domingo, 20 de diciembre de 2020

Triunfo de etapa

 

            Esta semana he tenido que ir al juzgado todos los días. El tiempo ha estado brumoso y el carril bici amanecía mojado y cubierto de hojas amarillas. Una mañana había tanta niebla que las gafas se me empañaban constantemente, obligándome a avanzar con lentitud, adentrándome en la madrugada nebulosa distinguiendo apenas los contornos de árboles y farolas y vislumbrando las luces difuminadas de las bicicletas que venían a mi encuentro en sentido contrario, de los coches y de los semáforos.

            La mitad de las veces que me he caído de la bicicleta ha sido en días de lluvia, afortunadamente sin graves consecuencias. Las veces que me ha ocurrido, estaba más cerca del trabajo que de casa, y eso me ha hecho optar por acudir a la oficina con los pantalones manchados de barro, eso sí, con la actitud de quien se ha derramado el café encima mientras desayunaba en una cafetería cercana. Siempre que me pasa, me levanto a toda prisa, compruebo rápidamente si a la bicicleta le ha pasado algo, miro de reojo a mi alrededor con la esperanza de que nadie me haya visto derrapar sobre la pista, me subo al sillín y empiezo a dar pedales como si me estuviera jugando el triunfo de etapa.

            A partir del lunes estoy de vacaciones, aunque me he llevado a casa unas cuantas carpetas. Debe ser un hábito adquirido durante el confinamiento y propiciado por el teletrabajo. Pero hasta el año que viene no volveré a coger la bici para ir al juzgado, y cuando llega esta época del año me esfuerzo en pensar que el trabajo ya está hecho. Eso era lo que me decía mi preparador cuando estaba estudiando las oposiciones para juez y me quedaban unos pocos días para examinarme, o me repetían los programas de entrenamiento para el maratón cuando abordaba la semana previa a disputar la carrera. Lo importante era no sufrir ningún percance. No ponerse enfermo ni lesionarse.

            Así que, ahora que la lluvia se ha vuelto pertinaz y los días lluviosos se han venido sucediendo unos a otros, al salir de casa ajustándome la chichonera, me repito que el objetivo fundamental es volver a casa de una pieza, aunque para ello tenga que detenerme en cada semáforo para secar los cristales de las gafas y eso me haga llegar más tarde al despacho. Luego, la verdad es que durante el trayecto, si no hay niebla, se me va la cabeza y empiezo a pensar en luces parpadeantes y árboles de Navidad, en regalos y cartas a los Reyes Magos.

            Para mucha gente que conozco, esta época del año no tiene un significado especial. Y no me refiero al aspecto religioso. Es habitual escuchar a jóvenes y mayores, en tertulias y programas radiofónicos que no se trata más que de una convención, una excusa para consumir, comer y beber sin tasa. Puede que para muchos sea así, pero todos necesitamos acotar el tiempo, dividirlo en etapas, fragmentarlo para poder aprehenderlo mejor.

            Yo mismo, cuando corro, suelo hacerlo marcándome una meta, ya sea una distancia, un tiempo o una marca. Y cuando estoy cerca del final, cuando entro en el último kilómetro o diviso la salida del parque, suelo mejorar mis prestaciones, abro la zancada, aumento la cadencia. Entonces, al cruzar esa línea imaginaria que marca el final del recorrido, me dejo ir, levanto la cabeza y miro a lo lejos. Sé que, dentro de un par de días, volveré a calzarme las zapatillas, pondré el cronómetro a cero y me adentraré en la niebla, expuesto a la lluvia y el frío. Pero también sé que hoy culminé la etapa, cruce la línea de llegada, me esforcé y logré el objetivo que me había propuesto. Y eso me reconforta y me hace sentir bien conmigo mismo y decirme que, pase lo que pase mañana, esta carrera me ensanchó los pulmones y me despejó la mente, me hizo sufrir pero también me proporcionó un gozo sereno.

Haber llegado hasta aquí me hace sentir enormemente agradecido, por estar vivo, por haber amado y sentirme querido, por saber que, pase lo que pase mañana, y aunque todavía nos esperan días dorados, el objetivo, en parte, está cumplido, parte del trabajo ya está hecho y sus frutos perdurarán porque hemos puesto en ello nuestro empeño más sincero.

sábado, 12 de diciembre de 2020

Exploradores

 

            Estoy leyendo la biografía de Humboldt y no puedo dejar de sentirme intimidado por la capacidad del explorador prusiano para adquirir un conocimiento enciclopédico del mundo al tiempo que desarrollaba una actividad febril que le permitía caminar continentes, explorar selvas, escalar volcanes, recabar miles de datos, hacer mediciones en las condiciones más adversas, llenar decenas de cuadernos con sus anotaciones, dibujar mapas, clasificar centenares de especies, hacer experimentos, dar conferencias, mantener una abundante correspondencia y conocer personalmente a muchos de sus contemporáneos más ilustres. Todo ello además en una época en la que las comunicaciones y los viajes se encontraban mediatizados por la guerra y la rivalidad entre las potencias coloniales, y en la que la posibilidad de perecer víctima de una enfermedad, un naufragio o un accidente fortuito estaba presente por doquier.

            Así que, después de escalar el Chimborazo en compañía de Bonpland, Montúfar y el bueno de José de la Cruz, en medio de una ventisca despiadada, con los instrumentos metálicos y los dedos de las manos al borde de la congelación y los pies heridos resbalando al borde de precipicios vertiginosos, cuando cierro el libro y me tapo los míos con mi mantita, me siento como el indigno descendiente de una raza de gigantes venida a menos.

            Para no sucumbir al desánimo, trato de buscar alguna justificación a mi hasta ahora escasa aportación al género humano, y pienso que después de todo yo no he heredado una fortuna de mi madre y que Alexander puso tanto empeño en la tarea que se había propuesto que nos dejó poco terreno que explorar a los que nacimos dos siglos después, que si no llega a ser por eso, igual me da a mí por escalar el Cotopaxi y la corriente de Humboldt lo mismo no se llamaba así.

            Además, yo he tenido dos hijas perfectamente capaces, gracias al ejemplo de su progenitor, de explorar otros planetas, siempre que no haya que subir muchas cuestas ni haga demasiado calor y los móviles tengan cobertura. Así que todavía está por ver quien ha contribuido más al desarrollo de la humanidad. Por lo demás, estudié una carrera universitaria que me ha permitido contribuir con mi esfuerzo al funcionamiento armonioso de la maquinaria administrativa, litigar ante los tribunales de justicia defendiendo los derechos del común de la ciudadanía sin incurrir en temeridad, al menos de forma manifiesta, e impartir clases sin que la mayoría de mis alumnos abandonaran el estado de vigilia.

            También he llegado hasta los pies del Vesubio viajando en los vagones atestados de viajeros de la línea ferroviaria Cirumvesuviana, lo cual, aunque no lo parezca, también tiene su mérito; he escalado la cumbre del Valdecebollas sin llegar a deshidratarme del todo; me he bañado en el Mediterráneo, el Atlántico, el Cantábrico, el Egeo y últimamente en el Tirreno, aunque confieso que siempre haciendo pie, salvo en el Tirreno, pero era demasiado tarde para echarse atrás, además estaba iniciando a mis hijas en la exploración marina y no era cuestión de quedar como un gallina; y tengo varias caracolas en casa de cuya procedencia estoy casi seguro.

            Y por si todo esto no fuera suficiente, os informo de que, aunque vivimos tiempos de paz, hace meses que convivo con una pandemia que ha obligado a clausurar restaurantes y locales de ocio en mi ciudad, a imponer el toque de queda a partir de las diez de la noche y a decretar un confinamiento perimetral que de facto me ha impedido continuar con mis exploraciones, justo ahora que tenía previsto volver a viajar.

sábado, 28 de noviembre de 2020

Cerdos y subnormales

 

            No sé si la capacidad para insultarnos resulta connatural a la especie humana o más bien una costumbre que es necesario cultivar en un ambiente familiar o social concreto, pero la mayoría de nosotros recurrimos al insulto como una forma de descalificación de nuestros oponentes o de aquellos con quienes no simpatizamos o, sencillamente, no compartimos ideologías, pareceres u opiniones.

            No obstante, aunque el insulto puede resultar el último mensaje que se lanza cuando se acaban los argumentos, también puede ser una manera de reprender a alguien a quien no conocemos pero cuya conducta queremos afear de alguna manera. Es el típico calificativo que se lanza espontáneamente contra quien nos incomoda con su manera de conducir o pretende robarnos una plaza de aparcamiento que creímos haber visto primero. El típico ‘pero, ¿en qué estará pensando ese subnormal?’.

            Y lo tenemos tan interiorizado que muchas veces se expresa sin acritud, de forma que no hace falta haber sido desairado por su destinatario. Y otras muchas tampoco es una expresión de odio o tan siquiera malintencionada, y, en este sentido, no pretende hacer daño, aunque sí llamar la atención.

