sábado, 22 de noviembre de 2025

El Tribunal Supremo ha tenido una revelación

 

El Fiscal General del Estado ha sido condenado por un delito de revelación de secretos por la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo, compuesta por juristas de reconocido prestigio y expertos conocedores de la ley.

Pero yo, que soy un poco berzotas, he tenido que acudir al diccionario para tratar de aclararme en este asunto, porque la verdad es que, después de conocer el fallo, me cuesta trabajo entender este tipo penal, hasta el punto de que, yo mismo, temo que haya podido perpetrarlo alguna vez en el pasado o, si no lo he hecho ya, pueda hacerlo en cualquier momento en el futuro.

La primera entrada del diccionario define secreto como una cosa que cuidadosamente se tiene reservada y oculta. Hasta aquí está claro, porque el señor Alberto Quirón tenía un secreto. Bueno, dos en realidad, el primero es que había ganado un dinerito curioso con la venta de mascarillas durante la pandemia por el que debería haber tributado, pero, en vez de eso (y este es el segundo), prefirió estafarle 350.000 euros al erario público.

Y esto era un secreto, hasta que dejó de serlo, porque alguien lo descubrió, y luego se filtró a la prensa y todo el mundo se enteró y a este pobre hombre le entraron ganas de suicidarse o, alternativamente, marcharse de España. Pero, en vez de eso, decidió comprarse un ático en pleno centro de Madrid, haciendo caso del consejo del Presidente de la Sala, que, sabiamente, le recomendó que no hiciera ninguna de las dos (primeras) cosas anteriores.

La segunda entrada define el secreto como sinónimo de reserva, sigilo o discreción. Y aquí empiezan las dudas, porque aquí el que más y el que menos ha pecado de indiscreto. Algunos al difundir toda clase de infundios y especulaciones sobre la iniciativa del acuerdo con la fiscalía y el origen de la filtración. Pero, claro, es que estamos hablando de periodistas y no de notarios, que son unos señores muy serios que no tienen ningún problema en revelar sus fuentes. No como algunos periodistas tiquismiquis que, amparándose en el secreto profesional (otro secreto), mienten como bellacos y, encima, amenazan al tribunal diciendo que conocen la fuente de la filtración pero que no la pueden revelar. Pues, si no va a decir usted nada, no me amenace con echar abajo la instrucción y dejarnos a mí y a mis amigos jueces como una panda de payasos, revelando la fuente, ni hable de dilemas morales, que ya bastante tenemos nosotros con lo nuestro. A ver si se cree que nos gusta condenar a inocentes, cosa que sólo hacemos cuando no nos queda más remedio.

Tercera entrada: conocimiento que exclusivamente alguien posee de la virtud o propiedades de una cosa o de un procedimiento útil en medicina o en otra ciencia, arte u oficio. Pues aquí he de reconocer que sólo los jueces que, con una celeridad sorprendente, han dictaminado la culpabilidad del Fiscal General del Estado, están en posesión de ese conocimiento arcano. Y, encima, no quieren compartirlo. Por eso han adelantado el sentido del fallo, la pena y hasta el importe de la indemnización al perjudicado, 10.000 eurillos (para comprar unas plantas que adornen el ático y ayuden a ese señor a quitarse de la cabeza esos pensamientos suicidas que lo atormentan desde hace un año), pero no el razonamiento que les ha llevado a ese veredicto de culpabilidad. Si fuera malpensado, pensaría que ya habían tomado una decisión antes de que empezase, quiero decir, de que terminase el juicio.

Misterio, cosa que no se puede comprender (cuarta entrada). Pues si, por más que me esfuerzo, no logro comprender cómo se puede ser culpable de revelación de secretos, cuando esa información reservada en cuestión la conocía hasta la señora de la limpieza que trabaja en las dependencias de la Sala Segunda del Tribunal Supremo. Al final va a ser verdad que los jueces están desvinculados de la realidad. Y es que, por lo visto, el mundo del derecho está en un universo paralelo ajeno a las filtraciones.

Negocio muy reservado, me remito a lo dicho sobre la primera entrada.

Escondrijo que suelen tener algunos muebles para guardar papeles, dinero u otras cosas (entrada número seis) y, en algunas cerraduras, mecanismo oculto, cuyo manejo es preciso conocer de antemano para poder abrirlas. A lo que podríamos añadir ordenador o teléfono móvil y sus claves de acceso, en los que cualquier pardillo creería que puede ocultar sus fechorías. Hasta que llegó la Organización de Consumidores y Usuarios, más conocida por sus siglas en inglés (UCO), y decidió clonar el disco duro y el móvil del General, que, muy hábilmente, había borrado sus mensajes. Ingenuo. Si no encontramos rastro de tus mensajes porque los has borrado, pues eso es como si los hubieras escrito y, encima, podemos imaginar todo lo que decías en ellos y hasta que había contenidos pedófilos. Investigación prospectiva, dice el tío. A qué todavía te va a caer una imputación por corrupción de menores.

Séptima entrada: despacho de las causas de fe, en las cuales entendía secretamente el antiguo tribunal eclesiástico de la Inquisición y secretaría en que se despachaban y custodiaban estas causas. Sin comentarios. Pero me encantaría haber podido asistir a las deliberaciones del tribunal y escuchar de viva voz a sus señorías dando razones y argumentos para llegar a su veredicto, fijar la condena y el importe de la indemnización. Pero habrá que esperar a la sentencia. Que le vamos a hacer. También hay que entender las razones de sus señorías, que temían que se produjera otra filtración. Y, lo que faltaba, lo mismo tenían que empezar a imputarse entre ellos y terminaban todos inhabilitados y condenados a indemnizar al Fiscal General del Estado. Y se vulnera el principio de presunción de inocencia y toda la instrucción se viene abajo y el Fiscal se va de rositas, que todo puede suceder. Y si no que se lo digan al abogado del señor Alberto Quirón.

Pieza aplanada del cerdo posterior a la paleta. Que fue lo que se pudo tomar el Fiscal para comer el día de autos. Y es lo único que nos ha quedado por saber de la vida y milagros del Fiscal después de que la Organización de Consumidores y Usuarios dictaminara que tenía el “dominio total de la acción” a “todos los niveles”. Vamos que también mató al cerdo y luego lo pudo desollar (que según la RAE es causar a alguien grave daño en su persona, honra o hacienda) y comérselo con patatas.

Y última entrada (Secreta), examen para tomar el grado de licenciado, que algunos magistrados del Tribunal Supremo podrían repetir dentro de una estrategia de evaluación de su desempeño, muy cuestionado últimamente sin motivo aparente.

Así que, visto lo visto, y puesto que no hay que dudar de la profesionalidad de los magistrados del Tribunal Supremo, sino de la defectuosa técnica legislativa que caracteriza al parlamentarismo moderno, propongo que se introduzca un artículo 417 bis en el Código Penal en el que se incluya un nuevo tipo delictivo, que sería la revelación del secreto a voces, que es, siempre según la RAE, un secreto que se confía a muchos o, también, aquel misterio que se hace de lo que ya es público.

domingo, 16 de noviembre de 2025

Teoría de la creatividad

Tener un trabajo cualificado es la legítima aspiración de muchos jóvenes universitarios que, al comienzo de cada curso académico, acuden a facultades de todo el mundo para convertirse en profesionales exitosos de distintos ámbitos y ramas del saber, ya sea la ingeniería, la medicina, la economía o el el derecho.

Y es que, en ese momento, nadie aspira a convertirse en un trabajador alienado, sin iniciativa ni capacidad de decisión, supeditado a instrucciones y protocolos diseñados en estamentos a los que nunca tendrá acceso, al que no le paguen por pensar y que se limite a obedecer y hacer un trabajo rutinario de manera eficiente sin necesidad de hacerse muchas preguntas.

Pero, con el tiempo, aún para los que lo consiguen, muchas veces la realidad acaba despertándolos de ese sueño fugaz. Y unos terminan convirtiéndose en trabajadores sobrecualificados que desempeñan oficios que no requieren de los conocimientos adquiridos durante años a base de esfuerzo y dedicación, percibiendo retribuciones que no guardan correlación con sus expectativas profesionales, o realizando tareas que podrían haber cumplimentado de manera solvente antes de matricularse en primer curso de lo que sea que decidieran estudiar.

