jueves, 28 de abril de 2016

Dueños de nuestras palabras, esclavos de nuestros silencios

          Alguien dijo una vez que prefería ser dueño de su silencio antes que esclavo de sus palabras. Y es verdad que hablar nos condiciona porque hace a los demás testigos de lo que pensamos y partícipes de nuestras ideas, prejuicios o sentimientos. Además, al expresarnos nos retratamos también de forma inconsciente porque, muchas veces, al decir en voz alta lo que pensamos mostramos más de lo que pretendíamos y, para bien y para mal, dejamos ver parte de nuestra alma.
         Y, a propósito de esto, me viene a la memoria aquella recomendación que un profesor hacía a sus alumnos para el verano, una vez terminado el curso escolar, en cuanto a quesi encontraban una persona que les gustaba mucho, se lo dijeran con toda la sinceridad y la gracia de la que fueran capaces, y, en caso de no ser correspondidos, pensaran que no estaba previsto que él o ella formase parte de su destino y practicaran mucho deporte.
          Pero en realidad, no hablar en absoluto, dejar de pronunciarse sobre hechos o cuestiones que nos conciernen o que, aunque no nos afecten personalmente, suceden a nuestro alrededor y condicionan, en mayor o menor medida, el devenir de los acontecimientos que afectan a una colectividad de la que formamos parte, ya sea la familia, la tribu o al mundo en general, es, como mínimo, una mala alternativa a la posibilidad de hablar más de la cuenta.
          Es verdad que, en ocasiones, escuchamos a gente que dice cosas sobre las que no ha reflexionado lo suficiente o, sencillamente, habla desde la ignorancia. Pero, de todas maneras, sí esas personas, por su juventud o falta de experiencia, opinan sobre algo que desconocen o lo hacen de forma poco meditada, no me parece que haya que ser excesivamente severos a la hora de valorar sus opiniones. A fin de cuentas, todos hemos pronunciado palabras que, pasado el tiempo, si alguien nos las recordase, tendríamos que matizar o de las que, incluso, nos arrepentimos sinceramente y querríamos retractarnos.
          Otra cosa, sin embargo, son los comentarios a la ligera de gente con sobrada experiencia, que no denotan ingenuidad o falta de madurez, sino que son fruto de una ignorancia atrevida, a veces inexcusable según el estatus de quien las pronuncia o, como he dicho antes, ponen de manifiesto, conscientemente o no, la mentalidad obtusa de su autor.
         En todo caso, lo que parece claro es que tomar la palabra entraña un riesgo, aunque solo sea el de equivocarse al hacer un juicio de valor, aventurar un pronóstico o dar nuestra opinión y, en ocasiones, nos coloca en una situación vulnerable, porque nos hace visibles y puede poner sobre nosotros el foco de atención.
         Y, en este sentido, creo que sólo somos esclavos de nuestras palabras cuando, aún con la perspectiva del tiempo o ante la evidencia de lo errado de nuestro parecer o la falta de delicadeza u oportunidad de lo dicho o de la forma en que se dijo, no somos capaces de rectificar y reconocer que nos equivocamos, que ya no pensamos eso, o que, aun pensándolo, podríamos haberlo expresado de otra manera.

         Por el contrario, ser dueño del silencio es atesorar un patrimonio baldío que no nos enriquece sino que vuelve estéril cualquier intento de mantener la compostura a base de no decir nada, de dar por sobreentendido lo que nadie más que nosotros, en nuestro fuero interno, puede ver o entender de una determinada manera. Es más, romper el silencio a destiempo deja inerme a nuestro interlocutor porque puede sorprenderlo al hacerle bruscamente consciente de algo que podría no haber sospechado siquiera.

jueves, 14 de abril de 2016

Mis villanos favoritos


            Esta semana me ha sorprendido una reseña publicada en el periódico sobre el premio que la MTV habría concedido al actor que interpreta en la ficción a Kylo Ren, en la última entrega de Star Wars, como mejor villano del año. Y he de confesar que para mí el personaje en cuestión supuso una de las varias decepciones que me deparó El Despertar de la Fuerza, aunque no la única, desde luego.
            En mi opinión, este supervillano no solo no merecería tal galardón, sino que ni siquiera llega a la categoría de malo de opereta. Porque los malos de opereta, a veces, tienen su gracia y, por lo menos, no engañan a nadie. Son lo que son. Malos sin remedio cuya iniquidad apenas consigue superar su estulticia, hasta resultar cómicos en sus planteamientos y grotescos en su manera de fracasar, después de tratar denodadamente de convencer a la audiencia de que son malos porque sí, aunque carezcan de motivos para serlo o sus motivaciones resulten inconsistentes.

            En este sentido, el Doctor Heinz Doofenshmirtz, el villano de la serie de dibujos animados Phineas y Ferb, además de tener sus motivaciones últimas en una infancia desgraciada, a diferencia de Kylo (alguien me puede explicar que le paso a ese niño para haberse convertido en un adultescente propenso a las rabietas), es un malo entrañable, torpe y desaliñado a partes iguales y, con frecuencia, víctima de sus propias invenciones para dominar el mundo. Incapaz de redimirse pero si de despertar la empatía de su archienemigo Perry el Onitorrinco, que, más de una vez, lo ha salvado de sucumbir a las consecuencias imprevistas de sus maquinaciones.
            Y es que, en la categoría de villanos, todos guardamos el recuerdo de personajes memorables que han conseguido seducirnos, sin renunciar a sus instintos perversos ni desprenderse de su aura negra.

            Aún sin ánimo de ser exhaustivo y en el ámbito de la ciencia ficción, se me vienen a la cabeza ejemplos como el del propio abuelo de Kylo Ren y padre de Luke Skywalker, capaz de dejar paralizados a los espectadores en sus butacas sin pronunciar una palabra, solo con su porte, su capa negra y una máscara que, lejos de ser un mero truco de atrezzo, oculta al monstruo deforme y tullido que, cual fantasma de la ópera, sobrevive a su destino cruel y, al final, es redimido, como tantos otros, por el amor, en este caso, hacía su hijo.
            O, Roy, el replicante de Blade Runner, un asesino despiadado propenso a la violencia e inclinado a matar cruelmente a cualquiera que se interponga en su búsqueda desesperada de respuestas a la razón de ser de su existencia, pero también capaz de apiadarse de su implacable perseguidor.

            Fuera del ámbito de la ciencia ficción, los ejemplos son también numerosos, desde Lex Luthor hasta Hannibal Lecter, pasando por, también uno de mis favoritos, Lestat el vampiro.
            Desde mi punto de vista, lo que distingue a un villano memorable es, precisamente, su humanidad, el hecho de que pueda ser reconocible como ser humano, aún en su propia iniquidad. Ni siquiera es necesario que esconda en su interior a alguien que pueda redimirse, con un gesto y en el último momento, de una trayectoria criminal intachable. Puede no sentir remordimientos, pero no carecer de conciencia; ser valiente, o cobarde pero capaz de reconocer, a su pesar, el valor que anida en el corazón de otros (como Cómodo, el emperador romano interpretado por Joaquin Phoenix en Gladiator); cruel con sus enemigos, pero en algún momento compasivo; desdeñoso con aquellos a quienes desprecia, pero al mismo tiempo respetuoso con aquellos a los que respeta (como el personaje de John Malkovich en la película En la Línea de Fuego), hacer gala de su sentido del humor, simpatizar con una buena causa o traicionar a sus correligionarios, pero ser leal a sí mismo y actuar en consecuencia.