domingo, 25 de octubre de 2020

Visto para sentencia

 

            Generalmente, nuestra capacidad de observación nos da la posibilidad de anticiparnos a determinados sucesos y así evitar que nos pillen por sorpresa. Aunque uno no siempre quiere ni probablemente necesita saber lo que va a pasar y a veces incluso preferiría no saberlo, aun a riesgo de que los acontecimientos le puedan pillar desprevenido. Por ejemplo, conocer la identidad del asesino hace que cualquier trama detectivesca pierda interés y no es estrictamente necesario salvo que sea la vida de uno la que se encuentra en peligro, naturalmente.

            Desde luego, tratándose de fenómenos naturales, yo personalmente prefiero consultar el pronóstico del tiempo para pertrecharme con un paraguas y una gabardina antes que arriesgarme a volver a casa chorreando, aunque reconozco que eso no me preocupaba tanto cuando era más joven y me parecía que verse sorprendido por la lluvia dando un paseo por la ciudad o por el parque podía convertirse en una experiencia inspiradora, sobre todo si uno se encontraba en la compañía adecuada.

            Pero estaba pensando más bien en el comportamiento humano, y es que, aun sin decir una palabra, con un gesto o una actitud determinada, todos somos capaces de expresar de manera inconsciente, y a veces a nuestro pesar, lo que nos está pasando por la cabeza o lo que tenemos intención de hacer o no hacer, ante la manifestación de una opinión, la expresión de un deseo o la formulación de un requerimiento concreto por parte de nuestros interlocutores. Supongo que por eso los buenos jugadores de póker permanecen hieráticos, mientras escrutan los rostros del resto de jugadores de la partida.

Por otra parte hay profesiones o actividades en las que las dotes de observación resultan cruciales para el éxito de una empresa. Policías y ladrones de bancos, por ejemplo, comparten esa capacidad de observación porque su libertad, su integridad física e incluso su vida pueden verse seriamente comprometidas si no permanecen atentos a los mensajes no verbales de aquellos con los que han de tratar en el ejercicio de sus oficios respectivos.

            No obstante, me resulta sorprendente que algunos jueces se muestren tan poco precavidos a la hora de mantener una actitud neutra durante el desarrollo de las vistas orales. Aunque probablemente esto se deba a que, cómo regla general, ni su vida, ni su integridad física ni tampoco su patrimonio corren riesgo alguno por el hecho de que alguien pueda adivinar sus intenciones. Y, a propósito de ello, esta semana estuve comentando con un colega hasta qué punto era posible adivinar el sentido del fallo de sus resoluciones tan sólo atendiendo a determinados gestos y a su expresión corporal durante el entrecruce de alegaciones.

Por ejemplo, hace algún tiempo, en un Juzgado de lo Social servía una magistrada que, cuando se había formado un criterio para resolver el litigio, tenía por costumbre dejar de escribir la minuta, soltar el bolígrafo, apoyar la mano izquierda sobre la mesa y, a continuación, la mano derecha sobre la izquierda, permaneciendo en actitud ausente durante el resto del debate y, si este se prolongaba más de lo necesario, hacer algún gesto distraído, como rascarse el brazo por encima de la toga, lo que informaba al letrado que estaba en el uso de la palabra que cualquier cosa que pudiera añadir a su alegato, además de provocarle urticaria, iba a tener escasa repercusión sobre el sentido de un fallo previsiblemente contrario a sus pretensiones.

Con una actitud similar, otra jueza tiene por costumbre aporrear el teclado de su ordenador portátil mientras los letrados ratifican la demanda o se oponen a ella, hasta que ha llegado a un veredicto fundado en derecho, momento en el que baja la pantalla dando a entender que el asunto ha quedado visto para sentencia y, de paso, tratando de disuadir al letrado interviniente de insistir en sus argumentos para modificar el signo de la sentencia, que especulábamos con la posibilidad de que hubiera quedado redactada antes de que a las partes les diese tiempo de formular sus conclusiones. Claro que hay otro Juzgado en el que quien preside la vista, con un gesto todavía más ostensible, hace uso de unos post-it de colores que durante el desarrollo del juicio pega en el legajo de los autos, escribiendo acto seguido en la hojita de papel autoadhesivo la suerte favorable o adversa de la demanda iniciadora del procedimiento, dando además la posibilidad a aquellos letrados con suficiente agudeza visual de que puedan ir preparando el recurso correspondiente en cuanto regresen a sus despachos.

