sábado, 5 de septiembre de 2020

Entre el viento y la arena

 

            Estando de vacaciones, no siempre puedo correr por la playa. A veces la marea alta me obliga a trotar penosamente sobre la arena suelta, donde resulta imposible no trabarse en cada zancada, o a arriesgarme a transitar por la orilla esquivando el envite de las olas que siguen ganando metros con cada acometida. Pero algunas mañanas la bajamar deja al descubierto una ancha extensión de arena lisa y compacta en la que cada pisada dibuja una marca nítida como la huella de un náufrago.

            Estos días el viento azota el litoral sin descanso y nubes de arena baten la playa a mi paso arrastrándose a ras del suelo, aunque, de vez en cuando, amaina y la playa amanece cubierta por una bruma que difumina el contorno de la costa y, si la marea está baja, es posible trazar una senda propia, alejándose de los pocos bañistas que caminan descalzos por la orilla.

            Muchas veces, aunque no sea muy fuerte, el viento entra de costado y obliga a medir el esfuerzo para no desfallecer antes de tiempo. Por eso, al principio, corro despacio, buscando puntos de referencia que me ayuden a orientarme sin tener que mirar el reloj para saber dónde estoy. Luego, en algún momento, dejo de pensar en la distancia y empiezo a reconocer la silueta de una torre vigía, distingo a lo lejos los farolillos de la terraza de una cabaña de madera ondeando con el aspecto de medusas secándose al viento, o paso junto a un grupo de niños vestidos con trajes de neopreno que, a esa hora de la mañana, inician su calentamiento siguiendo las indicaciones de su instructor, antes de adentrarse en el agua con sus pequeñas tablas de surf.

            En aquellos tramos en los que el mar acaba de retirarse, la luz de la mañana incipiente se refleja sobre la arena mojada, que brilla como la superficie sinuosa de un enorme espejo. El chapoteo de las pisadas levanta pequeñas gotas de agua y uno tiene la sensación de estar corriendo sobre un mar calmo suspendido en el tiempo. Y, si no hay mucha gente, las gaviotas se posan cerca de la orilla en grupos numerosos dándole la espalda a la costa, mirando hacia el sol naciente con los ojos entrecerrados y dejando que el viento peine suavemente su plumaje.

            Al final, termino topándome con una estribación rocosa que desciende desde el acantilado cercano cortándome el paso. Pero, si el mar se ha retirado lo suficiente, puedo bordear las negras rocas puntiagudas de formas caprichosas que jalonan el arenal y adentrarme en una cala de arena gruesa, en la que un perro corre de un lado a otro no lejos de su dueño. La línea de la costa se quiebra y las calas se suceden, a cada cual más recóndita, hasta que me encuentro completamente solo y me doy cuenta de que, en esa última playa, no hay escaleras de madera que desciendan por la pared del acantilado y de que, a mi espalda, las olas han empezado a romper contra las rocas interponiéndose amenazadoramente en mi camino de regreso.

            Entonces me detengo, doy la vuelta lentamente dibujando un semicírculo de pisadas profundas que se hunden en la tierra y, aprovechando que el viento ahora sopla a mi favor, de manera inconsciente empiezo a correr cada vez más deprisa, batiendo la arena sin esfuerzo, desafiando a la marea que empieza lenta pero implacablemente a recuperar el terreno perdido antes del amanecer, ignorando el acechante rugido de las olas, sintiendo como la bruma se desvanece lentamente a mi paso.

sábado, 29 de agosto de 2020

Los inmortales

 

            Tal vez estemos a un paso de conseguir la inmortalidad. Los avances de la ingeniería genética, la posibilidad de manipular el ADN para prevenir o curar enfermedades, regenerar tejidos o combatir de manera eficaz el envejecimiento celular nos están conduciendo paso a paso hasta el umbral de nuestra existencia terrenal.

            No obstante, a veces se nos olvida que no es lo mismo ser inmortal que ser invulnerable. Y en nuestro día a día nos conducimos, ya no sólo como si no fuéramos a morirnos nunca, sino como si fuésemos invulnerables. Es decir, que, además de poder vivir para siempre, pensamos que nada puede dañarnos. Es como si Terminator se dedicase a pasear por el borde del cráter de un volcán dando saltitos.

            Sólo eso puede explicar la indiferencia generalizada frente a la pavorosa devastación de las selvas, la sublimación silenciosa de los glaciares, la combustión estival de la tundra y la taiga y la aniquilación sistemática de los ecosistemas y de la biodiversidad. Y eso también explica porque proliferan los defensores a ultranza de la producción y el consumo, los avariciosos insaciables, los populismos suicidas, pero también una nueva tribu cada vez más numerosa de negacionistas.

            Puedo entender que Abraracurcix, aún temiendo más que cualquier otra cosa que el cielo le caiga sobre la cabeza, esté convencido simultáneamente de que eso no va a suceder mañana. Pero me cuesta trabajo que se puedan ignorar señales tan evidentes de que el firmamento entero se está precipitando sobre la nuestra a una velocidad creciente.

            La pandemia que azota el planeta constituye un buen ejemplo de cuanto digo. Ante el riesgo evidente de enfermar o de enfermar a otros, buena parte de la población se conduce como si la cosa no fuera con ellos, subestimando ese riesgo, inventándose coartadas que justifiquen su conducta irresponsable y, en el peor de los casos, dando pábulo a cualquier bulo conspiranoico de los que proliferan estos días en las redes sociales.

Por otra parte, la posibilidad de colonizar el cerebro humano ha dejado de ser una especulación fantasiosa para empezar a adquirir visos de verosimilitud y, con toda probabilidad, será una realidad mucho antes de que podamos colonizar otros mundos. El problema es que todo apunta a que en nuestro cerebro reside nuestra identidad y la conciencia de quienes somos, así que colonizar ese territorio inexplorado puede ser peligroso para quienes habitan en él, esto es, nosotros mismos.

Soy consciente de que eso de implantar chips en la gente sin su consentimiento no sólo está mal visto y además debería estar prohibido, sino que es un comportamiento moralmente reprobable, pero a veces pienso que no estaría tan mal aprovechar los avances de la neurotecnología para introducir alguna verdad universal en el subconsciente colectivo. Nada demasiado controvertido, cosas como que la tierra gira alrededor del sol, que las formas de vida más desarrolladas no pueden vivir sin oxígeno, que nosotros somos una forma de vida desarrollada, que algunos virus matan otras formas de vida, por muy desarrolladas que estén, y que hasta una aleación de titanio-tugsteno se deteriora de manera irreversible si se sumerge en una masa de rocas fundidas a elevadísima temperatura.