domingo, 12 de junio de 2022

Pastel de carne

 

Hace poco me he enterado de que en Suecia, cuando vas a casa de un amigo de visita o llevas a tu hijo para que juegue con los suyos, salvo que lo hayas pactado de antemano, no te dan de comer, ni a ti ni a tus vástagos, pudiendo dejarte solo tranquilamente en una habitación mientras ellos y su familia dan cuenta de la cena o del desayuno. Aunque también se dice que últimamente esta costumbre ha caído en desuso o, por lo menos, que la gente cool se ha vuelto algo más flexible y te deja compartir sus viandas aunque no lo hayas pactado por anticipado en un documento oficial por cuadruplicado ejemplar.

A bote pronto, uno piensa que esas cosas solo suceden en Suecia y que los países mediterráneos somos herederos de una legendaria hospitalidad que nos hermana con los beduinos, incapaces de abandonar a nadie a su suerte en el inhóspito desierto. Pero, ¿quién no tiene un amigo o ha estado en casa de algún conocido que se resistía a ofrecer algo más que el cuarto de baño o a compartir otra cosa que no fuera el agua del grifo?

Por lo visto, hay quien justifica esta peculiar costumbre en las penurias por las que, en un tiempo pretérito, tuvieron que pasar los suecos. Como si aquí, o en tantos otros sitios, no se hubiese pasado hambre. Pero yo creo que la hospitalidad no tiene nada que ver con el bienestar o la pujanza económica de una sociedad. Aunque es cierto que quien no ha visto o sufrido la escasez es más difícil que sea capaz de ponerse en el lugar de alguien necesitado, que por lo visto es lo que le pasa a algún político madrileño, que no ve pobres por ninguna parte.

Porque realmente compartir lo que uno tiene, sea poco o mucho, ya se trate de un plato de comida, del agua de una cantimplora o del alero de una casa cuando diluvia y no se tiene un paraguas al alcance de la mano, es un acto de generosidad que no espera nada a cambio ni exige ser correspondido y nos define como individuos, al margen de nuestra posición económica, de nuestras creencias y aún de nuestra ideología.

En este sentido, cuando damos cobijo a alguien en nuestra casa, de alguna manera, nos convertimos en su protector. Y si hemos entendido bien el papel de anfitrión, el tiempo que esté a nuestro cuidado, velaremos por su bienestar, lo cobijaremos bajo nuestro techo, le daremos de comer y, si es necesario, le proporcionaremos una manta por la noche con la que protegerse del frío. Y, si se pone enfermo, lo atenderemos. Y, cuando se haya restablecido, y esté en condiciones de partir, lo dejaremos de nuevo en el camino, sano, salvo y vestido.

Si se piensa bien, lo contrario es una felonía. De ahí que la canción del cocinero rata nos ilustre sobre las consecuencias de traicionar las sagradas leyes de la hospitalidad. Aunque, afortunadamente, poca gente es capaz de asesinar a sus huéspedes y la mayoría sólo ocasionalmente y movidos por la compasión estaríamos dispuestos a hacer uso del arsénico.

Superadas las tendencias homicidas, no siempre es fácil ser un buen anfitrión, porque atender a alguien como es debido obliga a desplegar un abanico de atenciones. Se puede salir del paso poniendo la televisión y llamando a Telepizza, pero si los invitados han superado cierta edad y además madurado lo suficiente puede que no se distraigan jugando a videojuegos y prefieran que se les dé conversación. Y si han traído una botella de vino queda feo maridarla con una pizza cuatro estaciones.

Naturalmente, puede contratarse un catering o llamar a un restaurante y encargar un menú para llevar, pero salvo que uno nade en la abundancia y tampoco decida esa noche prescindir de la servidumbre, puede ser necesario meterse en la cocina, poner un mantel limpio y hacerle los honores al vino sacando unas copas, encender la chimenea, si se tiene y es invierno y los lacayos ya se han retirado a descansar, o, en su defecto, una vela aromática. Entre los más osados, hay quien se atreve a poner música, cantar canciones o contar historias. Y todo ello a riesgo de fracasar, porque no todos los invitados son igual de considerados y algunos no dudan en cuestionar en voz alta los gustos culinarios de sus anfitriones, poner en evidencia la falta de brillo de la cubertería y denostar el aroma a vainilla de las velas aromáticas o la música elegida para amenizar la velada.

