lunes, 1 de marzo de 2021

Cerca del río

 

         Ayer fuimos a correr al río. Hay una franja verde que discurre junto al cauce,  con un camino de tierra flanqueando la zona de arbolado que crece en la orilla. Habíamos leído que se estaba rehabilitando y que el recorrido de varios kilómetros ofrecía un llamativo contraste con el cercano paisaje urbano. El proyecto municipal pretende crear un anillo ecológico metropolitano de 42 kilómetros que circunvale la ciudad, salvando con pasarelas las infraestructuras existentes, regenerando primitivos bosques-galería y conectando distintos parques y espacios verdes, incluyendo esta vereda.

         Para abordar el tramo que pretendíamos recorrer, dejamos el coche junto al estadio olímpico y cruzamos una pequeña carretera que conduce hasta la zona de aparcamiento, en la que hace apenas tres años nos concentrábamos, a primera hora de una gélida mañana de febrero, los corredores del último maratón en el que participé. Desde allí, divisamos el sendero de tierra y descendimos hasta el curso del río, para empezar nuestro recorrido.

         Habíamos transitado apenas un kilómetro, cuando nos topamos con un rebaño de ovejas que pastaban tranquilamente a ambos lados del camino y que nos obligó a ralentizar la marcha para no sembrar el pánico entre los corderitos que correteaban de un lado a otro, atravesando el sendero fugazmente, buscando refugio detrás de sus madres. Cuando estábamos en medio del rebaño, pasó junto a nosotros un hombre con sus dos hijos montando bicicletas de llamativos colores, que también detuvieron el pedaleo para no perturbar la quietud de la manada.

         Más adelante, una brigada de limpieza había ido colocando en fila bolsas de basura de plástico amarillo a uno de los lados del sendero, junto a las que se alineaban objetos de lo más diverso, como el chasis de una motocicleta corroído por el óxido, la carcasa resquebrajada de la pantalla de un ordenador antiguo o de un televisor con un enorme tubo de imagen, una silla de madera desvencijada que se apoyaba renqueante sobre tres de sus cuatro patas o la base de madera torneada de una mesa redonda en la que alguien debió tomarse el té mirando por la ventana la misma corriente que algún tiempo después se llevó el tablero aguas abajo. Todavía más allá, la mitad de un sofá de tapicería negra tal vez invitara esa misma tarde a recostarse a algún vagabundo, cuando el sol empezara a declinar sobre un tornasolado curso fluvial.

         De vez en cuando, la vegetación dejaba paso a una franja de tierra que descendía hasta un embarcadero en el que un pescador solitario rasgaba una guitarra con la caña apoyada a pocos metros y el sedal tenso sobre la corriente; o más frecuentemente, hasta la orilla cenagosa, en la que no costaba demasiado imaginar moradores invisibles deslizando silenciosamente su cuerpo cubierto de escamas sobre el fondo viscoso, entre las raíces de los álamos de tronco plateado que se erguían arrogantes a nuestro paso.

         A lo largo del río, en diversos tramos, se pueden ver gruesos sillares de piedra que se suceden en una hilera que transcurre en paralelo al cauce. A veces están tan cerca del margen que el agua debe cubrirlas fácilmente por poco que suba el caudal, pero otras se separan lo suficiente para cobijar una reunión vespertina de adolescentes, de cuya presencia dan testimonio las bolsas de plástico y las botellas abandonadas.

         A mitad de camino, volvimos a cruzarnos con dos de los tres ciclistas que nos habían adelantado a la altura del rebaño de ovejas, que descendían por un terraplén hacia nosotros. Entonces el padre se detuvo y, bajándose la mascarilla, nos preguntó si habíamos visto a su hijo pequeño, al que había perdido de vista en algún momento del trayecto y que él y su hermano mayor debían llevar un rato buscando. Le dijimos que no habíamos vuelto a verlo y se marcharon en dirección opuesta a la nuestra.

         Poco después, una gruesa tubería metálica pintada de azul claro partía de nuestra orilla hacía la contraría sobrevolando la corriente, con los remaches de acero que unían las distintas secciones destilando óxido, transportando algún fluido secreto hasta el otro extremo del cauce, donde empezaban a insinuarse las casas del pueblo cercano.

         Al final del trayecto, altos puentes que cruzaban el río sobre poderosos pilares de hormigón clavados en lo profundo del cauce empezaron a jalonar el recorrido, trayendo hasta la vereda el flujo constante de vehículos que transitaba sobre nuestras cabezas, ajeno a la quietud del río y sus moradores. No muy lejos de uno de aquellos puentes, junto a una chabola medio cubierta por un plástico azul, algunas prendas de colores colgaban de un tendedero al sol de mediodía.