En otro juzgado, su señoría, cuando no se siente en sintonía con el razonamiento de la defensa o discrepa de la argumentación empleada, levanta las cejas y pone la vista en blanco antes de dejar caer la mirada hasta una profundidad insondable en la que, arrastrando sus pesadas cadenas, moran los condenados por su ignorancia inexcusable de los más elementales principios generales del derecho, poniendo asimismo en antecedentes al abogado que, no sólo está errado en sus argumentos, sino que también está socavando peligrosamente la paciencia del juzgador y, de persistir en sus digresiones, se arriesga a ser llamado a la cuestión objeto del debate y, en caso no cambiar su actitud, ser arrojado a esa misma fosa con una gruesa cadena sujeta a los tobillos.

Algo más sutil era el gesto recurrente de otro magistrado que, cuando no compartía el punto de vista de la defensa o se sentía particularmente alterado por la falta de rigor jurídico del argumento empleado por la representación letrada de una de las partes, pestañeaba repetidamente, ajustándose las gafas, tomándolas por la patilla y encajándoselas en la cuenca ocular, cómo tratando se sujetar las lentes graduadas tan sólo con la ayuda de sus cejas y sus pómulos, expresando su incredulidad ante el hecho de que tamaño desafuero pudiera sostenerse ante su vista.

En todos estos casos, un abogado con la experiencia suficiente o, incluso, con unas mínimas dotes de observación es capaz de anticipar el contenido de la resolución que ha de poner fin al litigio y puede ahorrarse el esfuerzo de persistir en una línea de defensa que está condenada al fracaso. Claro que, a veces, hay letrados que, sin razón o utilidad que lo justifique, sienten la necesidad de persistir en su argumentación aun a riesgo de enervar seriamente a su señoría, especialmente cuando resulta manifiesto que el juzgador no sólo no tiene interés, sino que tampoco quiere oír lo que el letrado tenga que decir sobre el particular. En cierta ocasión coincidí con una letrada que, antes de oponerse a la demanda, cuestionó la competencia del juzgado para conocer de la pretensión sostenida de contrario, momento a partir del cual su señoría, un magistrado de carácter afable, empezó a garabatear enérgicamente al tiempo que su expresión se iba nublando de forma progresiva. Concluida la fase de alegaciones, el magistrado expresó en voz alta su parecer, afirmando su competencia plena para conocer del asunto, lo que no impidió que, ya en fase de conclusiones, mi colega volviese sobre la cuestión para ratificarse en la excepción planteada, haciendo caso omiso de las llamadas al orden del juez. Lo más sorprendente fue que, concluido el juicio, siguió insistiendo en sus argumentos hasta que el magistrado terminó por echarla de la sala de vistas, aunque creo que debió faltar poco para que la arrojase al pozo profundo de los litigantes temerarios, en el que alguna vez he de reconocer que he estado a punto de aterrizar yo mismo cargado de cadenas.

domingo, 18 de octubre de 2020

Cambio de armario

             Con el cambio de estación, paso de volver a casa en bicicleta con la chaqueta haciéndome sudar la gota gorda y aflojándome el nudo de la corbata en el primer semáforo para evitar los incipientes síntomas de asfixia, a quedarme helado por las mañanas camino de la oficina, subiéndome las solapas de esa misma chaqueta y echando de menos un chaleco tras del que parapetarme de las tempraneras corrientes de aire del otoño en ciernes. Y es que no hay manera de dar con la indumentaria adecuada hasta que la nueva estación termine imponiéndose sobre las postrimerías de un verano cada vez más largo.