            Los protagonistas de la película Cuenta conmigo compiten entre sí buscando la expresión más denigrante para referirse a la madre del otro, sin que ello afecte ni un ápice a su amistad. Y, durante el servicio militar, tenía un compañero que utilizaba cualquier insulto para referirse a sus camaradas, normalmente relativo a los hábitos de higiene, pero con la peculiaridad de hacerlo siempre en femenino. Así por ejemplo no eras un guarro, sino una guarra, ni un cerdo, sino una cerda. Y si alguno de nosotros escapaba a esos calificativos, que ponían en cuestión constantemente nuestra genitalidad, era porque no había suficiente confianza. Pero bastaba con que un día compartieras con él una coca cola y un par de chistes en la cantina para que fueras admitido oficialmente en el club de las cochinas.

            Otras veces, expresiones en principio malsonantes se convierten en calificativos cariñosos. Una vez vi a dos amigos en la calle saludándose afectuosamente al tiempo que uno de ellos llamaba al otro ‘cara mierda’ mientras este sonreía de oreja a oreja. La cosa me hizo bastante gracia porque hubo una época en la que mi hermano y yo nos llamábamos así, y me acuerdo que mi madre nos reprendía por ello porque le parecía una expresión de muy mal gusto. Y la verdad es que lo era, o lo es. Aunque nuestro insulto favorito aludía a nuestras capacidades intelectivas y era frecuente que nos llamáramos ‘subnormal’ o, más frecuentemente, ‘retrasado’.

También en el ámbito estrictamente familiar, recuerdo el primer insulto que mi hija pequeña, cuando tendría apenas cuatro años, dedicó a su hermana. Estábamos esperando al ascensor y seguramente se peleaban por pasar delante de la otra. Entonces mi hija menor, que debía sentirse en inferioridad, llamó a su hermana ‘cula’, con la intención manifiesta de compararla con un culo pero pensando, sin duda, que siendo una chica era necesario hacer concordar el género del sustantivo con el sexo de su hermana. Supongo que debería haberla reprendido y al tiempo elogiarla por su corrección lingüística a una edad tan temprana, pero bastante tenía tratando de contener la risa.

            Ni que decir tiene que aquello ofendió gravemente a mi hija mayor, aunque desde entonces ambas han ido refinando un método para insultarse, casi siempre de manera afectuosa. Empezaron llamándose ‘cerda’ la una a la otra, pero la falta de acritud hace que recurran frecuentemente a diminutivos cariñosos como ‘cerdecilla’. Otras veces buscan formas imaginativas de aludir al ganado porcino para calificar el comportamiento fraternal. De todas ellas, la que más me gusta es la que recurre a la onomatopeya, ‘oinka’, aunque existen formas refinadas cuando la descalificación pretende subir de tono. En este caso, se utiliza el aumentativo ‘oinkota’. Y si se pretende acentuar aún más la ofensa, se puede usar una expresión aún más gruesa, también más explícita y hasta redundante: ‘oinko-cerda’.

            No soy partidario de insultar por insultar, ni de hacerlo sin criterio. Cuando las palabras gruesas se integran en el lenguaje cotidiano, el incidente más trivial puede convertir a cualquier ciudadano anónimo en el vástago de una mujer de vida licenciosa. Pero, en determinados ámbitos, el lenguaje aséptico y carente de connotaciones, aunque puedan ser negativas, me parece artificioso. Por qué, ¿quién no ha tenido un amigo que era un gorrino o un hermano un poco cara mierda o que se comportaba a veces como un verdadero retrasado?

domingo, 15 de noviembre de 2020

Aquella ola

             De vez en cuando sueño con olas gigantes que avanzan hacia la costa cómo un muro de agua imposible de contener que se levanta todopoderoso, impelido por una oscura fuerza submarina surgida de las profundidades. Entonces, busco a mis hijas, que, en mis sueños, todavía son pequeñas, y tomándolas de la mano, trato de encontrar una atalaya en la que ponerlas a salvo de la devastación inminente, aunque siempre me despierto antes de que el mar enfurecido llegue hasta nosotros.

            Desconozco el origen y más aún el significado de esos sueños recurrentes, pero he leído recientemente que el deshielo de los glaciares en el Ártico y el consiguiente desprendimiento de grandes masas de tierra sobre el mar podría provocar tsunamis de enormes proporciones, generando olas de cientos de metros de altura que penetrarían tierra adentro durante decenas de kilómetros arrasándolo todo a su paso, aunque mis visiones son anteriores a esas lecturas y lo cierto es que vivo a miles de kilómetros de la costa de Alaska.

            También leí en una ocasión el testimonio de un surfista que estuvo a punto de perecer en las playas de Nazaré. Allí las olas alcanzan la altura de un edificio de diez pisos, no se pueden abordar sin la ayuda de una moto acuática y dicen los expertos que no hay zonas seguras y otras de impacto, porque las olas son impredecibles y pueden romper en cualquier sitio. En esas playas de la costa portuguesa, cuando una ola derriba a un surfista, salir de nuevo a la superficie puede ser mucho más difícil que cabalgar sobre ella y convertirse en una experiencia angustiosa incluso para los deportistas más avezados.

            Nunca he visitado el Ártico, pero hace años estuvimos en las playas de Nazaré. Era una mañana brumosa y las olas gigantes de decenas de metros de altura surgían de improviso entre la niebla llevando sobre ellas unas figuras diminutas enfundadas en trajes de neopreno que se mantenían en precario equilibrio sobre sus tablas, como si se hubieran encaramado sobre la espalda de un leviatán adormecido, al que hubiesen despertado accidentalmente. Su sola contemplación causaba vértigo pero al mismo tiempo resultaba imposible apartar la mirada de aquella visión casi sobrenatural.

            Mi primer recuerdo del mar lo asocio a una playa azotada por el oleaje en la que, durante años, traté infructuosamente de aprender a nadar. Me acuerdo de que cada vez que cogía suficiente confianza para tenderme sobre el agua con ayuda de una pelota, una ola me revoleaba invitándome a tomar un buen trago de agua salada. También me acuerdo de que me levantaba de un salto para asegurarme lo antes posible de que seguía haciendo pie, de que tosía, echaba el agua por la nariz y de que la garganta me escocía durante un buen rato. Tuvo que pasar bastante tiempo para que, en otra playa remota, con más de veinte años, mi novia me diera la confianza suficiente para intentarlo de nuevo, aunque, al principio, cuando estaba haciendo el muerto y el agua me cubría las fosas nasales, seguía dando un respingo y tratando de recuperar la verticalidad a toda prisa.

            Muy cerca de esa playa, en una mañana de intenso oleaje en la que resultaba imposible bracear sin ser engullido a causa del embate constante del mar, cuando recaía sobre mí la labor de familiarizarles con el océano, mis hijas, mi sobrino y yo estuvimos jugando con unas tablas para niños a tumbarnos sobre las olas para dejar que nos impulsaran hasta la orilla. Salvando las distancias con los profesionales del surf, también aquí había que elegir el momento adecuado para darse la vuelta y tomar la ola que fuera capaz de impulsarnos hasta la arena. Recuerdo que, después de varios intentos, una cresta espumosa me llevó a toda velocidad hasta dejarme varado en la playa. Aquel día, jugando con las olas, me sentí otra vez como un niño y creo que me reconcilie definitivamente con el mar.

domingo, 8 de noviembre de 2020

El bosque prohibido

 

            El otro día el parque estaba cerrado y, después de colarme por un hueco entre dos postes de la empalizada que lo rodea, pude recorrerlo durante una hora sin encontrarme con nadie, salvo un jardinero que se afanaba aquí y allí colocando aspersores o podando las ramas de algún arbusto y otro corredor que también debía haber encontrado alguna entrada secreta. Al cruzarnos compartimos la fugaz mirada cómplice de los fugitivos o los desertores y huimos en direcciones opuestas, saboreando por separado nuestra libertad recién conquistada. Pero muchos días ir a correr al parque se vuelve tedioso, porque el paisaje resulta demasiado previsible y siempre hay demasiada gente paseando, a veces ocupando todo el camino, con sus perros diminutos cruzándose de un lado a otro, parloteando despreocupadamente entre ellos o hablando con un interlocutor invisible al que sólo ellos escuchan a través de sus auriculares inalámbricos.

            Por esa razón me gusta aventurarme por caminos desconocidos, alejándome de casa siguiendo una ruta diferente, sin estar muy seguro de dónde me conducirá. Muchas veces el destino resulta decepcionante y acabo topándose con una carretera que me corta súbitamente el paso, el camino se vuelve intransitable o el paisaje inhóspito y desolador. Pero el fin de semana pasado, Isabel y yo nos aventuramos en una zona arbolada algo más alejada de nuestra casa que el ayuntamiento quiere unir con nuestro parque mediante un corredor verde que conecte el barrio con otro algo más humilde, lastrado históricamente por la delincuencia y el tráfico de drogas.

