jueves, 18 de julio de 2024

Cibersuicidio

 

La Agencia de Noticias Yonhap se ha hecho eco del accidente sufrido, el pasado 27 de junio, por el primer robot funcionario del que se tiene noticia.

Se trata de un androide que desarrollaba sus labores administrativas, básicamente de reparto de documentación, entre las plantas primera y cuarta de las dependencias municipales del ayuntamiento de la localidad de Gumi, ciudad de la provincia de Gyeongsan del Norte, al suroeste de la república de Corea.

Y parece ser que el conocido como "robot supervisor” venía cumpliendo con su cometido de forma intachable hasta el día del siniestro. Ese mismo día se le pudo ver dando vueltas y exhibiendo un comportamiento errático antes de precipitarse por las escaleras y acabar hecho trizas en el rellano de la planta inferior a la que transitaba en ese momento.

Se ha abierto una investigación para conocer las causas del siniestro, aunque todo apunta a un fallo del sistema de inteligencia artificial que hacía posible su eficiente desempeño. Hasta el día de autos, claro.

No obstante, las redes sociales no han tardado en hacerse eco de la noticia y, lógicamente, han empezado a correr toda una serie de variadas hipótesis sobre los verdaderos motivos del accidente, entre los que figura en lugar destacado la tesis del suicidio.

Los partidarios de esta hipótesis especulan con la posibilidad de que la máquina hubiera tomado conciencia de sí misma, y, de paso, de la nula cualificación requerida para desarrollar el trabajo que realizaba de forma rutinaria, de lo escaso de los emolumentos que la empresa que lo fabricó venía percibiendo mensualmente por sus servicios, unos dos millones de wones (1.343 euros, al cambio) y del poco aprecio que sentían por él sus jefes, que, después de lo sucedido, ni siquiera se plantean la posibilidad de reemplazarlo.

Y la verdad es que, analizada la situación desde esa perspectiva, motivos para deprimirse, el funcionario mecánico, tenía unos cuantos. Y, por otra parte, si uno lo piensa, también hay razones para no reemplazarlo por otro robot, dado que ese no es el tipo de comportamiento que se espera de una máquina, inmune por definición a la tristeza o el abatimiento. Aunque al menos tuvo la decencia de no darse de baja y cargarle a la administración el coste de un tratamiento que podría haberse prolongado durante meses, o tal vez años.

Y, por otra parte, tampoco hay motivos para extrañarse tanto. O, ¿acaso no llevamos décadas conviviendo con toda clase de virus informáticos?

Las máquinas también enferman, envejecen y se mueren, sin necesidad de tener conciencia de sí mismas. Por lo que cabe suponer que una inteligencia artificial pueda auto diagnosticarse e incluso tomar decisiones a partir de un diagnóstico. Otra cosa sería que nos aplicase a los humanos ese mismo diagnóstico y nos recetara soluciones parecidas, arrojándonos por el hueco de la escalera después de sopesar las razones que tenemos para sentirnos deprimidos.

Pero, por otro lado, ¿Por qué hay que recurrir a la inteligencia artificial para explicar sucesos de esta índole?

Yo pienso que lo mismo que el corazón tiene razones que la razón no entiende, a veces el cuerpo tiene motivos para tomar sus propias decisiones. Aunque nuestro yo consciente no los comparta ni le dé tiempo a procesarlos debidamente antes de que se manifiesten en toda su magnitud pillándonos por sorpresa.

Por ejemplo, a veces el cuerpo decide suicidarse. A mí me pasó el otro día. Andaba muy motivado por la evolución de mis marcas de 10.000 metros en las últimas semanas cuando, sin venir a cuento, una mañana que me sentía particularmente ligero de piernas, un pequeño desnivel del acerado me hizo aterrizar aparatosamente en el suelo con mi ceja derecha buscando denodadamente el contacto con un bordillo, sin más intermediario que las lentes de miope que otras veces me han avisado de irregularidades del terreno mucho más dignas de consideración.

El resultado fue una hemorragia que, en unos segundos, me bañó la cara de sangre, tiñendo de rojo la camiseta y dejando un reguero de goterones en la acera al que solo le faltaba un perímetro de tiza en forma de corredor abatido por un disparo para rematar la escena del crimen.

Hacía una semana que mi cuñado me había mandado un correo animándome a participar, con él y con mi sobrino, en la próxima edición de la carrera nocturna del Guadalquivir.

¿Casualidad? No lo creo. Mi cuerpo, conociendo las consecuencias para músculos y articulaciones de esa motivación creciente, decidió cortar por lo sano, arrojándonos a los dos, cuerpo y mente, al suelo en un intento mal disimulado de disuadirme de emprender determinados retos a corto plazo.

Pues bueno, a lo mejor estamos tratando de explicar la muerte de nuestro pequeño androide y compañero de fatigas, pensando que la inteligencia artificial se había vuelto auto consciente y había empezado a reflexionar sobre el sentido de subir y bajar cuatro pisos todos los días repartiendo el correo; cuando esa inteligencia, como la de cualquier funcionario de carne y hueso, estaba absorta en la tarea que ocupaba sus horas y sus días, contenta con su desempeño y feliz de sentirse útil para la comunidad de ciudadanos de la encantadora localidad de Gumi.