            Cuando salgo a correr me pasa un poco lo mismo, a ciertas horas de la mañana la visión de la camiseta de manga corta me da frío y, si decido ponerme el pulsómetro, cuando después de mojar la cinta, me la abrocho alrededor del pecho me da un escalofrío y, súbitamente, se me quitan las ganas de hacer ejercicio. Pero cuando llevo recorridos un par de kilómetros no sé qué hacer con el cortavientos y me dan ganas de emular a los antiguos atletas griegos y despojarme de toda la ropa para dejar que Eolo me seque el sudor, cosa que haría si no fuera porque, con independencia de la hora, siempre hay algún caminante escrutándome con la mirada por encima de la mascarilla quirúrgica, cómo si me leyera las intenciones.

Es en esta época cuando llega el momento de renunciar a las camisetas, los polos y las camisas de manga corta y recuperar las prendas de entretiempo, que aquí dura un suspiro pero trae consigo un riesgo más que considerable de constiparse, con la posibilidad consiguiente de ser considerado por propios y extraños como una nueva víctima de la segunda ola del coronavirus. Así que se impone el cambio de armario, que equivale a rescatar la ropa de invierno y confinar en algún lugar recóndito del guardarropa las prendas veraniegas y, con ellas, los últimos vestigios de las vacaciones y del solaz veraniego.

Este año he aprovechado la oportunidad para aligerar el fondo de armario, atestado de chaquetas, pantalones y camisas que llevan ahí varias estaciones sin que nadie se acuerde de su existencia. La mayoría están pasadas de moda, o me las he puesto tantas veces que en su momento me hicieron temer que, sí seguía poniéndomelas, el día que no lo hiciera, la gente dejaría de reconocerme por la calle (es cómo si Bob Esponja prescindiera de improviso de los pantalones cortos marrones y la corbata roja).

Pero, cuando llega el momento de la verdad, me da pena porque algunas de esas prendas, que debieran estar desgastadas por el uso, lucen como el primer día. Otras veces se ven raídas pero les tengo cariño porque me gustan especialmente hasta el punto de que, si las viera en un escaparate, creo que volvería a comprármelas, aunque sólo fuera para que la gente me siga reconociendo por la calle. Y, en otros casos, las tengo asociadas a algún momento particularmente significativo o feliz de mi existencia terrena. De hecho mi traje de boda sigue aguardando en una percha a que vuelva a darle algún uso, ya sea en un baile o en una ceremonia a la altura de su debut en sociedad.

Otras veces, sin embargo, no podría explicar porque he conservado durante años unos calcetines que están tan desgastados por los talones que amenazan con desintegrarse al próximo intento de meterlos en unos zapatos, o unas camisetas tan desbocadas y manchadas de pintura que parece que hubieran estado presentes cuando Miguel Ángel pintaba los frescos de la Capilla Sixtina y además hubieran participado en la última restauración, o unas mallas que casi se trasparentan por el culo, hasta el punto de hacerme pensar que Eolo lleva algunas carreras secándome el sudor de las posaderas sin que fuera consciente de ello.

La cuestión es que, cuando finalmente me decido a prescindir de esas ropas viejas tengo la sensación de estar desprendiéndome también de una parte de mí mismo. Y me pregunto si, cuando hayan pasado el número suficiente de estaciones, las personas con las que compartí ese tiempo cada vez más remoto me reconocerán la próxima vez que me vean, si yo mismo seguiré reconociéndome en el espejo, o sí, en definitiva, seré yo el mismo hombre que se calzó esos viejos zapatos y lució esa camisa antaño blanca o, cómo el barco de Teseo, no quedará nada de mí cuando haya pasado el tiempo suficiente y un usurpador se calzará mis nuevos zapatos y elegirá el color de mis corbatas.

Ante tamaña disyuntiva, y después de descartar la idea de ir por ahí con un taparrabos colgándome de las ramas de los árboles, he decidido emular a Bob Esponja, combinar siempre la corbata y el color de mis pantalones y, en la medida de lo posible, sonreír cómo si fuera el día de mi boda, de forma que, cuando alguien me vea cocinar una hamburguesa o hacer cualquier otra cosa menos importante, esté casi seguro de reconocerme aunque sea en el fondo del mar, donde reposan los remos del barco de Teseo.