domingo, 5 de noviembre de 2023

Testigos del horror, cómplices de la barbarie

 

No sé si habrá habido alguna vez una guerra justa. Entre otras cosas porque, cuando estalla un conflicto en el que los dos bandos contendientes se creen cargados de razones, hay muchas posibilidades de que a uno de ellos o a los dos, en algún momento, se les vaya la mano.

Sí ha habido guerras santas, pero eso no quiere decir que hayan sido o sean guerras justas. Más bien, al contrario, la experiencia demuestra que, cuando alguien necesita invocar justificaciones que trascienden el plano de lo humano, para apelar a lo divino, probablemente se siente inclinado a emular la cólera de los dioses, que, como todos sabemos, se rigen por parámetros no humanos y, por ejemplo, no están sujetos al derecho de guerra ni tampoco al derecho humanitario.

El fundamentalismo religioso recurre siempre a este tipo de justificación y en nombre de Dios puede cometer las mayores atrocidades. Porque cuando uno es sólo un mero instrumento de Dios, automáticamente, deja de ser responsable de sus actos y no tiene que responder de las consecuencias de estos, por lo menos ante los hombres y, probablemente, tampoco ante los dioses, que juzgan con benevolencia y no suelen castigar severamente a quienes les sirven y son depositarios de una fe pura y verdadera. Y de la pureza de esa fe ciega no puede dudar nadie.

En este sentido, la referencia a los textos sagrados puede ilustrarnos sobre el alcance de las acciones de guerra de quien los invoca. Así que cuando el primer ministro israelí cita la Biblia y a los enemigos de Israel, como Amalek, e invita a recordar las palabras de los profetas que incitaban a la aniquilación de todo lo que les pertenece y a matar "hombres y mujeres, niños y bebés, vacas y ovejas, camellos y asnos", resulta muy difícil diferenciar ese mensaje de la llamada del integrismo islámico a exterminar a los infieles.

Pero luego están los que no creen. Qué no quiere decir que no tengan sus razones. Otra cosa es que puedan exponerlas en voz alta. Porque no es lo mismo hablar de petróleo que de armas de destrucción masiva. Ni suena igual de bien el puro expansionismo territorial o la mera intención de consolidar una posición estratégica, que la necesidad de defender a tus conciudadanos de una amenaza real o imaginaria. Así que si uno no tiene una razón decente que pueda exponer en público, siempre se puede inventar otra.

Cuanto más desproporcionado es el uso de la fuerza, mayor peso tiene el argumento que la sustenta, que normalmente reviste forma de amenaza, para la integridad territorial, para la democracia, para la libertad, para la vida o para la propia supervivencia.

La exhibición de los símbolos del Holocausto en la Asamblea General de las Naciones Unidas, además de una representación obscena, constituye una demostración de que para perpetrar determinados actos ante las cámaras de televisión y reivindicarlos ante los micrófonos hace falta invocar razones muy poderosas, y también es una manera de escenificar esa amenaza, intercambiando los papeles de agresor y agredido, con la intención añadida de señalar a los disidentes, y exigir la dimisión o la condena de aquellos que se atreven a disentir de la estrategia elegida, como el Secretario General de la ONU, António Guterres.

El miedo puede lograr que la gente crea y haga cosas sorprendentes que la razón no entiende.

Pero, ¿es realmente necesario desabastecer de alimentos y medicinas a la población de la Franja de Gaza? ¿Hace falta cortar el suministro de electricidad y el abastecimiento de agua? ¿Es necesario matar de sed y de hambre a la población civil para asegurarse de que los terroristas de Hamás no puedan comer ni beber?

¿Hay que provocar el cierre de los hospitales y la huida del personal sanitario de las ONGs? ¿Hay que matar a los bebés de más de 5.000 mujeres que darán a luz a lo largo del mes y que no pueden acudir a un hospital para ser atendidas con un mínimo de garantías?

Pues parece ser que si, porque si no, no se entiende el veto de Estados Unidos a un alto el fuego en la Franja, ni que la comunidad internacional no haya impuesto a Israel las mismas sanciones que a Rusia tras la invasión de Ucrania, ni que la Corte Penal Internacional todavía no haya dictado una orden de detención contra Benjamín Netanyahu.

El hecho de que el ataque perpetrado por Hamás el pasado 7 de octubre acabara con la vida de 1.400 personas, y, a día de hoy, la cifra de muertos en la Franja de Gaza, desde ese mismo 7 de octubre, supere los 9.000, nos hace retroceder miles de años, hasta un mundo dominado por la violencia en el que la venganza no tiene límites.

Pero ser testigos de esa violencia indiscriminada, asistir diariamente al espectáculo estremecedor de una guerra atroz y no auxiliar a quienes la sufren ni recriminar a los que la defienden, nos convierte en cómplices de la barbarie, encubridores de sus crímenes y corresponsables por omisión de cada acto violento, de cada muerte, y también en instigadores de la destrucción y el terror venideros.

domingo, 22 de octubre de 2023

De la memoria y el olvido

 

Hace semanas que mi teléfono móvil me está avisando de que le queda poco espacio disponible, recomendándome que borre archivos y advirtiéndome de que es posible que, si no lo hago, algunas de las aplicaciones que tengo instaladas empiecen a funcionar de manera defectuosa.

