martes, 9 de agosto de 2022

Calor extremo

 

He perdido la cuenta de los días en los que el calor me impide dormir como es debido. Cada noche me voy a la cama entre bostezos, ligero de ropa, después de pasar por el cuarto de baño para mojarme el torso, los brazos y las piernas y meter la cabeza debajo del grifo del lavabo antes de tenderme sobre la cama como un náufrago abandonado por la marea en la orilla de una playa de la costa del infierno, suplicando por una tenue brisa que consiga enfriarme el cuerpo y me permita por fin descansar. Pero no se mueve ni una hoja y el sofocante aire nocturno me seca la piel antes de que me haya vencido el primer sueño.

De vez en cuando, escucho con sorpresa en las noticias que se avecina otra ola de calor, y entonces me pregunto cuándo terminó la anterior, sin que yo me diera cuenta. Sería fácil encender el aire acondicionado, dejar que la temperatura descendiera artificialmente hasta niveles aceptables, quedarse dormido y resignarse a pagar por ello el precio del rescate que las compañías eléctricas exigen para aliviarnos de las penurias a las que nos somete un clima cada vez más hostil y despiadado. No obstante, cómo soy un hombre informado, sé que los sistemas de climatización masivos representan, a día de hoy, el 4% de las emisiones de efecto invernadero. Así que poner el aire acondicionado puede proporcionarnos un alivio momentáneo, pero a costa de condenar a nuestros vecinos más pobres, a las generaciones futuras y a nosotros mismos al pago aplazado de una factura climática mucho más gravosa.

Pero nadie quiere oír hablar de eso ahora. Cuando llego al trabajo por la mañana, las paredes de mi despacho no se han enfriado. Abro las ventanas y confío en que mis compañeros harán lo mismo, para que se establezca una corriente que se lleve el aire reconcentrado de la oficina. Pero, pasado un rato, cuando salgo al pasillo, el cambio súbito de temperatura me revela que optaron por la solución más rápida, aunque sean las nueve de la mañana. Y el verano pasado, el aparato de aire acondicionado de mi vecino de arriba funcionaba sin interrupción, de día y de noche, con lo cual tampoco creo que fuera muy consciente de la sucesión de las olas de calor. Este año no lo escucho con la misma frecuencia, pero puede ser porque ha decidido trasladarse a otra residencia veraniega o porque la factura de la luz le pesa más que la factura climática.

Supongo que no debe de ser el único caso, porque la otra noche  salimos a cenar y no encontramos ningún establecimiento que tuviera aire acondicionado, a pesar de que el termómetro no bajaba de los 36 grados y costaba trabajo hasta respirar. De forma que los parroquianos se agolpaban en los veladores, abanicándose y bebiendo cerveza para tratar de combatir el calor, retrasando todo lo posible la hora de volver a casa.

Y, cuando en medio de la enésima ola de calor, el Gobierno anuncia un paquete de medidas para reducir el consumo energético, todo el mundo se echa las manos a la cabeza, los comerciantes, los hosteleros y hasta las peluquerías. De repente, poner el termostato a 27 grados se convierte en un sacrificio inasumible. Y los mismos que protestaban por la subida del precio de la luz, ahora protestan porque piensan que sus clientes van a salir corriendo. Pero habría que preguntarse hacia donde, porque la otra noche nadie corría hacia ninguna parte, pero la gente prefería salir a la calle a tomarse una cerveza antes que quedarse en casa viendo la televisión, que también da calor.

Sospecho que, en parte, lo que pasa es que se nos han olvidado los tiempos en que, para combatir el calor, la gente abría las ventanas o salía a dar un paseo por la noche. Pero yo todavía me acuerdo de que, siendo niño, después de cenar íbamos con mis padres a casa de la abuela a ver un rato la televisión. Y de que, por el camino, podías seguir el desarrollo de la trama de la película, precisamente porque la gente tenía las ventanas abiertas y no había tantos coches circulando a esas horas. Y, probablemente, no se alcanzaban los 36 grados a las once de la noche, pero, a lo mejor, si los 27, y no pasaba nada.

Pero, también hoy en día, hay gente trabajando a temperaturas muy superiores a los 27 grados, en fábricas y talleres, o a la intemperie, expuestos a sufrir un golpe de calor, mientras algunos de sus gobernantes hacen gala de su insumisión a las medidas de ahorro energético y, si sucede lo peor, tratan de echar balones fuera, como si la cosa no fuera con ellos. Pero, de todos estos políticos y periodistas vocingleros, a los que menos soporto es a los que se fijan en lo anecdótico para escabullirse del problema y evitar a toda costa ser parte de la solución.

Porque no digo yo que quitarse la corbata vaya a solucionar ninguno de los problemas que nos acucian últimamente, pero tal vez, dentro de poco y por pura necesidad haya que prescindir de mucho más que la corbata para poder adaptarse a la persistente subida de las temperaturas. Me pregunto qué habrían dicho todos esos adalides de la responsabilidad y la coherencia si, precisamente en un alarde de esta última, el presidente de la nación hubiese comparecido ante los medios con un desmangado minifaldero, o hubiese animado al propio tiempo a sus ministros a prescindir, no solo de la corbata, sino también de los pantalones.

Aunque, si bien se piensa, todo esto va de la mano, porque, si en otros tiempos, la chaqueta y la corbata permitían distinguir al gentilhombre del  gusano, hoy sería posible distinguir, al primer golpe de vista, al alcalde de Madrid de un operario municipal de la limpieza, sin necesidad de que a ninguno de los dos le hubiese dado un golpe de calor.