Otros, los más afortunados, tal vez consigan labrarse un futuro en alguno de esos estamentos profesionales a los que tan solo unos pocos privilegiados logran tener acceso. Y así, después de aprobar unas oposiciones o ingresar en un despacho de abogados, pongo por caso, tengan la efímera sensación de haberlo conseguido, de poner sus capacidades al servicio de una causa noble, lejos del trajín burocrático o de la rutinaria cumplimentación de estériles procedimientos.

Por desgracia, en la mayor parte de los casos, puede que no sea así y, al final, terminen presos de una rutina igual o aún peor.

Y esto sucede por dos razones fundamentales. La primera de ellas es que existen pocos trabajos realmente creativos o que requieran de un despliegue de talento que obligue a quien los lleva a cabo a reinventarse cada día, para cumplir con sus expectativas y con las de la empresa, el empleador o el mercado en el que ofrece sus servicios, que, en la mayoría de los casos, no esperan soluciones imaginativas a problemas complejos, sino el desarrollo de una actividad eficaz y la consecución de un resultado productivo al menor coste y a la mayor brevedad posible. Y así nacen los formularios, las casillas a cumplimentar con letra de imprenta, los modelos estereotipados, y más tarde los formatos electrónicos o, en el mejor de los casos, el copia y pega, que permiten presentar declaraciones tributarias, elaborar informes, confeccionar propuestas de resolución, dictar resoluciones, redactar demandas, recursos, informes y quejas a una velocidad pasmosa. Pero también, no nos engañemos, sentencias, memorias anuales, balances de resultados, evaluaciones de riesgos laborales, informes de impacto ambiental, informes de auditoría o rendiciones de cuentas.

El otro factor es, sin lugar a dudas, como no podía ser de otra manera, el vago redomado que todos y cada uno de nosotros llevamos dentro. Porque, honestamente, ¿a quién le apetece ser creativo todo el tiempo? Estar pensando y repensando lo que ya está hecho o dicho, cuando puede hacerse con muy poco esfuerzo (a veces con un click) reproduciendo el trabajo ya realizado por otros o por uno mismo. Y luego irse a tomar un café o una cerveza, con la estadística en perfecto estado de revista, habiendo cumplido los objetivos del trimestre y trepado hasta las primeras posiciones del ranking de productividad.

Pero, es tan cómodo tirar de la experiencia, dejarse llevar por la inercia y cumplimentar impresos o formularios como el que pela patatas, friega platos o pinta de blanco una pared. Y, sobre todo, no tener que pensar, aunque sea corriendo el riesgo de aburrirse. 

Recuerdo que, en cierta ocasión, estaba yo trabajando en Extranjería, resolviendo recursos y cumpliendo con mi cometido de forma rutinaria, cuando vino a la oficina de extranjeros un solicitante de residencia interesándose por la resolución de un recurso de reposición contra la denegación del permiso para residir en el país. Y cuando se enteró de que se le había desestimado, mostró su asombro ante tanta celeridad, manifestando que a su abogado le había costado un mes y a él trescientos euros formalizarlo y la administración había tardado cinco días en resolverlo. (Es lo que tiene el recurso de reposición, que lo resuelve la misma autoridad que ha dictado la resolución que se recurre. Pero el problema es que hay gente que no quiere escuchar).

Por supuesto, había un modelo de resolución que permitió dar una rauda respuesta a su pretensión, pero es que el recurso se parecía también muchísimo, en su literalidad, contenido y coste para el recurrente, a otros cientos de recursos tramitados antes y después.

Estresarse o aburrirse, esa es la cuestión. Pero, como me dijo una vez uno de los compañeros de trabajo más vagos que he conocido en mi vida, "yo me aburro muy bien". Y siempre es mejor estar aburrido que estar estresado. Por eso, en al ámbito en el que yo me desenvuelvo, cuando algún abogado listillo con ganas de notoriedad introduce nuevos argumentos que obligarían a sus señorías a ponerse a estudiar o replantearse la doctrina inveterada que se viene copiapegando de manera secular, he visto a jueces y magistrados enarcar las cejas y poner los ojos en blanco.

En particular, me acuerdo de una jueza que, cuando le incomodaba la estrategia de la defensa, le espetaba al letrado de turno cosas como "en casos como este, yo tengo un botón en el teclado de mi ordenador que lo pulso y me sale la sentencia". Y se quedaba tan pancha, la tía, que motivaba sus sentencias en un párrafo de cuatro líneas, pero, eso sí, las tenía listas la tarde del día del juicio y notificadas al día siguiente.

Además, los jueces odian la aritmética. Y hay que llevarles las cuentas hechas, porque no han aprobado una oposición para tener que sumar y restar, sino para copiar y pegar (que es una labor mucho más elevada) la doctrina sentada por otros altos tribunales o por el juez que celebra en la sala de vistas contigua a la suya, que tanto da.

Así que, una vez que el primero de ellos se haya pronunciado sobre la cuestión, no esperes que los demás se separen ni un milímetro de lo que haya dicho el pionero. Y, si la cosa no ha ido bien en el primer litigio, puedes ir preparando los recursos que vas a tener que formalizar contra la cascada de sentencias que te va a caer encima. La ventaja es que, como todas dicen lo mismo, sólo vas a tener que hacer un recurso y luego cambiar el número de autos, el nombre de tu oponente y la fecha. Salvo que te dé por ponerte creativo, cosa que no le recomiendo a nadie.

Naturalmente, a todos nos ha tentado alguna vez eso de ser un creativo de tal o cual empresa de publicidad o hacernos pintores y trasladar nuestra residencia a Montmartre o a la Polinesia, o vivir del cuento y que nos den el premio Nadal o, si no puede ser, pues por lo menos el Planeta.

Pero ser creativo es muy cansado y, además, no todo el mundo aprecia la creatividad. A mí me pasó una vez en que debí de ponerme creativo durante un alegato, porque el abogado de la parte contraria calificó mi razonamiento de solución creativa. Y claro, perdí el caso porque su señoría no me dió la razón. Precisamente por eso, por creativo.

Hasta los escritores se cansan de ser creativos. Y, cuando dan con una trama exitosa, se dedican a escribir una saga en vez de inventarse nuevas historias. Y si se trata del cine o la televisión, ya ni te cuento. Por poner sólo un ejemplo, vamos por la decimoprimera entrega de Fast and Furious. Y luego están las secuelas y las precuelas, las segundas y sucesivas temporadas, los remakes, etc., etc., etc.

            Dicen que Albert Einstein consideraba mucho más importante la imaginación que el conocimiento y que la creatividad era la mejor herramienta para transformar el mundo. Pero, claro, era Albert Einstein, y se le ocurrió la teoría de la relatividad mientras trabajaba como auxiliar administrativo en una Oficina de Patentes, porque nadie quería contratarlo como profesor, al tiempo que otros oscuros empleados de esa misma oficina se dedicaban a ser productivos y no a pasarse el día pensando en las musarañas o en la curvatura del espacio-tiempo. Como la mayoría de todos los trabajadores del mundo, cualificados o no, que han hecho de su rutinaria actividad laboral el modo menos imaginativo posible de realizarse profesionalmente. Y así uno se encuentra por doquier juristas de medio pelo, profesores capaces de aburrir a las piedras, escritores de pacotilla y una impávida legión de profesionales mediocres en cualquier ámbito, deseosos de fichar la salida, de que suene la sirena que anuncia el final de la jornada laboral o el timbre que anuncia que la clase ha terminado. 

viernes, 31 de octubre de 2025

Un día de furia

 

La semana pasada, un conductor que circulaba a gran velocidad por la autovía, después de echar al arcén varios vehículos, irrumpió en las calles de la localidad malagueña de Villanueva del Trabuco, llevándose por delante cuanto obstáculo se interpuso en su camino, quedando afectados, en total, una veintena de vehículos (aunque previamente habría pasado por Villanueva del Rosario, otra localidad donde también habría embestido a un número indeterminado de coches, que no pudieron sofocar su conducción furiosa).

Tras una aparatosa persecución, de treinta angustiosos minutos, por las calles del pueblo, en la que participaron vehículos de la policía local y de la Guardia Civil, y varios intentos frustrados de atropello que sembraron el pánico entre los viandantes, el émulo de Mad Max fue detenido por agentes de la Benemérita después de colisionar con un coche patrulla que le cerraba el paso (el número veinte), y de negarse a bajar de su vehículo, a someterse al control de alcoholemia y ofrecer una fuerte resistencia que obligó a los agentes a emplear, a su vez, la fuerza para reducirlo.

