viernes, 1 de septiembre de 2023

Viva el espectáculo

 

Hace poco más de diez días, la selección femenina de fútbol se proclamó campeona del mundo en Sidney. Un logro nada desdeñable en cualquier circunstancia, pero mucho menos teniendo en cuenta que, en este país, la liga femenina de fútbol se viene disputando desde la temporada 1988-1989, la poca visibilidad y la escasa atención que se le ha prestado en todo este tiempo y las desiguales condiciones frente al multimillonario fútbol masculino.

De hecho, estas condiciones motivaron que, hace unos meses, quince jugadoras renunciaran a ser convocadas para formar parte de esa selección. Pero la federación, haciendo caso omiso, prefirió prescindir de ellas antes que atender sus reivindicaciones, aunque ello supusiera acudir al campeonato del mundo con un equipo de suplentes.

Sin embargo, y a pesar de todo, esas jóvenes compitieron lo mejor que supieron y, a base de convicción y poniendo su talento al servicio de un sueño, oh sorpresa, ganaron el Campeonato del Mundo. Pero no importa, porque la mayoría de los aficionados al fútbol de verdad seguía estando más pendiente del mercado de fichajes que de otra cosa. Lo cual dice mucho de su afición, porque el deporte no es eso y una verdadera competición deportiva no debería decidirse en un mercado. Pero esa es otra historia.

Y llegó el momento de las celebraciones. La primera de ellas en el palco, con un gesto muy macho, como el de llevarse la mano al paquete y agarrarse las pelotas. Aunque luego el autor del gesto pidiera disculpas (a la Reina). Lo que me recuerda otro gesto similar protagonizado por el guardameta de la selección argentina en el campeonato del mundo masculino (no sé qué les pasa a algunos hombres con sus genitales y esa necesidad de que todo el mundo les mire la entrepierna).

Más tarde, el presidente de la federación y el seleccionador nacional se miraron y se dedicaron el triunfo recíprocamente. Precioso. Un poco gay, pero bueno, no menos que las palmaditas en el culo entre futbolistas, a las que ya estamos tan acostumbrados. Además, todo el mundo sabe que en el fútbol masculino no hay homosexuales, (a diferencia del femenino, que está lleno de machorras).

Y, luego, ya en el podium, el despiporre, risas, buen rollo, ji ji, ja ja, y ¿por qué no? Un piquito. Pero, un momento, no al seleccionador, como hubiera sido lo lógico, después de esa mirada tierna de mutuo reconocimiento. Te quiero, me quieres. Pues al lío. Si lo hizo Casillas con Sara Carbonero y el país entero los proclamó novios de España. ¡Qué oportunidad perdida! Una verdadera lástima. 

Pues no, va el presidente de la federación y le estampa un beso en la boca a Jenni Hermoso, que, casualmente, pasaba por allí y, sin ton ni son, le dijo que era un crack. Qué si eso no es provocar, tú me dirás. Y van todos los tontos del culo de este país y se ponen hechos unas furias. Qué si agresión sexual, qué si abuso de poder. (Si sabrá Rubiales lo que es el abuso de poder). Pero si no había deseo, y, no habiendo deseo, pues es como pegarle un puñetazo a alguien, sin odiarle ni nada. Te limpias la nariz y tan amigos.

De todas formas, no sé a qué viene tanto revuelo, si me he enterado de que el máximo dirigente del FC Barcelona femenino, Xavier Puig, besó en la boca a la jugadora noruega Ingrid Syrstad tras ganar la final de la Copa de la Reina. Y es que parece que los directivos masculinos del fútbol femenino son así, espontáneos y cariñosos. Por lo menos con las jugadoras.

Además, si no quería que le diera un beso, pues haberlo dicho. Qué ya tenemos una edad y si el presidente de tu federación te pide un piquito, agarrándote la cara con las dos manos y durante la entrega de la copa de Campeonas del Mundo ante las cámaras de televisión en un evento transmitido a todo el planeta, pues le dices que se lo dé a su madre y Santas Pascuas.