            Las obras de acondicionamiento y el saneamiento del arbolado han transformado el aspecto de abandono que probablemente debió tener hasta hace poco tiempo, pero adentrándose en los bosquecillos que crecen alrededor del camino es posible encontrar algunas zonas umbrías en las que, cuando ha llovido, florece la vegetación. Allí, correr entre los árboles obliga a agachar la cabeza para no chocar con las ramas más bajas y el terreno se vuelve irregular y quebradizo. De vez en cuando, es posible encontrarse con los restos de una hoguera y en algunos claros se alzan montículos de piedras colocadas con esmero que parecen pequeños túmulos funerarios.

            El otro día, transitando por uno de estos bosquecillos, nos topamos con un árbol en un hueco de cuya corteza alguien había colocado cuidadosamente una virgencita sobre la que estaba clavado un rosario. Pero lo más llamativo era que, en dos de las ramas más bajas, había dos recién nacidos con sendas coronas doradas. Seguimos caminando entre la floresta y, a los pocos metros, vimos otro árbol cuyo tronco estaba todo tapizado de flores cenicientas que cubrían la corteza dándole un aspecto mágico y siniestro al mismo tiempo.

            Hoy he vuelto a ese parque lejano, buscando el bosquecillo que hace tiempo alguien decidió convertir en un santuario, pero sólo encontré el árbol tapizado de flores grises. Cuando me alejaba, al volver la vista atrás, las redondeadas piedras blancas que se amontonaban alrededor del tronco me parecieron calaveras blanqueadas por el sol que se hubieran depositado allí en el transcurso de una ceremonia macabra o un ritual santero. Subí por el terraplén que se asoma sobre un pequeño arroyo oculto por un espeso cañaveral, al otro lado del cual se sostiene penosamente una casucha a la que una plancha metálica sirve de tejado y, al poco, unos ladridos delataron mi presencia. Seguí corriendo, salí del bosquecillo y al cabo de unos cientos de metros vi que se abría un hueco entre los arbustos. Al otro lado me encontré con un canal por el que discurría una corriente de agua cenagosa y llegué hasta una doble compuerta que se encontraba levantada. Escuche voces a mi izquierda y, al volverme, vi a dos niños que empujaban una bicicleta por un sendero perpendicular al canal en dirección a la esclusa. Estuve hablando con ellos un rato y el más charlatán me dijo que él había visto el canal lleno de agua. El otro corroboró que ese día las compuertas también estaban abiertas. Me despedí de ellos y volví sobre mis pasos mientras me imaginaba el agua atravesando con ímpetu las compuertas y un aguacero anegando el bosquecillo, apagando los rescoldos de las hogueras, a los perros ocultándose asustados de los truenos bajo el techo metálico sobre el que repiquetearían furiosamente las gotas de agua, los túmulos de piedra reverberando con cada relámpago y la lluvia limpiando de polvo las flores cenicientas.

domingo, 25 de octubre de 2020

Visto para sentencia

 

            Generalmente, nuestra capacidad de observación nos da la posibilidad de anticiparnos a determinados sucesos y así evitar que nos pillen por sorpresa. Aunque uno no siempre quiere ni probablemente necesita saber lo que va a pasar y a veces incluso preferiría no saberlo, aun a riesgo de que los acontecimientos le puedan pillar desprevenido. Por ejemplo, conocer la identidad del asesino hace que cualquier trama detectivesca pierda interés y no es estrictamente necesario salvo que sea la vida de uno la que se encuentra en peligro, naturalmente.

            Desde luego, tratándose de fenómenos naturales, yo personalmente prefiero consultar el pronóstico del tiempo para pertrecharme con un paraguas y una gabardina antes que arriesgarme a volver a casa chorreando, aunque reconozco que eso no me preocupaba tanto cuando era más joven y me parecía que verse sorprendido por la lluvia dando un paseo por la ciudad o por el parque podía convertirse en una experiencia inspiradora, sobre todo si uno se encontraba en la compañía adecuada.

            Pero estaba pensando más bien en el comportamiento humano, y es que, aun sin decir una palabra, con un gesto o una actitud determinada, todos somos capaces de expresar de manera inconsciente, y a veces a nuestro pesar, lo que nos está pasando por la cabeza o lo que tenemos intención de hacer o no hacer, ante la manifestación de una opinión, la expresión de un deseo o la formulación de un requerimiento concreto por parte de nuestros interlocutores. Supongo que por eso los buenos jugadores de póker permanecen hieráticos, mientras escrutan los rostros del resto de jugadores de la partida.

Por otra parte hay profesiones o actividades en las que las dotes de observación resultan cruciales para el éxito de una empresa. Policías y ladrones de bancos, por ejemplo, comparten esa capacidad de observación porque su libertad, su integridad física e incluso su vida pueden verse seriamente comprometidas si no permanecen atentos a los mensajes no verbales de aquellos con los que han de tratar en el ejercicio de sus oficios respectivos.

            No obstante, me resulta sorprendente que algunos jueces se muestren tan poco precavidos a la hora de mantener una actitud neutra durante el desarrollo de las vistas orales. Aunque probablemente esto se deba a que, cómo regla general, ni su vida, ni su integridad física ni tampoco su patrimonio corren riesgo alguno por el hecho de que alguien pueda adivinar sus intenciones. Y, a propósito de ello, esta semana estuve comentando con un colega hasta qué punto era posible adivinar el sentido del fallo de sus resoluciones tan sólo atendiendo a determinados gestos y a su expresión corporal durante el entrecruce de alegaciones.

Por ejemplo, hace algún tiempo, en un Juzgado de lo Social servía una magistrada que, cuando se había formado un criterio para resolver el litigio, tenía por costumbre dejar de escribir la minuta, soltar el bolígrafo, apoyar la mano izquierda sobre la mesa y, a continuación, la mano derecha sobre la izquierda, permaneciendo en actitud ausente durante el resto del debate y, si este se prolongaba más de lo necesario, hacer algún gesto distraído, como rascarse el brazo por encima de la toga, lo que informaba al letrado que estaba en el uso de la palabra que cualquier cosa que pudiera añadir a su alegato, además de provocarle urticaria, iba a tener escasa repercusión sobre el sentido de un fallo previsiblemente contrario a sus pretensiones.

Con una actitud similar, otra jueza tiene por costumbre aporrear el teclado de su ordenador portátil mientras los letrados ratifican la demanda o se oponen a ella, hasta que ha llegado a un veredicto fundado en derecho, momento en el que baja la pantalla dando a entender que el asunto ha quedado visto para sentencia y, de paso, tratando de disuadir al letrado interviniente de insistir en sus argumentos para modificar el signo de la sentencia, que especulábamos con la posibilidad de que hubiera quedado redactada antes de que a las partes les diese tiempo de formular sus conclusiones. Claro que hay otro Juzgado en el que quien preside la vista, con un gesto todavía más ostensible, hace uso de unos post-it de colores que durante el desarrollo del juicio pega en el legajo de los autos, escribiendo acto seguido en la hojita de papel autoadhesivo la suerte favorable o adversa de la demanda iniciadora del procedimiento, dando además la posibilidad a aquellos letrados con suficiente agudeza visual de que puedan ir preparando el recurso correspondiente en cuanto regresen a sus despachos.

En otro juzgado, su señoría, cuando no se siente en sintonía con el razonamiento de la defensa o discrepa de la argumentación empleada, levanta las cejas y pone la vista en blanco antes de dejar caer la mirada hasta una profundidad insondable en la que, arrastrando sus pesadas cadenas, moran los condenados por su ignorancia inexcusable de los más elementales principios generales del derecho, poniendo asimismo en antecedentes al abogado que, no sólo está errado en sus argumentos, sino que también está socavando peligrosamente la paciencia del juzgador y, de persistir en sus digresiones, se arriesga a ser llamado a la cuestión objeto del debate y, en caso no cambiar su actitud, ser arrojado a esa misma fosa con una gruesa cadena sujeta a los tobillos.

Algo más sutil era el gesto recurrente de otro magistrado que, cuando no compartía el punto de vista de la defensa o se sentía particularmente alterado por la falta de rigor jurídico del argumento empleado por la representación letrada de una de las partes, pestañeaba repetidamente, ajustándose las gafas, tomándolas por la patilla y encajándoselas en la cuenca ocular, cómo tratando se sujetar las lentes graduadas tan sólo con la ayuda de sus cejas y sus pómulos, expresando su incredulidad ante el hecho de que tamaño desafuero pudiera sostenerse ante su vista.