Según algunos vecinos de la localidad, "coche que veía, coche con el que chocaba, parecía que iba jugando a los coches de choque por la vía”, e incluso, en algunos momentos, “si se frenaba, daba marcha atrás para asegurarse de darle bien a los otros coches”.

Otra vecina relataba que, al verlo acercarse, pensó que se trataba de un gesto amistoso. “Iba para mi casa y, al reconocerlo, creí que venía a saludarme. Pero no, se chocó conmigo”, aunque, dando un volantazo, logró evitar una colisión directa.

También he leído en algún rotativo que los agentes que lo redujeron tuvieron que emplearse a fondo y que, según testigos presenciales, le propinaron un número de golpes equivalente al de vehículos siniestrados y algunos más de propina, mientras se escuchaba la voz de un vecino que jaleaba a los agentes de la ley al grito de "machacadlo".

No obstante, el interfecto no debió de tener suficiente, ya que ese mismo día se escucharon unos fuertes golpes en el calabozo en el que se encontraba confinado y al acudir a la celda para verificar su procedencia, los funcionarios encargados de su custodia se encontraron al detenido "sin ropa interior" (ni exterior, supongo) que se abalanzó sobre ellos, propinando un puñetazo a uno de los dos agentes, que tuvieron que reducirlo nuevamente e inmovilizarlo poniéndole unos "grilletes".

La cuestión es que el detenido carecía de antecedentes y, aunque no reside en la localidad, tiene familiares en el pueblo que gozan de la consideración de los vecinos y conocían al protagonista de este llamativo suceso que vino a alterar la vida de un pueblo en el que "nunca pasa nada". Hasta el día de autos.

He estado buscando otras noticias que, en los días sucesivos, se hicieran eco del suceso. Más que nada por conocer las motivaciones del autor de los hechos, porque estoy convencido de que detrás de este increíble incidente debe de haber una historia que merecería ser contada. Pero no he encontrado nada más, supongo que por la razón de que todo se saldó sin que hubiera que lamentar daños personales y, por lo visto y oído, los de chapa y pintura tampoco revisten especial gravedad. De lo contrario, decenas de tertulianos estarían especulando sobre las motivaciones últimas de actos que todo el mundo se apresuraría a calificar de execrables, indagando acto seguido sobre la identidad del autor de los hechos, su posible origen foráneo. Y, en este caso, quizás ya se habría movilizando una jauría para poner las cosas en su sitio y ajustar bien la mirilla antes de empezar a disparar indiscriminadamente contra todo extranjero viviente.

Pero no, se trataba de un hombre normal y corriente, que una mañana normal convirtió una placida jornada en un día de furia. A semejanza del argumento de la película del mismo título, en la que otro hombre corriente que ha perdido su empleo y al que su mujer ha abandonado, decide pasar revista a todas las pequeñas infamias que jalonan nuestra vida cotidiana, exigiendo, por ejemplo, a los empleados de un establecimiento de una cadena de comida rápida que le sirvan una hamburguesa que se parezca mínimamente a las fotografías con las que se publicitan. El único problema es que, aunque hace gala de una extrema amabilidad y expone sus argumentos con una lógica aplastante, mientras lo hace, exhibe en la mano derecha una pistola automática.

Supongo que la mayor parte de los que hayan conocido esta noticia habrán considerado que se trata de alguien que no estaba en sus cabales o que había consumido alguna sustancia. El hecho de que se negase a someterse al control de alcoholemia resultaría revelador para la mayoría y que apareciese en su celda sin ropa interior, más revelador todavía. Y es verdad que la mayoría de nosotros no aprovecharía que se encontraba bajo custodia policial para deshacerse de su ropa.

No obstante, analicemos los hechos. Quitando las maniobras intimidatorias en la autovía y su breve tránsito por la localidad de Villanueva del Rosario, nuestro hombre habría escogido las calles de un pueblo donde viven sus familiares y gente que le conoce para dañar los vehículos de sus vecinos. Por otra parte, salvo el puñetazo al agente de la autoridad y los supuestos intentos de atropello, no habría hecho daño a nadie, cuando, a lo largo de media hora, si se lo hubiese propuesto, podría haber causado daños de mucha mayor consideración.

Pero lo cierto es que, incluso dando marcha atrás, se aseguraba de colisionar con los otros automóviles, con lo que su conducta no puede considerarse meramente impulsiva o errática, sino que tenía un propósito concreto y estaba presidida por una voluntad evidente de causar daños (supongo que algo así dirá el fiscal cuando se celebre el juicio para justificar un agravamiento de la pena). Por último, queda por resolver el striptease de la celda, que podría a ser algo así como el rock de la cárcel pero con la música de nueve semanas y media. 

A propósito de este impulso incontrolable, el otro día volví a ver un episodio de Frasier, la serie de televisión, en la que el Doctor Crane, eminente psiquiatra y celebre locutor de la KACL, al que le han cambiado la franja horaria de emisión de su programa radiofónico, harto de que solo le llamen panaderos y trabajadores del turno de noche, sobre la marcha, decide cambiar la temática de ese programa en particular. Y, con objeto de animar a sus oyentes de la elegante y estrafalaria ciudad de Seattle a llamar a la emisora para que le cuenten sus pequeñas perversiones sexuales, opta por desnudarse en directo y ponerlo en conocimiento de la audiencia. 

He de reconocer que a mí no se me ocurriría desnudarme estando detenido. Incluso es posible que, encontrándome privado de libertad, decidiera prescindir de la ducha. Sin embargo, ¿a quién no le han entrado ganas alguna vez de despojarse de ropajes superfluos y mostrarse al mundo tal y como es? Sin tapujos de ninguna clase. Es más, ¿a quién no se le han cruzado los cables alguna vez? Cómo estaría dispuesto a explicarnos amablemente el Doctor Crane, en psiquiatría esa respuesta sorpresiva de una agresividad extraordinaria es lo que se conoce como reacción en cortocircuito, y se produce como consecuencia de una gran frustración provocada por la suma de una serie de antecedentes pequeños y medianos que pueden provocar una respuesta desproporcionada. Pero también puede tratarse de una reacción meramente impulsiva que, en este caso, habría tenido más consecuencias para su protagonista que para cualquiera de sus víctimas.

En todo caso, no puedo evitar solidarizarme con este conductor agresivo porque creo que todos llevamos dentro uno. Yo por lo menos. Hasta el punto de que, a veces, es coger el coche y empiezo a juzgar severamente al resto de conductores por la forma en que conducen o estacionan sus vehículos en doble fila, al tiempo que una oleada de rencor se apodera de mi. En los peores días, no dejo títere con cabeza y, si no voy acompañado, empieza a brotar de mi boca un lenguaje florido que impresionaría al más curtido de mis potenciales compañeros de celda. 

Pero es que, a veces, ni siquiera necesito, subirme al coche. Me puede pasar caminando por la calle, viajando en autobús o subiendo las escaleras del juzgado. Y no hace falta que me haya pasado nada grave o desagradable. Es solo que, en ese momento, odio a la gente que me pasa por el lado sin respetar mi espacio personal, o se me cruza distraídamente por el camino, sin ningún motivo más allá de la molestia que me supone su proximidad física, el tono de su voz, el ritmo de su respiración, o la mera confluencia conmigo en las mismas coordenadas de espacio tiempo.

¿Me convierte eso en un loco? Pues, probablemente. Y por eso me solidarizó con el conductor de Villanueva del Trabuco. Un nombre que, por cierto, evoca a los bandoleros que, en otra época, también desafiaban a la autoridad y atentaban contra el patrimonio de otros, menoscabando sus bienes y dándose a la fuga tras cometer sus fechorías. Pero, en la época en la que vivimos, el comportamiento impulsivo está mal visto, salvo que quien lo protagoniza sea presidente de los Estados Unidos y, además de comportarse como un loco, cuente con el respaldo de la autoridad y sea capaz de imponer su voluntad a base de amenazas y recurriendo, en caso necesario, al uso de la fuerza.

