sábado, 1 de julio de 2023

Cetáceos

 

Hace meses que la prensa y las redes sociales vienen haciéndose eco de los incidentes protagonizados por un grupo de orcas en aguas de España y Portugal. Y es que, desde 2020, la familia de Gladis (Orca Gladiator), que es el nombre con el que se conoce a los miembros de este grupo de hasta quince ejemplares emparentados entre sí, ha participado en un número creciente de interacciones con barcos, que normalmente no tienen consecuencias más allá de la rotura del timón y otros desperfectos que dejan la nave a la deriva.

No obstante, hace un año, un grupo de orcas hundió un velero a 11 kilómetros de la costa portuguesa de Sines, dejando a sus cinco tripulantes tiritando en un bote salvavidas a la espera de ser rescatados y supongo que preguntándose si las ballenas iban a seguir jugando a hundir la flota, cebándose también con el bote salvavidas.

La cuestión es que, como no dejo de leer noticias sobre los encuentros entre orcas y embarcaciones (cada uno tiene sus preferencias, en lo que a contenidos en la red se refiere), mi teléfono móvil ha empezado de ofrecerme una copiosa información sobre los más variados incidentes ocurridos entre ballenas y barcos, en cualquier confín del océano.

Así me he enterado de que, el mes pasado, se ha producido el hundimiento de otro velero suizo que navegaba a todo trapo, aprovechando un viento favorable de entre 7 y 8 nudos, frente al puerto de Barbate, cuyos tripulantes tuvieron que ser rescatados después de que tres orcas embistieran repetidamente la embarcación hasta conseguir echarla a pique (que digo yo que teniéndolo tan fácil para practicar el alpinismo, dónde el mayor riesgo que se corre, en lo que a interacción animal se refiere, es que se te cague encima un águila real, después de rescatarlo y envolverlo en una manta, la guardia costera podría haberle dicho al patrón aquello de colega tú te lo has buscado). 

Y he tomado conciencia de que, de vez en cuando, aunque con más frecuencia de la que me imaginaba, un barco choca aparatosamente con un cetáceo, como aconteció en marzo pasado, a un velero que realizaba una travesía entre las islas Galápagos y la Polinesia Francesa, en cuya singladura se cruzó una 'ballena gigante' muy cerca del lugar en que Moby-Dick y Ahab se vieran las caras por última vez (11° 30.6S 117° 26.9W).

También, en septiembre del año pasado, en la bahía de Goose, frente a las costas de Nueva Zelanda, cuando el mar estaba en calma y todo invitaba a deleitarse con la brisa marina, un cachalote que emergía de las profundidades abrió una vía de agua en el casco de un barco que lo envío al fondo del mar con la mitad de la tripulación atrapada en su interior y preguntándose todavía por dónde les había venido el golpe, sobre todo porque la expedición se había organizado para el avistamiento de aves, lo cual me lleva a pensar que, en el momento de la colisión, estaban mirando en la dirección equivocada.

Aunque, la variedad de interacciones con cetáceos no tiene fin, y si no que se lo digan a Julie y Liz, un par de chicas que se encontraban practicando kayak en la costa de California, cuando una ballena jorobada emergió del agua y abriendo la boca en un colosal bostezo, las engullo sin más trámites, para escupirlas a continuación y seguir su camino, supongo que preguntándose como un congénere suyo puso albergar en el estómago a una criatura de semejante textura y sabor durante tres días y tres noches antes de regurgitarla. Y es que una mala experiencia culinaria la tiene cualquiera.

Claro que, por otra parte, la prensa británica no deja de alertar a sus lectores de la presencia, también cada vez más frecuente, de tiburones en las playas de nuestra costa mediterránea, que se especula que pudiera estar provocada por la subida de la temperatura del mar. Aunque, visto lo que está pasando en aguas del estrecho con las orcas, yo creo que los tiburones han decidido quitarse de en medio y prefieren nadar cerca de la playa de Sant Gervasi, en Vilanova i la Geltrú, asustando a Mildred y George, que arriesgarse a un encuentro fortuito con Gladis y compañía. Qué ya se sabe que a las ballenas en general, y a las orcas en particular, no parece que les guste mucho el sabor de los bañistas (y, si no, ahí están Jonás, o Julie y Liz para atestiguarlo), pero es bien sabido que no le hacen ascos a una buena sopa de aleta de tiburón.

