jueves, 31 de marzo de 2016

Incipiente primavera


            Terminó la Semana Santa y, desde el lunes, hemos vuelto a la rutina de los madrugones, a levantarnos antes de que salga el sol y quedarnos dormidos en la butaca a partir de las once de la noche, porque, a base de intermedios cuya duración aumenta progresivamente a medida que se acerca el desenlace, la televisión nos impide terminar de ver las películas programadas entre semana e irnos a la cama a una hora decente. Y, como consecuencia de ello, hay una serie de largometrajes cuyo argumento me suena bastante, que, cuando empiezan, tengo la sensación de haber visto antes, pero cuyo final no recuerdo en absoluto. Así que, cuando he recobrado el hilo argumental, al tercer intermedio me vuelvo a quedar adormilado y suelo perderme nuevamente el final. Con lo cual, la próxima vez que las programen, aumentara en mi esa sensación de haberlas visto, recordare con precisión el argumento y volveré a preguntarme que pasó durante los últimos cinco minutos de metraje.
            También he vuelto a salir a correr de forma regular, ahora que no tengo excusas para justificar mi inactividad, que se ha prolongado prácticamente durante cinco semanas, y que el tiempo invita a hacer ejercicio al aire libre; y antes de que la alergia primaveral me seque la nariz e irrite mis ojos, o el calor empiece a hacer estragos entre los runners que no tenemos más remedio que salir a correr por la tarde. Cuando eso sucede, me gustaría practicar el triatlón, para poder zambullirme a mitad del recorrido y meter la cabeza bajo el agua durante un buen rato, hasta que el polen que se acumula en mis vías respiratorias, enrojece mis párpados y hace que un picor de lo más incómodo se instale en mi garganta y en mis cuencas oculares, se haya disuelto y la congestión desaparezca por completo.

            Y nadie diría que, hace apenas un mes, completé mi segundo maratón, porque me siento pesado y en baja forma, como si hubiera estado seis meses tirado en el sofá comiendo hamburguesas y bebiendo refrescos de cola; lo que me hace pensar que no hacer ejercicio de manera regular sea, probablemente, la mejor forma de dejar de hacerlo en absoluto. Afortunadamente, cuando pienso en lo que me gusta una buena carne asada acompañada de patatas fritas y en lo reconfortante que resulta combatir el calor con una cerveza fría, me alegro de ser capaz de vencer esa inercia que me empuja hacia el sofá, susurrándome que hace demasiado calor o demasiado frío o que hay demasiado polen en suspensión y que, cerca de casa, no conozco ningún curso de agua cristalina lo bastante profundo como para darse un baño cuando aprieta el calor a primera hora de la tarde.
            No obstante, muy cerca de casa hay un solar en el que se levanta la estructura de un edificio cuya construcción quedó interrumpida cuando la crisis inmobiliaria irrumpió de golpe en el sector. Desde entonces, la lluvia ha inundado el socavón que estaba destinado a convertirse en garaje y que se prolonga más allá de esa estructura, creando una especie de poza profunda que mi imaginación, durante meses, cada vez que pasaba corriendo por su lado al anochecer, ha ido poblando secretamente de reptiles.

            Sin embargo, la semana pasada, en una mañana radiante de esta recién estrenada primavera, pude comprobar que el nivel del agua había descendido bastante, de forma que los pilares de ese aparcamiento subacuático, que hasta ahora estaban casi completamente sumergidos, asoman verticalmente sobre la superficie, como los pilares de un puente destruido, y, a su alrededor, las paredes de tierra removida se han llenado de vegetación silvestre, de arbustos y de juncos. Ese día, las ranas croaban rítmicamente y podía verse algunos peces nadando muy cerca de la superficie, lo que tal vez se deba a la derivación de un arroyo que transcurre por allí cerca. Y, si no fuera por la alambrada metálica que rodea el solar, todo invitaría a mojarse los pies y lanzar piedras para romper la quietud verde del agua remansada.

viernes, 18 de marzo de 2016

Intolerancia


La semana pasada, dentro de las actividades programadas durante la ‘semana cultural’, acudieron al Instituto donde dan clase mis hijas, representantes de una asociación de bisexuales, transexuales, gays y lesbianas  a dar una charla sobre la tolerancia, sin gran entusiasmo por parte de los alumnos asistentes, a los que los diversos talleres programados para ese día, habían dejado algo frustrados y cuya actitud denotaba, a esas alturas de la jornada, un cierto cansancio.