Yo, personalmente, me quedo con el conductor temerario de Villanueva del Trabuco. Él, por lo menos, hizo su trabajo de forma concienzuda sin diferenciar entre amigos y conocidos, se resistió lo que pudo a quienes trataban de someterlo por la fuerza sin preguntarle por sus razones y, cuando ya no pudo escapar, afrontó su destino con las manos atadas a la espalda y sin más protección que su epidermis tumefacta.

viernes, 17 de octubre de 2025

Animales y compañía

 

Siempre me han gustado los animales y, de pequeño, nada me habría hecho más ilusión que tener un perro, aunque con el tiempo comprendí que un piso no es el lugar más adecuado para criarlo y que una ciudad tampoco constituye el entorno ideal para el animal, por muy doméstico que sea. Porque hay que pasearlo sujeto con una correa, tiene la fea costumbre de ir marcando su territorio por las esquinas y adornando con sus excrementos el acerado y no se le puede llevar al cine ni al teatro sin incomodar al respetable.

Pero es lo cierto que otra mucha gente no opina lo mismo que yo y ha decidido hacer de los animales en general, y de los chuchos en particular, compañeros inseparables de vida. Lo que me parece muy bien siempre que el estatus de ciudadano que parece habérseles reconocido no me obligue a mí a convivir con ellos en cualquier sitio y a cualquier hora del día o de la noche.

La cuestión es que, de un tiempo a esta parte, los perros se pasean moviendo el rabo por tiendas y comercios de toda clase, pueden entrar en bares, restaurantes y hoteles, salvaguardando las zonas de elaboración, almacenamiento o manipulación de alimentos, y en cualquier otro establecimiento, siempre que no constituyan un riesgo para las personas, animales y cosas que se encuentran en el sitio de que se trate, que "podrá" facilitar el acceso de animales de compañía.

Eso sí, el establecimiento que no admita la entrada de animales, deberá mostrar una señal que lo indique que ha de ser visible desde el exterior. Dicho con otras palabras, tú vas con tu perro paseando por la vida, sin pausa pero sin prisa, y, salvo que un cartel visible desde el exterior del establecimiento te informe de lo contrario, puedes meter al chucho donde te plazca. Que luego hay un cartel dentro que informa de lo contrario, se siente, haberlo colocado en lugar visible desde fuera. Qué mi animalito constituye un riesgo para alguien o para algo, eso habrá que verlo, que yo a mí Rocky lo tengo muy bien educado y, si acaso, será el otro perro que ya andaba por ahí enredando, ese gato apestoso, esos niños hartibles o ese jarrón de la dinastía Ming los que constituyen una amenaza para él. Y si hay que lamentar daños personales y/o materiales pues también habrá que ver quien tiene la culpa, que ya está bien de andar criminalizando a los pobres animales.

Otra cuestión que se me ocurre tiene que ver con la clase de bichos a los que se refiere la norma que, en principio, son todos aquellos animales que conviven en un hogar. Y me consta que hay gente que tiene en casa serpientes de buen tamaño que cumplen la función de eficientes guardianes del hogar familiar. Así que, aplicando la ley en su estricta literalidad, podríamos encontrarnos, además de con un rottweiler, con reptiles, mandriles, grandes felinos y cefalópodos (si aceptamos pulpo como animal de compañía), transitando por tiendas de antigüedades y hoteles de cinco estrellas, convertidos, por arte de magia, en una versión actualizada de Jumanji. Afortunadamente la mayor parte de ellos están excluidos expresamente del Listado Positivo de Animales de Compañía en España.

No obstante, yo he visto a una familia paseando por Sevilla con una rata de considerables proporciones entrando y saliendo de la mochila del padre de las otras criaturas que conformaban el núcleo familiar, entre risas y arrumacos, que podría convertir la cocina de cualquier restaurante en una réplica fiel de la del Bistrot Chez Rémy de la película Ratatouille. Bueno no, porque, hasta donde yo sé, una cocina es un área de elaboración, almacenamiento y manipulación de alimentos. Así que por ese lado podemos estar tranquilos, aunque igual la rata decide lavarse los pies en nuestra vichyssoise cuando alguien la traiga a la mesa después de haberla manipulado convenientemente.

Cualquier cosa antes que dejar al pobre animal atado a una farola. Pero, ¿dónde estamos?, ¿en el lejano Oeste, dejando los caballos amarrados fuera del saloon sin supervisión ni cuidado, a expensas de que otro équido les dé una coz? Pues a ver cuándo se empieza a aplicar la ley de bienestar animal en la Feria de Abril y los caballistas pueden entrar a hacer pipi en las casetas sin bajarse del caballo.

Y es que pedimos mucha tolerancia con los niños, les ponemos pañales, los llevamos en cochecitos de bebé y algunos restaurantes tienen tronas para que puedan sentarse a la mesa, como si fueran personas de verdad, pero, seamos coherentes, no hay nada menos higiénico y más molesto que un niño llorando o con una rabieta, que además puede romper cualquier cosa, les tiran de las orejas a los perros y no saben comportarse en público. Pero hay padres que se empeñan en llevarlos a todas partes, cómo si no pudieran dejárselos a alguien o pagar un canguro (que podría convivir en el hogar y al que luego podríamos sacar de paseo con una correa al cuello). Y ahora resulta que nos molestan los perros. ¿Porque sueltan pelo? Los niños se sacan los mocos de la nariz y los van pegando por ahí. ¿Porque hay gente alérgica al pelo de los animales? Los niños transmiten enfermedades (a los mocos me remito). ¿Porque hay gente que les tiene miedo? Pues deberían vigilar a sus hijos, que son potenciales delincuentes.

Yo he visto a un perrito sentado en un triciclo, con las patitas apoyadas en el manillar, más mono, y cómo el niño, dueño del triciclo, lo empujaba tratando de tirarlo al suelo. ¿Dónde está el peligro? ¿En el pobre animal o en ese reyezuelo destronado tratando de recuperar su sitio a costa de hacer daño a un semejante?

Pero, así es la vida. He escuchado y leído a personas de todo credo alabar las virtudes de los nobles canes, que si lealtad incondicional por aquí, que si compañía silenciosa por allá, que si valentía y nobleza a toda prueba, que si él nunca lo haría. Pero cuando empiezan las comparaciones con los seres humanos, también empieza a darme urticaria. No soy capaz de entender determinados arrebatos de pasión canina. Y ya sólo me falta escuchar a alguien que grite, en medio de un naufragio, ¡las mujeres y los perros primero!, para tirarme por la borda ante la perspectiva de acabar mis días en un bote salvavidas rodeado de perros hambrientos a la espera de que me quede traspuesto para hincarme el diente.

He leído historias espeluznantes sobre perros que terminaron devorando el cadáver de sus dueños, tras días de cautiverio en un mismo espacio compartido, o de ataques furibundos que dejaron víctimas mortales de niños indefensos ante el depredador primitivo que, a veces, todavía asoma los dientes cuando no reconoce a sus presas como dueños a los que deba ninguna clase de lealtad. Y he tenido experiencias poco agradables con perros de distintas razas y de todos los tamaños a los que, con gusto, habría propinado una patada en las fauces, si el dueño no hubiese andado cerca paseando negligentemente con la correa en la mano.

Y, con el tiempo, he llegado a la conclusión de que los perros se parecen extraordinariamente a sus amos, que los crían, o los malcrían, en función de su propio temperamento. Así que, cuando me dan ganas de darle una patada a un chucho de mal talante, en realidad, a quien quiero abofetear es a su dueño o dueña, que hábilmente interpone entre mi persona y su mala educación, su agresividad o su falta de higiene y de respeto, al vástago ladrador que constituye una prolongación lupina de su propia persona, pero carente de inhibiciones. Así que lo único que no necesitaba era que alguien viniera a legitimar comportamientos que, si los protagonizara el dueño o dueña del chucho y no la adorable bola de pelo que los acompaña, resultarían intolerables para cualquiera. Pero hete aquí que todos los merluzos y merluzas del mundo han encontrado, sin proponérselo, una coartada para sus impertinencias e incivilizados modos de conducirse por la vida.

