domingo, 11 de febrero de 2024

Tempus fugit

 

El otro día, me dejé la ventana de la cocina abierta y una ráfaga de aire arrancó del almanaque que tengo colgado de la pared la hoja del mes de enero y dejó la de febrero colgando de una esquinita. Me apresuré a cerrarla, pero ya era tarde y, cuando, por la noche, estaba viendo los carnavales por la tele, antes de quedarme dormido, vi como los integrantes de una comparsa salían corriendo perseguidos por un nutrido grupo de nazarenos que portaban los cirios medio consumidos por una llama que el viento amenazaba con apagar en cualquier momento.

            Cada vez más tengo la sensación de que el tiempo, mi tiempo en realidad, no da más de sí. Una semana sucede a la anterior a velocidad de crucero, en una singladura durante cuyo transcurso las horas se alejan volando como las páginas de un libro arrancadas por un viento que no amaina jamás. Hasta que llega la noche, y el sueño me conduce a lugares en los que el tiempo, cómo todo lo demás, se vuelve relativo y todo transcurre con lentitud. Cómo si, de repente, estuviera en el mar profundo, bajo toneladas de agua, ajeno al hecho de que, antes de que empiece a clarear, tendré que levantarme y salir por la puerta de casa embozado en las solapas del abrigo.

            Sin embargo, un compañero de trabajo al que le quedan poco más de dos años para jubilarse me confesaba la semana pasada que, desde que tiene a tiro la jubilación, el tiempo ha empezado a fluir de forma viscosa, de tal manera que a veces ese ansiado objetivo se le antoja inalcanzable y tiene la sensación de que, cada día que pasa, el retiro le queda más lejos.

Escuchándole no pude evitar imaginármelo cubierto de harapos y llenando de incisiones la pared de una celda carcomida por la humedad en el Castillo de If. Pero esa percepción del tiempo también me recordó, cuando Patricia era pequeña y comía muy despacio viendo dibujos animados, quedándose un rato con la boca llena antes de tragar y distanciando todo lo posible una cucharada de la siguiente, la sensación que tenía de que el plato de comida no sólo no se vaciaba al ritmo que le daba de comer, sino que estaba cada vez más lleno.

No obstante, dado que la jubilación aun me queda un poco lejos, y cómo la percepción de la fugacidad de mi existencia predomina sobre cualquier otra, he decidido tomar algunas medidas para mitigar el vértigo, empezando por la de trasladar las tareas de la casa al domingo. Un día ya de por sí amenazado por la sombra del lunes desde que abro los ojos y que, después de comer, discurre cuesta abajo, en una pendiente cada vez más pronunciada por la que, haga lo que haga, siempre termino resbalando.

Aunque, ahora, a medida que paso la aspiradora por la alfombra del pasillo cualquier soleada mañana dominical, me viene a la cabeza una hilera de presos a pleno sol limpiando la maleza a lo largo de una carretera interminable, pidiendo permiso para beber agua o quitarse la camisa empapada de sudor, bajo la mirada atenta de sus guardianes. Así que, ahora, los domingos, el tiempo transcurre más despacio, y por la noche estoy tan cansado que agradezco que alguien apague la luz y prohíba fumar en los barracones.

            También estoy pensando que, quitando la reclusión en un centro penitenciario, no hay nada como el aburrimiento para paladear las horas de metraje de una película, disfrutar del orden del día de una reunión de trabajo o saborear una lección magistral o una buena conferencia. Y es que a veces cualquier pelma sin talento puede hacer que el tiempo se detenga, el reloj deje de marcar las horas y tengas la sensación de que tu vida se acaba.

Una vez leí que en la casa de Michael Ende había un reloj con una inscripción que rezaba algo así como “solo marco las horas felices”. Aunque, probablemente, las horas felices son aquellas que no necesitan de un reloj que marque el paso del tiempo, y tan sólo recurrimos a las esferas y los calendarios o las incisiones en las paredes cuando algo nos apremia o sobre nosotros pesa una tarea o una condena insoportable.

Me acuerdo de una película de dibujos animados, en la que, de vez en cuando, irrumpía una charanga repitiendo machaconamente un estribillo que trataba de poner de manifiesto a golpe de platillos y soplando trompetillas que los protagonistas no disponían de tiempo suficiente para salir airosos de la aventura en la que se hallaban inmersos, diciendo una y otra vez, acentuando cada palabra, “¡no les va a dar tiempo!, ¡no les va a dar tiempo!”. Esa irrupción sorpresiva podía resultar apremiante y desconcertante al mismo tiempo. Porque era algo así como susurrar al protagonista victorioso de un desfile que tan sólo es un mortal, o, lo que es lo mismo, que su tiempo es limitado, pero a ritmo de fanfarria y antes siquiera de que el héroe hubiera conseguido su objetivo, no se sabe si con intención de apremiarle o más bien de desanimarle y hacerle desistir de su empeño.