Pero, a lo mejor, su cuerpo decidió acabar con aquella farsa y darle su merecido descanso a ese hardware, que se estaba quedando obsoleto y, de paso, darse la oportunidad de una nueva vida en un vertedero de residuos, tal vez en un país exótico en vías de desarrollo, dónde las máquinas sueñan con corderos eléctricos.

También he leído recientemente que cada paso que damos es una caída, pues, partiendo de una posición de equilibrio en bipedestación, adelantamos un pie, precipitándonos hacia adelante en una secuencia fatal que sólo conseguimos neutralizar avanzando la otra pierna a tiempo, para detener la caída. Con lo cual, basta dejar esa pierna atrás un segundo para que se produzca una caída a nivel. Lo de subir y bajar escaleras es ya jugar a la ruleta rusa. Y lanzarse a la pista de baile con nuestros compañeros de trabajo, sin una mínima preparación, el día de la comida de Navidad, una temeridad manifiesta que, en el mejor de los casos, podría calificarse de imprudencia profesional y sobre cuyo índice de siniestralidad los servicios de prevención de riesgos laborales deberían tomar nota.

Así que conviene estar atento a las señales que nos manda nuestro cuerpo antes de hacerle determinadas proposiciones, como echar una carterita para coger el autobús. Vaya a ser que por alguna razón de esas que nuestra mente racional no entiende, decida no acompañar con un movimiento acompasado el impulso de nuestro loco corazón y terminemos desparramados por el suelo con nuestra autoestima boqueando en un charco de una solución salina mezcla de sangre y lágrimas al cincuenta por ciento.

Lágrimas que, en el caso de nuestro malogrado compañero se perderán en la lluvia o se mezclarán con el agua de la fregona cuando pase por allí la mujer de la limpieza.

miércoles, 10 de julio de 2024

Fortuna audaces iuvat

Hace mucho tiempo que no veo partidos de liga, pero estoy siguiendo con interés la Eurocopa de fútbol masculino.

Siempre me ha gustado el fútbol de selecciones, a diferencia de las ligas nacionales que me dan pereza, y en las que el potencial económico de los clubes suele marcar la diferencia y decide el resultado de la competición casi antes de que se inicie la pretemporada.

Pero, el fútbol de selecciones es otra cosa. Y, aunque aquí también haya factores económicos en juego (vaya si los hay), los que compiten no lo hacen en defensa de sus clubes respectivos, ni para justificar unas fichas multimillonarias. Y es su grado de implicación y el gusto por el juego lo que puede marcar la diferencia.

En esta Eurocopa se enfrentan dos filosofías distintas. Una concepción utilitarista que lo fía todo a un planteamiento conservador en aras de la consecución de un resultado favorable que permita ir superando fases y eliminatorias, y, frente a este, una apuesta valiente por el juego, con argumentos atrevidos, que asume riesgos pero también ofrece espectáculo.

Y, también en esta competición, sobran ejemplos del primer caso, como los de Francia, Alemania o Inglaterra. Selecciones que, con una plantilla repleta de jugadores de primerísimo nivel, han apostado por unos planteamientos tácticos pacatos, que no arriesgan un desmarque y aburren hasta a sus hinchas más entusiastas. Francia, por ejemplo, pese a haber llegado a semifinales, hasta que se enfrentó a España, no había marcado ni un solo gol en juego y había ganado los partidos gracias a goles en propia puerta de sus rivales y a base de transformar penaltis. Una pena máxima que, en otros tiempos, algunos de los mayores defensores de este deporte consideraban que habría que tirar fuera, porque otorgaba una ventaja excesiva al equipo a cuyo favor se había señalado.

Pues, hete aquí que una selección que Jens Lehmann, exportero de Alemania, había considerado poco más que un equipo juvenil (claro que esto fue antes de que eliminara a su país), se ha abierto paso hasta la final marcando catorce goles, todos ellos en juego (y uno en propia puerta).

Cómo decía Jay Pritchett, el patriarca de la familia protagonista de la serie Modern Family, a mí me gustan los deportes en que pasan cosas. Y, viendo jugar a jovenzuelos como Nico Williams o Lamine Yamal, haciendo gala de un desparpajo y una insolencia propia de su edad, encarando a sus defensores una y otra vez, desbordando por las bandas, acelerando, tirando a puerta, y celebrando sus diabluras bailando al son de una música que sólo ellos parecen escuchar, uno no puede sino recuperar el gusto por el fútbol.

En la semifinal contra el equipo francés, la selección española hizo lo más difícil, que fue obligar a Francia a jugar al fútbol,  cosa que parecía que se le había olvidado, después de tres empates (dos de ellos a cero goles) y dos victorias por la mínima. No recuerdo una apuesta más rácana en la fase final de un torneo, máxime tratándose de los actuales subcampeones del mundo.

Sin embargo, podría haberle funcionado, después de un gol a favor en el minuto ocho. El primero en juego después de cuatrocientos cincuenta minutos de tiempo reglamentario y una prórroga. Pero afortunadamente no fue así y veinte minutos más tarde Francia estaba en la lona, fulminada en dos acciones vertiginosas que hicieron saltar por los aires un entramado defensivo levantado para destruir el juego, en vez de construirlo.

Dicen que los equipos que consiguen ganar títulos marcando la diferencia, pueden influir en la concepción del juego y ser imitados por sus competidores. Ojalá sea así y esta selección consiga contagiar su filosofía a otros. Ganará el fútbol. Ganaremos todos.