Así que, visto lo visto, tan sólo espero que cuando me toque, a mi también, transitar hacia las mansiones de Hades, el Cancerbero esté convenientemente atado a las puertas del inframundo, lleve puestos los tres bozales y Perséfone haya tenido la gentileza de recoger todas sus inmundicias.

domingo, 5 de octubre de 2025

Todos terminaremos usando la IA

 

No es una cuestión de confianza. No se trata de fiarse más o menos del algoritmo, o de que la inteligencia artificial se vuelva fiable al 50, al 80 o al 95 por ciento. Se trata del vago redomado que todos llevamos dentro y, a veces, también de la imposibilidad material de dar una respuesta rauda a los requerimientos de quienes ya están usando la inteligencia artificial para interpelar a las administraciones públicas o para elaborar trabajos de investigación, trabajos de fin de grado o de máster, artículos, tesis doctorales, diagnósticos, recursos, denuncias, reclamaciones a la comunidad de propietarios, discursos, canciones, declaraciones de amor, cartas de ruptura y hasta felicitaciones navideñas.

Pero si hasta el primer ministro sueco admite que usa ChatGPT para una “segunda opinión” en sus labores de gobierno.

No importa lo que digas, lo que escribas o lo que se te pueda ocurrir después de pensar un buen rato, o incluso tras una noche de insomnio, ChatGPT siempre lo va a hacer mejor y, sobre todo, más rápido.

Ya no merece la pena discutir estérilmente sobre las cuestiones más elevadas, siempre habrá alguien que recurra a Grok, o cualquier otro asistente de inteligencia artificial, para zanjar el debate más enconado. Y la mayoría agachará la cabeza o, por lo menos, tomará en consideración lo que ha dicho el sabelotodo virtual que está llamado a gobernar nuestras vidas.

Además, el oráculo está disponible veinticuatro horas al día y siete días a la semana, y para consultarlo no es necesario pagar ninguna tasa ni siquiera sacrificar una miserable cabra. Lo importante no es quien pregunta, el oráculo es intrínsecamente democrático y está abierto a ricos y pobres por igual. Solo hay que creer, tener fe, y también pocas ganas de trabajar o de calentarse la sesera.

Y sabe de todo, nunca te dirá que no tiene la respuesta que estás buscando y además se mostrará complaciente contigo. No eres un imbécil, ni un paranoico, tus preguntas no son capciosas y, en el peor de los casos, siempre puedes delegar la responsabilidad en el algoritmo. 

¿Te duele la cabeza? Pregúntale a tu asistente de inteligencia artificial. El conoce los síntomas, puede hacer un diagnóstico en milésimas de segundo y sugerirte un paliativo o recetarte cualquier fármaco, y sin listas de espera ni necesidad de acudir a un matasanos de carne y hueso. El oráculo es infalible y tolerará tus intentos de trolearlo. Ha aprendido mucho y, si le das la oportunidad, también puede aprender de ti, copiarte y mejorar tus respuestas, pero sin que dejen de gustarte ni de satisfacer tus ganas de dar con la que andabas buscando, eso sí, sin esforzarte demasiado.

Pero volvamos al perezoso congénito que es el ser humano y a lo cansado que resulta estar pensando todo el día, cuando hay alguien ahí que lo tiene todo muy bien pensado, así que no necesita ponerse a pensar.

Existe un problema, es verdad, puede ser que quienes han adiestrado a esa inteligencia artificial no sean los tipos más recomendables, incluso que sean unos indeseables. Incluso podría suceder que, aunque no fuera así, la inteligencia artificial se esté alimentando de fuentes poco fiables, que haya por ahí un ejército de bots creando bulos y contaminando esas fuentes con datos falsos o información sesgada, y la "inteligencia" artificial se los esté tragando como si fueran gominolas. Pero el problema, siendo grave, no es este, sino más bien que haya una turba de vagos e ignorantes dispuestos a tragarse las gominolas que, después de un breve tránsito por su tracto digestivo, están vomitando ChatGPT, Grok o cualquier otra IA entrenada a base de embustes y teorías conspiranoicas.

No sabes nada Jon Nieve, pero tampoco ese es el problema. El verdadero problema es que no eres consciente de tu nivel de ignorancia y vas por ahí jactándote de tener todas las respuestas. Y las tienes, bueno tú no, sino tu asistente de IA, aunque a lo peor son las respuestas equivocadas. Pero, ¿a quién vas a creer? ¿A ChatGPT o a la comunidad científica? Pero, si no sabes lo que dice los científicos, ni los historiadores, ni los filósofos. Pero, ¿sabes una cosa? Ni falta que te hace. Llevábamos años soportando a nuestro cuñado opinando sobre lo divino y lo humano, hasta que hemos descubierto a nuestro otro cuñado virtual, que además de hablar sólo cuando se le pregunta, tiene una idea formada sobre cada dilema moral, y también sobre cada pequeña minucia que se nos pueda ocurrir. Era la herramienta que necesitaba nuestro cuñado para volverse del todo insoportable, pero la hemos descubierto nosotros primero y ya todos somos cuñados con un móvil en la mano susurrándonos al oído todo lo que siempre quisimos saber sobre cualquier cosa y nunca nos atrevimos a preguntar. Hasta que llegó ChatGPT.

Se ha publicado un estudio que dice que la gente hace muchas más trampas si usa la IA y que delegar en una máquina complaciente con las peticiones humanas multiplica las decisiones poco éticas, funcionando como un colchón psicológico que reduce la sensación de responsabilidad moral, dada la enorme disposición de los agentes de IA a obedecer órdenes abiertamente poco éticas.

Así que ya no hace falta ser un escrupuloso funcionario para que los totalitarismos puedan hacer realidad sus desvaríos supremacistas o aplicar soluciones finales a los problemas de la nación. Basta con que la mayoría sea capaz de delegar en una conciencia virtual sus propias decisiones. La banalidad del mal ya no es lo que era. Ya no necesitamos haber quedado atrapados en un engranaje burocrático para ser cómplices de crímenes de estado, basta con que depositemos en manos de la máquina la toma de decisiones que conciernen a la supervivencia y la dignidad humana, a nuestra propia supervivencia y a nuestra dignidad como seres humanos.

Hemos renunciado al deseo de aprender, a la sed de conocimiento, a la curiosidad, a la capacidad de escuchar y contrastar puntos de vista, visiones encontradas, a los duelos dialécticos y la pulsión del debate público. Porque ya lo sabemos todo, aunque, en realidad, no sepamos absolutamente nada. 

Y, ya está, por esta senda repleta de atajos, salvando obstáculos a base de orillarlos, hemos llegado al final del camino. Pero no será la IA la que termine gobernándonos a todos, es ya la hiaa la que nos gobierna.

viernes, 19 de septiembre de 2025

Estoicos

            En un momento histórico marcado por la inestabilidad política y la crisis de la sociedad, en la que otra vez resuenan con fuerza los tambores de la guerra, el estoicismo ha vuelto y, si amigos, parece que ha vuelto para quedarse.

Y es que viste mucho eso de ser un estoico y aceptar los embates del destino con la templanza de un filósofo, de vuelta de las pasiones, el miedo y la frustración, resiliente como un junco y capaz de sobreponerse a cualquier revés de la fortuna.

Pero, ¿de verdad es estoicismo todo lo que reluce? me pregunto yo cuando escucho a esa hornada de estoicos recién salida del microondas, con la apariencia de un grupo de machotes con la piel bien dura, poseedores de un entendimiento superior al del común de los mortales, incapaces de dejarse llevar por los instintos, tolerantes a la frustración, con una voluntad forjada en los Montes del Destino por un dios expulsado del Olimpo precisamente por estoico y andar por ahí dando la tabarra con eso de la necesidad de domeñar las pasiones, mientras otros se dedicaban a secuestrar doncellas transmutados en toros blancos.

A mí, personalmente, me encantaría ser un estoico e ir por ahí exudando estoicismo, reconocer mis debilidades y aceptarme tal como soy. Pero, qué le vamos a hacer. Soy un estoico hasta que suena el despertador, pierdo el autobús, se me derrama el café o se me enfría la tostada, y hasta que, en cualquier otro momento, me surge la posibilidad de ser un hedonista que persigue a toda costa el placer y huye desordenadamente ante la amenaza del dolor más soportable.

Lo único que me hace intentar parecerme más a Marco Aurelio es no quedar mal ante mis amigos, colegas y conocidos, y que me consideren un quejica y un pusilánime, porque ver cómo se deteriora mi imagen y perder la consideración y el respeto de los que todavía no saben cómo soy en realidad, me ocasionaría un gran dolor, y ya se sabe que los hedonistas le tememos más al dolor que a una vara verde.

Aunque, bien pensado, no hay nada más resiliente que una vara verde, que permite azotar a todo el que se resista a doblar el lomo, sin perder su flexibilidad ni correr el riesgo de quebrarse.

