viernes, 23 de diciembre de 2022

Figuras ocultas

 

            Mi hija mayor tiene dos compañeras de clase que, necesitando adornar la realidad con algo más estimulante que la escasa información de que disponen relativa a sus compañeros, se han aficionado a inventarse historias, hábitos o secretos que concernirían a esos mismos compañeros, extraídos de su propia imaginación y también de su capacidad para dotar a cualquier individuo anónimo de una personalidad enigmática, de un pasado turbulento o de una adicción inconfesable. Así, han empezado a especular, por ejemplo, con la posibilidad de que cierto camarada haya invertido considerables sumas de dinero, tratándose de un estudiante universitario, en el mercado de las criptomonedas.

            El problema, como ellas mismas reconocen, es que, pasado un tiempo, dejan de ser capaces de discernir entre lo que saben realmente de esa persona y lo que tan sólo es fruto de su imaginación. Y, por ejemplo, después de leer en el periódico una noticia sobre la quiebra de una de las mayores plataformas de monedas digitales, se sorprenden a sí mismas pensando en su compañero de clase, compadeciéndose de él y considerando que debe estar realmente preocupado por las fluctuaciones del mercado y especulando sobre hasta qué punto le habrá afectado la consiguiente pérdida de valor de otros ciptoactivos en los que podría haber invertido en el pasado.

            Cuando mi hija me contó esta costumbre de sus amigas de conjeturar sobre conocidos y compañeros, me pareció una manera muy divertida de pasar el tiempo, mejor que cualquier reality de los que se pueden ver en la televisión y que sólo indagan en la miseria humana y terminan poniendo de manifiesto la mediocridad de los individuos que participan en ellos y sus pobres motivaciones. Pero, acto seguido, pensé que la mayoría de nosotros hacemos eso mismo todo el rato y, a veces, sin ser siquiera conscientes de ello.

Por ejemplo, hace tiempo, tuve un compañero de trabajo, muy dado a hacer conjeturas en voz alta sobre los temas más diversos, que especulaba sobre el carácter psicopático del empleado que se sentaba en la mesa de al lado del departamento en el que trabajaban los dos. Este era un individuo de temperamento sosegado, poco amigo de las confidencias, que nunca levantaba la voz ni perdía la compostura, y que, cuando escuchaba las teorías de su compañero, expresadas en su presencia, sobre su propensión a cometer crímenes horrendos mientras escuchaba la obertura de una ópera clásica, se limitaba a sonreír levemente sin alterarse lo más mínimo, aunque el otro le atribuyera una capacidad innata para perpetrar actos de un sadismo atroz.

Lo cierto es que, desde que oí aquel comentario, siempre que, con posterioridad, coincidí con el aludido, aunque fuera cruzándome con él por un pasillo, al ver sus ojos de un azul pálido tras unas lentes oculares de considerables dimensiones, y su rostro flácido e inexpresivo, no podía evitar imaginármelo ataviado con un delantal blanco manchado de rojo y manipulando algún instrumento lacerante sobre una mesa cubierta de miembros y vísceras flotando sobre un líquido viscoso, mientras sonaba de fondo el adagio para cuerda de Samuel Barber.

Otras veces, una conversación trivial en la que cada cual se posiciona sobre lo que hipotéticamente estaría dispuesto a hacer en caso de encontrarse en determinada tesitura, nos permite atribuir a los demás defectos o virtudes, e imaginarlos en un contexto determinado, por ejemplo a bordo de un barco que atravesase dificultades en medio de un temporal y apretujándose entre el resto de pasajeros esperando su turno para ocupar un asiento en el último bote salvavidas. O viajando en un tren de alta velocidad que transitase con destino a una estación remota en medio de un apocalipsis zombi.

El problema de todo esto es que nos movemos en el ámbito de la especulación, y lo que no tendría mayor trascendencia si nos limitáramos a especular, puede convertirse en una fuente de malentendidos que nos lleve a atribuir intenciones aviesas o motivaciones ocultas a gestos anodinos y palabras carentes de significado, cómo no sea el que se desprende de su propia literalidad. De hecho, si uno no anda precavido, puede terminar construyendo en su mente una trama enrevesada en la que los personajes se mueven en una nebulosa llena de sospechas a partir de lo que observa que pasa en su patio de vecinos desde la ventana.

Soy consciente del peligro que entraña tener una imaginación demasiado viva, pero aun así no puedo evitar hacer conjeturas sobre las personas que me rodean y a las que no conozco demasiado bien. Por ejemplo, cuando estaba en el ejército, coincidí con un suboficial que tenía los modales de un aristócrata y un bigote al estilo de Errol Flynn, aunque algo más poblado. Su carácter flemático y su mirada algo ausente me hicieron tomarle aprecio y, durante el tiempo que compartimos en el Mando de Apoyo Logístico, me lo imaginaba a menudo sentado ante una chimenea de un viejo caserón, leyendo un libro y con una copa de brandy en la mano y un perro postrado a sus pies. También hace tiempo conocí a una magistrada que solía presidir las vistas haciendo gala de una arrogancia y un desdén más propios de una emperatriz romana que de un humilde servidor de la ley, así que después de sufrir en mis propias carnes su habitual falta de consideración, empecé a atribuirle secretamente una cierta inclinación al sadomasoquismo, que casaba bastante bien con su talante despótico.