En todos estos casos, un abogado con la experiencia suficiente o, incluso, con unas mínimas dotes de observación es capaz de anticipar el contenido de la resolución que ha de poner fin al litigio y puede ahorrarse el esfuerzo de persistir en una línea de defensa que está condenada al fracaso. Claro que, a veces, hay letrados que, sin razón o utilidad que lo justifique, sienten la necesidad de persistir en su argumentación aun a riesgo de enervar seriamente a su señoría, especialmente cuando resulta manifiesto que el juzgador no sólo no tiene interés, sino que tampoco quiere oír lo que el letrado tenga que decir sobre el particular. En cierta ocasión coincidí con una letrada que, antes de oponerse a la demanda, cuestionó la competencia del juzgado para conocer de la pretensión sostenida de contrario, momento a partir del cual su señoría, un magistrado de carácter afable, empezó a garabatear enérgicamente al tiempo que su expresión se iba nublando de forma progresiva. Concluida la fase de alegaciones, el magistrado expresó en voz alta su parecer, afirmando su competencia plena para conocer del asunto, lo que no impidió que, ya en fase de conclusiones, mi colega volviese sobre la cuestión para ratificarse en la excepción planteada, haciendo caso omiso de las llamadas al orden del juez. Lo más sorprendente fue que, concluido el juicio, siguió insistiendo en sus argumentos hasta que el magistrado terminó por echarla de la sala de vistas, aunque creo que debió faltar poco para que la arrojase al pozo profundo de los litigantes temerarios, en el que alguna vez he de reconocer que he estado a punto de aterrizar yo mismo cargado de cadenas.

domingo, 18 de octubre de 2020

Cambio de armario

             Con el cambio de estación, paso de volver a casa en bicicleta con la chaqueta haciéndome sudar la gota gorda y aflojándome el nudo de la corbata en el primer semáforo para evitar los incipientes síntomas de asfixia, a quedarme helado por las mañanas camino de la oficina, subiéndome las solapas de esa misma chaqueta y echando de menos un chaleco tras del que parapetarme de las tempraneras corrientes de aire del otoño en ciernes. Y es que no hay manera de dar con la indumentaria adecuada hasta que la nueva estación termine imponiéndose sobre las postrimerías de un verano cada vez más largo.

            Cuando salgo a correr me pasa un poco lo mismo, a ciertas horas de la mañana la visión de la camiseta de manga corta me da frío y, si decido ponerme el pulsómetro, cuando después de mojar la cinta, me la abrocho alrededor del pecho me da un escalofrío y, súbitamente, se me quitan las ganas de hacer ejercicio. Pero cuando llevo recorridos un par de kilómetros no sé qué hacer con el cortavientos y me dan ganas de emular a los antiguos atletas griegos y despojarme de toda la ropa para dejar que Eolo me seque el sudor, cosa que haría si no fuera porque, con independencia de la hora, siempre hay algún caminante escrutándome con la mirada por encima de la mascarilla quirúrgica, cómo si me leyera las intenciones.

Es en esta época cuando llega el momento de renunciar a las camisetas, los polos y las camisas de manga corta y recuperar las prendas de entretiempo, que aquí dura un suspiro pero trae consigo un riesgo más que considerable de constiparse, con la posibilidad consiguiente de ser considerado por propios y extraños como una nueva víctima de la segunda ola del coronavirus. Así que se impone el cambio de armario, que equivale a rescatar la ropa de invierno y confinar en algún lugar recóndito del guardarropa las prendas veraniegas y, con ellas, los últimos vestigios de las vacaciones y del solaz veraniego.

Este año he aprovechado la oportunidad para aligerar el fondo de armario, atestado de chaquetas, pantalones y camisas que llevan ahí varias estaciones sin que nadie se acuerde de su existencia. La mayoría están pasadas de moda, o me las he puesto tantas veces que en su momento me hicieron temer que, sí seguía poniéndomelas, el día que no lo hiciera, la gente dejaría de reconocerme por la calle (es cómo si Bob Esponja prescindiera de improviso de los pantalones cortos marrones y la corbata roja).

Pero, cuando llega el momento de la verdad, me da pena porque algunas de esas prendas, que debieran estar desgastadas por el uso, lucen como el primer día. Otras veces se ven raídas pero les tengo cariño porque me gustan especialmente hasta el punto de que, si las viera en un escaparate, creo que volvería a comprármelas, aunque sólo fuera para que la gente me siga reconociendo por la calle. Y, en otros casos, las tengo asociadas a algún momento particularmente significativo o feliz de mi existencia terrena. De hecho mi traje de boda sigue aguardando en una percha a que vuelva a darle algún uso, ya sea en un baile o en una ceremonia a la altura de su debut en sociedad.

Otras veces, sin embargo, no podría explicar porque he conservado durante años unos calcetines que están tan desgastados por los talones que amenazan con desintegrarse al próximo intento de meterlos en unos zapatos, o unas camisetas tan desbocadas y manchadas de pintura que parece que hubieran estado presentes cuando Miguel Ángel pintaba los frescos de la Capilla Sixtina y además hubieran participado en la última restauración, o unas mallas que casi se trasparentan por el culo, hasta el punto de hacerme pensar que Eolo lleva algunas carreras secándome el sudor de las posaderas sin que fuera consciente de ello.

La cuestión es que, cuando finalmente me decido a prescindir de esas ropas viejas tengo la sensación de estar desprendiéndome también de una parte de mí mismo. Y me pregunto si, cuando hayan pasado el número suficiente de estaciones, las personas con las que compartí ese tiempo cada vez más remoto me reconocerán la próxima vez que me vean, si yo mismo seguiré reconociéndome en el espejo, o sí, en definitiva, seré yo el mismo hombre que se calzó esos viejos zapatos y lució esa camisa antaño blanca o, cómo el barco de Teseo, no quedará nada de mí cuando haya pasado el tiempo suficiente y un usurpador se calzará mis nuevos zapatos y elegirá el color de mis corbatas.

Ante tamaña disyuntiva, y después de descartar la idea de ir por ahí con un taparrabos colgándome de las ramas de los árboles, he decidido emular a Bob Esponja, combinar siempre la corbata y el color de mis pantalones y, en la medida de lo posible, sonreír cómo si fuera el día de mi boda, de forma que, cuando alguien me vea cocinar una hamburguesa o hacer cualquier otra cosa menos importante, esté casi seguro de reconocerme aunque sea en el fondo del mar, donde reposan los remos del barco de Teseo.

lunes, 12 de octubre de 2020

Cuando fuimos los mejores

 

            La semana pasada se jubiló un amigo y colega de profesión. Y, cómo es tradicional, después de vaciar los cajones y recoger la mesa de trabajo, tuvo a bien dirigir por correo electrónico un mensaje de despedida a sus compañeros, antes de abandonar definitivamente el espacio y el tiempo compartidos. Y, en ese último mensaje, quiso tener un recuerdo especial precisamente para sus colegas, los que han vestido con él togas y visitado los mismos estrados (entre los que me gusta pensar que habría querido incluirme, a pesar de que hace tiempo que dejamos de convivir en la misma oficina) diciéndoles sencillamente que eran los mejores.

            No es fácil ser el mejor en algo y probablemente, si se llega a ser el mejor, es mucho más difícil seguir siéndolo durante mucho tiempo. Con el paso de ese tiempo, siempre aparece alguien superior a uno, más esforzado, más diestro o, sencillamente, mejor capacitado. Por eso algunos premios se conceden todos los años y las competiciones deportivas ponen a prueba a los campeones, que tienen que defender títulos y galardones.          De esta manera, cualquier distinción, cualquier honor, por muy grande que sea la dignidad que haya podido alcanzarse, suelen ser pasajeros.

Sin embargo, en los tiempos que corren el mérito ajeno, por muy justificado que esté, se pone en cuestión al minuto siguiente de haberse acreditado. Cuando un deportista realiza una gesta, siempre habrá alguien que cuestione su importancia o lo compare con otro para menoscabar su currículo. Si un novelista gana un premio literario, algún crítico opinará que al certamen no habrían concurrido otros autores probablemente más talentosos que el galardonado. Si un político gana las elecciones, al día siguiente se cuestionará su legitimidad para formar gobierno, o a los cien días, si se observan los usos de la cortesía parlamentaria, desde la bancada de la oposición se pedirá su dimisión al grito de ¡váyase señor fulano!

            Ahora bien, una cosa es ser el mejor, y otra muy distinta creerse el mejor. Y en este apartado no faltan los que se consideran a sí mismos o a los suyos los más listos, los más diestros, los más justos o, en definitiva, los mejores en cualquier ámbito. Los hinchas de un equipo de fútbol consideran a su equipo el mejor, sin admitir comparaciones en detrimento del escudo o la camiseta. Los militantes de un partido político suelen creer que su partido es el que defiende los valores más puros y merece ganar las elecciones y, por lo tanto, gobernar. Los nacionales de un estado consideran que sus ciudadanos son mejores que los de cualquier otro estado, los más trabajadores, los más honrados, los más valientes en la guerra y los más civilizados en tiempos de paz. Y los creyentes no sólo creen que su religión sea la mejor sino que es la única verdadera.

            La cuestión es que esta creencia, a menudo infundada, en los propios méritos puede conducir, no sólo a desencuentros, discusiones, enemistades y conflictos, sino, llevada al extremo también a la segregación racial, a la marginación social, al estallido de conflictos armados y al genocidio de pueblos y minorías étnicas.