No obstante, ¿de qué sirve tanta resiliencia? Al final, si te vuelves resiliente vas a seguir doblando el lomo toda tu vida y llegará un momento en el que ya no haga falta una vara verde para que lo hagas, porque serás capaz de hacerlo por propia voluntad. Y, con un poco de esfuerzo, tú mismo te habrás convertido en una vara verde y podrás ir por ahí dando lecciones de estoicismo, fustigando a tus semejantes y ayudándoles a convertirse a su vez en otros estoicos con aspecto de varas verdes y así in saecula saeculorum. Amén.

A pesar de todo, hay que reconocer que si todos fuéramos estoicos la vida sería mucho más aburrida. A nadie le importaría ganar o perder, nadie criticaría a los árbitros, (de hecho, la liga de fútbol se convertiría en un torneo amistoso y los niños ya no querrían ser futbolistas, sino camareros o pinches de cocina), los pobres seguirían siendo pobres, eso sí, pero a cambio no habría que sofocar revoluciones sangrientas por la fuerza, la tasa de divorcios descendería enormemente, no sería necesario un sistema de recursos y desaparecería la segunda instancia judicial, el Tribunal Supremo sería un órgano meramente consultivo, los jueces se dedicarían solo a poner sentencias y podrían mandar a la cárcel a la gente o absolverla libremente sin ocupar titulares al día siguiente en los periódicos, no habría aborto ni políticas de género, pero tampoco discriminación por razón de sexo u orientación sexual, y la oposición respetaría el resultado de las elecciones sin cuestionarse todos los días la legitimidad del Gobierno, que deportaría a los inmigrantes (con o sin papeles), podría congelar el salario mínimo o subir los impuestos a voluntad, reforzar el sistema público de salud o desmantelarlo, y, lo que es más importante, la paz reinaría en el mundo, porque se acabarían las guerras y la gente abandonaría sus casas o sus ciudades y territorios pacíficamente y sin oponer resistencia.

            Así que, después de pensarlo un poco, creo que estamos de enhorabuena, porque nada malo puede salir de todo esto y, aunque fuera de otra manera, nos iba a dar igual, que es de lo que se trata.

viernes, 22 de agosto de 2025

Menesterosos descalzos

 

No sé qué tienen los pobres, que le dan repelús a todos los que no lo son o incluso a quienes, siéndolo, no sé consideran tales. De ahí la necesidad de volverlos invisibles. Y es que es maravilloso vivir en una sociedad en la que todo el mundo va adecuadamente vestido y calzado. Y no porque impere el buen gusto y la elegancia, sino porque cada cual puede cubrir su desnudez sin llamar la atención y nadie va descalzo. Salvo en la playa, que es un lugar en el que la piel bronceada a conciencia ya no identifica a los que trabajan a pleno sol o duermen a la intemperie y, con sacudirse la arena, la planta de los pies luce otra vez lustrosa.

Pero, ay, de vez en cuando, afortunadamente no muy a menudo, algunos pobres irrumpen en las playas o hacen acto de presencia en una calle repleta de tiendas y cafeterías, o, de noche, intentan conciliar el sueño en el zaguán iluminado de una entidad financiera, a los pies de un cajero automático.

Y no sé puede evitar tropezar con ellos, con sus ropas andrajosas, los dedos negros de sus pies sujetando unas chanclas hechas girones, envueltos en una manta mugrosa, acurrucados en un soportal sobre un lecho de cartones, o empujando trabajosamente un carro de supermercado cargado hasta los topes de bolsas de plástico con todas sus tristes pertenencias rezumando miseria.

A propósito de esto, he leído la confesión de una periodista, progresista y defensora del estado del bienestar, que había dejado de coger el metro para no encontrarse con esos mendigos que proliferan en el transporte público. Y es verdad que no he visto a ningún pordiosero bajarse de un Uber y también que, en mi ciudad, a juzgar por el aspecto de sus usuarios, algunas líneas de autobús podrían tener su última parada en una favela de Río de Janeiro.

Lo malo es que para viajar a según que destinos no se puede coger un Uber o este no te lleva más allá de la terminal del aeropuerto. Y, últimamente, algunos aeropuertos se han llenado de indigentes. Esos mismos que, no hace tanto tiempo deambulaban, y todavía hoy deambulan, por los alrededores de las estaciones, en busca de una oportunidad para subirse a un tren o tratando de reunir el dinero suficiente para un billete de autobús que les permita emigrar a otro destino.

Y es que no es lo mismo viajar a Nueva Delhi para ver con nuestros propios ojos las miserias exóticas de otros y tomar conciencia de las desigualdades de este mundo material, que ver la pobreza acampando en el área de facturación del aeropuerto de tu ciudad antes incluso de hacer el check-in.

Aunque siempre se puede recluir a esa chusma en una planta poco transitada y así el problema, aunque no se soluciona, se vuelve menos visible y las compañías aéreas y los pobres pasajeros dejan de sentirse incomodados por los pobres de verdad y sus problemas personales de salud, higiene e integración, que también son problemas, pero no son nuestros problemas y, si sabemos mantenerlos a la distancia adecuada, no lo serán nunca.

Y es que, cuando alguien deja de ser pobre, empieza a incomodarle la pobreza que creía haber dejado atrás, pero que, si mira con atención, todavía puede reconocer asomándose por alguna esquina. Los que hemos sido pobres en el pasado tenemos la necesidad imperiosa de renegar de nuestra miserable historia familiar y apartar de nosotros a quienes no han conseguido escapar de la mugre y la fealdad que, como sabemos por propia experiencia, caracterizan la pobreza, o tratan de alcanzar esta tierra de promisión.

Será por eso que alguna gente, cuando va a la playa y se encuentra tranquilamente tomando el sol, si ve llegar una lancha cargada de menesterosos desembarcando a plena luz del día, salta como un resorte y corre a su encuentro, no para darles una manta y ofrecerles un trago de agua fresca, sino para tirarlos al suelo e inmovilizarlos antes de que se refugien en algún barrio miserable (que podría ser el suyo) o se atrincheren en la sala de espera de un aeropuerto.

Aunque, probablemente, la desesperación dibujada en el rostro de quien no tiene nada y corre para salvar su vida les hace temer por su propia suerte y encontrarse a esa gente en su propia playa también les hace conscientes de que, en realidad, siguen siendo unos pobres, porque, de lo contrario, estarían en otra playa a la que no arribarían embarcaciones de desesperados y, si llegara alguna, alguien a sueldo inmovilizaría a esa hueste famélica sin que ellos tuvieran que mover un dedo.

Y otro tanto sucede con la sanidad pública. Basta con pasar un par de horas en la sala de urgencias de un hospital para ser consciente de lo pobre que es uno. Solo hace falta mirar en derredor para identificar a todos esos viejos conocidos, miembros de la clase social a la que seguimos perteneciendo, hacinados unos junto a otros a la espera de ser atendidos en unas consultas minúsculas, o penando tumbados en unas camillas que ofrecen un aspecto calamitoso, rodeados de inmigrantes, respirando el mismo aire viciado, presas de la misma incertidumbre.

Será por eso que a la gente le ha dado por hacerse un seguro privado. Para fabricarse una ficción en la que clínicas privadas les abren sus puertas de par en par y esbeltas enfermeras y médicos de ojos azules les extirpan el páncreas entre sonrisas y gestos cariñosos, capaces de mitigar el dolor más agudo, mientras los pobres de verdad agonizan en la sanidad pública y se mueren en una residencia de ancianos porque para ellos no había sitio en los hospitales privados.

Debe de ser maravilloso no ser pobre, viajar en avión privado hasta playas desiertas donde sirvientes con sonrisa de marfil te rinden pleitesía sin pedir nada a cambio, y alojarse en hoteles de cinco estrellas en los que el aire acondicionado refresca las noches tropicales más sofocantes, vivir en un barrio opulento y comer en restaurantes de cuatro tenedores, tener un seguro privado que te garantice un trasplante de cualquier órgano sin listas de espera y poder viajar de vez en cuando al espacio para ver lo hermoso que es este planeta.

