Parecería un chiste, y
no una radiografía del cerebro de alguno, si no fuera porque el comentario en
cuestión fue realizado por el expresidente del gobierno de la nación, Mariano
Rajoy, en un artículo publicado en un periódico digital, la víspera del partido
de semifinales del Mundial entre las selecciones de Francia y España.
La selección francesa
de fútbol es un equipo formidable pero, eso sí, sin franceses.
Habría faltado rematar
la faena al día siguiente, después de que Francia quedara eliminada, diciendo
que en realidad la selección de este país no se habría quedado fuera del
campeonato esa tarde porque, dado el escaso número de franceses de pura cepa en
el combinado nacional, en realidad Francia, como tal, no habría llegado a
competir.
De hecho, en algún
momento, en enfrentamientos anteriores entre ambas selecciones, podría haber
habido más franceses en el equipo español que en la selección francesa. Y si
no, ahí están Aymeric Laporte y Robin Le Normand para demostrarlo.
Por eso, en lugar de
afirmar que la selección de Marruecos era la Francia B del campeonato, dado que
hasta seis jugadores del plantel marroquí habrían nacido en Francia, yo creo
que, hablando con propiedad, y desde el punto de vista de nuestro inefable expediente,
Francia debería ser, por méritos propios, la vigente campeona de la Copa
Africana de Naciones.
Y lo malo no es eso,
sino que nosotros parece que vamos por el mismo camino. Y me resulta muy
triste, la verdad. Porque si todos esos jugadores foráneos compitieran en los
equipos de las naciones desde las que emigraron sus ancestros, representando,
por ejemplo, a Guinea-Bisáu, Mali, Camerún, Costa de Marfil o la República
Democrática del Congo, habría mucha más paridad y seguramente esa abrumadora
superioridad europea quedaría en entredicho. Y la cenicienta del Mundial no
sería Cabo Verde, sino Francia, con Lucas Digne, Adrien Rabiot y otros nueve
jóvenes tataranietos de otros franceses de piel nivea nacidos en la Provenza,
Occitania o Normandía tratando de contener a un ejército de Mbappés, Dembélés y
Olises, capaces de expresarse perfectamente en la lengua de Molière, amantes
del Camembert y, a lo mejor, también del vino de Burdeos, y por añadidura
dotados de unas cualidades excepcionales para jugar al fútbol.
Pero bueno, los
jerarcas de las naciones del mundo desarrollado siempre podrían poner las cosas
en su sitio, llamando por teléfono al presidente de la FIFA y planteándole la
posibilidad de reconsiderar las decisiones del trío arbitral, tomadas
impulsivamente en el fragor de esa batalla desigual, o ayudando al Árbitro
Asistente de Vídeo (más conocido por sus siglas en inglés, VAR) a revisar
goles, penaltis, tarjetas rojas directas y confusiones en la identidad de
jugadores, mediante un asistente de inteligencia artificial generativa que
reconstruyera las jugadas polémicas en función de las circunstancias del caso
concreto y del estado de ánimo de la hinchada presente en el estadio, que no
tendría porqué ser mayoritariamente de una nación, también desarrollada, en
particular.
Ayer mismo leía otra
columna, publicada en el mismo medio digital, en la que un articulista, después
de elogiar las indiscutibles virtudes deportivas de Lamine Yamal (cuando
alguien empieza lanzándote elogios de altísimo nivel, prepárate para lo peor)
mostraba su indignación por el nulo afecto, a su juicio , que el futbolista
mostraba por la camiseta de la selección española y le afeaba que en las botas
con que disputa el Mundial se hubiera grabado las banderas de los países de
origen de sus padres, la marroquí y la guineana, pero no la española (parece
que el color se la camiseta, a nuestro hombre, no le parece bastante).
Y aunque, después de
hacer un sumario repaso de su biografía, entendía que, careciendo de estudios y
siendo hijo de un pintor de brocha gorda y de una camarera de cadenas de comida
rápida, no tuviera "los modales de un joven gentleman de Eton",
también decía estar cansado de que el chaval anduviera por ahí dando ruedas de
prensa con actitud de perdonavidas por haber elegido a nuestro país para
competir y no, por ejemplo, la selección marroquí o, ya puestos, la guineana.
Y, para terminar,
después de ponerle, entre otros ejemplos de integración, a la escocesa Mary
Anne McLeod, para los que no lo sepáis, la madre del actual presidente de
Estados Unidos (hay que joderse), le animaba a irse "con la música a otra
parte".
A propósito de esto, me
acuerdo de lo indignados que andaban algunos madridistas cuando no le dieron el
balón de oro a Vinicius Jr., en favor de Rodri, un madrileño de pura cepa. Y es
que todos los hinchas de los equipos de fútbol de las ligas "nacionales"
se sienten muy orgullosos de los jugadores extranjeros que militan en sus
equipos porque les pagan a cambio cantidades obscenas de dinero. Ni siquiera
les exigen que demuestren su afecto por el escudo, mientras rindan en el campo.
Todos los escrúpulos surgen cuando se trata de la selección nacional.
Y también es curioso
como entienden algunos eso de la integración. Un esfuerzo colectivo que han de
hacer solamente los que vienen de fuera, aunque sea una vez restablecidos de
singladuras en embarcaciones abarrotadas a riesgo de naufragar al menor golpe
de mar, después de sobrevivir a rutas extenuantes por el desierto, a mafias sin
escrúpulos y traficantes de personas, al hambre, a la sed y la fatiga extrema,
y también a la desconfianza, el miedo y la hostilidad de los nacionales de los
países de "acogida".
Hasta donde yo sé, que,
salvando la distancia insalvable, también he sido un residente en tierra
extraña, la integración es un camino de ida y vuelta. No se trata solo de que
tú trates de asimilar una cultura, unas tradiciones y una idiosincrasia que no son
las tuyas, sino también de que quienes te rodean te hagan fácil el camino de la
integración, ofreciéndote su hospitalidad o, al menos, dándote la oportunidad
de mostrar tus cualidades.
Y, en ese recorrido,
eres tú el que se deja algo en el camino, familia, amigos, infancia, a veces
media vida. Pero, aun así, la mayoría encuentra la manera de adaptarse, gracias
también, hay que reconocerlo, a quienes no te esperaban, pero te acogieron o,
al menos, te dieron una oportunidad sin juzgarte de antemano. Qué alguien que
procede de tan lejos, elija a tu país para competir debiera ser motivo de
orgullo y de agradecimiento. Y que se grabe en las zapatillas las banderas de
sus padres es lo de menos. Seguramente ese gesto no se le reprocharía a
"uno de los nuestros" que compitiera bajo la bandera de otra nación.
Solo diríamos que es un traidor.
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