jueves, 1 de diciembre de 2016

Si no lo hace el paté, más vale que no encuentre tus muletas

            Ya estamos en diciembre, y, con la proximidad de las fiestas y del fin de año, empiezan las comidas de Navidad; eventos en los que jefes y compañeros de trabajo suelen reunirse, aunque sea solo esa vez en todo el año (debe ser que, a veces, hace falta todo un año para atreverse a repetir la experiencia), ir a un restaurante, tomar una copa o varias (que siempre hay gente sedienta y, además, este año el Gobierno nos amenaza con una inminente subida de impuestos sobre las bebidas azucaradas y, digo yo, que con algo habrá que mezclar el ron o la ginebra) y, ocasionalmente, saltar a la pista, antes de desaparecer de la oficina, y también de la pista de baile, hasta el año próximo, mientras carecer de coordinación o moverse como sí alguien te hubiera robado las muletas no esté prohibido por alguna ordenanza municipal.

             Soy de los que suele acudir a estas celebraciones, aunque, en ocasiones, me haya saltado alguna. Por ejemplo, cuando el comportamiento de algunos de esos compañeros en el trabajo a lo largo del año, no me animaba, precisamente, a compartir mesa y mantel, ni me apetecía pasar con ellos más tiempo del estrictamente necesario para cumplir con la jornada laboral, como no fuera para pegarles con las muletas mientras bailaban despreocupadamente (sí pudiera llegar a encontrarlas, claro).

            De todas maneras, aunque ese no sea el caso, a medida que la gente va cumpliendo años, suele ir perdiendo interés por este tipo de convenciones sociales. Y, en general, con el tiempo, algunos nos volvemos menos sociables, pero, sobre todo, estamos menos dispuestos a condescender con lo que nos parece anodino o intrascendente, carente de estética o de gracia (hablo de la danza) y, en ocasiones, poco edificante (saciar la sed a base de cubalibres entraña sus riesgos), a la par que, también a veces, directamente aburrido, cansino o repetitivo hasta la extenuación.

            He tenido compañeros de trabajo que, año tras año, contaban las mismas anécdotas y se reían de los mismos chistes, como si los escucharan por primera vez. Y así, en cada ocasión, se repetían las mismas bromas y las conversaciones terminaban llevando por los mismos derroteros. Entonces, alguien recordaba en voz alta lo que había sucedido en la comida de Navidad de hacía cuatro, cinco o más años, que también se había rememorado el año anterior y el anterior y se rememoraría, con toda probabilidad, el año siguiente. De manera que uno terminaba teniendo la sensación de vivir en una especie de día de la marmota, en que la comida de Navidad se repetía una y otra vez, siempre con los mismos comensales, sentados alrededor de una mesa engalanada para la ocasión.

            Además, está la gente que, pase lo que pase, aunque no tenga empatía con la mayoría de los asistentes y aun estando enemistado con algunos de ellos, no falla nunca. Los demás pueden acudir o no, en función de sus circunstancias, pero puedes tener la certeza de que ese colega acudirá puntualmente, a la hora convenida, y, además, será el último en marcharse; condicionando con su presencia temas de conversación, haciéndose el simpático y no dándose por aludido, sí, al calor de una copa de vino, alguien le insinúa las razones de su falta de sintonía con el grupo.

            En todo caso, en este tipo de celebraciones, hay un momento crucial, que suele condicionar el resto de la velada, y es el de sentarse a la mesa. Si uno no anda atento, puede fácilmente terminar relegado a una esquina y sentado al lado de los compañeros menos habladores o más propensos a la melancolía o, por el contrario, más pesados a la par que extrovertidos; y, en el peor de los casos, compartiendo los entremeses con el innombrable, mientras alguien recuerda que, tomando ese mismo paté de anchoas, fulano casi se ahoga aquellas Navidades (hace catorce años), cuando mengano contó ese chiste tan gracioso que hay que contarlo todos los años y que, algún día, a alguien, definitivamente, terminará costándole la vida.

            Luego están esos locales poco iluminados, en los que la música está siempre demasiado alta como para hacer algo que no sea moverse compulsivamente, o ver como otros lo hacen, tratando de no derramar la bebida, asintiendo por educación a lo que algún compañero nos grita al oído, aunque no hayamos entendido ni una palabra. Normalmente, frases cortas y asertivas, del tipo, ‘pero mira que está bien hecha esa tía’.

Y, muchas veces, en el mismo restaurante, ya no digo en el bar de copas, terminan coincidiendo varios grupos de trabajo, e, inevitablemente, uno acaba fijándose en los otros grupos, y le parece que son distintos del propio, que se divierten más, o que hay más conexión entre ellos. Pero, probablemente, ellos nos miran a nosotros pensando lo mismo: que parecemos más interesantes o que, entre nosotros, no hay ningún pelma. Pero el pelma está allí mismo, ha perdido las muletas en el restaurante, y no se ha vuelto a atragantar con el paté de anchoas a pesar de que siempre le entra la risa floja cuando alguien cuenta el chiste abocado a terminar, algún día, con alguno de los comensales exhalando su último aliento sobre el mantel del próximo restaurante.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Los muertos

            Hace algunas semanas, escribía sobre la fugacidad de la fama y la facilidad con que algunos personajes públicos transitan del encumbramiento al ostracismo. A veces, sin pasar por la casilla de salida y sin cobrar los veinte mil. Y ayer, nos enterábamos de la muerte de la exalcaldesa de Valencia, después de haber sido imputada (o estar siendo investigada) por determinados hechos acaecidos durante su mandato al frente del ayuntamiento de esa ciudad.