Y ahora viene la parte más divertida. Se reúnen los gerifaltes de la federación, creyendo que su presidente iba a presentar la dimisión y se encuentran con que, además de triplicarle el sueldo a Jorge Vilda (si eso no es una declaración de amor, ya me dirás qué lo es), les dice, mejor, les grita, que no él no se va. Y, claro, no les queda más remedio que ponerse en pie y dedicarle una ovación cerrada, no se le fuera a ocurrir llevarse otra vez la mano a la entrepierna o algo peor.

Y, a continuación, va la FIFA y lo suspende. Pero, a esta gente de la FIFA ¿qué le pasa?, ¿es qué no ha visto las imágenes, el vídeo, las fotografías, la asamblea extraordinaria de la federación puesta en pie, las hijas del presidente (y otras verdaderas feministas) apoyando a su padre?, ¿y del silencio clamoroso de los chicos de la selección?, ¿tampoco se han enterado?, esos verdaderos futbolistas que tardaron casi un siglo en conseguir lo que sus compañeras han conseguido en una generación. De locos.

Me parece muy injusto que, después de lo que ha hecho este hombre (por el fútbol), como llevarse la final de la Supercopa de España a Arabia Saudí, (que si los de la FIFA tuvieran dos dedos de frente habrían hecho lo mismo con el mundial femenino, que además está al ladito de Qatar) se le vaya a recordar solamente por haberle robado un inocente beso a una jugadora de fútbol de la selección. Pero, qué le vamos a hacer. Cómo dijo alguien en su día, el fútbol es un estado de ánimo.

viernes, 14 de julio de 2023

Paseando a Mr. Hyde

 

Me considero una persona pacífica, de trato afable y poco dada a pelearme por una plaza de aparcamiento o por el turno en la pescadería. No soy de los que van por ahí avasallando o buscando pelea y, salvo que la persona que tengo enfrente me importe lo suficiente, tampoco soy aficionado a llevarle a nadie la contraria.

Pero, aun así, después de observarme a mí mismo con cierta perspectiva, me he dado cuenta de que, no muy a menudo, incluso muy de vez en cuando, se apodera de mí un extraño instinto pendenciero, una especie de súbita agresividad que, la mayor parte del tiempo, permanece larvada en un lugar oscuro de mi subconsciente, esperando el momento de manifestarse, siempre de improviso y por sorpresa.

Y la cuestión es que no hace falta que esté sometido a un gran estrés, o que mi equipo haya perdido el partido del domingo, para que Míster Hyde irrumpa en escena. Sólo es necesario un chispazo que tiene la virtud de provocar una reacción furibunda en cadena sin que dé tiempo a encender las alarmas que permitirían sofocar el conato de incendio.

La verdad es que, como no tengo más remedio que convivir con él, me gustaría poder controlar a Míster Hyde, aunque sólo fuera para decidir en qué momento abrirle la puerta de la jaula y luego, si eso, ya que haga lo que le dicte la adrenalina. Pero, igual que a Obélix, la pócima que debí ingerir en algún momento de mi tierna infancia tiene efectos permanentes en mí, aunque afortunadamente sólo se manifiestan de forma intermitente.

Así que, como no puedo controlarlo, estoy tratando de averiguar si sus apariciones estelares obedecen a algún patrón que pueda reconocer, con objeto de evitar, en la medida de lo posible, colocarme en una situación de riesgo. Y, de esta manera, he identificado algunos escenarios propicios a las manifestaciones de mi alter ego, que paso a exponer a continuación.

Número uno: Doctor Jekyll al volante de su utilitario.

Y es que, cuando hago uso de mi propio vehículo, la interacción reiterada con otros conductores excita mucho a Míster Hyde, y le hace expresarse con un lenguaje florido impropio de un doctor en medicina o, ya puestos, en derecho. Afortunadamente, hasta ahora, he conseguido evitar que Hyde se haga con los mandos de la máquina, porque, en esos momentos, por su mente perturbada pueden llegar a pasar ideas de una crueldad inusitada.