De hecho, vengo observando que, aunque las aplicaciones funcionan, a mí teléfono le cuesta una eternidad abrir la cámara o hacer una foto, para desesperación de mis hijas que terminan saliendo en la imagen con los ojos cerrados o la boca abierta con gesto de reproche y aspecto impaciente.

También, de vez en cuando, la pantalla se pone en negro a mitad de una búsqueda, animándome con su oscuridad impenetrable a comprar el periódico para leer esa noticia que ha llamado mi atención o a consultar la enciclopedia para saber de algo que me interesa o debería conocer y, arrojando un poco de luz, mitigar así mi ignorancia.

Y, a veces, ante la insufrible indolencia de WhatsApp, me dan ganas de cazar una paloma, de esas que se dedican a picotear distraídamente migajas en el carril bici mientras los patinetes eléctricos pasan por su lado a toda velocidad, atarle un mensaje a una de las patas y susurrarle la dirección de su destinatario en lugar de enviarle un mensaje o una carita sonriente, que, dado que la aplicación funciona al tran tran y reacciona tarde, puede intercambiarse por un demonio furibundo si no ando atento con la digitalización, con consecuencias imprevisibles, dependiendo del destinatario.

Y otro tanto me sucede con el correo electrónico corporativo, que lleva varios meses diciéndome que el buzón está casi lleno y que sigue estando a rebosar de algo que no sé lo que es, porque ya he eliminado de la bandeja de entrada todos los mensajes que consideraba prescindibles. Es decir, todos menos aquellos que pienso que podrían servirme de prueba de descargo en un hipotético proceso al estilo del que sufrió en sus propias carnes Josef K, el protagonista de la novela de Kafka. El problema es que, como no sé de qué podría ser acusado, guardo mensajes de lo más variado y, todo sea dicho, de dudosa utilidad, aunque, cuando uno no sabe de qué tiene que defenderse, es mejor ser precavido y pecar por exceso que por defecto. O sea, que, ahora que lo pienso, todos los que consideraba prescindibles deben ser muy pocos (felicitaciones de Navidad y despedidas por jubilación, mayormente).

Hasta mi correo de Gmail me ha lanzado un aviso últimamente en lo que a espacio disponible se refiere, y es que nunca he tenido la prudencia de ir borrando los cientos de mensajes que recibo todos los meses del banco, de aseguradoras, de la comunidad de propietarios, de Facebook, de Twitter, de ONGs, de los periódicos a los que estoy suscrito y también de decenas de administraciones y empresas a las que un mal día tuve la ocurrencia de facilitar una dirección electrónica, y que me interesan tan poco que no suelo tomarme la molestia de abrir y, mucho menos, de leer, salvo que el asunto haga referencia a la inminencia del apocalipsis, en cuyo caso, ya me habría enterado por otras señales, como que las palomas del carril bici empiecen a aparecer espachurradas y ya no se molesten en apartarse al paso de mi bicicleta eléctrica.

Y es que esto de la memoria finita es un problema, o más bien un problemón. Porque, a pesar de que llevan años diciéndonos que, con las nuevas tecnologías, no íbamos a necesitar memorizar ni guardar nada y que todo iba a estar en la nube, el que más y el que menos, se resiste a borrar las fotografías que guarda en la tarjeta sim de su teléfono móvil y no tiene el tiempo ni la voluntad de subir a la nube los miles de documentos, archivos, imágenes y vídeos caseros que acumula en un lugar recóndito de su ordenador portátil, desde mucho antes de saber que existía una nube que no tenía nada que ver con la meteorología. De hecho, son tantos los recuerdos acumulados que uno ni se acuerda de la mayoría de ellos, lo que incrementa el temor a perderlos definitivamente, precisamente por eso, porque ya no es capaz de recordarlos.

Está bien, lo reconozco, padezco una especie de síndrome de Diógenes nostálgico-virtual. Y no soy capaz de tirar nada a la papelera de reciclaje. Y eso que siempre he presumido de tener buena memoria. Pero dicen que, para acumular nuevos recuerdos, es necesario prescindir de algunos de los antiguos, cosa que yo no soy capaz de hacer. Así que, cuando la memoria de mi teléfono colapse definitivamente, el ordenador portátil se sature de vídeos y fotografías y el correo electrónico no me deje mandar ni recibir mensajes con archivos adjuntos, voy a tener que volver a comprarme el periódico los fines de semana, desempolvar la vieja enciclopedia que conservo en mi modesta biblioteca, empezar a revelar yo mismo mis fotografías y guardarlas en álbumes, y también escribir cartas y mandarlas por medios tradicionales, para que, si me las devuelve el servicio de correos, sepa al menos que nunca llegaron a su destino y pueda buscar otro medio de llegar a su destinatario, (como alguna paloma que todavía no se hayan llevado por delante los patinetes eléctricos).

Y, entre tanto, rezar para que mi hipocampo siga generando nuevas neuronas que me ayuden a recordar, por lo menos, el lugar en que se encuentra el quiosco de prensa y la oficina de correos, el nombre de las cosas sin necesidad de ponerles un cartel que me ayude a no olvidarlo y a todos aquellos a los que alguna vez quise decir algo, inmortalizar en una instantánea antes de que el tiempo modelase sus facciones, dándoles otro aspecto, o hacer partícipes de mis pensamientos.