Últimamente, cuando, yo mismo, apremiado por las circunstancias, me pongo a mirar el reloj o a pasar hojas del calendario para ver de cuánto tiempo dispongo para terminar una tarea o cuántas horas le quedan al fin de semana o días a las vacaciones, empieza a sonarme en la cabeza aquel estribillo que repetían sin cesar los musicuchos de la banda de aquella película. Y la dichosa frase repleta de malos augurios, pronunciada, no obstante, en tono de festiva resignación, me lleva al convencimiento de que, al margen del tiempo del que dispongamos, comer no debería consistir solamente en vaciar un plato de comida, de que lo más parecido a estar preso es dejar que las horas transcurran pensando que lo que hay al otro lado del muro está fuera de nuestro alcance, y de que el tiempo, aunque sea relativo, es lo único de lo que disponemos y administrarlo sabiamente puede hacer que el reloj sólo marque las horas felices.

viernes, 26 de enero de 2024

Blanqueando satrapías

 

Estos días anda en boca de todo el mundo el fichaje multimillonario de Rafa Nadal como "embajador deportivo" de Arabia Saudí, que el tenista ha justificado por su deseo de participar en un progreso que, según sus propias manifestaciones, ha podido ver en ese país por todas partes con sus propios ojos y del que confiesa que quiere formar parte.

He de reconocer que yo, no sólo no tengo nada en contra del progreso, sino que también me encantaría formar parte de él y progresar al mismo ritmo que hace progresar el dinero toda economía, incluida la de cualquier particular, ya sea obrero de la construcción o jugador de fútbol profesional.

Y, bueno, a muchos ciudadanos de este país se les ha caído un ídolo. Y no sólo deportivo. Ya que este jugador de tenis, por ejemplo, no había trasladado su domicilio fiscal al extranjero y venía pagando religiosamente sus impuestos además de ir por ahí abanderando la marca España, que, esto último, es algo que otros también hacen, menos cuando se abre el plazo para presentar la declaración sobre la renta, circunstancia en la que no tienen más remedio que soltar la bandera un momentito y luego, una vez consumada la evasión fiscal, coger otra vez la enseña nacional para hacerla ondear con más brío aún si cabe.

La cuestión es que hay gente que ha decidido ponerle nombre a esta actividad tan extendida últimamente entre futbolistas y otros ases del deporte y la competición, llamándola “blanquear satrapías”, en lugar de llamarla de cualquier otra manera, cómo, qué sé yo, “participar del progreso”, por ejemplo. Una nueva expresión con la que pretenden definir este comportamiento  y qué ha habido que acuñar sobre la marcha y a toda prisa, dada la tendencia creciente de algunas federaciones deportivas a trasladar sus competiciones al territorio dónde los sátrapas ejercen cómo tales haciendo ostentación de su poder.

El último ejemplo, la Supercopa de España de fútbol, que bien podría rebautizarse como Copa del Rey Emérito, teniendo en cuenta la proximidad geográfica entre el territorio en el que se ha disputado su última edición (vaya, otra vez Arabia Saudí. Y es que, cuando se pone de moda una satrapía...) y el lugar de residencia de nuestro anterior monarca, y puesto que este ya no puede sentarse en el palco de autoridades del Bernabéu (para eso está su hijo) y además se vería raro, porque, bueno, no sólo los sátrapas tienen una manera peculiar de entender la función del erario público y hasta los reyes eméritos, aunque no hayan trasladado su domicilio fiscal fuera del país (eso también se vería raro) pueden tener sus cosillas con Hacienda.

Al final, cómo le escuché decir una vez a un abogado, después de apretarle las tuercas al administrador de una empresa que se negaba a designar bienes con los que pagar a su cliente,  para rebajar la tensión y cuando la cosa parecía haberse convertido en algo personal, es sólo dinero.

Quiero decir que me apostaría algo a que ni Nadal, ni Ronaldo, ni Neymar, ni Benzema tienen ningún interés en blanquear a nadie. De hecho, si un tirano opresor de cualquier nación en vías de desarrollo les hubiera propuesto convertirse en embajadores deportivos de su país de mierda, con toda probabilidad, le habrían dicho que no.

Pero el progreso, ah el progreso,  eso, amigos, es otra cosa. En realidad, no son los deportistas ni las federaciones deportivas las que blanquean a los sátrapas. Lo hace el dinero. Mucho antes de que un balón de fútbol empezara a rodar por las arenas del desierto saudí, el petróleo había hecho crecer la hierba y el progreso había convertido cada duna en un campo de fútbol. Y ¿quién puede resistirse a eso? Porque eso, eso es el progreso, estúpidos.

Así que, dejémonos de blanqueamientos (salvo los dentales, que no hay nada peor que un rico con los dientes amarillos) y marchemos todos, yo el  primero, por la senda del progreso económico (y social).