domingo, 22 de junio de 2014

Días de fútbol


            Hace una semana que empezó el Mundial de Brasil y apenas tres días que España ha quedado apeada del campeonato, a las primeras de cambio y sin remisión posible; así que mi hija pequeña no podrá lucir la camiseta de la selección que nos pidió para su cumpleaños. Y, en estos días, los titulares se multiplican hablando del triste final de ciclo, que he de decir que me temía, aunque no tan estrepitoso (me imagino que ahora eso mismo debe estar diciéndolo medio mundo).
            Bueno, ya sabemos eso de que los que ya han triunfado suelen perder empuje y determinación, que a ello se une el hecho de tener la vida resuelta y que una prima por ganar de más de setecientos mil euros es una inmoralidad se mire como se mire.

            Con todo, he de decir que a mí me sigue afectando la derrota, me enfada y me entristece al mismo tiempo y, aunque ponga toda la racionalidad de que soy capaz en el otro platillo de la balanza, no puedo evitar sentirme así. Además ha sido de esa manera desde que recuerdo, desde que era un niño y ponía toda mi fe y mi ilusión en ver ganar a un equipo que, hasta hace muy poco, no llegaba nunca a ninguna parte y, en las citas importantes, perdía casi siempre. Un equipo cuya mayor gesta había sido clasificarse para un europeo goleando a la selección de Malta.
            Por otra parte, los Mundiales de fútbol son otra cosa. Primero, porque juegan las selecciones nacionales y no los equipos de moda, construidos muchas veces a golpe de talonario. Segundo, porque las estrellas están llamadas a brillar jugando en defensa de sus países y, frecuentemente, es el compromiso de cada uno lo que le otorga la gloria o su falta de implicación lo que le priva de ella. Y, en tercer lugar, porque no hay sitio para la especulación ni enemigo pequeño; hay que jugar para ganar o, de lo contrario, uno se arriesga al ridículo o a morder el polvo o a las dos cosas a la vez.

            Además, el mundo del futbol puede ser un escenario muy interesante para estudiar el comportamiento humano y también un teatro de emociones; aunque, naturalmente, para disfrutar de la función hace falta una cierta perspectiva, de la que me temo que carecen buena parte de los aficionados.
            Por poner solo dos ejemplos recientes, me quedaría con el gesto del entrenador del equipo derrotado, en la final de la última Liga de Campeones, invitando a sus jugadores, con un gesto altivo, a alzar la barbilla a pesar de la abultada derrota sufrida en los últimos compases de un partido que estuvieron ganando hasta el minuto noventa y tres; y denostaría la arrogancia de la estrella del equipo vencedor, desaparecido durante todo el encuentro, después de marcar un penalti con el partido resuelto y acabado que, de haber estado a la altura de las circunstancias, debió haber echado fuera. Pero de todos, me quedo con el capitán que, para mí, se ganó los galones el día que decidió llamar a un amigo del equipo rival para evitar que el mal ambiente creado por un entrenador miserable arruinara su amistad y, de paso, se llevará por delante al equipo nacional más prometedor de todos los tiempos, y ello con todas las consecuencias que, en adelante, su resolución habría de tener para él.

            Por lo demás, si, como dijo un entrenador inglés, aunque algunos creen que el fútbol es solo una cuestión de vida o muerte, en realidad es algo mucho más importante que eso, eliminada España, ya solo queda apostar por otro equipo y seguir disfrutando del espectáculo, como en el Mundial del 82, donde viendo jugar a la selección brasileña comprendí, antes de saber que se llamaba así, lo que era el jogo bonito y, a base de ver partidos, creo que empezó a gustarme el fútbol.

martes, 10 de junio de 2014

La cosa pública


            Llevo dos semanas sin escribir una línea y, en ese breve espacio de tiempo, han sucedido más cosas de las que me podía imaginar y que bien merecerían una reflexión o, al menos, un comentario. Se han celebrado unas elecciones europeas que, sobre el papel (o, mejor dicho, sobre las papeletas escrutadas), han dinamitado formalmente la hegemonía de los dos partidos mayoritarios y encumbrado desde la nada a una formación desconocida para la mayoría, o por lo menos para mí, hasta el momento de anunciarse el resultado del recuento de votos. Esas mismas elecciones, además del desinterés de la ciudadanía por este tipo de procesos electorales, han puesto de manifiesto a nivel europeo un ascenso vertiginoso de la extrema derecha. Por último, también en nuestro país, la abdicación del Rey ha encendido un debate inédito hasta la fecha entre los partidarios de la monarquía parlamentaria y los de un régimen republicano.
            Yendo por partes, en primer lugar creo que es interesante que la falta de identificación de los ciudadanos con las formaciones políticas tradicionales salga a relucir y ponga en jaque al actual sistema de partidos. Lo contrario nos colocaría al borde de la parálisis institucional y nos abocaría, en el plano económico, al menos, y probablemente en el ideológico también, a una alternancia estéril que deja sin resolver cuestiones tan cruciales para el futuro de una sociedad como la educación, el medio ambiente o la corrupción, por poner solo algunos ejemplos.
            En segundo lugar, si el resultado de las elecciones a nivel europeo pone algo de manifiesto es que la abstención, o el descontento que no se plasma en una acción positiva y se queda en mera pasividad, se traduce en un ascenso del radicalismo y, a medio plazo, puede conducir a la consolidación de formaciones totalitarias que, desde la intolerancia, preconizan la exclusión como alternativa al sistema establecido y respuesta única al descontento generalizado.
            Por último, el falso debate sobre la monarquía se plantea, desde mi punto de vista y como tantas otras veces, sin una mínima reflexión sobre la alternativa que se propone bajo la denominación genérica de ‘República’. Porque, como decía un analista hace poco en una emisora de radio, no es lo mismo, por ejemplo, una república de corte presidencialista que un mero cambio en la forma de designación o elección de la persona que ha de ocupar la Jefatura del Estado. Pero, en cualquier caso, no faltan quienes tratan de sacar partido al debate, ya sea desde la izquierda, a la que, mientras se entretiene con estas cuestiones, otras formaciones le adelantan, precisamente por la izquierda, o desde el nacionalismo menos ilustrado que se recuerda. Con todo, lo peor es que siempre hay alguien dispuesto a unirse a la causa sin pedir más explicaciones ni hacerse, mucho menos hacer, ninguna pregunta, lo cual me lleva a la conclusión de que no solo la abstención sino también el seguidismo catatónico puede conducir a resultados imprevistos y, a menudo, no deseados por quienes contribuyen inconscientemente a su consecución.