Pero, a lo largo del tiempo, he conocido mucha otra gente que pasaba por mi lado sin delatar inclinaciones ni mostrar nada que tuviera que ver con su naturaleza. Rostros en la multitud a los que no se puede atribuir ningún rasgo porque transcurren fugazmente por nuestras vidas. No obstante, a veces me pregunto si, al verme o escucharme, harán sus propias conjeturas sobre mí, que procuro conducirme de forma educada y respetuosa, aunque tampoco soy amigo de las confidencias y muchas veces me limito a sonreír cuando alguien bromea en mi presencia. Aun así, cuando coincido con algún extraño en el juzgado o en el transporte público, no puedo evitar preguntarme si tendrán familia o alguien estará esperándolos en casa, o si les gustará la música clásica o el cine de terror. Pero casi siempre se bajan en su parada antes de que pueda hablar con ellos. Una lástima, la gente está tan sola que estoy seguro de que la mayoría agradecería algo de conversación. Aunque luego las personas son tan insustanciales, tan mediocres, tienen tan bajas motivaciones, que no es extraño que les vaya mal en la vida. Si estuvieran más atentos al mundo que les rodea, tal vez pudieran descubrir algo interesante de verdad o, por lo menos, evitar que les hiciesen daño.

domingo, 20 de noviembre de 2022

El autobús de Lewton

 

El 'autobús de Lewton' es un recurso muy empleado en el cine de suspense y de terror que consiste en hacer irrumpir de improviso, en una secuencia en la que se ha creado una gran tensión dramática, un elemento inofensivo pero que consigue sobresaltar al espectador, que en ese momento está esperando un acontecimiento trágico, precisamente por la forma abrupta en que se muestra, normalmente acompañado de un sonido estridente o de una disonancia en la banda sonora coincidiendo con una subida del volumen al estilo del primer anuncio de un intermedio televisivo a media noche, que hace que se disparen las pulsaciones del auditorio.

Por ejemplo, en una noche tormentosa, la protagonista, que ha acudido con toda la cautela del mundo a cerrar una ventana, en lugar de con un asesino despiadado armado con un cuchillo de considerables dimensiones oculto detrás de la cortina, se tropieza con su gato saltando desde el alero del tejado. Pero, en vez de darle un escobazo, lo deja entrar en casa, con graves consecuencias para el animalito, que aparece destripado dos secuencias después de haber estado a punto de provocar a su dueña un paro cardiaco.

El nombre de este efecto tiene su origen en el productor cinematográfico Val Lewton y se asocia a una secuencia de la película ‘La mujer pantera’, en la que uno de los personajes es acechado mientras camina de noche por una calle solitaria. Pero, en esta ocasión, en vez de un felino, se atraviesa en su camino un autobús que transita por la calle a gran velocidad.

Y, en el mundo real, a veces, sucede lo mismo. La humanidad está esperando el apocalipsis en forma de pandemia fuera de control, contiene la respiración ante una alerta climática provocada por una sucesión de fenómenos meteorológicos desbocados u observa atemorizada el horizonte en dirección a una guerra en la que empiezan a escasear los proyectiles convencionales, mientras las ojivas nucleares siguen dormitando bajo tierra, y, de repente, la pantalla del móvil se ilumina con un tweet dando cuenta de que un futbolista multimillonario ha ganado una pelota dorada o se acaba de separar de su esposa o de que su novia tiene un nuevo pretendiente con más pelotas doradas que su pareja anterior.

Lo malo es que, en la comunidad global en la que vivimos, la irrupción de acontecimientos anodinos es tan frecuente que, al final, uno terminaría por no hacerles caso. Así que, sus propagadores, para evitar que esto suceda, empiezan a subir el volumen del noticiario y se inicia una escalada de noticias tremebundas que no dejan de dar cuenta de acontecimientos tan inocuos como un gato saltando desde el tejado, pero buscando siempre el sobresalto y a riesgo de provocar algún que otro ataque al corazón.

Mientras tanto, el asesino del gran cuchillo afilado ya se ha colado en nuestra casa por la puerta de atrás y nos espera escondido sin dejar más rastro de su presencia que las puntas de los zapatos, mientras seguimos mirando la pantalla del móvil en la que Google Maps nos muestra, sin que seamos conscientes de ello, la ruta menos concurrida hacia la cortina. Y, por su parte, el gato se dedica a maullar reclamando nuestra atención hasta que el intruso le rebana el pescuezo y coloca su cuerpo inerte en un lugar bien visible a ver si espabilamos de una vez, que así no tiene la menor gracia matarnos, además de que tampoco revestiría la menor dificultad.

Así que creo que la próxima vez que un felino o cualquier otro sujeto con ganas de llamar la atención y distraerme de las amenazas reales que se ciernen sobre nosotros, se empecine en importunarme con cualquier clase de monserga, voy a hacer uso decidido de la escoba, que es el arma convencional que tengo más a mano (salvo que se trate de una pantera, en cuyo caso saldría corriendo detrás del autobús), y sin soltar la barredera, después de cerrar con cuidado la ventana para evitar que una lluvia torrencial termine por inundarme el salón, también voy a descorrer las cortinas para poder enfrentarme a lo que se oculta detrás de ellas, o dar su merecido al desaprensivo que se dejó olvidados los zapatos en un sitio tan inapropiado, y dedicarme a observar el cielo nocturno antes de que sea demasiado tarde, empiece a oscurecer y un bosque de hongos gigantes comience a iluminarse en el horizonte o los platillos volantes conviertan el jardín en una pista de aterrizaje de naves alienígenas, que me he enterado por twitter de que cada vez se producen más avistamientos, sin que el Gobierno haya tomado ninguna medida hasta la fecha ni haya comparecido ante el Congreso a dar explicaciones de su falta de previsión.