domingo, 27 de marzo de 2022

Una mano izquierda en la oscuridad

 

Todavía recuerdo la primera vez que me puse la toga y subí al estrado. Ha pasado mucho tiempo, pero uno siempre se acuerda de las primeras veces. No era un caso complicado y mi antagonista tampoco opuso demasiada resistencia. Era un letrado joven, como yo en aquella época, hablaba en un tono de voz apagado y tenía una expresión triste, cercana al abatimiento. Pero lo que más recuerdo es que mientras se ratificaba en sus pretensiones, sin levantar apenas la vista del papel, sobre el escrito de la demanda apoyaba pesadamente la mano derecha, oculta parcialmente por la manga de la toga, con el pulgar algo separado y dejando juntos el resto de los dedos. Primero me llamó la atención su rigidez y luego el ligero tono verdoso de aquella piel lisa y de un brillo mate. Cuando terminó el juicio, recogió sus papeles con la mano izquierda y se metió la cartera debajo del brazo derecho, con un gesto casi rutinario, como un soldado herido en combate y ya licenciado, que acabara de incorporarse a la vida civil.

Después de aquel, vinieron otros muchos pleitos y tuve ocasión de medirme con letrados de distintos pelajes. Algunos de trato cordial fuera de la sala pero beligerantes en el estrado. Otros de tono conciliador, a veces rayano en la condescendencia, pero sin ningún escrúpulo a la hora de utilizar argumentos torticeros para decantar a su favor la siempre inestable balanza de la justicia. También, ocasionalmente, me he topado con tipos faltones, individuos desagradables, o abogados bravucones a los que, ante la pasividad de su señoría, en alguna ocasión, tuve que pararles los pies. Otros, sin embargo, pecaban de lo contrario, parecía que quisieran convencerme más a mí que al magistrado que tenía que juzgar sus pretensiones. De estos últimos trataba de escabullirme como fuera antes de entrar en la sala de vistas, porque, cuando llevaba un rato hablando con ellos, conseguían que se aplacara mi instinto asesino, ese mismo que les faltaba a ellos y del que a veces hay que echar mano para no sucumbir cuando tu rival pone encima de la mesa la artillería pesada.

Hace un par de semanas, y por primera vez después de todo este tiempo, volví a coincidir con aquel letrado. Al principio, no lo reconocí. Y es que su aspecto ya no era el de un joven abogado inexperto, el escaso pelo que conservaba se había vuelto canoso, y se dirigía a una de las funcionarias de la oficina judicial con gesto de desaprobación, ante la pretensión de esta de que redactase de puño y letra el acuerdo al que había llegado con su contendiente para poner fin al litigio que les enfrentaba. Finalmente, se dio por vencido y apoyando pesadamente la mano derecha sobre el papel e, inclinándose sobre la mesa, empezó a escribir trabajosamente con la izquierda.

A lo largo de todo este tiempo, aunque no siempre sea consciente de ello, yo también he ido cambiado. He perdido mucho pelo y tal vez un poco de arrogancia, esa que hizo que me ganase algunas antipatías en aquella primera época. Me he vuelto más flexible y, aunque no siempre las comparta, he llegado a entender otras razones. Ya no estoy tan seguro de mis propios argumentos y a veces pienso que se puede tener una razón y al mismo tiempo estar equivocado.

Otras veces, con el juicio ya concluido y encontrándome en el uso de la palabra para formular mis conclusiones, cuando ya sabía que dijera lo que dijese no conseguiría inclinar la balanza a mi favor, pero convencido de lo inicuo de los argumentos de mis oponentes, en alguna ocasión me han dado ganas de decir aquello de ‘venceréis pero no convenceréis’, aunque me he abstenido de hacerlo, quizá porque, aunque vencido, parecía el único en la sala al que no había convencido la retórica ampulosa de quienes se saben a salvo escondiendo la verdad entre los pliegues de la ley. Pero, a pesar de que no creo en la justicia poética, también he visto que, en algunas ocasiones aunque no muy a menudo, la justicia llega por caminos insospechados.

