Me
enteré el otro día por el periódico de que María Corina Machado, galardonada
recientemente con el Nobel de la Paz, quería ofrecer su premio al presidente de
los Estados Unidos, Donald Trump o, al menos, compartirlo con él. Y, ante tal
declaración de intenciones, la Fundación Nobel no ha tenido más remedio que
recordar que sus galardones son intransferibles e irrevocables y que, una vez
anunciado un Premio Nobel, no puede revocarse, compartirse ni transferirse a
otros, dado que la decisión es definitiva y perdura para siempre. Lo que a mí,
no sé porqué, me ha sonado a arrepentimiento y voluntad de revocarlo, si
existiera tal posibilidad.
Con
lo que cuesta que a uno le den un premio, y más el premio Nobel, y ahora va
esta insensata y dice que se lo quería dar al pato Donald. Que no digo yo que
no haya hecho méritos para ello, pero lo de bombardear Caracas y secuestrar a
San Nicolás no cuenta porque todo eso ha pasado después y, si acaso, podría
valorarse como mérito las próximas Navidades, junto a otros méritos que puedan
acreditarse a partir de ahora, como por ejemplo conquistar Groenlandia,
bombardear La Habana o secuestrar al presidente de Colombia para que comparta
celda con Maduro y sea juzgado por narcoterrorismo.
Además,
Trump no necesita el Nobel de la Paz para nada, que ya es presidente de los
Estados Unidos, mientras que María Corina está todavía en la oposición y
tendría que presentarse a las elecciones y no todos los días se presenta a unas
elecciones un premio Nobel, que es un premio que puede avalar tu candidatura
frente a otros candidatos que no puedan exhibir ni un miserable Nobel de
literatura como el que le dieron en su día a Winston Churchill.
Aunque,
a lo peor, la convocatoria tarda un poco más de lo previsto. Todo depende de lo
que hagan Delcy Rodríguez y compañía con el petróleo venezolano, que ya se sabe
que si la economía va bien (sobre todo la de Estados Unidos) pues tampoco hace
falta darse tanta prisa en restaurar la democracia, que luego lo mismo las
elecciones las gana la Corina esa, que parece una persona muy agradable (y
también una mosquita muerta), pero igual le da por defender la soberanía
nacional o por decir que 50 millones de barriles de petróleo de alta calidad
son muchos y hay que bombardear otra vez Caracas y subirla a un helicóptero
MH-47 Chinook y, después de restaurar el Chavismo, meterla en la cárcel con
Mette Frederiksen (primera ministra de Dinamarca), Von der Leyen y Marine Le
Pen, y empezamos a tener problemas de sobreocupación con la población reclusa
por narcoterrorismo, anarcosindicalismo y dinamarcoterrorismo o cualquier otra
forma de terrorismo que nos podamos imaginar.
Qué
quiere compartir el Nobel, dice. Pues haberlo dicho antes, porque ahora parece
que trate de conseguir algo del jefe y puede que Trump esté dispuesto a dejarse
adular, pero no por quien le ha birlado el Nobel de la Paz. Con lo que ha
trabajado este hombre para acabar con las guerras. Y sin pedir nada a cambio,
¿eh? Ni petróleo, ni otras tierras raras, quiero decir, cosas raras, ni nada de
nada. Y los demás si, mucho defender el orden internacional, pero cuando se
trata de arrimar el hombro ampliando el gasto militar un miserable cinco por
ciento, todo el mundo se pone a lloriquear. Pues, si vis pacem, para bellum.
Por eso el Departamento de Defensa se llama ahora Departamento de Guerra,
porque, como ha dicho el propio presidente, es un nombre mucho más apropiado,
teniendo en cuenta la situación actual del mundo (que yo he contribuido a
crear) y transmite un mensaje de victoria (le ha faltado decir que le encanta
el olor a napalm por la mañana). De hecho, si el Premio Nobel de la Paz, se
llamara Premio Nobel de la Guerra (que es como debería llamarse), ya lo habría
ganado Donald o su amigo Vladimir Putin o Benjamín Netanyahu, que también han
hecho lo suyo, lo reconozco, pero sin llamar a las cosas por su nombre.
"Operación militar especial" llamó Putin a su ofensiva contra
Ucrania, que es una denominación confusa que hace que surjan dudas sobre las
intenciones de quienes la han llevado a cabo, mientras que "Operación
Determinación Absoluta" no deja lugar a dudas sobre la finalidad que se
persigue. Y, además, huele a Victoria, y también a napalm, que es una sustancia
inflamable usada en lanzallamas y en bombas incendiarias, a base,
precisamente, de gasolina en estado de gel.
Pues
que vaya tomando nota la señorita Mette Frederiksen, que también parece una
primera ministra muy agradable, pero seguramente no tiene ni idea de los
desafíos que plantea la seguridad en el Ártico, ni es consciente de que
cualquier chiflado puede lanzar una operación militar especial sobre
Groenlandia si alguien no actúa antes con absoluta determinación.
Y
más ahora que el calentamiento global, sin dejar de ser la mayor estafa jamás
perpetrada contra el mundo, está derritiendo el hielo marino en el Ártico y
permite la apertura de nuevas rutas de navegación, que se están llenando a toda
velocidad de barcos chinos y rusos, además de haber dejado al descubierto
enormes yacimientos de litio, níquel, cobalto y cobre e importantes reservas de
tierras raras. Aunque estoy seguro de que esto último no tiene nada que ver con
el interés de Estados Unidos por salvaguardar la seguridad nacional,
anexionándose la isla, por las buenas o por las malas.
Además,
dado el ritmo de las intervenciones en países soberanos, y teniendo en cuenta
el previsible colapso de las prisiones de alta seguridad para mandatarios
extranjeros, no habría que descartar la posibilidad de trasladar a Nicolás
Maduro al Círculo Polar Ártico, dónde podría expiar sus pecados trabajando para
Jeff Bezos, repartiendo paquetes con ayuda de un trineo para desplazarse por la
nieve de verdad y así dejar atrás sus actividades delictivas como
narcotraficante, contribuyendo también al crecimiento de las rutas comerciales
y a hacer a América más grande todavía, a lo que habría que sumar la reciente
incorporación al territorio de Estados Unidos de 2.106.000 nuevos kilómetros
cuadrados.
Hoy
mismo, he sabido por la prensa que la flamante ganadora del Nobel ha
materializado su decisión, entregando la medalla del premio Nobel de la Paz a
Donald Trump, en lo que ella misma ha calificado como un momento muy emotivo,
durante su visita el jueves a la Casa Blanca. Lo que me hace suponer que, a
estas horas, la medalla de marras se exhibe en una vitrina del despacho oval,
para que los próximos líderes del mundo libre que pasen por allí sean
conscientes de que oponerse a sus designios tiene premio, para él, claro,
porque siempre va a haber alguien que se lo quiera dar, aunque tampoco descarte
la posibilidad, después de anexionarse Groenlandia, de invadir Dinamarca y, si
es necesario, bombardear Oslo, cruzar el estrecho de Skagerrak y tomar el
Instituto Noruego del Nobel, por las buenas o por las malas, y, el año que
viene, conceder el premio Nobel de la Guerra a quien a él le dé la gana.
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