Pero ser pobre tampoco está tan mal. Puedes viajar en transporte público sin que nadie te mire raro, dormir en un aeropuerto porque tu vuelo ha sido cancelado o porque no tienes donde pasar la noche y así conocer a otros pobres como tú. Engrosar las listas de espera de la sanidad pública o pagar una póliza que te garantice que no vas a encontrarte con otros más pobres que tú, hasta que te deriven al sistema público de salud si la cosa se pone seria o tu póliza no da más de sí. Y veranear en playas en las que puedes ayudar a otros pobres a llegar cuanto antes a un centro de internamiento.

jueves, 7 de agosto de 2025

Por los caminos del Norte

 

La semana pasada regresamos de nuestras vacaciones por la Cornisa Cantábrica, a la que habíamos peregrinado huyendo del calor sofocante que hace en nuestro lugar de residencia, aquí en el Sur de la península, donde el astro rey personifica una monarquía absoluta que gobierna el territorio con mano de hierro, especialmente durante el cada vez más largo periodo veraniego.

Y, cómo soy un nostálgico, y también un fanático del soporte papel, me he comprado una guía de viajes. Bueno, por eso y porque me cae mal esa legión de youtubers y tiktokers sabiondos que andan por ahí dándoselas de conocer las mejores vistas y los mejores restaurantes del mundo mundial y porque me parece una inmoralidad que ponerle los dientes largos a la plebe les permita a algunos desocupados ganarse la vida holgadamente a costa de saturar cualquier rincón del planeta de gente que sin su inestimable ayuda jamás de los jamases habría descubierto una miserable playa o el bosque más raquítico del mundo, y que solo visitaría si se le garantiza la posibilidad de hacerse un selfie y subirlo a sus redes sociales para darle envidia a otros cretinos igualmente hambrientos de notoriedad.

Lo de agenciarte una guía de viaje te coloca en una situación comprometida, porque te otorga la labor de proponer el destino de las excursiones de los que viajan contigo. Aunque, en esta ocasión, Lorena y yo nos hemos repartido ese cometido, si bien, mientras yo me dejaba aconsejar por mi guía de viaje, a pesar de que está un poco desfasada (cada vez quedan menos nostálgicos como yo) ella seguía su intuición tomando como referencia las recomendaciones de los vídeos de tik tok, que reconozco que ofrece un formato más amable. Y es verdad que algunas guías son un verdadero tostonazo y un batiburrillo de nombres, fechas y datos irrelevantes que se me olvidan a los cinco segundos de haberlos leído.

No obstante, con mi libro debajo del brazo, y con el paso de los días, examinando los mapas, los planos y las recreaciones de iglesias, claustros y abadías antes de ponernos en ruta, viendo los dibujos de la fauna y la flora autóctonas, al tiempo que recorríamos desfiladeros y gargantas, trepábamos hasta cumbres azotadas por un viento helado en busca de un remoto salto de agua al que el estío había diezmado hasta convertirlo en un hilillo invisible, y caminábamos entre secuoyas, tomando conocimiento de las leyendas locales, de las tradiciones y la historia de enclaves recónditos, sin darme cuenta, se fue apoderando de mí el espíritu de un viajero fascinado por el entorno al que, al final de la jornada, aguardaba un puerto en el que pequeñas embarcaciones flotaban en la luz dorada del atardecer.

En el transcurso de nuestro viaje, hemos sido advertidos, de forma reiterada, de la presencia de animales en las vías que recorríamos diariamente. Incluso, en cierta ocasión, un macho cabrío con una espectacular cornamenta salió a nuestro encuentro mientras transitábamos por una carretera secundaria y se nos quedó mirando de forma aviesa al paso del vehículo, haciéndonos pensar en aquelarres a la luz de la luna estival en los claros del bosque umbrío cercano a la aldea en la que nos detuvimos para comer.

Además, la guía describía otros animales colosales de los que algún ejemplar conservado en toneladas de formol, o su esqueleto desnudo, se exponía en los museos de la región, como calamares gigantes de los que transitan por las profundidades abisales y que, desgraciadamente, no pudimos ver. Pero en uno de los antaño puertos balleneros que visitamos durante nuestro periplo, dos huesos de ballena de proporciones formidables coronaban un mirador, en el que, a pocos metros de distancia, la punta de un arpón asomaba por la boca de un cañón ballenero al acecho del leviatán.

Durante todo este tiempo, las gaviotas se han convertido en nuestras infatigables compañeras de viaje. Y hemos sido testigos privilegiados de la crianza de un polluelo en el tejado de una casa que distaba tan solo unos metros de nuestra ventana, abierta día y noche sobre una luminosa ensenada, transitada por barcos mercantes, balandros y ferrys con destino a puertos remotos allende los mares, como los ingleses de Plymouth y Portsmouth. Su graznido y la algarabía constante a las horas más intempestivas nos ha acompañado como una banda sonora a ratos destemplada y hemos podido observar cómo distintos ejemplares de gran envergadura acechaban las viandas de los veraneantes en terrazas y veladores, en una secuencia de instantáneas de la vida salvaje irrumpiendo en el paisaje urbano.

Los faros también han marcado nuestro recorrido por una costa escarpada en la que las olas golpean sin cesar rompientes y escolleras, llenando la noche de un estrépito sordo que, desde tiempo inmemorial acuna el sueño de marineros y pescadores, llenando sus horas de vigilia con quebrantos y suspiros traídos y llevados por las mareas.

Y hemos tenido noticias de la celebración de un campeonato del mundo de bateo de oro, en una localidad conocida como el Valle del Oro, en el que cientos de participantes de hasta 24 países distintos compiten entre sí tratando de extraer el preciado metal de un cubo de arena de entre 10 y 20 kilos, en el que ha sido introducido un número variable de pepitas de oro, con la sola ayuda de una batea para lavar arena y grava del río y separar los materiales ligeros de los pesados, en busca de alguna pequeña semilla dorada.

También hemos conocido que los vaqueiros eran un pueblo de ganaderos trashumantes despreciado y perseguido por su origen, que nunca bautizaba a sus vástagos con el nombre de Diego, para no mancillar su estirpe con el apelativo del desalmado que fue su mayor azote en el pasado; que los gremios de mareantes y navegantes se reunían en torno a una mesa al aire libre en un lugar destacado del pueblo para debatir y acordar sobre las cuestiones que afectaban a su comunidad, y que una cofradía de mareantes acordó no tener ningún trato con los de un pueblo vecino, por una cuestión de privilegios otorgados por la corona para faenar hasta cuatro leguas mar adentro.

Además, existe en la región una iglesia levantada en mitad de la montaña al pie de la cual crecen un olivo y un tejo, en memoria de los nobles que sufragaron su construcción, a los que un santo cegó temporalmente porque se resistía a que sus restos reposaran en aquel templo, que no consideraba digno de ser depositario de sus huesos. El olivo en homenaje al origen meridional de la dama y el tejo en recuerdo del caballero. Aunque al tejo lo doblegó una tormenta y, en su lugar, ha arraigado un esqueje del árbol mágico de la vida y de la muerte entre los antiguos pobladores de la zona.

Pero, entre las leyendas locales, la que más me ha gustado ha sido la del hombre pez, al que un día desafortunado las aguas arrastraron mar adentro y que, después de mucho tiempo, volvió a su aldea con el cuerpo cubierto de escamas y al que crecieron membranas entre sus dedos, que, vagando por el océano, olvidó su lengua materna, pero terminó regresando a su tierra natal, dónde las escamas se le fueron desprendiendo de la piel al tiempo que las palabras volvían a brotar de su garganta, pero que pasó el resto de sus días mirando ensimismado el agua del río que un día lo atrapó en su corriente turbulenta y quiso que se quedara con ella para siempre, hasta que desapareció nuevamente sin dejar rastro y no se le volvió a ver nunca más.

Y también nos han acechado peligros, como las pitucsias, hechiceras venidas del mar que, por las noches, trepan los acantilados y acechan a los viajeros al borde de los caminos y en los recodos de los ríos, transmutadas en anguilas, lechuzas y también en cabras de pelaje negro y ojos amarillos. Y que, según cuentan las leyendas, pueden seducir a los incautos, adueñarse de su voluntad y llevárselos con ellas hasta las aguas profundas, dónde moran el kraken y el rocual, y los cuerpos de los marineros se cubren de escamas y los mareantes olvidan sus nombres y terminan muriendo de añoranza.

viernes, 4 de julio de 2025

Los jueces de la ley

 

Anda revuelto el mundo de la judicatura estos días, como demuestra el paro convocado por la mayoría de asociaciones de jueces y fiscales los tres primeros días de julio, con las consabidas suspensiones de juicios y vistas orales.

