A
veces, cuando estoy corriendo y el cansancio empieza a apoderarse de mi cuerpo,
mi mente trata de escapar de la sensación de fatiga poniéndole nombre a los
territorios por los que transito. Es como un juego que me ayuda a olvidarme de
la distancia y del tiempo, permitiéndome dividir ese espacio infinito y la
tediosa distancia en caminos reconocibles, en etapas de un circuito, a veces,
demasiado largo.
Empecé
a hacerlo cuando contar los kilómetros se convirtió en una tarea aburrida que
no me ayudaba lo suficiente y también porque un kilómetro puede ser, según las
circunstancias, una distancia demasiado larga o demasiado corta y que, por sí
misma, carece de significado.
Y
así fueron surgiendo en mi imaginación los nombres de las sendas que, a lo
largo de los años, he recorrido más veces de las que puedo recordar, como el
camino de los valientes, la tierra de nadie, el Cuerno de África, la zona
muerta, las quebradas de los túmulos, el bosque prohibido, el último puente o
el fin del mundo.
Todos
esos nombres tienen para mí un significado y guardan relación con una
experiencia concreta. Así, el camino de los valientes nace en una bifurcación
en la que la alternativa es una senda llana que lleva directamente de vuelta a
casa, mientras el otro camino tuerce hacia una cuesta que conduce hacia los
confines del parque y, una vez que la has elegido, te obliga a seguir todo el
perímetro cerca de las vías del tren. Cuando es todavía de noche, las lejanas
luces de un polígono industrial que queda al otro lado iluminan el sendero con
una luz engañosa que desdibuja el sendero y tu imaginación transfigura el
aspecto de los árboles y te expone a visiones fantasmagóricas.
Aun
así, prefiero mil veces esa vereda que transitar por la zona muerta, a la que
no he vuelto desde que preparaba mi tercer maratón.
En
aquella época, los domingos solía completar tiradas largas de hasta treinta
kilómetros, que me llevaban al otro extremo de la ciudad, y, durante el
recorrido, atravesaba un barrio de gente adinerada, pero cuya población ha ido
envejeciendo sin que se hayan instalado nuevas familias ni hayan nacido niños
que puedan llenar los jardines con su algarabía. Así que los domingos sus
calles están desiertas, las tiendas cerradas y las cafeterías y los bares
apenas tienen movimiento. Sólo se ve, de vez en cuando, la figura raquítica de
un anciano renqueante paseando a un perro que olisquea el suelo en busca de
algún rastro que seguir, y la desolación campa por doquier.
La
zona muerta es, para mí, sinónimo de la agonía y del tedio de una carrera sin
fin, porque en ella tu energía parece difuminarse y la alergia de sentirse vivo
bajo la luz de la mañana queda empaña por un halo difuso de tristeza.
En eso no se parece en nada al fin del mundo que, a pesar de su nombre, culmina un recorrido donde abunda la vegetación y los árboles proporcionan solaz, conduciendo por un sinuoso camino hasta las pistas del aeropuerto, y al punto de partida de otros caminos que, a su vez, conducen a otros mundos llenos de promesas y que es posible evocar viendo los aviones despegar con rumbo a lo desconocido. Ni tampoco al último puente, donde termina una ruta junto al río en el que las embarcaciones de remos te acompañan deslizándose sobre el agua al ritmo de cada zancada, en un ejercicio involuntariamente sincronizado.
A
veces, el paisaje cambia, los árboles se desprenden de las hojas, que han ido
mudando de color en cada estación, o la corriente del río se vuelve turbia y,
en los últimos días del otoño, el sol desaparece pronto y la luna se asoma a
ratos entre jirones de nubes apenas empieza a atardecer, pero el camino
permanece inmutable y el aire se llena de olores y fragancias que invitan a
correr hacia las ultimas luces del crepúsculo.
0 comentarios:
Publicar un comentario
Déjanos tu comentario