Número dos: reuniones de vecinos, de padres y madres de alumnos, reuniones de trabajo y reuniones en general.

He observado que la información prescindible, la reiteración de argumentos poco elaborados o sin sentido, la proliferación de ideas peregrinas, y la sobreabundancia de opiniones particulares sobre asuntos intrascendentes, provoca en mí una especie de bloqueo mental que me impide expresarme correctamente o, mejor dicho, con la corrección adecuada. Así que, cuando no me queda más remedio que asistir a uno de estos foros, he optado por no abrir la boca, para evitar que mi otro yo tome la palabra. Aunque temo que, si no le dejo hablar, Hyde recurra a otros métodos más expeditivos para expresar su disgusto y frustración, que ya lo he sorprendido fantaseando con irrumpir en la reunión al volante de nuestro coche.

Número tres: Idiotas de nacimiento.

Si hay algo que descompone a Míster Hyde es que aparezca en los medios de comunicación o en las redes sociales un gurú hablando de lo que no sabe o tratando de convencer a sus semejantes de cualquier majadería. Es en ese momento cuando se le tensan los músculos del cuello, se le crispa el rostro, y con los ojos inyectados en sangre, puede hacer una bola de papel con el periódico que tiene entre las manos, pero también arrojar el televisor por la ventana, arrancar la radio del salpicadero o triturar el teléfono móvil con los dientes y escupir los restos con el mismo efecto sobre el entorno más próximo que una bomba de racimo.

Número cuatro: Reggaeton.

Los efectos de escuchar Reggaeton pueden ser devastadores. Así que procuro evitarlo a toda costa, porque Hyde, que tiene un oído muy fino, se altera muchísimo solo con la primera nota. No obstante, es inevitable que, en las noches de verano, de vez en cuando pase un coche con las ventanillas bajadas dejando a su paso una estela que incita a Hyde a saltar por la ventana y arrojarse sobre el vehículo, abrir la portezuela del conductor, sacarlo a la fuerza del habitáculo y, después de arrojarlo al asfalto, destrozar los altavoces y pegarle fuego al vehículo con el resto de sus ocupantes dentro.

Número cinco: que me tomen por idiota de nacimiento.

Míster Hyde puede ser malhablado, irrespetuoso y, ocasionalmente, brutal, pero eso no quiere decir que sea tonto. O, al menos, no más tonto que el Doctor Yekyll, que, con sus maneras atildadas y su moderado discurso, se cree más listo que Hyde, porque la mayor parte del tiempo consigue engañar a sus semejantes.

Por eso, cuando se percata de un intento mal disimulado de insultar su primitivo intelecto, se le sube la sangre a la cabeza y, en ese momento, no hay barrera humana capaz de detener su instinto destructor. Por eso es conveniente evitar, en la medida de lo posible, la interacción con mentirosos y embaucadores en general, y con representantes del sector financiero, negacionistas climáticos y políticos sin escrúpulos en particular. Ya que, de lo contrario, una furia incontrolable puede arrasar el entorno en varios kilómetros a la redonda, derribando sucursales bancarias, reduciendo a escombros las sedes de partidos políticos, inutilizando las redes de distribución de energía eléctrica, destruyendo centrales térmicas, y cortando las vías de comunicación terrestre y aérea, con descarrilamiento de trenes y derribo de aviones comerciales incluidos.

Y es así que, evitando estas situaciones comprometidas, desde hace unos cuantos meses, he conseguido que mi irascible compañero se quede tranquilo en su cubil sin perturbar mi pacífica y, a veces, anodina existencia. Pero reconozco que, desde que no se deja ver, no he podido evitar el echar de menos su lógica elemental, su incorrección política y su incapacidad para maquillar la realidad con una pátina de falsa tolerancia. Y es por eso que, de vez en cuando, me asalta la tentación de buscar la llave de su jaula, dejar que se suba al coche e irme con él a dar una vuelta, a ver qué pasa.