Y, por mi experiencia, se puede hablar de seguimiento masivo. Al margen de datos oficiales, si es que llega a haberlos, porque aquí nadie sabe nada, y además saber cuántos jueces y fiscales han secundado el paro se ha vuelto una misión imposible, ya que ni el Consejo General del Poder Judicial ni la Fiscalía General del Estado son capaces de proporcionar datos oficiales de su seguimiento, lo que, al menos de momento, impide al Ministerio de Justicia descontar el sueldo a quienes lo hayan secundado

Además, según el comunicado emitido por los convocantes, los miembros de la carrera judicial y fiscal que vayan a ir a la huelga “no tienen deber” de informar a las instancias superiores, esto es, Fiscalía General del Estado y Consejo General del Poder Judicial.

Todo lo cual es, al mismo tiempo, sorprendente y extraordinario, dado que el derecho de huelga únicamente puede reconocerse por ley (o eso dice el artículo 28 de la Constitución Española), lo cual ha motivado que el Consejo General del Poder Judicial acuerde, por unanimidad,  no reconocer la convocatoria, dado que, en este caso, la huelga no tiene sustento legal.

Pero, también en este caso, por lo visto y a la luz de las cinco huelgas anteriores, se da la paradoja de que el hecho de que los jueces no tengan reconocido el derecho de huelga, de facto, les permite no ir a trabajar sin merma económica alguna y sin obligación de informar a nadie ni dar explicaciones de ninguna clase. Es más, los propios convocantes han definido unilateralmente lo que consideran servicios esenciales de la comunidad., sin negociación previa ni nada que se le parezca, definiendo unilateralmente los bienes e intereses esenciales que hay que salvaguardar, que, en teoría, son aquellos que afectan a los derechos fundamentales y libertades públicas, entre los cuales se encuentra, si no recuerdo mal, el derecho a la tutela judicial efectiva.

No obstante, sus señoritas, tan fieles a la letra de la ley cuando no son sus intereses los que están en juego, haciendo una interpretación creativa de la norma constitucional, consideran que el hecho de que no exista una ley que regule su derecho de ir a la huelga no deja de ser una formalidad y no significa que no lo tengan. Así que lo tienen, tan solo a expensas de que una ley lo reconozca. Y, mientras tanto, pueden ejercerlo con toda normalidad, previa convocatoria (que su órgano de gobierno no reconoce), fijando unilateralmente los servicios mínimos, sin pérdida de retribuciones y sin tener que dar cuentas a nadie.

En qué mala hora, nos reconocieron a los funcionarios el derecho de huelga, cosa que, en nuestro caso, si hizo la Disposición Adicional décimo segunda de la Ley 30/1984 y posteriormente el artículo 15 del Estatuto Básico del Empleado Público.

Y yo, que soy un poco lerdo en estas cuestiones, me pregunto: si los jueces no tienen reconocido el derecho de huelga y, aun así, no van a trabajar, ¿cómo puede calificarse tal comportamiento omisivo?

Pista, el artículo 419.4 de la Ley Orgánica del Poder Judicial califica como falta leve la ausencia injustificada y continuada por más de un día natural y menos de cuatro de la sede del órgano judicial en que el juez o magistrado se halle destinado. Si te pasas de tres días entonces hablamos de falta grave, y si son siete o más de siete, entonces se trata de una falta muy grave.

Luego están los motivos. Y esta vez no se trata de una subida salarial, sino, entre otras cosas, del acceso a la carrera judicial, dado que el Gobierno pretende abrirles la puerta de atrás a los jueces sustitutos, con lo que se “va a rebajar la excelencia de conocimientos”, ante lo que muchos jueces se preguntan qué va a pasar con los principios de mérito y capacidad. Pues, bueno, me temo que lo mismo que ha venido pasando en los procesos de estabilización, consolidación y funcionarización en el resto de administraciones públicas, sin que los miembros de la judicatura se hayan rasgado las vestiduras, hasta que son sus propias togas las que se rasgan ahora que han tomado conciencia de lo injusto de tales procedimientos.

Salvo que pensemos que el mérito y la capacidad deben reservarse exclusivamente para el acceso a las carreras judicial y fiscal, y que el resto de cuerpos al servicio de las administraciones públicas no requiere los mismos méritos y capacidades, por mucho que el artículo 103.3 de la Constitución los proclame abiertamente como principios rectores del acceso a la función pública.

Al respecto, algunas sentencias han dicho cosas tan sensatas como que un puesto de trabajo que viene siendo ocupado por una persona que accedió al mismo con una temporalidad, pero por la negligencia de la Administración Pública lleva ya, 15 o 20 años en el mismo, no debería de ser ofertado para acceder a través de pruebas selectivas, pues tal como dice el Tribunal Constitucional, estos trabajadores ya han demostrado que tienen la suficiente capacidad para desempeñar el puesto de trabajo, ya que de no haber sido así, la Administración podría haber prescindido de ellos. Dicho lo cual, tal vez sea un poco tarde para ponerse estupendo.

Pero una de las medidas que suscita más rechazo entre sus señorías es la que tiene que ver con el sistema de acceso a las carreras judicial y fiscal y, en concreto, la decisión de introducir en la oposición de acceso a ambas carreras una prueba escrita y de garantizar el anonimato de los aspirantes, y que el Gobierno defiende por la conveniencia de valorar, además de la capacidad memorística, la habilidad para expresar razonamientos jurídicos. Pero que las asociaciones más representativas consideran que supondría “un incremento de la subjetividad en la evaluación de los jueces y fiscales”.

Cómo opositor que he sido a la carrera judicial y fiscal he de reconocer que no entiendo nada. Primero porque, cuando yo me preparaba, ya había un ejercicio escrito. Eso sí, para llegar a esa fase del proceso selectivo antes había que superar dos ejercicios, uno que se leía ante el tribunal y otro oral, ambos de carácter teórico. 

Y en ambos el tribunal conocía la identidad del opositor, lo que, desde luego, no garantizaba el anonimato. Pero lo que no entiendo es porque el anonimato incrementa la subjetividad en la evaluación de los aspirantes.

Lo que sí sé es que, cuando me examinaba, tras "largos años de esfuerzo callado en busca de la excelencia y la entrada al servicio público desde los principios de mérito, capacidad e igualdad", los miembros del tribunal que me examinó sabían quién era, pero también sabían perfectamente quién no era.

No lo conseguí, pero, honestamente, creo que estuve cerca. Y recuerdo que la primera vez que me presenté y fui a leer mi examen, el  tribunal, que llevaba seis meses oyendo opositores leer sus ejercicios, esa tarde invito a todos los aspirantes, menos a dos, a que se retirarán después de concluir la lectura del primer tema (práctica habitual por otra parte). Entre esos dos aspirantes, que fuimos los dos últimos en someternos al juicio del tribunal, me encontraba yo, que, además, fui el que clausuró la sesión de lectura, después de que mi antecesor culminase la de sus cinco temas sin ser interrumpido; y que, cuando termine de leer el primer tema, me detuve, a la espera del veredicto fatal, hasta que el tribunal me instó a que prosiguiera con la lectura. Después de abandonar la sala, ese mismo tribunal estuvo deliberado un rato y luego sacó una lista en la que sólo aparecía un nombre, que no era el mío.

Después de concurrir a una segunda convocatoria en la que conseguí superar el primer ejercicio, y tras cuatro años de preparación, dejé las oposiciones a juez y me despedí de mis preparadores, ambos magistrados de la Audiencia Provincial. Y, mucho tiempo después, he sabido que el hijo de uno y la hija del otro en la actualidad son juez y fiscal respectivamente.

Mi compañera de oposición todavía siguió preparándose un año más, pero también terminó dejando las oposiciones. Cuando le pregunté el motivo, me dijo que la última vez que se examinó, antes del ejercicio oral, huyendo de la tensión que se respiraba en el ambiente, se fue a tomar una tisana a una cafetería alejada de la sede del tribunal. Y que allí, en otra mesa había sentado un joven que resultó ser uno de los aspirantes que se examinaban con ella ese día, junto con otras personas mayores que charlaban tranquilamente. Cuando llegó su turno, entre los miembros del tribunal pudo reconocer a uno de los adultos que acompañaban al joven aspirante.