Esa misma semana, por otra parte, hubo sus más y sus menos, entre los compañeros de clase de mi hija mayor, a la hora de elegir la música que querían escuchar en el aula, durante otro de los talleres; que algunas alumnas resolvieron abalanzándose sobre el equipo informático y abrazando el teclado, mientras, por los altavoces, sonaban, uno tras otro, algunos de los temas más representativos del reggaetón, disuadiendo así a sus compañeros de cualquier intento de cambiar de sintonía.

Y es que, cuando hablamos de tolerancia, lo hacemos, normalmente, para referirnos a rasgos ostensibles que nos diferencian como individuos o identifican a un grupo frente a otro, normalmente mayoritario. De forma que es este el que ‘tolera’ la diferencia, lo cual ya, en sí, entraña un prejuicio, por que presupone que ese rasgo debe ser 'tolerado', a pesar de que se sale de la norma social general o, incluso, puede ser contrario a ella.

Esto es así hasta el punto de que, a veces, a la minoría que se diferencia del resto por ese rasgo concreto, le resulta mucho más difícil concebir que ella tenga que tolerar el pensamiento mayoritario o las convicciones de los integrantes de esa mayoría de la que tienen el legítimo derecho de querer diferenciarse. Sobre todo porque esas convicciones, al ser mayoritariamente compartidas por el grupo social dominante, no requieren, para imponerse, de la tolerancia de esa minoría.

Sin embargo, la tolerancia bien entendida, desde mi punto de vista, consiste más bien en respetar lo que, coincida o no con el parecer dominante en una sociedad o tiempo concreto, es sencillamente diferente o entra en contradicción con lo que nosotros, individualmente o como miembros de un grupo, podamos creer o pensar libremente.

A propósito de esto, la semana pasada, la prensa se hacía eco del juicio a la portavoz del gobierno municipal madrileño, por un incidente acaecido hace cinco años en la capilla de la Universidad Complutense, en la que algunos estudiantes irrumpieron en actitud poco respetuosa y proclamando consignas con las que pretendían, supuestamente, mostrar su disconformidad con la presencia de un templo en el campus de una institución pública aconfesional; y, en días sucesivos, he podido leer y escuchar en distintos medios de comunicación opiniones contrarias al enjuiciamiento de esa conducta.

Yo, por mi parte, puedo entender a quienes muestran su malestar por el hecho de que, en Semana Santa, las calles de su ciudad se llenen de procesiones que les impiden transitar libremente sin toparse con una fila interminable de nazarenos; comparto además la opinión de que, en un centro público, no debe haber símbolos religiosos, ni capillas, sinagogas o mezquitas; y puedo estar de acuerdo, incluso, en que el Código Penal no es el instrumento idóneo para tipificar ciertos comportamientos; pero de ahí a pretender que gritar determinadas consignas o mostrar otras actitudes que violentarían a cualquiera si se exhibieran en su propio ámbito privado o social, no tiene por qué ofender el sentimiento religioso de los congregados en un templo para rezar, equiparar este comportamiento con el legítimo ejercicio de la libertad de expresión o entender que, en realidad y en este caso particular, no se está juzgando a personas concretas, sino a una generación, me parece no solo equivocado sino, manifiestamente irresponsable, por qué, pretendiéndolo o no, justifica actitudes que son la más pura expresión de la intolerancia.