viernes, 5 de septiembre de 2014

Caminando por la vida.


            Efectivamente, yo también creo que transitar por sendas imaginarias suele ser más sencillo que hacerlo por la vida, donde las reglas suelen cambiar de un tiempo a otro, o las costumbres ser distintas según la cultura del país en el que nos haya tocado vivir, y los valores pueden variar en función de la generación o del estrato social al que pertenezcamos o, finalmente, de la experiencia vital de cada uno, hasta el punto de que muchas veces no se puede predecir el comportamiento de los demás. A veces, incluso nuestro propio comportamiento no es previsible a largo plazo ni siquiera para nosotros mismos.
            Yo no sé si estamos aquí por azar o si somos fruto de una caprichosa conjunción de acontecimientos más o menos afortunados; pero creo que, al margen de ello, nuestro mayor poder como individuos reside en la capacidad que tenemos de influir en nuestro entorno y contribuir así, en mayor o menor medida, a modelar esa realidad caprichosa e impredecible. Además, es algo que hacemos de forma inconsciente y aún a nuestro pesar.

            En cualquier caso, lo que sí parece incuestionable es que, en el ámbito de cada uno, tenemos la potestad de decidir y somos dueños, aunque solo sea hasta cierto punto, de nuestro destino. Lo demás y los demás pueden cambiar, defraudarnos o frustrar nuestras expectativas o, sencillamente, desaparecer, pero eso no aniquila nuestro entendimiento ni nuestra capacidad de reacción al cambio y a las frustraciones y, en última instancia, la resolución de seguir siendo nosotros a pesar de los tiempos y de los acontecimientos que puedan desatarse a nuestro alrededor.
            Por otra parte, en la senda de nuestras vidas, esas que transitan por el occidente desarrollado en los albores del siglo XXI, al menos nosotros tenemos la relativa certeza de que no vamos a morir en cualquier momento, lo cual no es cualquier cosa; aunque, naturalmente, eso no nos libra de inquietudes y zozobras, ni nos garantiza la plena satisfacción de nuestros anhelos. Por supuesto, todos tenemos nuestras expectativas y, a veces, estas se ven defraudadas y ponen a prueba nuestra capacidad para creer en el futuro, en las personas y en nosotros mismos. La diferencia radica probablemente en que los niños superan más fácilmente los desengaños y, como en los juegos de rol, pueden retomar la aventura al día siguiente, sobre todo si les ayudamos a enfocar el asunto, invitándoles a perseverar o a cambiar de amigos o a tomar otro camino; cosas que los adultos, a pesar de la experiencia vivida, no siempre sabemos hacer o nos cuesta mucho más trabajo poner en práctica.

            Así pues, al final, como dice la canción, nada de esto fue un error, porque si tenemos la potestad de influir en nuestro entorno, el actuar de una determinada manera o el hecho de no hacerlo, ya sea consciente o inconscientemente, condiciona el devenir de los acontecimientos futuros y nuestro propio futuro, y puede contribuir también a hacer de este mundo un mundo más bonito, más humano, menos raro (otra canción).

sábado, 30 de agosto de 2014

Transitando por sendas imaginarias.


            Estas vacaciones hemos estado jugando al rol con unos amigos de mis hijas que no conocían el juego y que, desde el primer momento, se implicaron en una de esas aventuras que se inician en una bulliciosa posada situada en algún lugar de la Tierra Media y transcurren por ciudades en ruinas a través de pasadizos sombríos y con el aliento de criaturas sin nombre acechando en cada rincón.

            Cada tarde, a la hora convenida, los miembros de la compañía se daban cita para empezar la partida y luego se dejaban llevar por su imaginación para ubicarse en un escenario misterioso y poblado de fantasmas, disputándose el mérito de abatir una bestia horripilante o de hallar un tesoro perdido y tal vez maldito.

            Hacía tiempo que no asumía la responsabilidad de dirigir el juego y temía no estar a la altura de las expectativas generadas entre mis jóvenes y entusiastas personajes jugadores, pero la cosa resultó bastante bien. Supongo que se trata de tener una imagen precisa de los escenarios, saber conducir la acción anticipándose a las alternativas que puedan plantearse, ser capaz de sumar de cabeza y no hacerse un lío con las tablas.

            Con todo, lo que más me preocupaba era que la acción decayera y perdiera tensión dramática. No se trata de que los personajes crean que pueden morir en cualquier momento, pero sí de sembrar la inquietud en sus corazones y mantenerles expectantes ante la incertidumbre de lo que les aguarda más allá del dintel de una puerta o del siguiente recodo del camino.

            En realidad, creo que lo he tenido fácil, porque a estas edades resulta sencillo implicarse emocionalmente en un juego de fantasía para descubrir mundos imaginarios, embarcarse en aventuras de final incierto desafiando a personajes siniestros y poco compasivos y, al mismo tiempo, empatizar con quienes nos acompañan, aunque sean personajes no jugadores de los que quizá no volvamos a saber nada más cuando nos separemos de ellos al final del viaje. Y es que, si me apuráis, un juego de rol es como un relato de aventuras participativo que se enriquece con la aportación de cada uno, del que, en esta ocasión, he podido ser el narrador.