            Podría pensarse que el problema radica, no sólo en conferir honores y distinciones, sino también en permitir que algunos ostenten una posición privilegiada o un estatus elevado; porque, sí todos somos iguales, y es sólo el azar y los condicionamientos sociales los que nos conducen por distintos derroteros, ¿es acaso justo encumbrar a algunos por el mero hecho de haber sido favorecidos por la suerte? Y, una vez que se han consolidado las diferencias entre unos y otros, ¿no será esto lo que a la postre produce frustración, resentimiento y odio?

Sin duda lo que nos hace diferentes puede generar conflictos entre nosotros, pero para evitar que esa conflictividad nos destruya, tal vez sólo sea necesario reconocer el mérito ajeno, elogiar aquel comportamiento que ennoblece a quien lo protagoniza, considerar a aquellos que destacan, más todavía si las condiciones de partida o sus circunstancias no les favorecieron o, aunque no fuera así, en la medida en que supieron sacarle partido a sus potencialidades, y, después de ceñirles la corona de laurel, acto seguido, susurrarles repetidamente que recuerden su mortalidad, lo perecedero del honor y de la gloria conquistados, lo efímera y caprichosa que puede llegar a ser la fortuna.

            La arrogancia de algunos estados y de sus dirigentes les ha conducido a gestionar la actual pandemia prescindiendo de la experiencia de otros países, y eso ha producido la muerte de decenas de miles de sus ciudadanos que quizá pudiera haberse evitado. El presidente de Estados Unidos, recién recibida el alta hospitalaria, se arrancó la mascarilla, se declaró inmune al virus y, rodeado por un equipo médico de treinta personas, exhortó a sus ciudadanos a no tener miedo del covid-19, inflamando con su gesto arrogante y sus palabras los corazones de sus seguidores, convencidos de que, efectivamente, ellos son los mejores.

Por otra parte, en nuestro país, cualquier médico, a veces vestido con un uniforme de camuflaje, sin necesidad de acreditar experiencia alguna en el campo de la virología y con independencia de su especialidad, ya sea cirujano o médico de familia, critica la gestión de sus colegas y las medidas adoptadas y predice los resultados de esa gestión catastrófica cómo si de un comentarista deportivo se tratara, y una parte de la audiencia hace suya y difunde cualquier soflama, a la que concede crédito tan sólo porque concuerda con su parecer o cuestiona el discurso de sus antagonistas, a los que considera peores por el mero hecho de ser diferentes.

A todos nos gusta pensar que somos los mejores en algo y a lo mejor de alguna manera lo somos o en algún momento lo fuimos, y que nos lo digan nos llena de orgullo, pero también debería hacernos pensar que puede haber y sin duda habrá algún día alguien mejor que nosotros, más listo, más diestro o mejor dotado, más capaz y, tal vez, no sólo con mejores ideas, sino también con mejores intenciones. Y es necesario ser consciente de que, también tal vez, la suerte nos ha favorecido más de lo que somos capaces de reconocer, y que ser el mejor en algo no significa ser el mejor en todo, ni nos hace intrínsecamente mejores que nadie.

domingo, 27 de septiembre de 2020

Mascarada

 

            Acudir al juzgado en tiempos de la actual pandemia se ha convertido en una experiencia singular. Desde que se reanudaron los plazos procesales, los letrados estamos dispensados del uso de toga, pero a cambio, igual que en cualquier otro ámbito, la mascarilla resulta preceptiva. Así que, en cuanto salgo por la puerta de mi despacho, me encajo la mía y me convierto en un ciudadano embozado que con dudosas intenciones se encamina a buen paso a la sede judicial, aunque también podría dirigirse a un banco o a cualquier otra parte, con otros móviles igualmente dudosos. El trayecto no dura más de veinte minutos, pero, con las temperaturas veraniegas, cuando he terminado de subir al menos diez tramos de escaleras hasta llegar ante la puerta de la oficina judicial para acreditarme, algunas gruesas gotas de sudor se han formado sobre mi labio superior y amenazan con empapar la mascarilla.

            Ya en la puerta, con objeto de salvaguardar la salud de los funcionarios de gestión, tramitación y auxilio judicial, una mesa colocada estratégicamente impide el acceso al recinto de la oficina, mientras frente a la puerta o en el pasillo se va congregando un grupo cada vez más numeroso de abogados y graduados sociales, en ocasiones acompañados de sus respectivos clientes. Sobre la mesa hay colocada una mampara transparente que solo serviría de parapeto si quienes se sitúan a uno y otro lado de la misma estuviesen sentados en una silla, aunque no hay asientos en ninguno de sus extremos, lo que obliga a permanecer de pie, salvo que uno opte por sentarse en el suelo, en cuyo caso la mampara resultaría igualmente inútil.

            Si se llega a un acuerdo en la conciliación previa, se levanta la barrera y los litigantes pueden acceder a la oficina para redactar y ratificar los términos del compromiso contraído, trámite que en ocasiones puede prolongarse durante un buen rato. El otro día, en uno de los Juzgados de lo Social, al acto de conciliación concurrimos siete personas: el actor, los representantes de dos de las empresas codemandadas, sus respectivos abogados y el Fondo de Garantía Salarial, a los que se sumaron la letrada de la Administración de Justicia y el funcionario encargado de redactar el acta, si bien en las inmediaciones había otra media docena de funcionarios, sentados en sus mesas o transitando de un lugar a otro.

Eso si, todos con nuestras mascarillas reglamentarias, aunque no había dos iguales: el abogado del trabajador llevaba una negra, a juego con un sobrio traje de chaqueta y una corbata también negra; el letrado de las empresas lucía una quirúrgica que le cubría casi toda la cara, excepto sus expresivos ojos azules que relampagueaban debajo de unas cejas rubias y encrespadas, y yo por mi parte me ocultaba detrás de una de tela blanca que se me pegaba a la piel humedecida por el sudor.

El funcionario en labores de escriba, un joven alto y fibroso, llevaba otra de tela de color azul que se le caía constantemente, dejando al descubierto un prominente apéndice nasal, lo que le obligaba a recolocársela pellizcándola con los dedos, mientras gesticulaba y movía los brazos ante las frecuentes observaciones de los letrados sobre la necesidad de precisar determinados aspectos del acuerdo, obligándole a volver una y otra vez sobre lo inicialmente redactado.

He dicho que todos llevábamos mascarilla, pero en realidad dicha afirmación es inexacta. El cuadro lo completaba la letrada de la Administración de Justicia que desparramaba su voluminoso cuerpo sobre una silla algo endeble situada junto al funcionario-escriba, y que, en lugar de mascarilla, se cubría la cara con una pantalla de plástico sujeta a la frente por una especie de diadema, lo que le confería el aspecto de una soldadora aficionada tomándose un respiro antes de volver a coger el soplete para cerrar una fisura en alguna estructura metálica oculta entre las paredes de su despacho.

Ya en la sala de vistas, después de hacer uso del dispensador de gel hidroalcohólico situado junto a la puerta, el estrado, la disposición de las defensas y del juez y la omnipresencia de las mascarillas me trasladó al quirófano de una vetusta facultad de medicina, en la que parecía que estuviese a punto de irrumpir una camilla con un litigante maltrecho sobre cuyo cuerpo inerte nos disponíamos a practicar algunas incisiones con objeto de comprobar la veracidad de sus dolencias y argumentos, hacer un diagnóstico lo más preciso posible y administrarle un remedio eficaz o mandarlo a su casa sin suturarle siquiera las heridas infligidas durante el interrogatorio.

En algunos casos, los letrados y el juez estamos aislados por una especie de cabina de plástico transparente que pretende evitar que escupamos a nuestros contendientes durante el alegato o salpiquemos accidentalmente al juez con gotitas de saliva contaminando de esta manera su imparcial criterio.

También el otro día, en fase de prueba, la defensa de la parte actora propuso el interrogatorio de varios testigos a los que no se había permitido el acceso al edificio hasta que fueran llamados para declarar. El inconveniente era que ese día la sala de vistas habilitada se ubicaba en la séptima planta, con lo cual hubo que ir a buscarlos a la calle y, de observar las recomendaciones de los expertos, habrían tenido que declarar después de poner a prueba su sistema cardiovascular, lo que me hizo imaginarme una sucesión de testimonios entrecortados por la necesidad de recobrar el aliento después de tamaño esfuerzo, con la consiguiente posibilidad de que alguno de ellos empezase a toser, o a manifestar algún otro síntoma sospechoso, inundando la sala de gotitas de saliva. Para postre, yo había cedido galantemente a mi colega, y casualmente compañera de promoción, la única cabina a disposición de la defensa de los codemandados, lo cual me dejaba en las inmediaciones de los testigos y expuesto a una tormenta de aerosoles. No obstante, a pesar de su juventud y presunto vigor, todos ellos hicieron uso del ascensor, lo cual permitió que los interrogatorios se practicaran sin incidentes reseñables.

sábado, 19 de septiembre de 2020

A ciegas

 

            La otra noche estuvimos viendo por televisión una película de Sandra Bullock titulada Bird box (A ciegas, en la versión española) en la que una epidemia se propagaba por el mundo infectando a toda la humanidad a una velocidad vertiginosa. Efectivamente, podría ser también el telediario o un reportaje sobre el coronavirus, pero los síntomas eran diferentes. La gente no tosía, ni tenía fiebre o había que ingresarla con una deficiencia respiratoria grave. Sencillamente, mientras conducía su automóvil o hablaba por teléfono, después de ver por un instante algo que la entristecía terriblemente y parecía provocarle una angustia infinita, decidía suicidarse.