Por otra parte, la posibilidad de hacer frente a la factura del aire acondicionado o de acudir únicamente a los restaurantes que no escatiman a la hora de seleccionar la temperatura del termostato, porque pueden repercutir el importe del recibo de la luz en la cuenta de su ilustre clientela,  también permite diferenciar fácilmente a un honorable ciudadano de aquellos miserables condenados a peregrinar con su abanico en busca de un velador a la sombra. Y creo que también está claro, de entre estos dos, en qué clase de ciudadanos están pensando los gobernantes insumisos.

Ahora bien, si analizamos las cosas con cierta perspectiva, es posible que, dentro de no tan poco, terminemos todos viviendo bajo tierra, transitando por galerías mal ventiladas en las que el ejecutivo y el albañil vayan desvestidos de la misma guisa, dónde a los alcaldes les resulte más difícil eludir sus responsabilidades, al menos en lo que se refiere a la necesidad de llevar a cabo frecuentes campañas de desratización, y los gobernantes insumisos tengan mayores dificultades para identificar a sus votantes entre el conjunto de un electorado igualmente acalorado que convivirá pacífica y resignadamente entre sí y también con las cucarachas.

jueves, 30 de junio de 2022

Nacidos bajo una estrella errante

 

Según un estudio publicado en la revista Nature, podría haber un número incalculable de planetas errantes viajando a la deriva por nuestra galaxia.

Estos planetas no orbitan alrededor de una estrella y, desde que se separaron de sus sistemas solares, vagan en la oscuridad del universo siguiendo una trayectoria en forma de arco por el centro de la Vía Láctea.

Cuando pienso en un planeta errante me lo imagino como una isla desierta que flotara en la inmensidad del océano a merced de las corrientes marinas. Pero parece ser que en estos planetas solitarios no hay amaneceres ni atardeceres y, a pesar de que su núcleo está fundido, las gélidas temperaturas hacen de su superficie un erial congelado incapaz de albergar vida.

No obstante, en la comunidad científica también hay quien cree que los planetas vagabundos no son más que estrellas fallidas, incapaces de mantener reacciones nucleares continuas de fusión en su núcleo, que siguen brillando por un tiempo debido al calor residual de las reacciones y a la lenta contracción de la materia que las forma.

Por otra parte, he leído que podría haber hasta cuatro civilizaciones alienígenas hostiles en nuestra galaxia potencialmente interesadas en colonizar nuestro planeta, lo cual no deja de ser una estimación aventurada pero que se basa en el comportamiento de la raza humana a lo largo de la historia.

Lo malo es que a esta estimación se une la posibilidad, que ya han apuntado algunos, de que los planetas vagabundos sean utilizados como plataformas interestelares que permitirían viajar por el espacio sin necesidad de desarrollar una tecnología enormemente costosa. A lo que se suma la dificultad de detectar un planeta errante que no tenga un tamaño suficientemente grande (al menos como Júpiter) hasta que se encuentre peligrosamente cerca de la Tierra.

En suma, que si una civilización hostil se ha encalomado a uno de estos mundos errantes y se está aproximando sigilosamente a la Tierra, tenemos muchas posibilidades de que nos pille desprevenidos, con los ejércitos del aire y del espacio enzarzados en luchas estériles, sobreexplotando nuestros limitados recursos, deforestando el entorno natural, provocando una elevación acelerada de la temperatura del planeta, alterando el clima y desatando pandemias capaces de diezmar poco a poco la población autóctona.

En todo caso, ahora puedo entender lo que debieron sentir los pacíficos habitantes de Alderaan cuando vieron aparecer en el cielo vespertino un siniestro planeta aparentemente desprovisto de vida pero dispuesto a amargarles la existencia durante unos breves instantes antes de borrarlos definitivamente de la faz del universo.

Claro que cuando pienso en una civilización alienígena, por muy hostil que me la pueda imaginar, veo unos seres de aspecto humanoide movidos por nuestras mismas pasiones, y por lo tanto deseando abandonar la estéril superficie de su mundo errante para quitarse la escafandra y ponerse el traje de baño. También creo que les resultaría molesto que los mejores alojamientos a pie de playa estuvieran reservados desde hace meses o en manos de otros colonizadores, como algún matrimonio jubilado británico, tener que hacer cola en el supermercado o buscar aparcamiento durante horas para estacionar sus naves espaciales utilitarias.

Así que, en su lugar, yo también haría un uso moderado de mi potencial poder destructor para convencer a los terrícolas de la conveniencia de colaborar. Previamente, les daría una sesión informativa a propósito de los efectos devastadores del cambio climático sobre mi planeta de procedencia con abundante material fotográfico y los obligaría a ir andando a todas partes para reducir el consumo de combustibles fósiles, y también a ducharse con agua fría, a llevar mascarilla en presencia de sus visitantes del más allá y a consumir más verduras y menos carne.

A los más remisos los confiaría durante una docena de semanas en una macro granja y a los reincidentes les pondría a la firma un tratado que les permitiría abandonar el protectorado alien conservando todas sus normas y tradiciones, incluido el derecho a portar armas por la calle ocultas en los sobacos sin dar explicaciones y a levantar un muro para evitar el trasiego de otras formas de vida indeseables, y por último pondría a su disposición una flota estelar con un itinerario preestablecido en el navegador que les permitiera colonizar su propio planeta.