Pues, bueno, como de todo se puede extraer alguna enseñanza en este mundo, creo que, a estas alturas de la película, hasta los fans de ’Libertad a Willy' pueden empezar a comprender que, a lo mejor, ya no se puede andar navegando por ahí despreocupadamente como el que coge un Uber sin ocuparse de nada más que del parte meteorológico, y que, ya sea por el recalentamiento de los océanos, por la proliferación de islas de plásticos o por la contaminación acústica de los hábitats marinos que impide escuchar el canto de los cetáceos, puede ser que Willy, Gladis y hasta los descendientes de Moby-Dick hayan empezado a tomar conciencia de la necesidad de mantener a raya a los seres humanos, empezando por todos los ecoturistas en acción de este mundo y sus embarcaciones de recreo (lo de George y Mildred habrá que abordarlo en el próximo debate sobre el estado de la nación marina).

Una lástima, porque este verano tenía pensado coger un barquito que sale desde la localidad en la que veraneo y que realiza una ruta por aguas del estrecho con la promesa de avistar ejemplares de hasta doce especies de cetáceos. Hasta ahora, no lo habíamos hecho porque teníamos nuestras dudas de que hubiera una verdadera interacción con alguno de ellos. Ahora no creo que lo hagamos por si acaso la cosa se sale de madre y terminamos nadando entre ballenas con ganas de poner a prueba nuestras dotes para sobrevivir en alta mar. Aunque no descarto del todo algún encuentro en la playa con un Galeorhinus galeus, preferentemente en adobo y con un chorrito de limón.

domingo, 11 de junio de 2023

La mirada de las mil yardas

 

Hace tiempo vi un lienzo que ilustraba la llegada a puerto del único barco sobreviviente de la expedición de Magallanes, después de completar la primera vuelta al mundo. En el cuadro, los marineros bajaban de la embarcación con la mirada pérdida, como almas en pena, la ropa hecha girones, alguno de ellos sosteniendo un cirio, aparentemente incapaces de reconocer a sus semejantes, que les aguardaban expectantes en el muelle. Tres años antes, habían partido de ese mismo puerto cinco naves y más de doscientos treinta hombres, de los que consiguieron regresar tan sólo dieciocho.

Esa mirada ausente ha sido descrita gráficamente como la mirada de las mil yardas, y es una manifestación del estrés postraumático que presentan las personas que han estado sometidas a una experiencia traumática durante un prolongado periodo de tiempo, que se describió por primera vez en combatientes que habían estado en primera línea de combate.

Pero también una catástrofe, una situación de cautiverio prolongada en condiciones extremas, o cualquier experiencia de características semejantes puede derivar en un trastorno adaptativo del que esa mirada perdida sería tan sólo un síntoma.

Hace unos días pude reconocer esa misma mirada en una fotografía del cabo Calvin Bates, del 20º Regimiento de Infantería de Mane, que ilustraba un artículo sobre un reciente estudio que ha revelado que los hijos de los soldados del ejército de la Unión que, después de ser capturados por el ejército confederado, ingresaron en el campo de prisioneros de Andersonville, donde sufrieron de inanición, escorbuto o disentería y fueron sometidos a un cautiverio tan duro que acabó con la vida del 40 por ciento de sus compañeros, además de presentar muchos de los síntomas propios del estrés postraumático, transmitieron a sus hijos varones algunas de las secuelas del sufrimiento padecido, como consecuencia de cambios en la información genética que pasarían de una generación a otra, lo que hizo que sus vástagos tuvieran una menor esperanza de vida que los hijos de otros veteranos de guerra o que sus propios hermanos concebidos antes de que sus padres fueran a la guerra.