            Hace tiempo vi una película de Shyamalan, El Incidente, en la que sucedía algo parecido, pero en este caso el origen de la epidemia se encontraba en una especie de venganza del mundo vegetal que expandía por el aire una toxina capaz de producir el mismo efecto en los seres humanos, el de tomar la decisión de quitarse de en medio por la vía rápida, ya que estos se habían convertido en una seria amenaza para la vida en la tierra. O sea, cómo un ataque masivo de los ents a Isengard, la fortaleza de Saruman, pero sin épica.

            Contra la amenaza de la historia de Shyamalan no hay antídoto posible, así que en cuanto se levanta un viento sospechoso que arrastra las hojas de los árboles por el suelo, sabes que los miembros del grupo de humanos que transita por las inmediaciones de ese bosquecillo y que no corran lo bastante rápido terminarán clavándose unas tijeras en un ojo, arrojándose por el precipicio más próximo o golpeándose la cabeza contra un muro hasta no sentir dolor alguno.

            En la película de la otra noche, sin embargo, la amenaza puede combatirse de manera eficaz poniéndose una venda en los ojos, que impide tener esas visiones sobrecogedoras y, además, cualesquiera otras. Con lo cual, el grupo de supervivientes, después de encerrarse en una casa, echar las persianas y acabar con todas las provisiones, se las ve y se las desea para hacer cosas tan triviales como ir de compras al supermercado, algo que consiguen subiéndose en un coche y usando el GPS, vamos, lo mismo que, por otra parte, todos hacemos cuando no sabemos ir a algún sitio, aunque estemos en plena posesión de nuestros cinco sentidos.

            El problema es que hay un sector de la población al que el virus no afecta en absoluto. O sea que las visiones no les hacen mella o al menos no les inducen al suicidio. Y eso no sería un problema si no fuera porque para que el virus no te afecte tienes que estar como una cabra y porque, además, a los locos esas visiones les parecen maravillosas, tanto que quieren compartirlas con los cuerdos, a los que invitan a quitarse las vendas de los ojos, y si no aceptan esa invitación, se las quitan por la fuerza. En serio, llevan un palo con un gancho y, aprovechando que los cuerdos no ven nada, intentan arrancarles la venda de los ojos por sorpresa.

            A estas alturas del relato, creo que nadie puede dejar de apreciar las similitudes con la crisis del coronavirus. Me explico, la amenaza mortal que representa la pandemia; los cuerdos, que son la mayoría de la población; las vendas en los ojos, que son como las mascarillas con las que nos tapamos la nariz y la boca; y, por último, los locos, que representan en su versión más siniestra a los negacionistas. Claro que, desde el punto de vista de estos últimos, los cuerdos están ciegos o han decidido ponerse una venda en los ojos para no ver nada y, al mismo tiempo, tildan de locos a los que no sólo defienden su libertad, sino que quieren que todos los demás nos liberemos de esa opresión aceptada voluntariamente. Además, la trama también puede interpretarse en el sentido de que los que llevamos mascarilla creemos que quitárnosla puede equipararse a un intento de suicidio o, por lo menos, equivale a jugar a la ruleta rusa.

            Lo que no explica la película es el origen de la epidemia, que, eso sí, empieza a propagarse por Europa antes de llegar a los Estados Unidos. En todo caso, parece que la venganza de la naturaleza está descartada, aunque no del todo alguna especie de ajuste de cuentas con las fuerzas del más allá.

Puestos a elegir, yo prefiero habérmelas con las fuerzas de la naturaleza, aunque sólo sea porque con ellas tal vez todavía podamos negociar algún tipo de armisticio, cómo detener la destrucción de la selva amazónica o un incremento de temperaturas a cambio de no vernos obligados, por ejemplo, a convivir también con las enfermedades tropicales en estas latitudes.

Y, además, me congratula cuando, muy de vez en cuando, después de que el ser humano organice alguna zapatiesta, la naturaleza recupera parte del espacio que le hemos arrebatado. Hace poco, he leído que las plantas han invadido una urbanización en la ciudad china de Chengdu, concebida como un ‘bosque vertical’ por la abundante vegetación que decoraba los balcones de sus ocho imponentes edificios, y que ahora ha desbordado las galerías, recubriendo las fachadas, expulsando a los inquilinos y debe estar invadiendo las viviendas, transformándose en una verdadera selva. Aunque mayor asombro me produjo la historia de los caballos salvajes de Przewalski, cuyo aspecto primitivo recuerda los de las pinturas rupestres, que campan a sus anchas en la zona de exclusión que rodea la central de Chernóbil, entre otras muchas especies amenazadas que a día de hoy tienen allí su refugio, tan sólo 34 años después del mayor accidente de la historia en una instalación nuclear.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Entre el viento y la arena

 

            Estando de vacaciones, no siempre puedo correr por la playa. A veces la marea alta me obliga a trotar penosamente sobre la arena suelta, donde resulta imposible no trabarse en cada zancada, o a arriesgarme a transitar por la orilla esquivando el envite de las olas que siguen ganando metros con cada acometida. Pero algunas mañanas la bajamar deja al descubierto una ancha extensión de arena lisa y compacta en la que cada pisada dibuja una marca nítida como la huella de un náufrago.

            Estos días el viento azota el litoral sin descanso y nubes de arena baten la playa a mi paso arrastrándose a ras del suelo, aunque, de vez en cuando, amaina y la playa amanece cubierta por una bruma que difumina el contorno de la costa y, si la marea está baja, es posible trazar una senda propia, alejándose de los pocos bañistas que caminan descalzos por la orilla.

            Muchas veces, aunque no sea muy fuerte, el viento entra de costado y obliga a medir el esfuerzo para no desfallecer antes de tiempo. Por eso, al principio, corro despacio, buscando puntos de referencia que me ayuden a orientarme sin tener que mirar el reloj para saber dónde estoy. Luego, en algún momento, dejo de pensar en la distancia y empiezo a reconocer la silueta de una torre vigía, distingo a lo lejos los farolillos de la terraza de una cabaña de madera ondeando con el aspecto de medusas secándose al viento, o paso junto a un grupo de niños vestidos con trajes de neopreno que, a esa hora de la mañana, inician su calentamiento siguiendo las indicaciones de su instructor, antes de adentrarse en el agua con sus pequeñas tablas de surf.

            En aquellos tramos en los que el mar acaba de retirarse, la luz de la mañana incipiente se refleja sobre la arena mojada, que brilla como la superficie sinuosa de un enorme espejo. El chapoteo de las pisadas levanta pequeñas gotas de agua y uno tiene la sensación de estar corriendo sobre un mar calmo suspendido en el tiempo. Y, si no hay mucha gente, las gaviotas se posan cerca de la orilla en grupos numerosos dándole la espalda a la costa, mirando hacia el sol naciente con los ojos entrecerrados y dejando que el viento peine suavemente su plumaje.

            Al final, termino topándome con una estribación rocosa que desciende desde el acantilado cercano cortándome el paso. Pero, si el mar se ha retirado lo suficiente, puedo bordear las negras rocas puntiagudas de formas caprichosas que jalonan el arenal y adentrarme en una cala de arena gruesa, en la que un perro corre de un lado a otro no lejos de su dueño. La línea de la costa se quiebra y las calas se suceden, a cada cual más recóndita, hasta que me encuentro completamente solo y me doy cuenta de que, en esa última playa, no hay escaleras de madera que desciendan por la pared del acantilado y de que, a mi espalda, las olas han empezado a romper contra las rocas interponiéndose amenazadoramente en mi camino de regreso.

            Entonces me detengo, doy la vuelta lentamente dibujando un semicírculo de pisadas profundas que se hunden en la tierra y, aprovechando que el viento ahora sopla a mi favor, de manera inconsciente empiezo a correr cada vez más deprisa, batiendo la arena sin esfuerzo, desafiando a la marea que empieza lenta pero implacablemente a recuperar el terreno perdido antes del amanecer, ignorando el acechante rugido de las olas, sintiendo como la bruma se desvanece lentamente a mi paso.

sábado, 29 de agosto de 2020

Los inmortales

 

            Tal vez estemos a un paso de conseguir la inmortalidad. Los avances de la ingeniería genética, la posibilidad de manipular el ADN para prevenir o curar enfermedades, regenerar tejidos o combatir de manera eficaz el envejecimiento celular nos están conduciendo paso a paso hasta el umbral de nuestra existencia terrenal.

