viernes, 17 de abril de 2026

Losers

 

La presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, después de que el PSOE perdiera las elecciones en Extremadura, dijo el otro día que el presidente del gobierno era un loser "Como decimos en Madrid". Cosa que yo ignoraba, como tampoco sé en qué momento empezaron en Madrid a usar esa palabra, o su traducción al español, perdedor.

A mí, personalmente, me gusta más la expresión fracasado. Pero, he de reconocer que no la escucho muy a menudo últimamente, mientras que la otra, loser, parece estar en boca de todo el mundo (al menos en la capital), y más ahora que Trump parece haberla puesto de moda.

Porque ser un fracasado equivale, no a perder un partido de fútbol o unas elecciones, sino a no haber triunfado en la vida. Lo que, en nuestra cultura, te hace más digno de lástima que merecedor del desprecio de tus semejantes.

Sin embargo, la expresión loser, en la cultura anglosajona, es una expresión cargada de desprecio. Y supone, para el que es calificado como tal, un estigma, que le convierte en un deshecho social, un inútil, un parásito e, incluso, en un resentido.

En nuestro país un fracasado es alguien que lo intentó y no pudo conseguirlo, que contando con el viento a favor o teniendo posibilidades, las dejo escapar. Es el 'kafkiano perdedor' al que cantaba Gabinete Caligari. Mientras que, en Estados Unidos, un perdedor es cualquiera que no haya conseguido sobresalir por encima de los demás, al margen de su origen, de su historia personal y de las circunstancias que le hayan acompañado en la vida.

Así, un mendigo es un perdedor, pero un obrero o un oficinista también pueden serlo. Y, en general, cualquiera que no haya logrado hacerse rico, con independencia de los métodos más o menos ortodoxos que haya utilizado para enriquecerse, o, también, alguien que necesite un sistema público de salud para que le asista en caso de enfermedad o accidente, o que lleva a sus hijos a un colegio público, o vive de alquiler o no puede viajar al extranjero o lo hace solo de forma esporádica.

Yo mismo, no me considero un fracasado, pero sin duda soy un loser de manual.

Pero, si hasta Bruce Springsteen es considerado por Trump como un 'completo perdedor', y eso que su fortuna se calcula que ronda los 1.200 millones de dólares, que se dice pronto. Aunque, para Trump, cualquiera que cuestiones sus métodos, más propios de un hombre de negocios sin escrúpulos o de un mafioso que de un gobernante democrático, es un loser.

En todo caso, creo que la elección del término no es casual, porque de lo que se trata no es de valorar o minusvalorar los méritos de una persona, sino de desacreditarla ante los demás. Porque a un perdedor se le puede mirar por encima del hombro, no merece la misma consideración que los prohombres que si que han triunfado en la vida y que, por eso, gozan del éxito, de una posición económica desahogada y de la consideración de los demás. Y, por eso, su opinión, sus juicios de valor, los del loser, y sus preferencias están bajo sospecha. No defiende valores universales ni invoca la justicia en abstracto. Lo que quiere es salir del agujero inmundo en el que está metido, pero por su falta de aptitud, por su indolencia y su ausencia de compromiso. Porque la culpa de lo que le pasa es solo suya y solo puede justificarse presentándose a si mismo como una víctima. Así que si, cuanto diga en voz alta está bajo sospecha y, muy probablemente, es fruto del resentimiento. No quiere una parte del pastel. Lo que realmente ansía es ver a los poderosos caerse de sus pedestales, para poder patearlos cuando estén en el suelo.

Y no digo yo que, entre nosotros, no exista gente que no haya aprovechado las oportunidades que tenía al alcance de la mano. Hay toda una generación que se ha criado con la nariz pegada a una pantalla y que va a tener muy difícil hacer algo con sus vidas cuando haya que pagar la conexión wifi para poder seguir viendo videos de tik tok. Pero, curiosamente, esa estirpe de perdedores es la que resulta más fácil de manipular por aquellos triunfadores que llaman losers a los que les llevan la contraria y se ponen a sí mismos como ejemplo de trayectoria exitosa y del modo correcto de hacer las cosas. Será porque es más fácil dejarse impresionar por los que nunca tuvieron que esforzarse y, aún así, manejan fortunas inmensas y viven en áticos en el centro de sus ciudades, aunque también prefieran no compartir nada con nadie, que por aquellos que prometen repartir miseria entre los desarrapados e incluso invitan a otros miserables a unirse a la fiesta de los innombrables, en la que nadie querría tener que participar si pudiera evitarlo.

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