Claro que en estos casos siempre queda la opción final de sazonar el postre con arsénico, hacer picadillo en la cocina al más joven y consiguientemente más tierno de los huéspedes y servirlo en una empanada a la noche siguiente sobre una bandeja de plata convenientemente abrillantada. Y proceder de la misma forma en noches sucesivas hasta que el último de los huéspedes haya abandonado la casa por propia voluntad o, en el peor de los casos, se haya convertido en relleno del pastel de carne.

domingo, 5 de junio de 2022

Demérito

 

Hay cosas que se resisten a desaparecer, por mucho que cambien los tiempos. Una de ellas es la estupidez, la capacidad innata del ser humano de conducirse de manera equivocada y perseverar en sus errores generación tras generación. Y otra la monarquía.

Prueba de esto último es que Isabel II lleva la friolera de setenta y cinco años al frente de la casa real británica, a pesar de los escándalos y crisis que han sacudido a la familia real.

Y, por nuestra parte, después de dos repúblicas, de que un golpe de estado acabara con la segunda y cuarenta años de dictadura, hace casi cincuenta que tenemos un rey ocupando la jefatura del estado.

No obstante, en España la monarquía no goza del mismo anclaje institucional que en el Reino Unido y prueba de ello es que nuestros reyes han tenido que abdicar y ocasionalmente abandonar el país cuando el descontento social y las turbulencias políticas hicieron imposible que siguieran ciñendo la corona sobre sus regias cabezas.

En todo caso, esto debiera haber hecho conscientes a los herederos de la dinastía histórica de que no conviene dar pasos en falso, especialmente cuando se corre el riesgo de soliviantar al pueblo que también es soberano, pero por derecho propio.

En este sentido, la ejemplaridad que debe presidir el comportamiento de quienes gobiernan debe ser también la primera enseña de los que ocupan un lugar tan relevante por derecho de sangre y, en principio, no por sus propios merecimientos.

A pesar de ello, hay momentos en los que la historia pone a prueba a los soberanos, que pueden elegir entre salir corriendo o quedarse en su país aún a riesgo de que las bombas les sepulten bajo los escombros de sus palacios reales, o traicionando a quienes les designaron, apostar por un régimen parlamentario, aunque también sea para garantizar la supervivencia de la institución, pero arriesgándose a enfurecer a los guardianes de los principios que habían jurado obedecer.

En este sentido, la Wikipedia dice que un emérito (del latín ex, por, y meritus, mérito; 'por mérito, debido al mérito') es aquella persona que, después de haberse retirado del cargo que ocupaba, disfruta de beneficios derivados de una profesión como reconocimiento a sus buenos servicios en la misma; beneficios que pueden ser de diversa naturaleza según el rango y la institución de que se trate.

Ese comportamiento del que hablaba suele generar lealtades porque la lealtad es algo recíproco y, al contrario, es prácticamente imposible guardar lealtad a alguien que nos ha traicionado.

Y como actualmente, y en nuestro entorno, no es habitual que la guerra ponga en peligro los tejados de las residencias palaciegas ni los golpes de estado son previsibles a corto plazo, un monarca tiene pocas posibilidades de mostrar su determinación y, al mismo tiempo, la lealtad hacia sus súbditos, así que no le queda más oportunidad de exhibir sus virtudes que mostrándose virtuoso o, al menos, no exhibiendo lo contrario a un comportamiento presidido por la virtud.

Así, por ejemplo, irse a Botsuana a cazar elefantes mientras el pueblo pasa penurias tratando de sobrevivir a una crisis devastadora no es una buena idea, porque puede uno caerse y poner en evidencia, además de su declive físico, su real indiferencia hacia las vidas de sus súbditos. Y también conviene mostrar cierto recato a la hora de cortejar mujeres y elegir cuidadosamente amantes y compañeras para evitar que un desliz desafortunado muestre públicamente el precio de ciertas veleidades y haga despertar serias dudas sobre la licitud de la procedencia de los cuantiosos recursos que permiten llevar semejante tren de vida.

Pero, cuando ya es imposible escapar del juicio público y el desdoro de la institución propiciado por un comportamiento caprichoso y propio de las monarquías decimonónicas resulta evidente, abdicar puede ser lo más aconsejable y exiliarse una salida digna, siempre que no tenga como único propósito eludir la acción de la justicia. Ahora bien, volver del exilio, cuando se han sobreseído los procedimientos en curso, para participar en una regata probablemente no constituye el ejemplo más edificante.

Una vez escuché a un analista decir que el fin último de la monarquía es sobrevivir y ese objetivo guía todas sus acciones. Pero la verdad es que ciertos comportamientos parecen conducir irremediablemente en sentido contrario.