            No obstante, a veces se nos olvida que no es lo mismo ser inmortal que ser invulnerable. Y en nuestro día a día nos conducimos, ya no sólo como si no fuéramos a morirnos nunca, sino como si fuésemos invulnerables. Es decir, que, además de poder vivir para siempre, pensamos que nada puede dañarnos. Es como si Terminator se dedicase a pasear por el borde del cráter de un volcán dando saltitos.

            Sólo eso puede explicar la indiferencia generalizada frente a la pavorosa devastación de las selvas, la sublimación silenciosa de los glaciares, la combustión estival de la tundra y la taiga y la aniquilación sistemática de los ecosistemas y de la biodiversidad. Y eso también explica porque proliferan los defensores a ultranza de la producción y el consumo, los avariciosos insaciables, los populismos suicidas, pero también una nueva tribu cada vez más numerosa de negacionistas.

            Puedo entender que Abraracurcix, aún temiendo más que cualquier otra cosa que el cielo le caiga sobre la cabeza, esté convencido simultáneamente de que eso no va a suceder mañana. Pero me cuesta trabajo que se puedan ignorar señales tan evidentes de que el firmamento entero se está precipitando sobre la nuestra a una velocidad creciente.

            La pandemia que azota el planeta constituye un buen ejemplo de cuanto digo. Ante el riesgo evidente de enfermar o de enfermar a otros, buena parte de la población se conduce como si la cosa no fuera con ellos, subestimando ese riesgo, inventándose coartadas que justifiquen su conducta irresponsable y, en el peor de los casos, dando pábulo a cualquier bulo conspiranoico de los que proliferan estos días en las redes sociales.

Por otra parte, la posibilidad de colonizar el cerebro humano ha dejado de ser una especulación fantasiosa para empezar a adquirir visos de verosimilitud y, con toda probabilidad, será una realidad mucho antes de que podamos colonizar otros mundos. El problema es que todo apunta a que en nuestro cerebro reside nuestra identidad y la conciencia de quienes somos, así que colonizar ese territorio inexplorado puede ser peligroso para quienes habitan en él, esto es, nosotros mismos.

Soy consciente de que eso de implantar chips en la gente sin su consentimiento no sólo está mal visto y además debería estar prohibido, sino que es un comportamiento moralmente reprobable, pero a veces pienso que no estaría tan mal aprovechar los avances de la neurotecnología para introducir alguna verdad universal en el subconsciente colectivo. Nada demasiado controvertido, cosas como que la tierra gira alrededor del sol, que las formas de vida más desarrolladas no pueden vivir sin oxígeno, que nosotros somos una forma de vida desarrollada, que algunos virus matan otras formas de vida, por muy desarrolladas que estén, y que hasta una aleación de titanio-tugsteno se deteriora de manera irreversible si se sumerge en una masa de rocas fundidas a elevadísima temperatura.

viernes, 21 de agosto de 2020

Espectros en la tormenta

             Necesito salir de casa estos días, ahora que el buen tiempo nos ofrece la oportunidad de acercarnos a la playa, saciarnos del mar salado y caminar descalzos por la arena caliente, de merodear por bosques susurrantes y palpar la corteza de los árboles, o también de levantarnos temprano para correr por sendas solitarias o atravesar la ciudad dormida en bicicleta. Es posible que dentro de algunas semanas no podamos hacerlo.

            No me desaniman el frío o la lluvia, pero cuando comience a declinar el verano y los días se vayan haciendo cada vez más cortos también será más difícil estar tiempo fuera de casa. Y, si tuviéramos que volver a quedarnos en la nuestra otra larga temporada, seguramente lamentaría haber dejado pasar los largos días soleados o no haberme concedido más tiempo para buscar lunas en el azul profundo de los cielos de verano.

            Cuando vuelvan los días borrascosos, encontraré consuelo en los libros. A veces necesito adentrarme por caminos que estén lejos de casa, pero también buscar lecturas que me permitan ver el mundo que creo conocer desde una perspectiva diferente, porque temo que si no lo hago, con el paso del tiempo, ese mundo puede llegar a volverse extraño.

            El otro día leí en el periódico una reseña sobre un fenómeno meteorológico que se conoce como espectros rojos. Son ráfagas de electricidad visibles durante una fracción de segundo en tormentas con aparato eléctrico, que pueden tener una extensión de varias decenas de kilómetros y el aspecto de una gigantesca medusa de color rojo. Me fascina su belleza sobrecogedora y querría disponer del tiempo suficiente y también del sosiego necesario para descubrir esas y otras cosas asombrosas que oculta este mundo que me parece conocer suficientemente bien, pero a veces me basta con saber que todo eso existe, escuchar el testimonio de quienes lo han visto y ser capaz de imaginar espectros rojos crepitando en el formidable estruendo de la tormenta.

jueves, 13 de agosto de 2020

Una sombra sobre el Lago Largo

 

            Este verano, mi compañía de rol ha visitado la Ciudad del Lago, en un momento indeterminado entre la caída de Smaug y el comienzo de las vicisitudes de Frodo Bolsón, cuando la ciudad ya había sido reconstruida y gozaba nuevamente de cierta prosperidad. Además, la visita de los personajes jugadores coincidió con las fiestas locales y el aniversario de la muerte del dragón a manos de Bardo, así que todo invitaba a comprar en el mercado flotante, a unirse a las fiestas organizadas por los distintos gremios, a participar en el torneo de tiro con arco y, en general, a disfrutar del tiempo de la cosecha. Lástima que un altercado en una taberna entre algunos miembros del gremio de los arqueros y un grupo de la compañía negra de la ciudad de Valle que había acudido a Esgaroth precisamente para participar en el torneo, hiciera que los personajes terminaran con sus huesos en la cárcel.

            En esos días algunas barcazas no han regresado a puerto o han sido encontradas a la deriva, con graves daños en el casco, sin rastro de la tripulación aunque con su cargamento intacto. Pero mientras los jugadores hacen sus indagaciones al respecto, una amenaza silenciosa se cierne sobre Esgaroth y obliga al gobernador a decretar una estricta cuarentena mientras el hospital de la ciudad se va llenando de enfermos, y un número creciente de cadáveres es evacuado cada noche desde un embarcadero secundario al abrigo de la oscuridad.

            Con el paso del tiempo, algunos de los personajes empiezan a desarrollar los primeros síntomas de la enfermedad y a darse cuenta de que, durante las fiestas, todos ellos han estado expuestos al agente infeccioso y, probablemente, se han contagiado entre ellos. Las tiradas de resistencia falladas o el azar a la hora de compartir habitación en la posada donde han estado alojados les lleva a intuir, entre el horror y la impotencia, cual de ellos será el próximo en enfermar gravemente. En esas trágicas circunstancias, trataran infructuosamente de seguir el rastro de una vieja amiga con la que iban a reunirse en la ciudad, que ha desaparecido misteriosamente, y cuya persecución les conducirá hasta el recóndito corazón de una ciénaga en la que se oculta una amenaza mucho mayor.

            Todo ello aderezado con un abanico de personajes no jugadores que ocultan secretos, anhelos y, a veces, un pasado tormentoso. Un animista incapaz de controlar la epidemia que asola las calles de la ciudad al que protegen tres enormes e inquietantes sabuesos negros, un cambiapieles torturado por los servidores de la sombra, un artista callejero al que una mala tirada de percepción le dará la apariencia ante los jugadores de un poderoso mago o un capitán del gremio de los arqueros de Esgaroth víctima de un amor no correspondido. Y, por supuesto, objetos mágicos, como un anillo que contiene un hechizo de seducción, piedras de afilar que vibran y se iluminan con una tenue luz azulada cuando en las inmediaciones hay alguna criatura de la oscuridad, monedas conmemorativas del año de Durin que sirven de salvoconductos, escamas de dragón, ungüentos que aplicados sobre la punta de una flecha serían capaces de tumbar un olifante y cotas de malla de hermosa factura que imitan el plumaje de una ave exótica.

            Con todo, lo mejor son siempre los momentos inspirados en que la casualidad o el azar cambian el curso de la historia, como la escena en la que el capitán enamorado ensaya, al borde de una laguna más profunda de lo que parece, un inflamado parlamento mientras contempla los destellos de un anillo que sostiene en la mano a la luz de la luna, al tiempo que es observado por una hermosa criatura con torso de mujer y una cola escamosa que pretende arrastrarlo hasta el fondo de la poza para devorarlo. Nuevamente una mala tirada tendrá el efecto de que la flecha que pretendía librarlo de una muerte inminente haga zambullirse rápidamente a la criatura y sobresalte al capitán que dejará caer el anillo al agua, con los consiguientes e imprevistos efectos del conjuro que contiene sobre la criatura acechante.