         Tengo que volver a recorrer ese camino cuando haga más calor, los álamos de tronco plateado estén cubiertos de hojas y las ramas de los árboles que flanquean el sendero hayan crecido lo suficiente para dar algo de sombra y de cobijo. Mejor cuando haya llovido recientemente, a una hora en la que el canto de los pájaros silencie el ruido lejano de los motores. Tal vez entonces  el río haya depositado nuevos presentes en sus orillas, que asomaran tenebrosamente al atardecer, semienterrados en el lodo.

domingo, 31 de enero de 2021

Nos va la vida en ello

 

         He leído una noticia que se ha hecho eco de la petición de la OMS a los estados que hayan vacunado a su personal sanitario y a los grupos de mayor riesgo, de que detengan el proceso de vacunación para facilitar que esta pueda llevarse a cabo en otros países poniendo a su disposición las remesas de vacunas que quedarían disponibles. Y me parece no solo razonable sino de sentido común, aunque, al mismo tiempo, considero que muy probablemente esa petición, como tantas otras, caerá en saco roto.

         Porque, aunque se invoquen razones no solo humanitarias sino también económicas, ¿a alguien se le pasa por la cabeza que Boris Johnson, después de abanderar un proceso de secesión sin precedentes como el Brexit, para mayor gloria del Reino Unido de la Gran Bretaña, y habiendo prometido a sus ciudadanos que en otoño toda la población adulta del país dispondría de su primera dosis, va a posponer el calendario de vacunación para dejar que otros ciudadanos del mundo libre se vacunen antes que los súbditos de su Majestad; o qué un Estado como Israel, que ha comprado las vacunas al triple del precio pagado por la Unión Europea y a pesar de haber vacunado ya casi al 50 por ciento de su población, vaya a renunciar a su objetivo de inmunizar hasta al 80 por ciento en mayo, para que sus vecinos palestinos puedan vacunar a sus ciudadanos más vulnerables?

         Posiblemente, si el nuevo Presidente de Estados Unidos suspendiese el plan de vacunación una vez inmunizados los sectores más vulnerables de la ciudadanía de ese país para ceder sus inyecciones a otros países, los votantes de Trump pensarían que el Jefe del Estado, no solo había robado las elecciones, sino que era un anciano senil al que habría que incapacitar previa tramitación del correspondiente impeachment (o tomando la Casa Blanca al asalto, que tanto da), cosa que probablemente también pensarían muchos de los votantes del propio Biden.

         De nuestro propio país, mejor ni hablamos. Después de asistir durante semanas a las reiteradas quejas y lloriqueos de las Comunidades Autónomas sobre el reparto de las vacunas y la presunta discriminación de la que se hacía objeto a sus territorios, no es difícil imaginarse lo que dirían los partidos de la oposición o los Gobiernos de esas mismas comunidades, si el de la nación se hiciese eco de semejante petición.

         Porque, reconozcámoslo, el problema no son sólo los gobiernos, sino también los ciudadanos a los que gobiernan, de los que muchas veces son un fiel reflejo. Cómo lo son de un sector de la ciudadanía esos alcaldes y consejeros a los que les ha faltado tiempo para saltarse los protocolos e inyectarse la primera dosis de la vacuna, empujando virtualmente a los ancianos y al personal sanitario que hacía cola aguardando a que les tocase el turno. No me gustaría coincidir con ellos en un naufragio o si, para poder tirarlos por la borda y evitar así que se inyectaran la segunda dosis.

         Y es que, desde el primer momento, la pandemia ha puesto a prueba la capacidad de las personas para ponerse en lugar de los demás. Y, reiteradamente, muchas de esas personas han demostrado su escasa empatía, saltándose las normas, eludiendo los confinamientos, invocando la vulneración de sus derechos y echándole la culpa al resto del mundo de las consecuencias de sus propios actos. Una vez más, mucha gente no ha entendido, y sigue sin entender, que no se trataba, ni se trata, de lo que el Gobierno, las autoridades sanitarias, la Unión Europea o la industria farmacéutica podía o puede hacer por cada uno, sino de lo que cada uno podía o puede hacer por los demás.

         No quiero ser agorero. Ni soy pesimista ni me gustan los pronósticos pesimistas, pero, considerando esta pandemia la primera de las pruebas a las que podemos vernos sometidos en los próximos años, en lo que a la supervivencia del género humano se refiere, si, como predicen los expertos, a esta le sucederán otras epidemias, y el cambio climático supone una amenaza creciente que puede endurecer terriblemente las condiciones de vida en el planeta, convendría empezar a ser conscientes de los sacrificios que nos aguardan, de la imposibilidad de sobrevivir como sociedad y como individuos sin ofrecer algo a cambio, sin empezar a desprendernos del equipaje superfluo, sin renunciar a la comodidad de los camarotes de primera clase, sin apretujarnos en los botes salvavidas, si nos dejarnos dominar por el pánico, y si dejamos que el egoísmo presida la toma de nuestras decisiones. Nos va la vida en ello.