casos, yo mismo.

          Así las cosas, no resulta sorprendente que, una vez superado el periodo de enseñanza obligatorio, o no obligatorio, prolifere en nuestro país una caterva de pseudoprofesionales, en manos de los cuales pueden recaer en el futuro tareas o cometidos para los que se les supone preparados, pero que, al margen de que hayan encontrado la motivación para trabajar que no hallaron durante su precedente etapa de formación, podrían no tener la menor posibilidad de afrontar con éxito.

          Por desgracia, a veces, la cosa no termina ahí, sino que, observando un poco a nuestro alrededor, podemos ver como personajes carentes de la más mínima cualificación y absolutamente faltos de aptitud para ello, copan puestos de responsabilidad, muchas veces sin tener que recurrir ni siquiera al nepotismo, sino perseverando en sus aspiraciones, hasta encontrar un lugar lo suficientemente cómodo y bien remunerado como para colmar su ambición, que muchas veces no les falta, aunque sea inversamente proporcional a sus merecimientos; que, como si de una cadena de favores perversa se tratara, podrán encumbrar en el futuro a otros tan carentes de cualificación y aptitudes como ellos mismos.

          Por si fuera poco, esa laxitud moral en el trabajo, que no valora el esfuerzo y ningunea la capacidad de sacrificio, con sus logros, contribuye a generar un estado de ánimo proclive al escaqueo, en el que la responsabilidad de cada uno se diluye en el anonimato de un grupo informe, difícil de motivar; de forma que la implicación en la tarea y la asunción de responsabilidades se convierten en una rara avis a la que algunos desaprensivos no dudarían en dar caza en cuanto tomaran conciencia de que hace peligrar ese estatus acomodaticio o pone en evidencia sus incapacidades.