            Después del suceso, la opinión pública y los políticos se han dividido entre los que, tal vez movidos por el remordimiento, sienten la necesidad de hacerle algún tipo de reconocimiento, aunque sea en forma de minuto de silencio, y quienes entienden que la ignominia que recaería sobre su persona como consecuencia de sus manejos y los de su partido en la Comunidad Valenciana, impide cualquier reconocimiento y obliga a tomar distancia con el personaje aún después de muerto y enterrado.

            Hay personajes que nunca se recuperan del juicio de la historia. Hace poco me enteré de que las autoridades austriacas habrían decidido derribar la casa de Hitler para evitar que se convierta en un santuario nazi. Por parecidas razones, el cadáver de Osama Bin Laden reposa en algún lugar de la inmensidad del océano, donde no se pueden plantar cruces ni identificar tumbas de ninguna otra manera.

            Pero, en otras ocasiones, los biógrafos nos han enterado, a veces mucho tiempo después de su muerte, de aspectos de la vida y obra de algunos personajes célebres que, de haberse conocido antes, habrían llevado a que su figura fuese cuestionada mucho antes y, en algunos casos, a revisar manuales y libros de historia para hacer una semblanza distinta y, quizás, muchos menos favorecedora. No obstante, sus tumbas, o mausoleos, siguen siendo lugares de peregrinación turística y a nadie se le ha ocurrido desmantelarlos.

            Probablemente, el curso de batallas y guerras, el éxito o el fracaso de revoluciones, han condicionado, o determinado, no solo el devenir de los acontecimientos posteriores, sino también la forma en que se nos han explicado las causas y las consecuencias de esos acontecimientos históricos que, desde la perspectiva de los vencidos o de los que fracasaron, se explicaría, probablemente, de otra manera.

            Por poner solo dos ejemplos, en un libro que me regalaron mis hermanos hace tiempo sobre la batalla de Maratón, se analiza como aquella batalla fue crucial en el desenvolvimiento posterior de la historia europea, y como una victoria persa habría cambiado radicalmente el curso de Occidente, que no se parecería en nada al Occidente que conocemos, no solo desde el punto de vista político, sino también, artístico, intelectual, social y cultural, y, desde nuestro punto de vista, para peor. Pero, sí los persas hubieran ganado, con toda seguridad, nuestra perspectiva sería completamente distinta. Y, hace algún tiempo, se publicó un libro que revisaba el motín del Bounty, reivindicando la figura de su capitán, traicionado por su tripulación y abandonado a su suerte en un bote sin apenas provisiones, tan denostada por las diversas versiones cinematográficas de este hecho que han llegado hasta nosotros.

            Afortunadamente, a pesar de la manipulación de los medios, hoy en día disponemos de información suficiente como para sacar nuestras propias conclusiones y juzgar con criterio los acontecimientos recientes y a quienes los protagonizaron.

            Pero, volviendo sobre mi reflexión inicial, es ciertamente sorprendente lo fácil que resulta marcar distancias respecto del adversario político o el propio correligionario y, en este último caso, acto seguido, reivindicar su figura o, incluso, su legado. Tristemente, al final, en un caso o en otro, me temo que, muchas veces, de lo que se trata es de ganar sufragios; bien, en el segundo supuesto, denostando la figura del camarada para evitar que la sombra de la corrupción alcance a sus compañeros de partido o, en el primero, rasgándose las vestiduras ante cualquier presunto reconocimiento de una figura que se dice que encarna las peores lacras del sistema.

            Los más correctos políticamente, hablarán de luces y sombras del personaje, pero la realidad es que, al margen del juicio de la historia, que ya hemos visto que puede decantarse, en un sentido o en otro, según quien nos la cuente, lo que se percibe ahora mismo, por encima de cualquier otra cosa, es un hipócrita sentido del deber que más bien es un sentido de la oportunidad, que sobredimensiona los gestos y obliga a hacer aspavientos, para no parecer un corrupto, o para convertirse en adalid de la lucha contra la corrupción y en azote de los corruptos, aunque se encuentren de cuerpo presente.

            El cuerpo de Mussolini fue ultrajado y el coronel Gadafi fue capturado vivo y despedazado por sus perseguidores. La turba, enfurecida, no siente conmiseración ante el enemigo muerto y se ensaña con el cadáver, pero los muertos están muertos y (como decía Rosa Montero en su columna de El País a propósito de la captura de Gadafi) antes de morir, en su fragilidad ante sus verdugos, son terriblemente humanos, singularmente parecidos a nosotros mismos, precisamente porque, además de no poder hacernos daño, están a nuestra merced. Apiadarse de ellos, sentir compasión, no es lo mismo que hacerles un homenaje ni cuestiona nuestra integridad o nuestro firme rechazo a lo que representan o han podido representar en el pasado. Su aniquilación no nos hace mejores ni más rectos en nuestro proceder y, probablemente, compromete nuestras intenciones y cuestiona nuestros gestos.