miércoles, 23 de abril de 2014

No me gustan los lunes


         Cada  día me cuesta más trabajo incorporarme a la rutina después de las vacaciones. La semana pasada, a caballo entre las procesiones en Sevilla y el viaje a Valencia, me ha dejado sin muchas ganas de retomar el pulso de la realidad cotidiana. Desgraciadamente, el despertador no entiende de Viernes Santos ni de otras fiestas de guardar, así que el lunes estaba esperando el momento propicio, a primerísima hora de la mañana, para cacarear, a su manera, desde la mesilla de noche. Luego, el coche, de camino al trabajo y de vuelta a casa, ha sacado a relucir mi lado menos tolerante y me ha hecho enfurecer ante las maniobras temerarias o poco consideradas de otros conductores que, habitualmente, suelo pasar por alto, como norma general.

         Y es que hay días para ver el vaso medio lleno y otras en las que, por más que te cueste, no te queda otra que rellenarlo tú mismo a base de paciencia, voluntad y buenos propósitos. Reconozco que ver las fotografías de tres cometas sobrevolando la playa de la Malvarrosa me ha ayudado bastante. Volar cometas es algo sencillo y que puede hacer cualquiera, pero hay que buscar un lugar adecuado y contar con la complicidad del viento. Por eso requiere algo de destreza y sosiego al mismo tiempo. Pero, si te centras en la tarea, al cabo de un rato no piensas en otra cosa que en evitar que el viento racheado haga caer  tu cometa al suelo.

         Hoy ya es miércoles, y dentro de un rato, me calzaré las zapatillas de deporte y saldré a correr al parque, para no perder la costumbre. Es algo que debería haber hecho el lunes, pero la lluvia me brindó la excusa perfecta para quedarme en casa y dar de mano un día más (y van catorce). También es algo que me da una pereza terrible hacer, pero que tiene unos efectos inestimables sobre mi estado de salud y, también, sobre mi estado de ánimo; que me hace disfrutar de los ratos de ociosidad en mucha mayor medida y me reconcilia con la naturaleza por no haber hecho, en el pasado, un uso más frecuente de los dones que me ha brindado.

         El domingo por la noche, mi hija pequeña me preguntaba porque al día siguiente tenía que ser lunes; y le contesté, como otras veces, que la razón de ser de los lunes es que los precede el domingo. O, dicho de otra manera, los lunes no serían lo que son sino fuera porque suceden al fin de semana, que suele estar plagado de las cosas que más nos gusta hacer: levantarnos tarde, preparar una comida especial, descorchar una botella de vino, ir al cine o salir a dar un paseo por el centro de la ciudad; en definitiva, de las cosas que no hacemos a diario. Por eso, sí no existieran el lunes y el martes y el miércoles, tampoco el fin de semana nos resultaría tan satisfactorio. Naturalmente, mi explicación, como las demás veces, no la convenció en absoluto ni a mí mismo me servía de mucho consuelo cuando, unas horas más tarde, ese gallo mecánico que tengo en la mesilla de noche me dijo, a su manera, que estaba a punto de empezar el primero de los días de la semana que le iba a dar sentido a las vacaciones y, de paso, al fin de semana próximo.

martes, 8 de abril de 2014

Primavera


         La semana pasada, mi hija mayor disputó un partido de fútbol femenino con las chicas de su clase, dentro de una liguilla que se ha organizado en el instituto. Y, no sé si será por la novedad en una actividad tan de chicos, pero el acontecimiento suscitó gran interés entre el alumnado, que se agolpaba entorno a la cancha, llegando a invadir el campo de juego en algunos momentos del encuentro.

La verdad es que no le ha ido nada mal. Primero, el equipo de su clase ganó el partido, aunque fuera por la mínima, y, por lo que me ha contado, en cuanto a colocación al menos, fueron netamente superiores. Además, ha descubierto que se le da bien jugar de lateral derecho, achicando balones y repartiendo juego desde la banda. Ya solo le falta sumarse al ataque y probar a tirar a puerta.

Por su parte, mi hija pequeña ha dado un paso más en su aprendizaje musical y practicando un día tras otro, se ha inventado una melodía que dice que le recuerda al verano y, no sé porque, a Rydell, el instituto de la película ‘Grease’.

Además, este fin de semana, animados por el buen tiempo, cogimos otra vez las bicicletas y nos fuimos a dar un paseo. Y eso, y el cambio de hora, ha hecho que me decida a volver a correr por el parque, ahora que no hay riesgo de que se me haga de noche y tenga que terminar mi recorrido a la luz de la luna.

Por lo demás, los prolegómenos de la Semana Santa llenaron la tarde-noche del sábado de redobles de tambor y las bandas de música salieron a la calle acompañando a los humildes pasos de las cofradías del barrio, todavía desprovistas del fasto de las que, a partir del domingo, colapsarán el centro de la ciudad.

Y todo esto me recuerda que ha llegado la primavera, a la que pronto seguirá el verano, dejando definitivamente atrás los rigores del invierno, y, con ella, los paseos por el campo a caballo y los fines de semana en la playa, con el agua del mar invitándonos a tomar el primer baño de la temporada.