He
leído en el periódico una entrevista con un físico teórico y catedrático de matemática
aplicada dedicado a la investigación de los sistemas complejos y el
comportamiento humano, que afirma que el 40% de los amigos que dices que lo son
no se consideran amigos tuyos.
Y
así, de entrada, parece una cosa terrible. Porque, tal como yo lo interpreto,
esa afirmación equivale a decir que casi la mitad de las personas que
consideras amigas tuyas no son tus amigos. Básicamente, porque la amistad se
supone que es un sentimiento recíproco. Lo que significa que difícilmente
alguien que no se considera amigo tuyo pueda serlo en realidad.
Otra
cosa es que vivamos engañados, o engañándonos a nosotros mismos, pensando que
tenemos amigos. Pero que son de esa clase de amigos a los que, si pusiéramos a
prueba, no les costaría ningún esfuerzo darnos la espalda. Todo lo cual pienso
que explica bastante bien el fenómeno de la traición, porque el que nos
apuñala, precisamente por la espalda, en realidad, no era nuestro amigo, sino
un impostor. Alguien que se nos arrimó en un momento de bonanza o porque le caímos
bien en una coyuntura concreta, pero que nunca llegó a considerarse amigo
nuestro (ese que nos dice: "no es nada personal”, mientras bucea en
nuestra anatomía en busca de un órgano vital en el que darnos la
puntilla").
Por
otra parte, el mundo está lleno de buenas personas, que son amables por
naturaleza. No contigo en particular, sino con todo el mundo. Así que, si
coincidimos con ellas en un momento o lugar determinado, van a ser amables con
nosotros. Hasta tal punto que, siendo jóvenes (y no tan jóvenes) podemos
interpretar mal las señales y tomarlos por lo que no son e incluso lanzarnos a
la piscina y declararles nuestro amor, con la consiguiente posibilidad de que
nos rompan el corazón y, no, no podamos en lo sucesivo seguir siendo sólo
amigos.
El
otro día, estaba viendo un episodio de Doctor en Alaska, y al doctor Fleischman
le pasaba precisamente eso. Después de que Maggie O'Connell le dijese que era
un misántropo y un bicho raro con tendencia a apartarse del resto de sus
semejantes, para desacreditar esa afirmación, el buen doctor le pregunta a
Holling Vincoeur, que pasaba por allí, si se consideraba su amigo, dando por
supuesto que este le dará una respuesta afirmativa. Pero entonces Holling, con
toda la honestidad de la que es capaz, le contesta que le cae muy bien, pero
que eso de ser amigos es otra cosa.
Pues
ahí tenemos un ejemplo perfecto de relación atrapada en ese cuarenta por
ciento. Del tipo de te aprecio mucho pero no voy a ir a tu casa con una pala a
ayudarte a deshacerte de un cadáver, o me caes muy bien, pero no puedo dejarte
dinero porque estoy más tieso que la espalda de un click, o te había guardado
el sitio pero hay mucha gente y estaban empezando a mirarme mal, o te habría
pedido un café pero es que no se si lo tomas con azúcar o con sacarina, o te
habría invitado a venir, pero tengo mucho lío y se me olvidó, además éramos
sólo María José, Cristina, Almudena y yo, ah bueno, y Jorge, pero no te has
perdido nada, en serio, que al final la película era un rollo.
¿Cuántas
veces nosotros mismos no habremos hecho eso? Quién sabe cuántos cadáveres
habrán enterrado nuestros amigos sin ayuda de nadie. O, al menos, sin la
nuestra.
Por
eso creo que, de vez en cuando, deberíamos poner a prueba a nuestros amigos,
involucrándolos en algún asuntillo que, si no fueran nuestros amigos, les haría
sentirse incómodos, una mentira sin importancia, una infidelidad esporádica,
una receptación de poca monta o un pequeño asesinato para el que no tenemos
coartada. Y, si no demuestran estar a la altura de las circunstancias y se van
de la lengua cuando los interrogue la policía, no guardarles el sitio en el
comedor de la penitenciaría ni ayudarles a recoger la pastilla de jabón cuando
estén dándose una ducha carcelaria para quitarse de encima el sentimiento de
culpa por habernos traicionado.
También
es cierto que, a veces, la palabra amigo se utiliza con una cierta ligereza.
Por ejemplo, cuando decimos: tengo un amigo que es un impresentable. Y luego
nos lanzamos a contarle a otro amigo las miserias del primero. Claro que, a lo
mejor, esa persona tan impresentable no se considera nuestro amigo. Y con
razón. Pero luego está el plural, los amigos del trabajo, los amigos del
colegio, los del pádel, que conforman uno o varios grupos con un número de
miembros indeterminado y con los que tenemos algo en común, aunque no
necesariamente la amistad.
A
mí me encanta la gente que sabe diferenciar una cosa de la otra. Una vez, en
una oficina judicial, una funcionaria me dijo que, en el trabajo, prefería
tener compañeros en vez de amigos. Afirmación con la que no puedo estar más de
acuerdo, porque, con frecuencia, los amigos resultan ser unos pésimos
compañeros de trabajo y su comportamiento puede hacer peligrar seriamente lo
que podría haber llegado a ser el comienzo una bonita amistad.
Mi
hermana mayor ha acuñado una expresión para definir a esas personas con las que
nos vemos obligados a convivir, pero con las que no sólo es que no tengamos
nada en común, sino que tampoco queremos tenerlo. Son las que ella llama
"no amigas". Pero, no en general, sino con nombre y apellidos. Mi no
amiga fulana o mi no amiga mengana. Personalmente, me parece un acierto haber
encontrado una categoría en la que encajar a todas aquellas personas que forman
parte de nuestro círculo social, pero que no consideramos neutras porque las
conocemos lo suficientemente bien como para mantenernos a una distancia prudencial,
aunque sin concederles el distintivo de enemigos, dada su escasa entidad como competidores,
rivales, o antagonistas en general.
Y
eso está muy bien, porque según una afirmación atribuida, parece que falsamente, a Friedrich
Nietzsche, la grandeza de una persona puede medirse por la talla de sus
enemigos, pero si yo me parase a considerar la estatura moral de las personas
que mi biógrafo pudiera considerar como tales, entendiendo por enemigo la
persona que tiene mala voluntad a otra y le desea o hace mal, me tendría a mí
mismo en muy escasa consideración. Así que prefiero calificar a toda esa colección
de miserables sencillamente como no amigos y reservar la categoría de enemigo
para otros sujetos mejor pertrechados en lo que a cualidades y virtudes se
refiere.
Y,
en cuanto a los no amigos, hago mía la célebre respuesta de Holling Vincoeur:
la verdad es que me caes realmente mal, pero la enemistad es otra cosa. Y
también me quedo con otra frase acuñada por el protagonista de Casablanca, el
inefable Rick Blaine, cuando un hombrecillo, consciente de su escasa estatura
moral (aunque también era muy bajito), le pregunta si le desprecia, pronunciada
mientras se rasca una ceja con el dedo meñique al tiempo que sostiene un
cigarrillo con la misma mano, también con toda la honestidad de que se siente
capaz: supongo que, si alguna vez pensase en usted, le despreciaría.
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