            ¿Se puede pedir más? Puede ser, así que por si acaso alguien se aburre, la historia irá tomando una deriva acelerada, con persecuciones por los canales de Esgaroth, barcos que naufragan al atardecer mientras criaturas sin nombre que moran en las profundidades del lago afloran a la superficie, un ejército de hobotrasgos escalando las empalizadas de la Ciudad del Lago al caer la noche y con la guardia mermada por la epidemia, la ciudad siendo pasto de las llamas, la sombra de Smaug planeando sobre el lago en una visión perturbadora de un futuro posible y la sombra de la traición amenazando en cada esquina al tiempo que la necesidad une a enemigos irreconciliables.

martes, 4 de agosto de 2020

Un visitante inesperado


            La semana pasada mi hija mayor vino a nuestro dormitorio y me despertó en plena noche llamándome en voz baja: ‘Papu, ha entrado un bicho en mi cuarto, es negro y grande’. Sin esperar más especificaciones, me levanté de un salto, me puse las gafas casi antes de abrir los ojos y me fui decididamente en busca del intruso ataviado con el pantalón del pijama y una zapatilla en la mano derecha a modo de arma contundente, encendí la luz de su habitación, cerré la puerta y la ventana para evitar que el invasor huyera por la primera sembrando el pánico a su paso o algún secuaz suyo entrara por la segunda con la intención de prestarle algún tipo de ayuda, y acto seguido se inició una cacería que me hizo sudar copiosamente durante media hora, arrastrando muebles y volteando colchones hasta que, después de un rosario de golpes fallidos y una buena rociada de gas venenoso, pude dar cuenta de la funesta criatura que se había atrevido a allanar mi morada.
            Me habría gustado hacerme una foto con el cadáver de mi enemigo abatido a mis pies y abrazando el arma todavía humeante, pero seguramente luego no me habría animado a subirla a Instagram. Después de culminar ciertas hazañas, uno no siempre puede presumir de ser un cazador experimentado, pero he de decir que tengo una imaginación muy viva, así que en los pocos segundos que transcurren entre el momento de despertarme de madrugada y el de enfrentarme a algo desconocido que solo sé que es grande y negro, me da tiempo de recrear la imagen de un murciélago, cuya familia lleva setenta años en contacto con un virus letal, batiendo silenciosamente sus alas por el pasillo de mi casa.
            Por otra parte, me alegro de no disponer de un rifle o una escopeta en casa, porque la experiencia demuestra que, con independencia de la distancia a la que se encuentre o la velocidad con la que sea capaz de desplazarse, suelo fallar cuatro de cada cinco intentos de acertar a un blanco en movimiento, así que me resulta fácil imaginar los destrozos que podría ocasionar utilizando munición de cierto calibre. Será por esa razón que siempre he dudado de que fuese capaz de un buen desempeño en el campo de batalla como no fuera recurriendo a la guerra química, algo que hice sin muchos escrúpulos la otra noche, aunque luego no me atreviera a hacerme una foto que ilustrara mi comportamiento poco deportivo. Como castigo, tuve que respirar las emanaciones que mataron a mi enemigo durante un rato hasta que conseguí hallar su cadáver. La próxima vez tengo que acordarme de ponerme la mascarilla.
            Además de nuestro visitante nocturno, este verano por la misma ventana entró un mirlo y hace unos meses en el salón se coló una salamanquesa. Aunque en ambos casos pude capturarlos pacíficamente con ayuda de un trapo y desalojarlos sin hacer uso de la violencia. A pesar de ello, a la salamanquesa parecía que le había dado un infarto. Espero que se estuviese haciendo la muerta porque las salamanquesas me caen simpáticas y, además, compartimos intereses como cazadores. De hecho, en la casa de la playa hace años que convivimos con una que siempre que vemos una película en la terraza, sale a pasear bordeando la imagen proyectada en la pared. En cuanto a nuestro visitante nocturno, espero que a sus congéneres les haya quedado claro que cuando se trata de determinados especímenes, no nos interesa hacer prisioneros.

viernes, 19 de junio de 2020

Viajeros nocturnos


Siempre me ha gustado viajar de noche, pero hace mucho tiempo que no lo hago. Aunque, cuando pienso en alguien que coge un vuelo al atardecer o espera para embarcar en un muelle solitario a medianoche, me imagino a un fugitivo o a un espía, también hay gente corriente que toma un tren expreso o se sube a un autobús a última hora de la tarde.
El año que estuve haciendo el servicio militar, cuando me daban permiso para ir a casa, cogía siempre el primer autobús que salía, pero también el último en regresar, con tal que me permitiera estar de vuelta en el acuartelamiento antes del toque de diana. Eso hizo que, durante aquel año, pasara muchas noches en la carretera, llegando al cuartel de madrugada, completamente desvelado, para tumbarme en la litera y dejarme vencer por el sueño después de un rato, aun siendo consciente de que, al cabo de dos horas, el brusco despertar sería particularmente doloroso. En esos casos, si me era posible elegir, prefería sentarme en los primeros asientos, para poder ver a través del parabrisas delantero del autocar cómo nos adentrábamos en la oscuridad voraz, con la luz de los faros alumbrando la línea discontinua y la noche desparramándose silenciosamente a nuestro alrededor.
Una vez, el autobús tuvo que parar en medio del campo como consecuencia de una avería. Y recuerdo que, mientras la mayoría de mis compañeros de armas seguía dormitando en sus asientos, hechos un ovillo o, a merced del enemigo, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta, algunos de nosotros bajamos para estirar las piernas, encender un cigarrillo o charlar de cualquier cosa. Era invierno y hacía frío, así que llevábamos puestos los abrigos largos encima de la guerrera, pero, sobre aquella oscuridad glacial en mitad de un campo yermo de difuminados contornos, el cielo nocturno brillaba con una luz tibia salpicado por el parpadeo de diminutas pero abundantísimas estrellas.
Después de licenciarme, cambié el autobús por el tren, pero seguí viajando de noche, y al empezar las vacaciones solía tomar un expreso para llegar antes a casa. Normalmente, viajaba en compartimentos con asientos enfrentados y rogaba que el mío no se llenara para poder sumirme en mis ensoñaciones sin tener que conversar con extraños a los que ya no me unía la camaradería de antaño. Pero, aunque al salir de mi estación el compartimento estuviera vacío, en la primera parada subía siempre algún pasajero que, después de comprobar su asiento, me saludaba con la reserva propia de los desconocidos.
En cierta ocasión, en que todos los asientos de mi compartimento estaban ocupados, se entabló una conversación espontánea y no sé cómo terminamos hablando del servicio militar. Entonces, el hombre que se sentaba enfrente de mí empezó a decir que, salvo excepciones, los soldados de remplazo eran jóvenes malintencionados, crueles y pendencieros. Protesté por lo que consideraba una generalización injusta y traté de defender el recuerdo de mis camaradas, pero aquel hombre, detrás de cuya opinión sospecho que se ocultaba una mala experiencia, se mantuvo en sus trece.
También recuerdo que, a partir de cierta hora, dejaba de subir gente al tren, que, aunque siguiera parando en las estaciones, no tardaba en volver a ponerse lentamente en marcha con una sucesión de pequeñas sacudidas que se producían a medida que la tracción iba llegando a los vagones recién detenidos. Pero, algunas veces, en mitad de la noche, la puerta del compartimento a oscuras se abría y en su interior se deslizaban una o dos figuras grises hablando en susurros, normalmente pasajeros que venían de los vagones de segunda clase y buscaban un lugar que les hiciera más cómodo el largo trayecto nocturno.
Cuando empezaba a clarear, la proximidad de su destino hacía que los viajeros se removieran en sus asientos, empezaran a recoger maletas y bultos, y se agolparan en el pasillo haciendo cola para bajar al andén. Todas las estaciones son frías al amanecer pero se agradecía el aire fresco en la cara y dejar atrás el ambiente sofocante de los vagones atestados de pasajeros. También hay siempre alguien esperando, con los ojos ansiosos que buscan entre la multitud un rostro conocido y añorado largo tiempo.
            Salvo algún vuelo nocturno, remontando un mar de nubes de color púrpura al atardecer y emergiendo a un cielo pálido al que se asomaban las primeras estrellas, no he vuelto a viajar de noche. Además, pienso que las ventanas de los aviones son demasiado pequeñas y que en la cabina siempre hay demasiada luz. Los trayectos en tren se han vuelto meteóricos y en los autobuses ya no viajan mis antiguos camaradas. Y, de vez en cuando, echo de menos la sensación de desamparo que me invadió aquella noche bajo el cielo estrellado o la, a veces incómoda, intimidad del compartimento de los expresos de medianoche. Entonces me gustaría emprender una nueva singladura a la hora del crepúsculo, dejarme abrazar por la tibia oscuridad y permanecer despierto al acecho de una estrella.