Si esa vivencia se experimenta a edades tempranas, otros estudios demuestran que los niños que las padecen pueden llegar a desarrollar patologías que les acompañarán el resto de sus vidas. Así, los niños rescatados de los orfanatos de la Rumanía del dictador Ceaucescu muestran alteraciones cerebrales décadas después, a pesar de haber sido adoptados por familias occidentales y haberse desarrollado en un ambiente propicio y tendrían peores expedientes académicos, menor cociente intelectual y mayores síntomas del trastorno por déficit de atención, y ya de adultos, podrían arrastrar problemas emocionales y de ansiedad y depresión. El estudio revela además una siniestra proporcionalidad entre el número de meses pasados en las instituciones estatales para huérfanos y el volumen del cerebro, de forma que por cada mes pasado en uno de los orfanatos rumanos, el volumen total del cerebro sería entre 2 y 3 centímetros cúbicos menor.

A la vista de tales evidencias, resulta todavía más escarnecedor que históricamente quienes, por acción o por omisión, han propiciado consecuencias como las que describen estos estudios, hayan defendido al mismo tiempo la superioridad de los colonizadores sobre los indígenas, o de las clases pudientes sobre los desheredados, o de los carceleros sobre sus prisioneros, achacando a estos taras, sociopatías o comportamientos desviados, defendiendo, incluso a nivel doctrinal, tesis como la del delincuente congénito, y sosteniendo sin tapujos que alguien por su raza, origen o extracción social, en el mejor de los casos, estaría peor dotado genéticamente para ocupar un puesto en la sociedad junto a los prohombres. Y, en el peor, constituiría una lacra para la sociedad que le habría dado cobijo.

En todo caso, la historia nos demuestra que, en estas o parecidas circunstancias, han tenido que sucederse un buen número de generaciones para que una raza de esclavos pudiera batir en una pista de atletismo a los hombres libres, para que los pueblos colonizados hayan podido reclamar el derecho a su libre determinación, para que un ejército de indigentes se pusiera en pie y reclamara su lugar en los parlamentos nacionales o para que algunos de los cautivos más injustamente encarcelados hayan podido ganar unas elecciones democráticas, después de ser elegidos libremente por sus conciudadanos.

Por eso, ahora mismo, cabe preguntarse cuánto tiempo tendrá que pasar para que quienes han llegado, y van a seguir llegando, hasta nuestras costas con la mirada extraviada y la ropa hecha girones, después de sufrir enfermedades y pandemias, ver a sus hijos y hermanos morir de hambre y de sed, después de sufrir una deriva climática devastadora provocada por nosotros mismos y nuestra codicia insaciable, ser víctimas de guerras crueles en cuya primera línea los colocó el azar, vagar a través del desierto en éxodos agotadores, pasar por las manos de traficantes de seres humanos, sufrir cautiverio, arriesgarlo todo en travesías suicidas, y haber sobrevivido a naufragios, puedan sentarse a nuestra mesa y compartir el pan y la sal que les hemos negado durante tanto tiempo y aún hoy les seguimos negando.

            La mirada de las mil yardas es una manera de desvincularse de una realidad terrible y de una experiencia de sobrepasa al que la ha vivido. Sirve para aislarse y anestesiarse cuando el sufrimiento se vuelve intolerable, evitando ver aquello que está por todas partes alrededor y produce ese sufrimiento. Ignorarla, no arropar y ofrecer ayuda y consuelo a los que han perdido la capacidad de estar en la realidad de este mundo nos convierte en cómplices de los captores, de los señores de la guerra y de los traficantes de seres humanos. Y ese comportamiento revela que nuestra mirada, a diferencia de la suya, está enfocada en no ver más allá de nuestro acogedor entorno cotidiano, lo que nos permite ignorar todo aquello que sucede más allá de las mil yardas.