Como en los juegos de rol, es imposible no recibir algún dardo cuando desempeñas determinados oficios, sobre todo si no puedes elegir las armas ni las causas por las que te toca luchar. Hay batallas que no se pueden escoger, pero siempre se puede decidir la manera de entrar en combate, aunque sea con una sola mano, y la forma de poner fin a la contienda, en el momento más oscuro, cuando todo está perdido y ya no se puede vencer, pero todavía es posible perder convenciendo.

domingo, 13 de marzo de 2022

Una guerra demasiado lejana

 

            Después de concentrar durante semanas un enorme contingente de tropas en la frontera con su vecino, hace dos semanas que Rusia lanzó una ofensiva sobre Ucrania, apresurándose a calificar como ‘operación militar especial’ lo que, vulnerando todas las normas de derecho internacional que regulan el uso de la fuerza, constituye una invasión en toda regla de un estado soberano, a pesar de los esfuerzos diplomáticos por encontrarle amparo en algún artículo de la Carta de Naciones Unidas.

             Se llame como se llame, la acción armada ha sido condenada por la comunidad internacional, y tan solo ha obtenido el apoyo de Bielorrusia, Corea del Norte, Siria y Eritrea.

            No obstante, esta falta de adhesiones a la causa rusa no ha disuadido a Putin de culminar sus planes so pretexto del riesgo que supone para su país un eventual ingreso de Ucrania en la OTAN. Lo cierto es que cuesta trabajo entender que Ucrania no cejase en su empeño por integrarse en esta organización, aun a riesgo de sufrir la invasión de su territorio. Aunque, vistas las cosas desde la perspectiva actual, tal vez la ratificación del Tratado del Atlántico Norte podría verse como la estrategia más útil para disuadir a su vecino ruso de traspasar sus fronteras.

            Después de especular mucho sobre la posibilidad de que Rusia se atreviese a dar el paso, durante algunos días el mundo ha contenido el aliento, temiendo que el ejército ruso pasase como un rodillo sobre Ucrania. Pero la ofensiva no se ha desarrollado conforme se preveía inicialmente, con una secuencia de bombardeos de gran intensidad y corta duración seguida de una invasión de fuerzas acorazadas; sino con un despliegue terrestre de tropas que ha puesto cerco a las principales ciudades y avanza a una velocidad mucho menor de la esperada hacia la capital. Lo que probablemente tiene mucho que ver con el aspecto mediático del conflicto y la necesidad de salvaguardar una imagen de contención.

            Y, mientras se multiplican las sanciones y medidas de carácter económico, también se suceden en una cascada creciente las amenazas del Kermlin dirigidas incluso a países como Suecia o Finlandia por si se les ocurriera a ellos también solicitar su ingreso en la OTAN y, al propio tiempo, Europa tiembla de miedo ante la posibilidad de que la interrupción del suministro de gas la haga tiritar también de frío.

            Con todo, lo que más llama la atención son algunas de las reacciones al conflicto, desde la política de apertura de fronteras, ahora que los refugiados son de piel blanca, pelo rubio y ojos azules, a las manifestaciones multitudinarias frente a la tradicional indiferencia ante las consecuencias de otros conflictos que no hace mucho tiempo desgarraron países y produjeron un éxodo masivo de su población, que a día de hoy permanece confinada en vergonzosos campamentos de refugiados o ha sido abandonada a su suerte en algún lugar sin nombre al otro lado de nuestras fronteras.

            Pero, transcurridos unos días, los efectos de aislar a la economía rusa empiezan a pasar factura también a los países occidentales. Así, entre otros daños colaterales al conflicto, la flota pesquera tiene que quedarse amarrada en puerto por la subida del coste del gasoil, el precio de los cereales se dispara y la caída de las exportaciones golpea a los diversos sectores productivos. Además se anuncia una subida generalizada de los precios y los más precavidos empiezan a almacenar aceite de girasol y otros productos ante un eventual desabastecimiento de bienes de primera necesidad, todo lo cual empieza a hacernos conscientes del precio de la solidaridad, cuando no basta con desprenderse de la ropa usada o los juguetes viejos.

            Y en mitad de la refriega, el Alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad incendia twitter al tener la ocurrencia de pedir a la ciudadanía que reduzca el uso de la calefacción en sus casas, dada la dependencia que tiene Europa occidental del gas ruso. Ahora bien, frente a esta petición, los ciudadanos se han manifestado con rotundidad en el sentido de que no están dispuestos a ducharse con agua templada ni a reducir un solo grado la temperatura de sus confortables hogares. Hasta ahí podíamos llegar y hasta ahí llega la solidaridad de occidente con el pueblo ucraniano, al que ahora que el viento frío que viene del este empieza a colarse por las rendijas de las ventanas de nuestras casas, tal vez empecemos a ver con menos simpatía y a esta guerra desgraciada tal vez como una guerra demasiado lejana.