Estas
últimas semanas nuestra casa ha sido invadida por las polillas, de forma que,
podemos estar viendo la tele tranquilamente después de cenar o puedo estar yo
cepillándome los dientes, con el pijama puesto, antes de irme a la cama, cuando
un grito pavoroso precedido por un revoloteo torpe alrededor de la lámpara hace
saltar todas las alarmas y me obliga a lanzar el cepillo de dientes por los
aires y salir corriendo con la boca llena de espuma en dirección al frente de
batalla, roto por una incursión aérea que ha hecho huir a mis tropas de manera
desordenada y que, víctimas del estrés postraumático, son incapaces de señalar
con una mínima precisión la ubicación actual del enemigo.
Mis
valerosos soldados, para otras cosas que no tengan que ver con mariposas
nocturnas y criaturas aladas en general emparentadas con la familia de los
insectos, han acuñado un término para nombrar a estos lepidópteros de hábitos
crepusculares con el que se refieren a ellos sottovoce, en una mezcla de
respeto y pavor mal disimulado ante la posibilidad de que, pronunciado en voz
alta tenga el efecto de una invocación: polillote.
Así
que, con motivo del primer avistamiento, al grito de "polillote",
abandonan precipitadamente su posición, aún a riesgo de dejar atrás a algún
compañero que después de tropezar, se haya quedado atrás o pueda yacer de
bruces contra el suelo, y corren a refugiarse en la habitación del pánico,
cerrando la puerta tras de si y negándose a salir de su escondite hasta que
cesa el ruido de las sirenas y el temido zumbido ha desaparecido por completo.
Pero
el otro día estaba en el juzgado, esperando para entrar en sala, cuando un
whatsapp me anunció lo que todos llevábamos temiendo desde que empezaron las
incursiones. Una polilla de aspecto espeluznante, odiosa apariencia y con unas
alas desproporcionadamente grandes, había entrado por la ventana en algún
momento de la noche y se había atrincherado en el cuarto de baño del pasillo,
atacando por sorpresa a mis dos hijas, mientras trataban de quitarse las
legañas, con la visión comprometida a causa de la miopía y sin gafas de
protección ni tiempo para protegerse la cara con una triste mascarilla.
Ante
la imposibilidad de desplazarme hasta el lugar de los hechos, y la escasa
predisposición de la tropa para llevar a cabo una misión de castigo con objeto
de recuperar el terreno perdido durante la noche, sólo pude disponer que el
cuarto de baño quedase clausurado hasta nueva orden y la soldadesca fuera a
hacer sus abluciones al otro excusado, eso sí, asegurándose previamente de que
no había sido tomado también por el enemigo.
La
cuestión es que, cuando llegué a casa eran las dos de la tarde y no había ni
rastro de la polilla. Así que decidí posponer el operativo, con grandes
protestas por parte de los reclutas que querían recuperar sus pertrechos a toda
costa, abandonados y a merced del invasor a causa del desorden en campaña
ocasionado por una mariposa poco agraciada, una de esas criaturitas pardas a
las que con todo cariño se refería Gerald Durrell en su familia y otros
animales y que tan poca simpatía despiertan en la mía.
Afortunadamente,
una hora más tarde llegaron tropas de refresco, y el otro contingente
desplazado también esa mañana fuera del hogar familiar solicitó permiso para
hacer una incursión con gas venenoso, a lo que accedí a pesar de que andamos
algo escasos de insecticida y es posible que, a lo largo del verano, tengamos
que bregar con invasores de mayor calibre.
El
resultado: dos polillas abatidas en pleno vuelo, aunque nuevamente con
dificultades para localizar los cuerpos, que daban sus últimos estertores entre
los envases del champú, el suavizante y el gel de baño.
Aunque
hubo que cortar el tránsito de vehículos y personas por el pasillo y abrir
algunas ventanas para ventilar la zona de combate, debido a la acumulación de
gases y su potencial peligrosidad para nuestras tropas y la consiguiente
posibilidad de que alguno de los nuestros enfermase víctima del fuego amigo.
Supongo que es el precio a pagar por usar armas químicas prohibidas por sus
efectos devastadores sobre la cadena trófica y el proceso de transferencia de
sustancias nutritivas a través de las diferentes especies de la comunidad
biológica
Finalmente,
la ingrata tarea de localizar a los enemigos heridos en combate y ahora
agonizantes y, visto que cualquier intento de mantenerlos con vida habría
resultado inútil, poner fin a su agonía, corrió de mi cuenta, haciendo uso de
mi arma reglamentaria, con un zapatillazo de gracia. Los cadáveres
espachurrados fueron retirados del campo de batalla y conducidos al cubo de la
basura sin mayores ceremonias, para evitar que cualquier intento de recuperar
los cuerpos nos depare más sobresaltos de los necesarios y que se reproduzcan
las escenas de pánico que se han vuelto recurrentes desde que se iniciaron las
hostilidades.
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